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AMORES QUE FUERON Y LOS QUE NUNCA FUERON

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Sinopsis

En Amores que fueron y los que nunca fueron, Edwin Walter Tovar Chumpitaz nos invita a recorrer el mapa emocional del amor en todas sus formas: el que se vivió intensamente, el que apenas rozó la posibilidad, el que ardió en deseo y el que se apagó en silencio. A través de una serie de relatos breves -a veces tiernos, otras desgarradores o sensuales- el autor da voz a historias anónimas que reflejan la fragilidad y la belleza de los sentimientos humanos. Cada página es un espejo donde se cruzan la ilusión, la pérdida y la nostalgia, recordándonos que el amor, incluso cuando no se consuma, siempre deja huellas.

Estado:
hace un año
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

METAONIRISMO

Para cuando desperté me dicen que había estado inconsciente veinte minutos. Tenía a Dinky, mi perro fiel, pasando la lengua por mi cara, no se había apartado de mí durante ese tiempo. Ahí estaba yo levantándome de un desmayo sin enterarme qué había ocurrido- de un momento a otro te desvaneciste dice mamá. ¿Mamá? Si hace diez años su luz se extinguió, ¿Cómo ella está presente? ¿Cómo está presente? Vamos hijo es hora de partir. ¿Adónde? Eso no interesa, ¡vamos! La sigo y me elevo, como lo hace ella, está vestida con una túnica dorada, me invade una inmensa paz. Partimos, a lo lejos alguien nos observa, es una mujer delgada vestida como mamá y nos guiará en este viaje.

Busco en la memoria y no la encuentro. Ahora tendrás la paz y calma que necesitas, ya basta de sufrimientos. Me dice mamá, la sigo, la mujer delante de nosotros nos señala la ruta y el ritmo del viaje. Es verdad, tengo una armonía que nunca he gozado, me dejo llevar por un rato, viene a mi mente el pensamiento de mi hija, y con ello el pánico. Me detengo. ¿Y, mi hija, qué será de ella? Le digo a mamá, ¿Con quién quedará? No puedo ir, tengo que cuidar de Silvia. Discúlpame viejita, debo volver, me necesitan aún. Mi madre me regala una sonrisa. Mira a la señora que nos guía esperando una señal, ella acenta con la cabeza. Ve hijo, ve, ya vendré por ti en otra oportunidad, has tomado tu elección, el amor por tu hija te mantendrá con vida el resto de tus días, ve con cuidado. Se aleja. Se detiene y vuelve sobre si, me sonríe y parte, la veo perderse en el infinito, sorprendentemente, sigo estando en paz. De súbito me despierto, estoy en cama, todo ha sido un sueño, un sueño especial.

Aún aletargado voy al baño, tomo unos minutos, vuelvo a la cama estoy aletargado, al cabo de un tiempo siento la televisión se enciende, me sorprende, ¡vivo solo! Un escarapelo abriga mi cuerpo. Me levanto y tomo precauciones. ¡¿Quién anda ahí?! No obtengo respuesta, cojo algo y me dirijo a la sala, no veo a nadie para mi sorpresa. ¿Qué tal te fue tu día?, quedó paralizado, es la voz de mi padre hablando a espaldas mía. Me repongo y giro. Es él, no ha envejecido, está igual como lo vi por última vez hace quince años. Mi voz sale ronca. Me ha ido bien, ha sido un buen día. Eso espero hijo, siempre para ti hay una oración, estoy orgulloso de ti, te has conducido correctamente ante las dificultades. ¿me invitas un café? Claro, ¿por qué no? Me dirijo a la cocina, pongo agua en la tetera. Afuera está lloviendo, el patio luce bastante húmedo. Tengo temor volver a la sala, y no por la presencia que espera por mí, sino porque hay tantos asuntos pendientes de tratar con mi padre, tantas interrogantes por resolver, tantas invenciones, tantas lágrimas. Salgo al patio, sin darme cuenta resbalo en la baldosa, me golpeo, todo se pone oscuro.

Abro los ojos y estoy acostado a la sombre de un árbol, tengo un libro en mi regazo, sobre mis piernas esta recostada mi esposa, Claudia. Es de día y hace calor, aunque se está fresco a sombras del árbol. El libro es Ulises de

Joyce, un texto que muchos dicen haber leído, sin haberlo concluido, yo no pasé de la página veinte, no quise ponerle ganas, he leído los resúmenes, al igual que ellos. Vuelvo a ella, la contemplo, está hermosa, verla ahí dormida, me llena de paz, otra vez. Es tan linda como linda fue su existencia, una loquita que trató de cambiar el mundo y que hizo feliz a todos los que tuvimos el placer de amarla, me regaló lo más hermoso de la vida: desentendencia a través de mi hija. Mamá, papá, mi esposa, están extintos, la desventura se instaló en mi vida y la parca pasó su guadaña llevándose lo más querido, dejando vacío mi corazón. ¿Estoy viviendo entre sus recuerdos o será que también estoy muerto y recorro mis pasos andados? Ella despierta, está mas agraciada que nunca, me sonríe con sus dientes níveos. Hola amor, te extrañé tanto, los extraño tanto. Al hablarme en plural, se me eriza la piel. Mi hija y su existencia. Ella gira hacia su izquierda. Miro hacia la misma dirección, es mi hija caminando hacia nosotros con su rostro iluminado, me sobresalto, ¿Silvia también está muerta? Me lleno de pavor, se agita mi respiración, siento que todo da vueltas, la oscuridad me cubre, pierdo el conocimiento.

Despierto, estoy sentado al volante de un Mustang rojo setentero, bien cuidado, en la parte posterior está mamá y Silvia cuando niña, nos vamos de paseo, esperamos por Claudia. Ya juntos los cuatro tomamos la ruta hacia Lima, pasando Pucusana siento que el vehículo está inestable; al querer sobrepasar un bus interprovincial, pierdo el control del carro y choco lateralmente contra él, debido a la inercia, salimos disparados, cojo con todas mis fuerzas el timón mientras espero darnos vueltas de campana, los gritos no se hacen esperar, trato de mantener la calma, el carro se tambalea de un lado al otro, los segundos duran una eternidad, cuando se estabiliza un tanto, freno, salimos fuera de la pista, clavándonos en la arena. Se hace un silencio, so, tres, cuatro segundos, luego los gritos y llantos. Giro a ver a mi hija, llora, mamá la tiene sujeta a su regazo, Claudia también llora, tiene una herida en la frente y sangra, aparentemente no tengo nada, veo mis brazos, están morados por la fuerza puesta en el timón. Otra vez todo se pone oscuro.

Vuelvo a la realidad con los lengüetazos de Dinky sobre mi rostro, sin saber dónde estoy ni lo que está ocurriendo. Me incorporo, hay gente a mi alrededor, entre ellos la mujer de dorado que no está de dorado. Intento avanzar entre los curiosos, me sigue mi mascota fiel moviéndome la cola, alguien me alcanza algo que deje tirado, es el Ulises de Joyce, tengo agarrotado las manos y un gran vacío en el alma.

¡Cuéntale a Edwin Walter Tovar Chumpitaz lo que piensas sobre este capítulo!
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