Clair De Lune por Boppsie en Inkitt
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Clair de Lune

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Sinopsis

En el corazón de Evergreen, donde la opulencia y el silencio parecen reinar bajo un mismo techo, se alza la Mansión Moonclair: un hogar tan perfecto y frío como el mármol que la sostiene. Allí vive Ninno Moonclair, un joven omega de diecisiete años, tan pálido y frágil como la luz de la luna que le dio nombre. Nacido con una condición que convierte cada herida en un riesgo mortal, su vida transcurre entre muros grises, libros y conversaciones con quienes lo cuidan, ajeno al mundo exterior que le ha sido prohibido. Cuando los señores Moonclair contratan a Matthew Ashford, un alfa reconocido por su brillante mente y su impecable reputación como profesor, su llegada rompe la rutina silenciosa de la mansión. Matthew, un hombre que ha escalado desde la humildad hasta el prestigio, no tarda en descubrir que su nuevo alumno no es solo un heredero aislado, sino un muchacho envuelto en una tristeza tan profunda como delicada. Intrigado por la dulzura y el misterio que rodean al joven omega, Matthew se ve atraído hacia un mundo donde la fragilidad y los secretos conviven con una elegancia inquebrantable. Pero a medida que los días avanzan, comienza a darse cuenta de algo que lo inquieta más que cualquier límite social o moral: está sintiendo demasiado. El afecto se transforma en ternura, la ternura en algo más, y lo que al principio fue simple curiosidad pronto se convierte en un sentimiento que amenaza con derrumbar las paredes de la razón. Porque aunque sabe que no debe hacerlo, Matthew no puede evitar enamorarse del chico que nunca debió tocar la luz del mundo.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Boppsie
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

01

Las calles de Evergreen se encontraban cubiertas por un manto de nieve que parecía engullir la ciudad bajo su frialdad implacable. El invierno había llegado con una severidad casi teatral, y no era sorprendente que la urbe, ya de por sí grisácea, se viera ahora envuelta en un silencio glacial, roto únicamente por el crujir de los pasos sobre la nieve compacta y los ocasionales susurros del viento entre los edificios.

—¿Qué te ocurre? —preguntó Leo, observando con cierta preocupación el rostro de Matthew, cuya tez clara parecía aún más pálida bajo la luz tenue de la cafetería. El joven rubio permanecía abstraído, contemplando cómo los copos de nieve danzaban lentamente frente a la ventana, como diminutas criaturas etéreas suspendidas en el aire.

Leo chasqueó los dedos frente al rostro de Matthew, arrancándolo de su ensimismamiento.

—¡Ey! —exclamó—. ¿Escuchaste siquiera una palabra de lo que dije?

Matthew parpadeó, sonrió levemente y acomodó un par de mechones dorados que descansaban sobre su frente.

—Perdona —respondió con suavidad—, me dejé llevar por la vista.

—Siempre lo mismo contigo —replicó Leo, con un deje de exasperación—. Siempre te pierdes en algo mientras te cuento asuntos importantes.

Matthew soltó una risa ligera, divertida por la reacción de su amigo, y dijo: —Lo siento, de verdad. Repite lo que estabas diciendo.

—Hombre, he conseguido información sobre lo que podría ser tu mejor trabajo hasta la fecha —dijo Leo, con un brillo travieso en los ojos.

—Ya sabes que estoy conforme con lo que gano —respondió Matthew, con un gesto despreocupado, mientras jugaba con la taza de café humeante frente a él—. Enseñar en universidades y escuelas de prestigio me ha dado suficiente.

—Niega todo lo que quieras —interrumpió Leo, alzando una ceja—. Esto no es como lo que ya haces. Aquí te ofrecen doblar tu sueldo, solo por dar clases particulares.

El corazón de Matthew dio un pequeño brinco; su atención, hasta entonces dispersa entre la nieve y el vapor del café, se centró por completo en las palabras de su amigo.

—¿De cuánto estamos hablando? —preguntó, con un interés que no pudo disimular.

Leo esbozó una sonrisa que combinaba diversión y complicidad. —No me vas a creer.

—Dudo que supere los cinco mil dólares —replicó Matthew, un atisbo de incredulidad en su voz—.

Leo bebió un sorbo de su taza antes de responder, midiendo sus palabras con teatralidad.

—Hablo de mil dólares por clase.

Matthew arqueó las cejas, incrédulo.

—Estás bromeando. Nadie pagaría esa suma por clases particulares. Lo sé, porque lo he hecho antes y los padres rara vez compensaban bien el tiempo que invertía.

—Cállate y escucha —ordenó Leo con un toque de urgencia—. La persona a la que darías las tutorías no es un joven cualquiera. Estamos hablando del hijo de los Moonclair.

