Chapter 1
En el epicentro de un vacío absoluto, donde las leyes de la física no son más que ecos olvidados, descansaba algo que no se puede explicar con palabras normales. No era una persona, ni un animal, ni una máquina. Era una silueta delgada, inmensa, que parecía un recorte en el espacio. No tenía piel ni huesos; por dentro era una masa densa de estrellas blancas y púrpuras que se movían constantemente. En sus hombros las galaxias daban vueltas despacio, y por sus brazos corría una energía oscura, como si fuera sangre hecha de nebulosas.
Estaba sentada en una estructura pesada. No era un trono por lujo, sino una base de gas comprimido y trozos de planetas que habían sido destruidos hace eones. La roca estelar todavía quemaba y soltaba un zumbido que vibraba en el silencio absoluto. Sus ojos no eran ojos; eran dos supernovas fijas, dos puntos de luz que miraban todo sin necesidad de parpadear.
Sus dedos eran largos y finos. Estaban hechos de una materia que parecía humo, deshaciéndose y armándose todo el tiempo. Se movían con una calma mecánica frente a miles de rectángulos de luz que flotaban en el aire. Eran ventanas a otros mundos.
En una de esas ventanas, los mares de un planeta lejano se quemaban; en otra, ciudades de cristal flotaban en un cielo verde donde la gravedad no existía. La entidad miraba cada cuadro con una curiosidad apática, como quien mira pasar el agua, hasta que se detuvo en uno en particular.
Este rectángulo no brillaba. Tenía un tono sucio, un gris enfermo que empañaba los bordes de la imagen. En ese mundo, las cosas se habían torcido. El hilo que debía sostener el futuro se estaba asfixiando, enredado en un nudo de autodestrucción. La entidad sintió una vibración que no encajaba, algo que le decía que esa realidad se estaba rompiendo desde adentro.
Inclinó su cabeza de galaxias y, con un movimiento lento de su mano derecha, tocó la luz gris. La superficie del portal se onduló como el agua. La ventana empezó a crecer, tragándose el vacío, hasta que la entidad quedó rodeada por las imágenes de ese mundo que se caía a pedazos. Se quedó ahí, mirando en silencio, tratando de entender qué fue lo que falló para que todo empezara a pudrirse así.
