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Condición Felix 「HyunLix」

Sinopsis

Felix fue trasladado a una universidad poco convencional, ubicada en un bosque apartado de la civilización, por orden del gobierno, supuestamente en beneficio del resto de la población. A partir de ese momento, su vida daría un giro inesperado, colmándose de emociones que jamás había experimentado, y descubriría lo que realmente significa sentir. -¿Poderes? -preguntaba con sarcasmo el joven de cabellos rubios-. Eso no existe, estamos en el mundo real. -Ay, mi pequeño ignorante -respondió su madre con ternura, acariciándole la cabeza. ִֶָ𓂃 ࣪˖ ִֶָ🐇་༘࿐

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Ajinomen 🍜
Estado:
hace un año
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1 | Entre el rojo y el blanco

11 de mayo. Día de la madre. También, el cumpleaños de mi madre.

Felix avanzaba con paso decidido por el sendero pedregoso del cementerio, llevando en sus manos un pequeño ramo de amapolas rojas, símbolo de la sangre que su madre derramó tras recibir un disparo certero en la cabeza.

Al llegar frente a la lápida —cuya superficie permanecía impecable gracias a sus visitas frecuentes para asegurarse de su limpieza— depositó las flores sobre el mármol y contempló en silencio el nombre tallado con precisión:

“Lee Jin Su”

—Feliz cumpleaños —musitó.

No hubo quiebre en su voz, ni temblor en su garganta. Ninguna emoción emergió en su semblante; solo una frase, pronunciada por inercia, como un acto rutinario.

La recordaba. Su cabello lacio, su voz cálida, la forma en que solía llamarlo “Felix-ah” cada vez que una sonrisa se le escapaba sin aviso.

Sin embargo, recordar no era equivalente a sentir.

Y eso era lo que más le dolía, aunque no pudiera admitirlo. Ni siquiera ante sí mismo.

Las flores resplandecían con intensidad sobre el mármol blanco, como una herida abierta suspendida en el tiempo. Un rojo vibrante sobre una superficie fría. Viva contra lo inerte.

El instante del disparo permanecía vívido en su memoria.

El pasillo del avión. La confusión. Los gritos. Su madre empujándolo hacia el suelo, cubriéndolo con su cuerpo. Luego, el estruendo seco. El torrente carmesí. Su mirada recorriendo la escena con desesperación, intentando identificar al agresor. Solo alcanzó a divisar parcialmente el rostro de una mujer, parcialmente cubierto por una máscara rota.

Un único ojo. Una cicatriz. Y fuego detrás.

Desde aquel día, ese rostro lo visitaba constantemente. No en forma de pesadilla, sino como pensamientos persistentes, silenciosos, que jamás lo abandonaban.

No derramó lágrimas aquel día. Tampoco ahora.

Pero algo en su interior había quedado grabado, como una palabra esculpida a fuego sobre el hueso.

Venganza.

—Te voy a encontrar —susurró, mirando las flores—. Y cuando lo haga… no vacilaré.

El viento se deslizó entre los árboles, arrastrando las hojas secas con una suavidad casi cruel.

Felix se incorporó lentamente. Contempló la tumba por última vez. No por pena, ternura o ira. Sino porque había aprendido que eso era lo que debía hacerse.

En ese momento, un automóvil negro se detuvo junto a la entrada del cementerio. La ventanilla descendió con lentitud. Al volante, su padre lo observaba con el rostro agotado, pero sereno.

—¿Nos vamos? —preguntó con voz tenue.

Felix asintió.

Y sin mirar atrás, subió al vehículo.

Aquel día marcaba el inicio de una nueva etapa para Felix: su primer día de clases en la prestigiosa universidad a la que había sido trasladado por recomendación directa de uno de sus antiguos profesores. La institución, conocida como el Instituto Axiom, era un centro privado de élite, reservado exclusivamente para jóvenes con habilidades excepcionales.

Allí no se respiraba libertad, ni se ostentaba el lujo del prestigio convencional. En su lugar, dominaban la vigilancia constante, las estructuras rigurosas, los entrenamientos intensivos… y los secretos. Felix lo sabía demasiado bien.

¿Qué clase de estudiantes se admitían en un lugar así? ¿Qué nivel de excelencia debían alcanzar para ser considerados aptos? Solo faltaba que pudieran volar, hazaña que desafiaba las leyes físicas.

Entonces, ¿por qué él había sido aceptado? No era más que un joven con un rasgo psicológico particular y un trastorno que, en apariencia, no aportaban nada esencial al mundo.

No sentía emoción, ni rabia, ni entusiasmo ante esta nueva etapa que jamás había solicitado. Absolutamente nada.

Varias horas más tarde, tras un extenso recorrido en silencio, el vehículo que lo transportaba se detuvo frente a una imponente reja metálica. Más allá de esta, se alzaban edificaciones modernas, altas y de impecable blancura. No obstante, lo que rompía la uniformidad de las estructuras eran los ornamentos visuales: líneas y patrones de todos los matices del arcoíris recorrían los muros, se deslizaban por las esquinas, bordeaban las ventanas y se entrelazaban por las columnas, como si una mente inquieta hubiera intervenido la arquitectura con pinceladas de arte digital.

A Felix, semejante despliegue cromático le resultaba un ruido visual abrumador; no lo esperaba, ni mucho menos lo encontraba agradable.

—Pronto te acostumbrarás —comentó su padre con voz serena, aunque algo lejana—. Soyun llevará tus maletas a la habitación asignada.

Felix asintió sin esbozar gesto alguno.

—Escucha —continuó su padre—. Sé que estás desconcertado con todos estos cambios, pero quizá esta nueva vida pueda serte de ayuda.

—¿Ayudar en qué? —interrumpió el joven, sin levantar la mirada.

—Con tu alexitimia. Aquí cuentan con terapeutas altamente capacitados, y ya le he encargado a Changbin que esté pendiente de ti e informe si ocurre algo. Así que será mejor que vayas desechando esas ideas de fuga —advirtió con firmeza el señor Lee.

—¿Changbin está aquí? Pensé que ya me había olvidado… —susurró Felix, perdiéndose en sus propios pensamientos al oír el nombre de su antiguo mejor amigo.

—¡Por supuesto! Un verdadero amigo nunca olvida. Se mostró sumamente entusiasmado cuando le mencioné que estarías en la misma universidad —añadió su padre con una leve sonrisa.

—Disculpe, señor —intervino Soyun con cortesía—. Las pertenencias del joven Lee ya han sido llevadas a su habitación.

La mujer, quien había estado al servicio de la familia desde la muerte de la madre de Felix, le extendió al muchacho un pequeño papel y una llave.

—Es el número de su apartamento, para que no se pierda —añadió con una sonrisa amable.

Felix simplemente asintió en agradecimiento, se despidió en silencio, y con su mochila blanca al hombro, se adentró en lo que sería su nuevo hogar.

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