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Torbellino [GL]

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Sinopsis

Todo comenzó por un balón mal pateado y un limonero destruido. Katherine, capitana del equipo de fútbol de la FAD, vive bajo presión constante. Azalea, del programa de jardinería, solo quiere cuidar su invernadero en paz. Cuando un accidente las enfrenta, el colegio interviene y las obliga a trabajar juntas. Entre rivalidades, acuerdos forzados y un entorno escolar que no perdona errores, ¡está bien!, empezaron con el pie izquierdo... aunque nadie dijo que no puedan tropezar en un romance.

Genero:
Romance
Autor/a:
Lira Mael
Estado:
En proceso
Capítulos:
9
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Un balón, una flor, y un gol… pazo

—¡Esto no es pilates! ¡Muévanse! —rugió Katherine desde el arco.

Se agitó la camiseta para dejar que algo de aire refrescara su piel pegajosa. Apenas comenzaba el año escolar y el sol parecía querer quemarlo todo a su paso. Se arrepintió de no haberle hecho caso a su mamá con el bloqueador, pero en la prisa por no llegar tarde al colegio, lo olvidó, y ahora juraba que se convertiría en un pollo a la brasa. Un par de gaviotas pasó cerca de la cancha, se posaron en las gradas y en su cara, comenzaron a graznar como si se rieran de su desgracia.

Si no estuviera en medio de la práctica, las perseguiría para vengarse.

El resto del equipo, tan tostado como ella, seguía el entrenamiento sin quejas. No podían parar ni desperdiciar un minuto, o podrían perder la ventaja que ganaron en los últimos dos años. Eran el equipo femenino de la FAD, con un estatus que defender a toda costa. Quedarse atrás no era una opción.

Desde que obtuvo la capitanía, Katherine se aferró a ese objetivo con todas sus fuerzas, partiéndose el lomo el doble que cualquiera. Sus ojos marrones ardían con determinación. Estaba en su elemento: dando órdenes, gesticulando como un general de guerra, atrapando y lanzando balones con fuerza de marine.

Estaba tan seria que nadie se atrevía a llevarle la contraria. Así que las demás integrantes siguieron corriendo, batallando en ese partido de práctica. Excepto una.

En las gradas, su mejor amiga estaba tirada como si estuviera en la playa y no en el colegio. Lucía Santori, reina del relajo, se acomodó las gafas de sol sin prisa. Tenía una sombrilla que la protegía del sol, una gaseosa bien fría en la mano y la actitud de que ningún problema era con ella.

Rubia, con el cabello ondulado que parecía sacado de un comercial de champú, ojos violetas inusuales y piel blanca como la leche: casi todos la consideraban la más hermosa del colegio, y por si fuera poco, jugaba al fútbol como si hubiera nacido con un balón pegado al pie.

El combo perfecto… si no fuera porque su compromiso con el equipo era para llorar.

Katherine quería arrastrarla hasta el entrenamiento, pero no podía. Tenían un acuerdo: si Lucía alguna vez fallaba en un partido, ella tenía permiso de gritarle hasta dejarla sorda. Y Lucía no tenía problemas con aceptarlo, claro, eso nunca iba a pasar.

Incluso en modo vago jugaba como los dioses, además, ¿a quién quería engañar? Jamás le gritaría así a Lucía. A fin de cuentas, siempre le hacía caso cuando de verdad importaba. Ni siquiera el entrenador lograba que Lucía le hiciera tanto caso como a ella, ¿cuál era el punto? Incluso si intentaban, ya estaban en último año, difícilmente Lucia cambiaría su actitud a estas alturas del partido.

Lucía le agitó la mano con entusiasmo al notar que la miraba, y Katherine le sonrió, agitando la suya más despacio.

Suspiró. Esa punzada otra vez. Celos. No de Lucía, sino de lo injusto que era todo. ¿Por qué no había nacido con ese talento? ¿Por qué a ella todo le costaba el doble?

Su promedio académico estaba por debajo de lo permitido para mantener la beca. En teoría no debería seguir estudiando ahí, pero sus logros deportivos y el hecho de ser capitana la mantenían a flote. Si fallaba, se iría junto con todos sus años de entrenamiento.

Y como si no bastara, los clubes de fútbol profesional ya la presionaban más que el año pasado, dejando contratos bajo la puerta uno tras otro. La FAD quería que siguiera atrayendo inversores como lo hizo Evelyn Blas, la fundadora y anterior capitana del equipo. Evelyn se graduó, y por eso no le permitían a Katherine aceptar ningún contrato todavía: debía rechazarlos todos hasta graduarse, y mantener su interés elevando su nivel de juego.

Se sentía presionada por todos lados:

Estudios difíciles.

Entrenamientos extenuantes.

Partidos cada vez más exigentes.

Clubes insistentes, rozando el acoso.

El colegio y sus reglas para los becados.

Apenas tenía tiempo para respirar.