La información golpeó a Matthew como un viento helado. Su sorpresa fue inmediata, acompañada de una mezcla de curiosidad y cautela. Todo habitante de Evergreen conocía la fama de los Moonclair; su riqueza era legendaria, y más aún, su linaje dominante era reconocido por todos. Sabía, incluso antes de conocer al muchacho, que involucrarse con ellos no sería un asunto trivial.

Matthew se quedó mirando a su amigo, intentando descifrar si aquella expresión de entusiasmo desbordante era sincera o fruto de alguna de sus habituales exageraciones. Leo tenía los ojos iluminados, casi brillantes, como si estuviera a punto de revelar un secreto de proporciones inimaginables.

El ruido de las tazas, el murmullo de la cafetería y el tintinear de los cubiertos sobre los platos parecían desvanecerse a su alrededor.

—¿Estás jugando conmigo, Leo? —preguntó finalmente, con un tono entre incrédulo y cansado—. ¿O esto es realmente una oferta seria?

Leo dejó escapar una breve carcajada y golpeó la mesa con las yemas de los dedos, marcando un ritmo breve, casi como un tambor improvisado.

—Te juro que es totalmente real —dijo, con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas—. Y si no me crees, puedo mostrártelo ahora mismo.

Matthew lo observó en silencio por un momento, el ceño levemente fruncido. Había aprendido a no dejarse arrastrar por el entusiasmo fácil de Leo, pero aquella vez había algo distinto en su tono, algo más firme, más convincente.

—Mira —prosiguió Leo inclinándose hacia él—, no es algo que debas pensarte demasiado. Tú mismo me dijiste que, aunque tu sueldo es “bueno”, nunca termina de ser suficiente. Que parte de él se va cada mes para tu madre y tu hermana allá en Evellen. Y lo entiendo, eres un hombre responsable… pero, ¿no crees que ya es hora de pensar un poco en ti también?

Matthew no respondió, solo lo miró con una media sonrisa que ocultaba más cansancio que escepticismo.

Leo aprovechó su silencio y continuó: —Con este trabajo podrías pagar los estudios de tu hermana, ayudar a tu madre sin preocuparte por los gastos, y todavía te sobraría para darte una vida más cómoda. Quizá podrías dejar de arrendar ese pequeño departamento y comprarte una casa propia.

Las palabras de Leo flotaron en el aire, densas y tentadoras. Matthew se recostó en su silla, cruzando los brazos mientras hacía cálculos mentales. Si el pago era real, si el contrato se sostenía, podría ganar más en un mes que en todo un trimestre enseñando en las universidades más prestigiosas del país. Solo cuatro semanas de clases particulares, y podría estabilizar su vida y la de su familia. Era una oferta demasiado generosa, casi inverosímil.

—¿Y cómo conseguiste esa información? —preguntó con cautela.

Leo alzó las cejas con un aire de triunfo.

—No tuve que buscarla. El dato llegó a mí. Un beta apareció esta mañana en la universidad preguntando por ti. Me dijo que necesitaban contactarte cuanto antes, que la familia Moonclair estaba interesada en ofrecerte un puesto como tutor particular. Me dejó una tarjeta —sacó del bolsillo de su abrigo un pequeño rectángulo blanco, finamente bordado en plata— y me pidió que te la entregara.

Matthew tomó la tarjeta entre los dedos. El papel era grueso, elegante, de un blanco tan puro que contrastaba con el gris del invierno visible tras los ventanales. Las letras plateadas brillaban con un leve reflejo azulado bajo la luz tenue del local. “Familia Moonclair”, podía leerse en un trazo sobrio, casi aristocrático.

—Pensé que ese supuesto hijo era solo un rumor —dijo Matthew con un tono bajo, sin apartar la vista del papel—. Nadie lo ha visto nunca.

—Exacto —replicó Leo, inclinándose hacia adelante con gesto cómplice—. Esa es la mejor parte. Si aceptas, serás el primero en conocer al misterioso heredero. Dicen que es un joven alfa, reservado, quizás intimidante, quizás arrogante, quién sabe. Nadie en Evergreen sabe por qué los Moonclair lo esconden tanto. Pero tú podrías descubrirlo.

Matthew soltó una risa corta, más por nervios que por diversión.

—No sabía que querías convertir mi trabajo en una historia de misterio.

Leo le dio un ligero golpe en el brazo. —No seas tan incrédulo. Esto podría cambiarte la vida, Matthew. Y si no lo haces por el dinero, hazlo por curiosidad. No todos los días uno recibe una invitación de los Moonclair.

