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Tu mirada Esmeralda

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Sinopsis

Esa mirada. Tu mirada esmeralda me insita a perderme en ella y nunca salir. Esa mirada que puede sonreír, llorar, asesinar y... suplicar. Esa mirada grabada en mi memoria como el simple recuerdo de la noche más extraordinaria que pude haber tenido, un recuerdo que revivo en mis sueños cada noche, quiero encontrarte y repetir más de una vez esa noche, quiero tenerte entre mis brazos... piel con piel. Aspirar tu aroma como si fuera la última vez, escuchar la sinfonía de tu voz. Tenerte a mi lado y nunca dejarte ir. Disponible también en Wattpad. Mi usuario está en la portada.

Genero:
Lgbtq/Young Adult
Autor/a:
Fátima
Estado:
En proceso
Capítulos:
13
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo1

Alexander

"Desde esa noche"

Mi cuerpo arde... mi piel arde bajo su toque y ya no sé cómo lidiar con el calor en todo mi cuerpo. Los sonidos obsenos que llenan el espacio en el que nos encontramos, su aliento en mi cuello... sus dientes marcando mi piel y dejando moretones en ella.

Sus manos acariciando mi espalda, mi cintura, mi pecho. Digo su nombre una y otra vez entre jadeos, él abrió mis piernas y se hundió en mi interior... ambos gemimos.

— Mírame —su voz ronca hizo más que persuadir a mi mente para obedecer, mi estómago da vueltas y me marean todas las emociones y el placer que me causa—. Eres hermoso

Apretó mis caderas con la fuerza suficiente para dejar sus dedos marcados en mi piel. Apenas se movió dejé salir un gemido...

• ° • ° • °

— ¡Ha! —jadeé.

Desperté de golpe de aquel sueño, que más bien es el recuerdo de aquella noche de placer que tuve con... hasta pensar en él me hace estremecer. Me senté en mi cama y con el ligero roce de la sábana reprimí un jadeo, levanté con cuidado la sábana sólo para dejar a la vista una sobresaliente erección. Exhalé con cierto cansancio, pues desde hace un año que pasó esto y él está obsesionado con esa noche.

No me recuerda porque lo habían drogado y además... había tomado mucho. Él me había contratado recién como su asistente personal y había sido más que eficiente, me convertí en su aliado, pues él es un Don Juan de primera, tiene los tres tipos de atractivo: Físico, intelectual y económico. El hombre es un sueño para cualquier persona, sea hombre o mujer. Aún cuando accedí con ayudarle a bajar el efecto del extasis... me sentí mal conmigo mismo al hacer eso, pues no me estaba guardando para nadie en particular, pero el simple hecho de haberme ofrecido a tener sexo con él y saber que no sentí el más mínimo respeto por mi cuerpo me está matando porque me juré a mí mismo que no le diría lo que pasó a nadie, ni siquiera a él, aún cuando está buscando a esa persona por cielo, mar y tierra. Me está buscando y no pienso dar una sola señal aún cuando me tiene a su lado, la ventaja es que no me recuerda, lo único que sabe es que se acostó con alguien de ojos verdes y en esta ciudad hay muchas personas con ojos verdes, sobretodo las mujeres porque le fascinan, no creo que piense en un hombre.

Miré la hora en mi teléfono y decidí meterme a bañar con agua fría para acabar con este problema.

Al terminar me vestí con un pantalón de mezclilla negro, zapatos negros, una playera café de manga larga. Saqué de mi ropero un abrigo café un poco más claro. Me puse mi reloj en la mano izquierda y una pulsera de hilo en la derecha, de otra parte de mi ropero tomé un perfume que apesta y me gusta como huele, así que con una sola aplicación es suficiente. Tomé mi mochila para meter en ella mi computadora y mi tableta, con sus respectivos cargadores, algunas carpetas ya terminadas, mi cartera, mi teléfono, mis audífonos y las llaves de la casa. Salí de mi cuarto listo para ir a trabajar, abrí lentamente la puerta del cuarto de Lucero, mi hermana. Ayer tuvo que hacer hasta triple turno en su trabajo para ganarse unos días libres, aceptó y tuve que ir por ella casi a la una de la mañana. Cerré su puerta y me fui a la cocina para preparar el desayuno de los dos y el almuerzo de mi hermana. Miré lo que teníamos en la despensa y en el refrigerador. Puse a calentar el agua para el café, saqué unas piezas de pan tostado, queso crema y aguacate. Lista el agua me serví en mi taza y en mi termo, preparé mi café y desayuné con algo de prisa, preparé el almuerzo de Lucy. Que es una ensalada de lechuga, jitomate cherry, espinacas, arroz blanco de ayer y pechuga de pollo. Dejé sus platos en un la mesa cubiertos por una servilleta de algodón y en un post it escribí "Provecho" para pegarlo en la mesa, justo enfrente de sus platos.

