Capítulo 1: El pueblo Rocokoma
Tierra Suave es un planeta relativamente pequeño; las sociedades se conforman por pequeños pueblos, la mayoría gobernados por un rey que no hace más que rascarse la panza.
Mi pueblo era una excepción: vivíamos como una familia; toda decisión era unánime. Éramos nómadas, fuertes y morenos; nuestra piel tostada por el sol, nuestras manos ásperas por el trabajo, nuestra mandíbula fuerte para desgarrar la carne animal que consumíamos. Nuestras almas pacíficas por los constantes mimos de la naturaleza. En mi pueblo tenías que esforzarte si querías sobrevivir; todos trabajaban.
Nos dividíamos en recolectores, cazadores, curanderos y cuidadores. Los niños nos manteníamos bajo el cuidado de ancianos y cuidadores hasta que llegábamos a la pubertad; entonces se nos asignaba un rol según nuestras capacidades.
Yo siempre fui una niña hiperactiva. Desde que tengo memoria, me levantaba al alba, me deslizaba fuera de mi diminuta carpa de cuero de baq, sentía el frescor de la tierra y la hierba besar las plantas de mis pies. Mi vista vagaba por la vegetación húmeda de rocío y el cielo despertando en tonos rojos y anaranjados. Mi madre solía decir que eso era porque el cielo se sonrojaba enamorado de la tierra; yo siempre pensé que era porque al salir el sol, le hacía calor.
Después de saludar al sol, como era costumbre entre mi gente, me trepaba a un árbol, acariciando la aspereza de su corteza, y me dedicaba a vigilar la carpa en que mis padres dormían. Arrancaba una que otra hoja y la masticaba, hasta que mi padre salía con su saco lleno de hierbas energizantes con el cordón cruzado en su pecho desnudo, la botella de agua colgando de su cuello, la navaja atada a su cintura envuelta por una falda hecha de piel de Jug, y en su espalda colgando su manto de rurúpuk, un material que funciona muy bien como abrigo.
Mi padre saludaba al sol entonando un silbido como el de un pájaro; luego besaba su mano, la elevaba y luego la bajaba tocando la tierra. Era el saludo de todo quien salía a una misión peligrosa, en el caso de mi padre: cazar.
Luego, mi padre agarraba su lanza, apoyada a la entrada de su tienda, y echaba a andar. Yo esperaba que se alejase un poco para seguirlo.
Cazadores y cazadoras se reunían y se dividían; yo los seguía escondiéndome tras el verdor de las hojas, mi vista fija en cada movimiento de las presas y sus predadores: nosotros.
Mi olfato mareado por el olor a vegetación, tratando de seguir el olor de la presa, olor que no lograba captar.
Luego de cazar una buena cantidad, se reunían de nuevo y regresaban.
Las primeras veces que me escapé, mi madre me dio una buena regañiza, llena de preocupación bien camuflada de enojo. Con el tiempo se resignó a mi indomable temperamento y se limitó a aconsejarme para que no cometiera imprudencias. Sus consejos me fueron siempre útiles; supongo que es la sabiduría de madre.
---
Me faltaban seis lunas para cumplir los seis cuando cacé mi primera presa: un pájaro. Se posó cerca de la rama en que me encontraba, picoteando un jugoso fruto violeta. Sentí mi corazón golpear contra mi pecho emocionado. En un movimiento rápido lo agarré con mi mano y con la otra le clavé mi navaja. Me caí del árbol, me di un porrazo, pero nada podía quitarme la sonrisa. Atontada por el golpe me senté, deposité el pájaro muerto en la tierra, me arrodillé, dirigí las manos y la vista al cielo.
—Permítanme disfrutar hoy de esta carne, gracias por permitirme la vida y les pido de todo corazón que cuiden bien el alma de este ave, que hoy me alimenta —recité sin recordar con exactitud el rezo de mi padre; luego bajé las manos en dirección al pájaro.
—Perdón por cortar tu vida, y gracias por alimentarme —murmuré y apoyé las manos en la tierra cerrando los ojos.
Después me marché al campamento, pájaro en mano. Mi padre y mi madre no pudieron evitar sorprenderse; sorpresa que se convirtió en emoción. Esa noche en la cena vi mi pájaro cocido sobre la manta llena de comida, a la que acudían todos para servirse suntuosas comidas mientras agradecían, a todo cuanto dios acudiese a sus mentes, al ser que se llevaban a la boca, a quien lo cazó o arrancó, y a quien lo cocinó.
La verdad es que en cada cosa buena que tenemos o que nos pasa, hay una lista larga de agradecimientos, que he visto es costumbre omitir. Supongo que en los palacios se les olvida que sus alimentos tenían vida.
Fui y me alcé una cabeza de ruilú, un animalito de unos 40 cm de largo, incluso algunos llegan a más de medio metro. Cubren largas distancias de un salto y se comen la corteza de los árboles. Fue en ese momento en que mis ojos se fijaron en los opacos del animal muerto, que decidí que como regalo para mi cumpleaños cazaría un ruilú.
Mientras los demás niños jugaban y charlaban animadamente, yo trataba de seguirles, pero con mi mente pensando en mil y una estrategias para cazar un ruilú.