Matthew volvió a mirar la tarjeta. Los bordes plateados parecían reflejar la luz de la luna que se filtraba a través del ventanal. Sintió, por primera vez, una extraña sensación que no supo identificar del todo. Quizás era solo la idea del cambio, o el presagio silencioso de algo que aún no entendía.

Fuera, la nieve seguía cayendo, cubriendo Evergreen con un manto blanco. Dentro, el calor del café se mezclaba con el murmullo de la gente, pero en la mente de Matthew solo resonaba un pensamiento:

¿Qué clase de familia, y qué clase de hijo, podían pagar tanto solo por unas clases particulares


Aquella noche, después de la charla con Leo en la cafetería, Matthew no lograba apartar de su mente la imagen de la pequeña tarjeta blanca. La había dejado sobre la mesa del comedor, y cada vez que pasaba junto a ella, su mirada se detenía en los bordes plateados que brillaban de una forma tan pura. No podía evitar pensar en lo improbable de aquella propuesta; una oportunidad tan singular que parecía rozar la frontera de lo irreal.

Mientras ordenaba su portafolio con el material de sus clases, el timbre del teléfono fijo resonó por todo el departamento, cortando el silencio con su tono metálico. Matthew se enderezó de inmediato. Sus ojos se posaron un instante en la tarjeta antes de alargar la mano hacia el auricular.

—¿Hola? —respondió.

—¿Matthew, hijo? —la voz de su madre llegó cálida, familiar, cargada de ese leve temblor que el tiempo imprime en las madres que esperan siempre saber que todo está bien—. Leí en el periódico que Evergreen está cubierta de nieve. Dicen que el frío este año será brutal.

Matthew sonrió con suavidad, dejando escapar un suspiro que empañó la tranquilidad del momento.

—Sí, es cierto —respondió—. Pero no te preocupes, estoy bien. ¿Cómo están tú y Violett?

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea, y cuando su madre volvió a hablar, su tono se tornó melancólico.

—Tu hermana está bien… solo un poco decaída, supongo.

La preocupación se dibujó en el rostro de Matthew de inmediato.

—¿Por qué? ¿Está enferma?

—No, nada grave —replicó ella con un suspiro—. Es solo que… quizá tenga que dejar la universidad por un tiempo. Han subido los aranceles, y ni con el dinero que nos envías ni con lo que gano alcanzará para cubrirlo. No quiero que te preocupes, buscaremos una solución.

Las palabras de su madre quedaron suspendidas en el aire. Matthew miró una vez más la tarjeta sobre la mesa. La blancura del papel parecía brillar con un fulgor casi simbólico bajo la tenue luz del comedor.

—No te preocupes por eso, madre —dijo finalmente con voz firme—. Dile a Violett que no piense en abandonar sus estudios. Encontré un nuevo empleo, y me pagarán casi el triple de lo que gano ahora.

Del otro lado, la voz de su madre cambió de inmediato, mezclando sorpresa y temor.

—Matthew Ashford —dijo en un tono de advertencia—, espero que no estés involucrándote en nada peligroso… No quiero enterarme de que andas vendiendo esas drogas para alterar feromonas o cosas por el estilo.

Matthew soltó una carcajada sincera, la primera de la noche.

—Madre, no. No es nada de eso. Es un trabajo de tutor particular… para una familia de Evergreen.

—¿Y quiénes son? —preguntó ella, aún desconfiada.

Matthew se permitió una breve pausa antes de responder, como si la sola mención del nombre requiriera cuidado.

—Los Moonclair —dijo con calma.

Al otro lado, se escuchó un suave jadeo, seguido de un silencio largo.

—¿Moonclair? ¿La familia de la leyenda? —preguntó su madre en un susurro.

Él sonrió, apoyándose contra el respaldo de la silla. —Los mismos. Aunque dudo que aquella historia tenga algo de realidad.

—Tal vez no —replicó ella—, pero igual prométeme que tendrás cuidado. Dicen que esa familia es un poco, delicada.

Matthew sonrió con ternura ante la superstición de su madre.

—Lo prometo —respondió, y su voz sonó más suave—. Cuida a Violett, ¿sí? Todo estará bien.

—Lo sé, hijo. Y recuerda que te amamos mucho —dijo ella antes de colgar.

Matthew mantuvo el auricular unos segundos más junto a su oído, escuchando el eco de la línea vacía. Luego, lentamente, lo dejó sobre la base.

El silencio volvió a llenar la habitación. Solo el murmullo del viento helado se colaba por los bordes de la ventana.

Frente a él, la tarjeta blanca reposaba sobre la mesa como una invitación silenciosa. Matthew la tomó con cuidado, pasando el pulgar sobre las letras plateadas. Inspiró hondo y marcó los números impresos al pie del nombre.