Tomé lo que me faltaba y me puse mi casco y abrí el zaguán para sacar mi moto, otro día más.

• ° • ° • °

Apenas llegué, Santiago me abrió la reja para que pudiera entrar al estacionamiento de empleados y dejé mi moto en mi lugar designado. Bajé y le sonreí al guardia.

— Buenos días Santi

— Buenos días Alex, el jefe te está esperando en su oficina

— ¿Ya llegó? —miré mi reloj.

— Hace como diez minutos, todavía tienes buen tiempo

— Bueno, gracias Santi

— De nada Alex, bonito día

— Igual

Entré y registré mi entrada con el código QR de mi identificación, subí al elevador y marqué el último piso. Una vez ahí saludé a Alba, la recepcionista de presidencia. Me sonrió y desacomodó mi cabello, que por cierto me costó bastante trabajo domar a mi cabello rebelde.

— Nos vemos en el almuerzo, el jefe me quiere ver

— Alex, hay alguien en la oficina del jefe

— ¿Quién?

Sin dejarla responder, la puerta se abrió abruptamente y de la oficina salió Paulina, la novia en turno de Máximo Rosales, mi jefe. Lo extraño es que ella está llorando a mares y su maquillaje está corrido, detrás de ella salió la razón de su sufrir, al verme dijo:

— Alexander, acompañe a la señorita Salinas al elevador

Asentí y me volví a ella, Alba ya le había dado unos pañuelos con que limpiar su cara. Paulina no miraba a nadie así que me acerqué a ella.

— Acompañeme por favor

Miró a mi jefe, luego recibió de Alba más pañuelos y caminamos juntos a la puerta del elevador. Presioné el botón y mientras esperamos, Paulina, una joven hermosa de ojos verdes, piel blanca y cabello castaño. Ella me miró y me dijo en un susurro.

— Sé que eres gay Alex, no te juzgo, pero te doy una sugerencia —la miré—, no te fijes en un hombre como Máximo Rosales, no vale la pena que sufras por alguien así

El elevador llegó y se subió a este, mirándome en silencio y a la vez diciéndome: Júralo por lo que más quieras. Asentí disimuladamente antes de que las puertas se cerraran.

— No lo iba a hacer de todos modos —susurré para mí mismo.

Me di la vuelta y caminé hacia la oficina de mi jefe, se hizo a un lado para dejarme entrar y después cerró la puerta. Me di la vuelta para darle la cara al hombre.

— Buenos días, señor, ¿en qué le puedo ayudar?

— Siéntese, por favor

Me quité mi mochila y me senté en la pequeña sala que tiene su oficina. El hombre se sentó enfrente de mí como si estuviera en su casa, pues claramente está en su derecho porque este lugar es su espacio y no el mío, así que me tengo que comportar como un invitado y no como el dueño.

— Lamento recibirlo de esta manera, es sólo que Paulina merece algo mejor que yo

Asentí y puse atención a lo que fuera a decir después de esto.

— Alexander, usted sabe que me encantan tres cosas: los negocios, las mujeres y el sexo, y aunque Paulina era una muy buena opción para ser más que una más de la lista, ella no debería de estar con una basura como yo, mucho menos cuando no he podido encontrar a esa persona con la que pasé la mejor noche de mi vida

No dije nada para no revelar lo que pasó realmente esa noche, lo mejor para ambos es olvidar.

— ¿Seguirá buscando a esa persona?

Asintió con toda la determinación del mundo.

— No voy a descansar hasta que encuentre a esa persona y cuando la encuentre voy a hacer una de dos cosas —¿Qué hará? Preguntó mi mente—. La primera será repetir esa noche y la segunda... pues... bueno la segunda será...

Levanté una ceja, no puede ser que este hombre sea un prodigio en todo y no sepa que hacer con una persona después de tener sexo con ella. El hombre dejó el tema para otro momento y me pidió su agenda. Le di lo que quería.

