Sinopsis
Kim Taehyung no tenía tiempo para vínculos, ni paciencia para alfas con complejo de superioridad.
Lo que sí tenía era una hija alfa de casi cinco años que le hacía preguntas como “¿qué se siente estar enamorado?” mientras se ponía los zapatos al revés, y una familia que lo miraba como si fuera demasiado moderno para su propio bien.
No era líder. Criado para mandar, entrenado para negociar y con una voz que sabía hacerse escuchar sin necesidad de gritar, Taehyung había aprendido que el poder no siempre viene con libertad y que a veces lo más valiente es elegir el camino que nadie espera.
Y entonces apareció él.
Jeon Jungkook. Pelinegro. Alfa. Hijo único y futuro líder de la manada Jeon. Su actitud parecía sacada de un manual de “cómo ser irresistible sin pedir permiso”. Taehyung lo vio por primera vez en una reunión de manadas, rodeado de alfas que hablaban como si el mundo les debiera algo. Jungkook no dijo mucho, pero su mirada lo decía todo: provocación, curiosidad y ese tipo de interés que no se disfraza bien.
Taehyung no se dejó impresionar. Había lidiado con peores. Con mejores también, pero eso no venía al caso. Lo que sí notó fue el tirón interno, esa sensación molesta que se instalaba en su pecho cuando el cuerpo reaccionaba antes que la mente. Como si algo en él reconociera a Jungkook sin haberlo decidido.
No era amor. No era deseo. Era algo más primitivo. Algo que, en su mundo, tenía nombre, reglas y consecuencias: vínculo. Destino. Biología metiéndose donde no la invitaron.
Taehyung no creía en eso. No después de lo que ocurrió con Jungsuk. No después de haber criado solo a una niña que merecía estabilidad -culpa suya, lo aceptaba-, no cuentos de hadas hormonales. No después de haber aprendido que el instinto puede fallar y que el destino no siempre tiene buen gusto.
Jungkook, por su parte, parecía disfrutar del juego. Coqueto sin ser vulgar, directo sin ser agresivo. Cada encuentro entre ellos era una batalla silenciosa entre provocación y resistencia. Taehyung respondía con sarcasmo, con indiferencia cuidadosamente ensayada, con esa mirada que decía “no me vas a ganar”, aunque algo en él supiera que ya estaba perdiendo.
Y mientras la luna se hacía más grande y los síntomas del vínculo se volvían imposibles de ignorar, Taehyung se aferraba a su rutina, a su hija, a su lógica. Porque si algo había aprendido era que el amor no siempre salva. A veces, solo complica.
Pero claro, el universo no suele pedir permiso.