Mientras el tono de llamada resonaba en su oído, una sensación extraña —mezcla de curiosidad, nervios y presentimiento— comenzó a recorrerle el pecho.

Aquella llamada, cambiaría el rumbo de su vida.


El amanecer cubría Evergreen con una pálida neblina, y la nieve caía como un velo silencioso sobre los tejados grises. Eran exactamente las ocho en punto cuando Matthew terminaba de abotonar su abrigo, observándose por última vez frente al espejo del recibidor. El reflejo le devolvía la imagen de un hombre de porte sobrio, el cabello rubio cuidadosamente peinado hacia atrás y el nudo de la corbata ajustado con precisión. Había seguido al pie de la letra las indicaciones recibidas la noche anterior: traje gris o en tonalidades monocromáticas. Por fortuna, poseía uno perfectamente acorde al código.

Guardó su cuaderno, plumas y algunos textos en su maletín de cuero negro, revisó su reloj de pulsera y luego dirigió una última mirada al pequeño calendario de pared. Una mueca se dibujó en sus labios al advertir la fecha: faltaban aún varias semanas para el inicio de su Rut. Aquello lo tranquilizó. Los Ruts eran períodos intensos para un Alfa dominante como él, y aunque siempre había tenido buen control sobre sus feromonas, prefería no enfrentarse a esa agitación interior mientras comenzaba un nuevo trabajo.

El sonido del claxon lo sacó de sus pensamientos. Tomó el maletín y descendió por las escaleras del edificio. Afuera, el aire helado le mordió el rostro con su aliento blanco. El coche de Leo lo esperaba al borde de la acera.

—Su majestad —saludó Leo con una sonrisa burlona en cuanto Matthew abrió la puerta del copiloto—. Qué honor tener a la eminencia Ashford en mi humilde carruaje.

Matthew arqueó una ceja con fingida solemnidad antes de replicar: —Agradezco tu devoción, súbdito fiel. Ahora, ¿piensas arrancar o planeas sabotear mi primer día de trabajo?

Ambos rieron mientras el vehículo se ponía en marcha. El camino hacia las afueras de Evergreen se extendía entre árboles desnudos cubiertos de escarcha. La ciudad, de por sí silenciosa, parecía ahora dormida bajo el peso del invierno.

—No puedo creer que vayas a dar clases en la mansión Moonclair —comentó Leo, con ese tono entre admiración y envidia que no trataba de disimular—. Tienes que contarme todo cuando vuelvas: cómo es el lugar, cuántos viven allí, y sobre todo… el hijo misterioso.

Matthew apoyó el codo en la ventanilla, siguiendo con la mirada el paisaje nevado.

—Probablemente sea un Alfa perezoso y consentido —dijo con cierta indiferencia—. Supongo que sus padres quieren que alguien lo discipline un poco.

Leo soltó una carcajada.

—Pensé exactamente lo mismo. Pero igual ten cuidado, ¿sí? No dejes que ese muchacho te mire por encima del hombro solo porque su familia tiene más dinero que medio país.

Matthew giró la cabeza y lo miró con una sonrisa ladeada.

—No soy un crío, Leo. Y te recuerdo que tampoco soy un Omega indefenso como para preocuparme por entrar en una casa llena de Alfas.

—A veces se me olvida que lo eres —replicó Leo, divertido—. Nunca siento tus feromonas, ni siquiera cuando estás molesto.

Matthew rio entre dientes. —Eso es porque sé controlarlas, a diferencia de ti, que las dejas sueltas por donde pasas.

Leo fingió indignación. —¡Oye! Mis feromonas no huelen mal.

—No he dicho eso —contestó Matthew, reprimiendo otra risa—. Pero si algún día quieres coneguir pareja, tal vez deberías aprender a esconderlas.

Leo bufó, sin poder evitar reír también, y el auto continuó su trayecto hasta que una imponente verja metálica apareció frente a ellos. Era alta, plateada, y resplandecía bajo la luz blanca del amanecer. En el centro, un emblema grabado con delicadeza reflejaba el blasón de los Moonclair: una media luna entrelazada con una rosa.

Leo soltó un silbido suavemente, y ambos observaron cómo las enormes puertas permanecían cerradas, inmóviles. Matthew revisó un papel con las notas que había tomado en la llamada del día anterior y murmuró:

—Aquí dice que no debemos cruzar la entrada. Un vehículo de la mansión vendrá a buscarme y me escoltará hasta el interior.

Leo alzó las cejas.

—¿En serio? Hasta para recibir profesores tienen protocolo de nobleza.

Matthew sonrió, apoyando una mano en el hombro de su amigo. —Gracias por ofrecerte a traerme, de verdad. Te debo una cena por esto.