— A las diez tiene una reunión con Alberto Espinoza para firmar el convenio con su grupo hotelero, a las tres habrá una reunión con recursos humanos para implementar un taller de confianza entre compañeros y eso sería todo

— ¿Sólo eso?

— Así es

Asintió en respuesta.

— Gracias Alexander, puede retirarse

Asentí y me levanté para ir hacia la puerta que conecta con mi oficina. Un espacio de cinco por cinco qué supe acomodar desde el primer día. Saqué mi computadora y comencé mi trabajo como el administrador de confianza, aunque ya hay uno en este piso le he cachado algunas trampas y me he encargado de hacer las cosas como deben de ser. Además, tengo que redactar mi carta de renuncia para entregarla al final de la época alta, aunque quiera irme ahora no podría porque no tendrían mucho tiempo para encontrar a un nuevo asistente de presidencia, así que tengo que soportar la abundancia.

. . .

La hora de ir a visitar a Alberto Espinoza llegó, acompañé a mi jefe hasta su coche. Condujo por las calles de la ciudad con toda la calma del mundo hasta que llegamos al hotel principal de Alberto. Se estacionó y bajamos casi al mismo tiempo, entramos y tomamos el elevador para llegar al último piso del edificio. En el camino el elevador recogió gente y no fue tan asfixiante el recorrido, el problema se presentó cuando los demás pasajeros se fueron de golpe entre el piso cinco y el piso seis, dejándonos solos es una atmósfera de incomodidad de la que no podremos salir fácilmente sin tener que mediar palabra. Miré con ansias el marcador del elevador mientras mi jefe revisa algunas cosas en su teléfono, me alejé disimuladamente de él. Un minuto después y llegamos a nuestro destino, el piso lleno de secretarias y ejecutivos se paralizó en el momento en que mi jefe salió del elevador. Por su bien se alejaron y la recepcionista tuvo que sacar toda su valentía para encarar al hombre y no ser deborada en el intento.

— B-buenos días, dígame señor Rosales —está temblando como una hola en la intemperie.

— Tengo una junta con Alberto Espinoza

— Está en su oficina y... ¡Señor Rosales espere, el señor Espinoza está atendiendo a alguien más!

En el momento en que mi jefe abrió la puerta mis ojos se secaron y me di la vuelta, no quería ver eso... y tampoco escucharlo. Alberto Espinoza es un hombre divorciado al que le encantan las jóvenes y está pasando un rato muy íntimo con una de ellas. Mi jefe cerró la puerta de golpe, batiendo sus ojos por la escena que vimos, miré a la recepcionista, ella estaba temiendo por su vida así que hablé.

— Esperaremos entonces —eres un guerrero Alexander, tu estómago no va a poder contigo.

Asintió y volvió a su trabajo, aunque nos miraba discretamente cada cierto tiempo. Mi jefe esperó con los brazos cruzados y recargado en la pared hasta que de la oficina salió una joven con el cabello medio arreglado, el labial retocado, la ropa acomodada torpemente y muy feliz, MUY feliz. Mi jefe entró primero a la oficina con una cara de pocos amigos y yo detrás de él, Alberto Espinoza está acomodando su traje de más de tres mil pesos, cerré la puerta para tener un poco de privacidad. Cuando terminó puso un cigarro entre sus labios y con un encendedor prendió la punta hasta conseguir quemar un poco el papel y la hierva en el interior. Procuré no mostrar mi desagrado ante el olor del sexo unido al del cigarro.

— Buenos días Máximo, buenos días Alexander

— Buenos días —dije.

— Alberto cuando tengas tus "encuentros" ponle seguro a la puerta

— ¿Para qué? Así matas la emoción de ser descubiertos y ustedes dos no estaban en mis planes, aunque no me hubiera molestado en tener a Alexander aquí

Levanté la mirada y me alejé un paso, Alberto soltó la carcajada y dejó su cigarro en el cenicero de cristal antes de ir a saludar a mi jefe como es debido.

— Era broma Alex, ¿puedo decirte Alex?

— Alex es para personas de confianza, señor Alberto

— Bueno, ya habrá otra oportunidad, ¿íbamos a firmar algo Máximo?

Asintió y se acercó al escritorio para leer el convenio entre los dos grupos hoteleros. Me tomé la libertad de mirar la oficina de Alberto, es más libre y sin restricciones. En su escritorio están las fotos de sus hijos cuando eran niños y de él junto a su esposa cuando estaban casados, se veían felices. Todo iba bien, hasta que alguien entró a la oficina y esa horrible voz llegó a mis oídos.