—Rock, tu turno —me dijo Lunulyn, mi amiga.
—¿De? —pregunté completamente perdida. Ella rodó los ojos y resopló.
—¿En dónde tienes metida la cabeza?
Los demás me miraban; algunos bromeaban y otros me perforaban con el ceño fruncido. No los culpo: estaba entorpeciendo el juego.
—Perdón, tengo sueño —dije y me dirigí a mi carpa. Pero debí saberlo: Lunulyn me siguió, se colgó de mi brazo y comenzó a dar saltitos.
—¿Qué aventura estás planeando? —preguntó con su cantarina voz.
Una sonrisa se apoderó de mis labios.
—Voy a cazar un ruilú —dije.
Lunulyn se detuvo y me miró perpleja.
—Ese animal mide lo mismo que tú; te partirá algún hueso de una patada —dijo casi gritando.
La preocupación de mi amiga me hizo sonreír: es lindo que se preocupen por ti.
—Ya verás cómo lo logro, y sin ningún rasguño —dije, retomando el paso.
Ella pasó todo el camino tratando de hacerme entrar en razón, pero en el mundo hace falta gente razonable y gente que pruebe los límites; yo necesitaba probar los míos.
---
Agazapada entre la hierba, la lanza en mi mano, la vista en el campo, el corazón acelerado de emoción. Entonces apareció el ruilú, olfateando el aire; no me percibió.
Comenzó a caminar con sus ligeras y alargadas patas como si bailara; su ritmo constante y pausado contrastaba con el estado acelerado de mi ser, a la espera de que cayera en mi trampa.
Se detuvo frente al árbol de corteza más tierna, aquel en el que coloqué mi trampa. Tras oler el árbol, abrió su hocico alargado con dientes como sierra y masticó.
Sonreí al ver cómo mi cuerda se envolvía en su hocico; no la había detectado en el árbol. Me deslicé por la colina y corrí en dirección a mi presa. Pero en el instante en que alcanzaba al ruilú, este rompió la cuerda y echó a correr.
Sin darme cuenta, me encontraba corriendo tras el animal, que aún luchaba por deshacerse de la cuerda. Aproveché eso para clavarle la lanza, pero no fue un golpe mortal, ya que el ruilú se giró y me embistió.
Rodé por el suelo, golpeándome con algunas piedras. Intenté incorporarme, pero el ruilú se paró sobre mí y alzó su garra. Me cubrí el rostro con una mano mientras con la otra agarré la lanza y atravesé el abdomen del animal.
—Lo siento —murmuré viéndolo derrumbarse a un costado, y mientras yo recuperaba el aliento, él dejó salir su último aliento.
---
El sol se escondía tras la montaña sonrojando el cielo; el canto de los pájaros bailaba entre los susurros de los árboles; mis pies descalzos se hundían en la humedad de la tierra; mi espalda se encorvaba bajo el peso de mi carga: un ruilú sangrante, sus patas traseras arrastrándose por el suelo.
Mi padre, que fumaba una hierba apoyando la espalda quemada en un áspero tronco, me vio llegar. Sus ojos se abrieron con sorpresa; soltó su porro con humo oloroso y corrió a tomarme en brazos para examinarme de pies a cabeza.
—¿Estás bien? —preguntó al fin. Yo asentí con la cabeza—. ¿Y esto? —agarró mi brazo atravesado por un rasguño del que aún brotaban unas cuantas gotas de sangre.
—No quería un rasguño en mi cara —dije, intentando hacerme la dura, aunque la verdad es que mis ojos se aguaban por el dolor ardiente de mi brazo. Mi padre me abrazó y no me contuve. Se colgó el animal sin vida en la espalda y me llevó en brazos, dándome un discurso mezcla de orgullo y regaño.
En casa, mi madre mostró la misma preocupación y no tardó en curar mis heridas, sin olvidar la regañiza que me echó encima. Ahora sé que ella tenía razón, aunque igual lo volvería a hacer.
En la noche, cuando vi a mi madre sonriendo con orgullo mientras colocaba mi ruilú con el resto de comida, mi corazón dio un brinco alegre y, saltando, me fui en busca de Lunulyn. Ella, sentada bajo la sombra de un árbol, intentaba tallar una madera.
—Lynlunu —dije, y ella sonrió parándose de un brinco para correr a envolverme con sus brazos.
—Roca —dijo, y me reí.
—Adivina.
—¿Qué?
—Que adivines —me miró molesta.
—Ya pues —dijo con un puchero.
Rodé los ojos resignada.
—Mira, ahí —señalé mi ruilú rostizado. Sus ojos siguieron mi dedo y se detuvieron con sorpresa.
—¿Tú? —musitó, y luego me golpeó—. Estás loca.
Me reí.
—Te dije que lo lograría.
—¿No te hiciste daño?
Bajé la mirada y ella se cruzó de brazos.
—¿No que sin ningún rasguño?
—Pero estoy bien.
Lunulyn bufó para luego abrazarme.
—¿Sabes que te quiero? —dijo.
—Lo sé; yo también te quiero, Lyn.
Creo que desde ese entonces ya amaba perderme en esos brazos y en ese olor a anís que siempre la acompañaba, mi querida Lyn.