—Me la vas a pagar —dijo Leo, fingiendo seriedad antes de esbozar una sonrisa cansada—. Cuídate, ¿sí? Y si ese Alfa mimado intenta algo raro, ya sabes cómo marcar territorio.

Matthew negó con una risa leve.

—Tranquilo, no pienso quedarme lo suficiente como para que eso ocurra.

Ambos se miraron con la complicidad de quienes se entienden sin palabras. Matthew abrió la puerta y descendió, hundiendo los zapatos en la nieve recién caída. Mientras el coche se alejaba lentamente, el sonido del motor se fue perdiendo entre los árboles.

El silencio lo envolvió entonces, y solo quedó frente a la verja, con el maletín en una mano y el vaho escapando de sus labios. A lo lejos, una silueta se aproximaba: el vehículo de los Moonclair.

Cuando el vehículo se detuvo frente a la verja, las imponentes puertas metálicas se abrieron con un suave chirrido, dejando al descubierto el camino principal que conducía hacia el corazón de la propiedad. El viento helado se coló entre los árboles, arrastrando copos de nieve que parecían danzar sobre el asfalto oscuro. Matthew observó cómo la limusina blanca se acercaba con un aire solemne, su superficie brillante reflejando la tenue luz del amanecer.

Del interior descendió un hombre alto, de porte impecable y modales casi ceremoniosos. Su cabello, prolijamente peinado hacia atrás, mostraba algunas hebras plateadas que delataban los años, pero su postura recta conservaba la firmeza de alguien acostumbrado a la disciplina. Inclinó ligeramente la cabeza en un saludo formal.

—Señor Ashford —pronunció con una voz grave, cortés y perfectamente modulada—, la familia Moonclair le da la bienvenida. Si me permite, le acompañaré hasta la residencia.

Con un ademán educado, el mayordomo abrió una de las puertas traseras del vehículo. Matthew vaciló un instante, no por desconfianza, sino por la sensación de estar cruzando un umbral invisible, una frontera entre su vida común y algo que escapaba a su comprensión. Finalmente, asintió y subió al automóvil.

El interior de la limusina era de una elegancia impecable. Los asientos, tapizados en cuero blanco, parecían tan suaves que apenas se hundieron bajo su peso. Cada detalle —los bordes plateados, las costuras finamente trabajadas, el leve perfume a madera noble— desprendía una sensación de lujo silencioso. A través de los ventanales polarizados, Matthew observó cómo el vehículo avanzaba lentamente por un extenso camino flanqueado por robles cubiertos de nieve.

Y entonces la vio.

La mansión Moonclair se alzó ante él como un vestigio de otro siglo, vasta y majestuosa, semejante a un castillo de piedra blanca cuyas torres parecían tocar el cielo grisáceo. Era absurda en proporciones, desmedida incluso para una familia de tres. El terreno se extendía hasta donde la vista alcanzaba, y en el centro del amplio jardín principal una fuente de mármol resplandecía bajo la nevada, coronada por una escultura de ángeles que vertían agua helada desde cántaros.

El vehículo se detuvo con suavidad al pie de una escalinata de mármol. El mayordomo descendió primero, rodeó el coche con pasos medidos y abrió la puerta para Matthew, inclinando una vez más la cabeza.

—Ha llegado, señor. La familia le espera.

Matthew salió, sintiendo cómo el aire gélido lo envolvía de inmediato. Sus zapatos resonaron contra las losas blancas de la escalinata mientras el mayordomo, con voz firme pero amable, le indicó:

—Diríjase al vestíbulo principal y presione el timbre. Las señoritas del servicio lo recibirán y lo guiarán hacia el interior.

—Gracias —respondió Matthew con cortesía, ajustando el maletín en su mano.

Subió los peldaños con paso contenido, admirando de reojo los vitrales altos. Al llegar a la puerta principal —una estructura de madera blanca tallada con incrustaciones de plata—, se detuvo un momento.

Su respiración se condensaba en el aire como una nube blanca. Levantó una mano y presionó con suavidad el timbre, cuyo sonido se expandió en un eco distante a través del interior de la mansión.

Por primera vez desde que comenzó aquella extraña jornada, Matthew sintió que estaba a punto de entrar en un mundo completamente distinto al suyo.

Las puertas se abrieron con un murmullo profundo, revelando la silueta de tres sirvientas dispuestas con precisión casi ceremonial. Dos de ellas sostenían las pesadas hojas de madera labrada, mientras la tercera, situada al centro, aguardaba con una sonrisa serena y una ligera inclinación de cabeza.

—Bienvenido, señor Ashford —dijo con voz suave, casi melódica—. Es un verdadero placer contar con su presencia. Por favor, entre.