— Hola pá, oye quería... hola Alexander —usó esa basura por voz coqueta que tiene, ¿qué quiere?—, ¿Quieres ir a tomar un café mientras los aburridos hacen cosas aburridas?

Automáticamente se ganó las miradas enojadas de mi jefe y su papá, miré a Matías sin mucha emoción y le dije:

— No gracias, no nos quedaremos

— Por favor Alex, acepta y te dejo en paz —se acercó a mí con su apestoso aliento a no sé que cosa y me alejé de él— no seas tímido Alex

— Matías deja en paz a Alexander o cancelaré tus tarjetas

Se detuvo y se alejó de mí. Aunque puedo pelear, prefiero no hacerlo por dos razones. La primera es que me lesioné el hombro derecho cuando era más joven, mientras que la segunda es porque no vale la pena pelear con alguien como Matías Espinoza. Él tomó su distancia conmigo y pude respirar como Dios manda. Mi jefe y su ahora socio se miraron y no dijeron más del tema, Alberto fue quien habló.

— ¿Quieren almorzar? Según vi en el menú está muy sabroso el día de hoy

— ¿Igual o mejor que tu amante? —dijo mi jefe, me mordí la lengua para no reír de las caras que padre e hijo pusieron.

Sentí mi teléfono vibrar y salí para contestar.

— ¿Es mi competencia, Alex?

No hice caso y salí, tomé la llamada apenas vi el nombre en el marcador.

— ¿Cómo amaneció la princesa de la casa? —me reí al escuchar su bostezo, debo suponer que apenas se despertó.

— Bien cansada, ¿cómo estás?, no escuché cuando te fuiste

— No quise despertarte, oye tu desayuno y tu almuerzo están en la mesa de la cocina, en el refrigerador hay caldo por si quieres comer

— Gracias hermanito, te dejo voy a desayunar

— Procecho Lucy, nos vemos en la noche

— Vale, con cuidado

Colgué y al darme la vuelta mi jefe ya había salido con la misma cara de pocos amigos con la que entramos.

— Camine Alexander, ya nos vamos

La recepcionista me miró y me alcé de hombros antes de entrar al elevador. Aquí vamos.

. . .

Tenía enfrente de mí una hoja en blanco que no sabía como llenar, sólo tenía el inicio de la carta y no me sirve de nada sino puedo poner una sola razón por la cual renunciar sin tener que ser totalmente explícito. Aunque había una razón que está en duda, pues uno de mis primos quiere abrir un antro no muy lejos de aquí, hasta donde sé va a ser un negocio familiar y me ofreció el puesto de Administrador, acepté aunque no sé en qué se haya quedado ese asunto. Miré la hora en mi reloj y ya casi es mi hora de salida, terminé con los documentos de la junta de mañana, la agenda de mi jefe está completa, ya falta poco para que me depositen mi quincena... creo que es todo.

Apagué mi computadora y mientras se enfría pongo un poco de orden en mi oficina. Guardé mis aparatos con sus respectivos cargadores, mi cartera, mi teléfono, mi casco y otros pocos documentos para la siguiente semana. Salí de mi oficina, encontrando a mi jefe en su escritorio con una lámpara de lectura iluminando los documentos mientras el resto del cuarto está a oscuras.

— Jefe, ya me voy

— ¿Ya?¿Qué hora es?

Miré mi reloj.

— Ya pasan de las ocho, ¿se va a quedar?

— No, también me voy

— ¿Quiere que lo espere?

— No quisiera quitarle el tiempo Alexander, pero si usted gusta puede esperar

Asentí y esperé pacientemente a que guardara sus cosas. El hombre apagó todo y salimos de su oficina, sé que desde esa noche mi cuerpo responde a su cercanía y lo escondo porque no quiero dar señales de ser esa persona. Sin embargo, eso no me impide seguir siendo el fiel asistente de Máximo Rosales y nada más.

— ¿Qué tiene el hijo de Alberto con usted? —dijo por fin cuando salió de su oficina.

— Digamos que desde que me vio entrar a la oficina de su padre se "enamoró" de mí, pero como lo he rechazado miles de veces soy la obsesión del momento

Silbó algo impresionado y es difícil impresionar a alguien como él. Presioné el botón del elevador y esperamos a que llegara la caja de metal.

— Lamento exponerlo al acoso de Matías

— No se preocupe, sé cuidarme solo

El elevador llegó y subimos, presionó el botón del primer piso, el hombre a mi lado no pudo evitar bostezar y no pude evitar verlo de reojo, por un hueco entre sus dedos vi sus dientes y el recuerdo de sus mordidas en mi cuello me golpeó. Me obligué a mirar alfrente sin mostrar alguna emoción que no sea el cansancio.

— Perdone

— No se preocupe, mañana será otro día

Las puertas se abrieron y salimos hacia la salida de empleados. Registramos nuestra salida con el lector QR de la entrada/salida, mi jefe caminó hacia su coche y me despedí con la mano, me respondió antes de entrar. Me puse mi casco y saqué la llave de mi pantalón, así que subí a mi moto, retrocedí, la prendí y aceleré para salir antes que mi jefe, le agradecí a Santiago y aceleré para incorporarme a la calle que me lleva al centro, después tomaré una desviación que me sacará a la colonia en donde vivimos mi hermana y yo.

. . .

Cerré el zaguán de la casa con candado y me metí a la casa escuchando desde el cuarto de Lucy su voz hablando con alguien, caminé hasta mi cuarto para dejar mis cosas y avanzar al cuarto de Lucy para tocar la puerta suavemente.

— ¿Se puede?

— Si

Abrí la puerta, encontrando a mi hermana con su celular hablando con otra mujer.

— Oye Mony, te llamo después ya llegó mi hermano

— Ok, nos vemos Lucy

Ella colgó y se levantó, aún en pijama, para abrazarme. Le sonreí y le correspondí el gesto.

— ¿Qué hay para cenar? —preguntó contra mí pecho.

— Jajaja... traje bolillos, frijoles refritos y queso añejo

— ¿Molletes?¿No había pan con doña Susi? —sacó su cara de mi pecho para levantar su cara y mirarme con ganas de comerse una concha de fresa de Doña Susi.

— Sabes que a la mujer se le acaba el pan muy rápido y tú no vas a cocinar el día de hoy, ¿si te comiste el caldo?

— Estuvo muy rico, sigo diciendo que te equivocaste de carrera, bien pudiste ser chef

— Si, pero me gusta mi carrera y cocinar es mi pasatiempo Lucy, me voy a poner la pijama y ahorita hago la cena

— Okis, ¿quieres que haga algo de tomar?

— Pues también traje leche, chocolate y bombones, sentí un antojo de chocolate caliente

— También se me antojo, ve a cambiarte yo preparo el chocolate

Asentí y salimos de su cuarto, ella fue a la cocina y yo me metí a mi cuarto. Saqué mi pijama de abajo de mi almohada y me cambié la ropa, los zapatos los cambié por una pantuflas. Salí a la cocina para cortar los bolillos a la mitad, embarrar los frijoles en el pan y meterlos al horno eléctrico, mientras espero a que salga la cena Lucy cuida el chocolate. Prendí la tele para que veamos una caricatura o alguna película que podamos ver los dos.

— Déjale en Scooby Doo

Le sonreí y dejé el control a un lado mientras escuchamos las voces de Shaggy, Scooby, Velma, Daphne y Fred discutiendo sobre el nuevo misterio entre manos. Al poco tiempo apagué el horno y saqué la bandeja para ponerla sobre unos trapos en la mesa, tomé la bolsa del queso y tomé un buen tanto para esparcirlo sobre la buena embarrada de frijoles.

— ¿Y el chocolate?

— Esperate si no son enchiladas —río Lucy.

— Pues que se apure a hervir —también me reí.

Miramos otro rato la caricatura hasta que Lucy apagó el chocolate. Con un cucharón sirvió dos tazas de barro y a cada una les puso una generosa cantidad de bombones. Nos sentamos en la mesa a cenar, mirando la caricatura y riendo por la icónica escena de la persecución.

— ¿Qué tal tu día de descanso?

— Excelente, no dormía tan bien desde la prepa y no sabía que hacer con tanto tiempo libre, ¿Y a tí?

— Me fue bien, hasta que el hijo de un socio de mi jefe me empezó a coquetear

— ¿Y qué pasó?

— Lo mandé al demonio y su papá me ayudó con una amenaza muy buena —le di una mordida a mi último mollete.

Mi hermana le dio una sorbo a su taza. Después de un día tan cansado, la mejor parte es volver a casa y pasar tiempo con mi persona favorita en el mundo, mi hermana.

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