Matthew cruzó el umbral con paso medido, sintiendo cómo el aire cálido del interior lo envolvía y desplazaba el frío del invierno que aún se aferraba a su abrigo. Apenas hubo traspasado la entrada, la mujer del centro —claramente la de mayor rango entre las tres— giró levemente y ordenó con un ademán sutil:

—Pueden retirarse.

Las jóvenes asintieron, cerrando con cuidado las puertas tras él. Un leve eco metálico recorrió el vestíbulo, y entonces la mujer se volvió hacia Matthew con una sonrisa cortés.

—Mi nombre es Margarett Suan —se presentó inclinando la cabeza—. Si me permite, puedo tomar su abrigo.

Matthew se lo entregó, observando cómo ella lo colgaba con precisión en un perchero tallado con motivos florales. Todo en su entorno parecía impregnado de una elegancia sobria, casi austera, donde el lujo no descansaba en el exceso sino en la pureza del orden y la simetría.

—Tengo órdenes directas de la señorita Victoria Moonclair —prosiguió Margarett— de conducirlo hasta el aula principal. Allí se reunirá con ella para conversar sobre los términos del acuerdo y el modo en que nos manejamos dentro de la residencia.

Su tono era firme pero cortés, el de alguien que cumplía sus funciones con un rigor casi impecable.

—Le agradeceré que me acompañe, por favor.

Matthew asintió y la siguió a través de un pasillo silencioso, donde el sonido de sus pasos resonaba sobre el mármol pulido. Los muros, adornados con decoraciones en plata, devolvían una sensación de solemnidad inquietante. No había un solo matiz cálido en toda la estancia: los tonos grises, blancos y plateados se entrelazaban como si la propia mansión se hubiera comprometido a vivir bajo el dominio de la tristeza y simpleza.

Incluso la vestimenta de Margarett seguía aquella norma. Su uniforme, perfectamente planchado, era de un gris uniforme, sin un solo rastro de color que rompiera la armonía monocromática, aunque, podía notarse en las raíces de su cabello negro, que ella realmente era pelirroja.

Mientras avanzaban, la mujer continuó hablando, su voz quebrando apenas el silencio del pasillo.

—La familia Moonclair mantiene una norma estricta respecto al personal —explicó—. La señorita Victoria y el señor Leonel prefieren contratar únicamente a empleados Beta. Ya sabe… debido a su naturaleza dominante, los aromas de ciertas feromonas pueden resultarles desagradables o incluso provocarles rechazo.

Matthew arqueó ligeramente las cejas ante el comentario, aunque su expresión se mantuvo serena.

—Eso explica la tranquilidad del aire —murmuró.

—Así es, señor Ashford —confirmó Margarett con una leve sonrisa—. En esta casa no hallará densidad de feromonas. La neutralidad es una regla inquebrantable.

Matthew asintió, notando una súbita sensación de alivio recorrerle el cuerpo. Era cierto: algunos olores de feromonas podían resultarle insoportables, y la idea de permanecer en un ambiente libre de estímulos le parecía, de pronto, un respiro bienvenido.

Continuaron caminando en silencio un momento más, hasta que el pasillo desembocó en una puerta doble de madera clara. Margarett se detuvo frente a ella y, con la misma serenidad que la había acompañado desde el inicio, anunció:

—Hemos llegado al aula, señor Ashford. La señorita Moonclair lo espera dentro.

Margarett abrió las puertas con un gesto medido, permitiendo el ingreso de Matthew al aula.

Apenas cruzó el umbral, el joven profesor contuvo el aliento: aquel lugar superaba cualquier expectativa. La estancia era inmensa, con altos muros cubiertos por estanterías de madera oscura que alcanzaban casi el techo abovedado. Filas de libros perfectamente alineados reposaban en un silencio solemne, interrumpido solo por el tenue crepitar del fuego en una chimenea distante. Era más una biblioteca que un aula, y los numerosos instrumentos dispuestos a lo largo del salón —pizarras móviles, escritorios de distintos tamaños, una mesa con compases, plumas, frascos de tinta y otros utensilios de estudio— daban la sensación de encontrarse en un santuario del conocimiento.

Para un hombre como Matthew, era sencillamente el paraíso.

Bajó con cautela los pequeños escalones de mármol que lo separaban del nivel principal, y fue entonces cuando la vio.

Sentada en uno de los sofás de cuero blanco, una mujer de porte imponente sostenía una copa de vino entre los dedos. Su vestido negro se ceñía con elegancia a su silueta, y un chal níveo caía con delicadeza sobre sus hombros. Era hermosa, de una hermosura serena y fría, como si hubiera sido esculpida en mármol.

Apenas notó la presencia del recién llegado, la mujer dejó reposar la copa sobre una mesa baja y lo saludó con una cortesía calculada.

—Señor Ashford —dijo con una sonrisa apenas insinuada—, por favor, tome asiento.

Matthew obedeció y se sentó frente a ella, procurando mantener la compostura.

—Un placer conocerla, señora Moonclair —dijo con tono respetuoso—. Me honra su invitación.

—El gusto es mío —respondió ella—. He oído hablar mucho de usted. El aclamado profesor Matthew Ashford... parece que su reputación lo precede.

Matthew sonrió con modestia.

—Me halaga demasiado, señora.

Victoria dejó escapar una risa breve, suave y elegante.

—Lo dudo, señor Ashford. Si ha llegado hasta aquí, no es por halagos, sino por méritos. Pero, si no le incomoda, me gustaría hablarle de inmediato sobre las tutorías.

—Por supuesto —respondió él.

—Como ya le habrán comentado —empezó ella, cruzando las piernas con elegancia—, estoy dispuesta a pagar generosamente por su trabajo. Mi hijo requiere una educación estricta, personalizada y constante. No me interesa escatimar recursos cuando se trata de su formación.

—Estoy al tanto —asintió Matthew.

—Bien. —Victoria entrelazando los dedos sobre su regazo—. Quisiera saber si el pago ofrecido le resulta adecuado o si considera que debe ajustarse.

—La suma es más que suficiente, señora Moonclair —contestó Matthew de inmediato—. Francamente, no podría pedir mejor compensación.

Victoria lo observó durante un instante, como si midiera la sinceridad en su mirada. Luego esbozó una sonrisa leve.

—Debería aprender a cobrar mejor por lo que enseña, señor Ashford. Su talento no es común, y el conocimiento siempre debería tener un precio más alto.

Matthew inclinó la cabeza, sin saber si aquello era un elogio o un regaño.

—Ahora bien —prosiguió Victoria—, respecto al horario. Mi hijo mantiene un régimen académico riguroso, y deseo que usted se comprometa plenamente con él. Las clases inician a las ocho y media de la mañana y concluyen a las siete de la tarde, de lunes a sábado. Su llegada deberá ser a las ocho en punto.

Matthew no pudo evitar arquear las cejas ante el horario; le parecía excesivo para un muchacho joven. Sin embargo, comprendió que no era su lugar discutir las normas de una mujer como Victoria Moonclair.

Ella continuó con la misma serenidad de siempre:

—El aula está equipada con todo el material necesario, aunque si llegara a requerir algo específico, puede solicitarlo a Margarett Suan. Ella es la encargada de asistirle en todo lo referente a su trabajo: material, alimentación o cualquier otra necesidad. Tiene órdenes directas de atenderle durante su jornada laboral.

Matthew asintió con una mezcla de respeto y asombro.

—Entiendo.

—Perfecto —respondió ella, tomando de nuevo su copa de vino—. Deseo que se sienta cómodo trabajando aquí. Confío en que esta colaboración será provechosa… para ambos.

Mientras la mujer hablaba, Matthew no pudo evitar notar que cada palabra suya estaba impregnada de una autoridad natural, casi magnética. Todo en ella —su tono, su porte, su elección de palabras— recordaba a una reina que no necesitaba elevar la voz para imponer su voluntad.

Victoria dejó reposar la copa de vino sobre la mesa de cristal, dedicándole a Matthew una mirada aguda, como si lo estuviese evaluando en silencio.

—Ahora que el tema de las tutorías está claro —dijo con voz pausada—, debo explicarle cómo funcionan las cosas dentro de esta mansión.

Matthew asintió, atento.

—Todo el personal de servidumbre —continuó ella— pertenece a la categoría beta. No encontrará entre ellos ni alfas ni omegas. Tomé esa decisión hace años, por simple conveniencia. —Acarició distraídamente el borde de su copa, y luego añadió—: Como seguramente habrá notado, señor Ashford, soy un Alfa dominante, y tengo un rechazo natural a las feromonas ajenas. Imagino que, siendo usted también un Alfa dominante, comprenderá a qué me refiero.

Matthew asintió con una leve sonrisa.

—Lo comprendo perfectamente. Y le agradezco la consideración, señora Moonclair. En efecto, me resulta difícil mantener la concentración cuando otras feromonas interfieren.

Victoria inclinó el rostro apenas, satisfecha con la respuesta.

—Bien. Eso evitará inconvenientes.

Su tono cambió, tornándose más frío, más técnico.

—Otra cosa. Mi esposo y yo detestamos el exceso de color. No lo soportamos. Por ello, todo dentro de la mansión —desde los muros exteriores hasta el mobiliario y el uniforme del personal— se mantiene en una escala monocromática. Los tonos neutros, los blancos y los grises son las únicas tonalidades aceptadas. Incluso el cabello de los sirvientes debe conservarse dentro de esa gama.

Matthew no pudo evitar sonreír con una mezcla de sorpresa y curiosidad.

—¿Debo suponer que hay un problema con el mío? —preguntó, llevándose la mano al cabello rubio que la luz del candelabro doraba con suavidad.

Victoria lo observó unos segundos. Su mirada recorrió su cabello con una lentitud estudiada antes de responder:

—No. Está de suerte, señor Ashford. Su tono no resulta desagradable a la vista.

Matthew no supo si aquello era un cumplido o una observación neutral, pero optó por sonreír educadamente. En el fondo, la respuesta le resultó más curiosa que tranquilizadora.

Victoria se irguió y su semblante se volvió más serio.

—Hay otro asunto que debo tratar con usted, y es un tema… delicado.

Matthew se tensó ligeramente, notando el cambio en el aire.

—La escucho.

—Toda la mansión se rige bajo un protocolo muy estricto por una única razón —comenzó ella, tomando aire antes de proseguir—: mi hijo.

Llevó la copa a los labios, bebió un sorbo y apoyó la mirada sobre una de las estanterías.

—Mi hijo Ninno padece hemofilia.

Matthew parpadeó, sorprendido. No esperaba oír aquello.

—¿Hemofilia? —repitió casi en un susurro.

Victoria asintió.

—¿Ha oído hablar de ella?

—Sí… aunque sé poco. Es un trastorno raro, si no me equivoco.

—Lo es —dijo ella con calma, apoyando las manos sobre su regazo—. La hemofilia impide que la sangre coagule correctamente. Una simple herida puede convertirse en algo grave, incluso mortal, si no se trata con rapidez. Por eso Ninno vive bajo cuidados constantes.

Guardó un breve silencio antes de continuar:

—Contamos con un médico personal dentro de la mansión, y cada miembro del personal ha sido instruido para reaccionar ante cualquier accidente. Pero necesitará ser especialmente cuidadoso con él. Una caída, una torcedura, un simple rasguño… puede tener consecuencias irreversibles.

Matthew la escuchaba en silencio, con la expresión grave. No era solo preocupación lo que percibía en la voz de Victoria, sino algo más profundo: un matiz de decepción que intentaba ocultar bajo su compostura impecable.

—Puede contar conmigo, señora Moonclair —dijo finalmente—. Prometo que seré muy cuidadoso.

Victoria asintió una sola vez, y su mirada volvió a endurecerse.

—Y quiero dejar algo claro, señor Ashford. Todo lo que se le ha dicho dentro de estas paredes es absolutamente confidencial. Cualquier detalle que salga de aquí, por mínimo que sea, será motivo suficiente para que pierda su puesto. ¿Ha quedado claro?

—Por completo —respondió Matthew sin dudar.

Victoria tomó entonces una carpeta de documentos del costado del sofá y la colocó sobre la mesa de cristal.

—Perfecto. Si está de acuerdo con las condiciones, firme aquí.

Matthew tomó la pluma que descansaba junto al contrato. Recorrió con la mirada las líneas del acuerdo, respiró hondo y finalmente estampó su firma al pie del documento.

—Bien —dijo Victoria, levantándose del sillón con la misma elegancia con que había llegado—. Desde este momento, trabaja para mi familia. Espero grandes resultados con Ninno.

—Haré todo lo posible por estar a la altura del joven Alfa —respondió Matthew con una sonrisa profesional.

Victoria se detuvo en seco, girando el rostro hacia él. Su expresión cambió apenas, aunque lo suficiente para helar el aire.

—Ninno no es un Alfa, señor Ashford. —Sus palabras fueron precisas, afiladas—. Por desgracia… nació Omega.

El silencio que siguió fue denso, casi incómodo. Matthew no supo qué decir. No lo había imaginado. Una familia de linaje tan dominante… y un hijo Omega. Aquello explicaba muchas cosas: el aislamiento, la rigidez, la necesidad de mantener todo bajo control.

Victoria retomó la compostura y se volvió hacia la puerta.

—Margarett —ordenó con voz firme—, trae a Ninno al aula, por favor. Mientras tanto, el profesor puede familiarizarse con el material a su alrededor.

Margarett asintió con una leve reverencia.

Y sin decir nada más, Victoria Moonclair salió de la habitación, dejando tras de sí un leve aroma a vino blanco y la sensación de que cada palabra suya seguía resonando en el aire, como si la estancia misma la obedeciera.

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