Se sentía tan frustrada al recordar todo eso que pateó el balón con más fuerza de la necesaria.




En ese momento, Azalea caminaba feliz por el sendero que bordeaba la cancha de fútbol femenino, casi bailando al ritmo de la música en sus auriculares. En brazos llevaba su tesoro en una maceta, un limonero que bautizó con el nombre de Pepito.

Pepito era un Eureka variegado rosado, el hermoso regalo de la jefa —y novia— de su hermano mayor, quien trabajaba como chofer. A Azalea le encantaban las plantas, las flores, y hacía mucho que deseaba un limonero como este. Lo cuidó con devoción durante una semana en el invernadero del colegio, leyendo sobre su especie con la misma pasión que una fanática. Por fin, hoy se lo llevaba a casa porque se sentía lista.

Sus amigos le ayudaron a pintar la maceta de barro, estaba decorada con hojas, limoncitos y caritas tontas. Fea pero adorable, le encantaba.

—Hoy te vas con solcito a casa, ¿no? —canturreó, abrazando la maceta—. No te preocupes, no dejaré que te pase nada, voy a cuidarte muy bien.

Pepito no le contestó. Pero estaba segura que si pudiera, le diría que sí.

Y entonces, el universo le lanzó un balón.

Bajando desde el cielo como si lo dirigiera el karma de una vida pasada, la pelota rebotó en una baranda metálica, cambió de trayectoria con violencia…

Y le dio de lleno en la cara.

Azalea gritó, dio un traspié, la maceta se le soltó de las manos y voló por los aires. Pepito salió disparado, giró dos veces como su despedida final, y cayó por la pendiente de las gradas.

¡CRACK!

La maceta estalló. La tierra se esparció por los escalones. El tronquito quedó tendido, roto con apenas algunas hojas intactas.

Azalea, con ojos desorbitados, se llevó la mano a la cara ensangrentada y gritó desde el alma:

—¡Mi bebé!




En el otro extremo de la cancha, Katherine se quedó congelada con la boca abierta: su balón cobró vida propia… y atacó a una chica.

El entrenador se giró alarmado hacia ella.

—¿Qué fue eso? —preguntó incrédulo.

—¡No lo hice a propósito! ¡Rebotó mal! —balbuceó Katherine, saliendo disparada hacia el lugar.

Mientras se acercaba, la vio levantarse rápidamente tras el golpe y bajar las gradas a toda velocidad. Entre tropiezos, recogía los restos de la maceta. Cuando Katherine llegó se dio cuenta que tenía el rostro lleno de lágrimas y de sangre.

—¡Te mataron! —gritó la chica, abrazando el tronquito con fuerza— ¡Te mataron, Pepito!

—¡Lo siento mucho!, ¡lo siento mucho de verdad!, ¡fue un accidente!— jadeó entre disculpas

—¡No lo entiendes! —ella levantó la vista con una mezcla de furia y dolor, sus ojos azules clavados directos en Katherine— ¡Era mi limonero! ¡Era único! ¡Me lo regalaron!

—¡Te llevaré a la enfermería, tu nariz está sangrando!

—¡Y también mi corazón! —gritó todavía más fuerte, poniéndose de pie.

Katherine, sin entender, levantó las manos en señal de paz.

—Te juro que no lo hice a propósito, no te vi venir. El rebote fue muy raro y—

—¡Raro tu juicio, bruta malvada!

—Escúchame por favor.

—¡Lanzaste esa pelota contra un árbol bebé y contra una chica indefensa!

—Eso no fue así, es exagerado.

—¡Exagerada tu pateada de catapulta!

—¡Basta, deja de decirme cosas! ¡Estoy intentando explicarte, carajo!

La discusión se encendió. Gritos, acusaciones, insultos creativos que involucraban músculos y neuronas faltantes. Katherine, agotada de intentar explicar el accidente, dio un paso atrás, pero Azalea la tomó del brazo.

Fue entonces que el cuerpo de Katherine, agotado, irritable y en modo automático, reaccionó. Se soltó de un tirón y le dio un fuerte empujón. Azalea cayó sentada en medio de la tierra, con una expresión tan sorprendida y ofendida que daba miedo.

—¿Me empujaste?

—¡F-f-fue reflejo! ¡No lo hice en serio!

—¿Te parece que puedes golpear a la gente y decir que fue reflejo?

Un silbato agudo y vibrante cortó el aire.

—¡Katherine Castillos! —le gritó el entrenador, mientras se acercaba.

Y no venía solo.

Bajando por el sendero lateral, una chica de estatura baja apareció con el ceño fruncido y los ojos encendidos. Detrás de ella, otro chico mucho más alto intentaba seguirle el paso mientras guardaba su botella de agua en la mochila. Ambos se congelaron al ver la sangre en el rostro de la chica.

—¿Le pegaste a mi amiga? —gritó, furiosa la recién llegada—. ¿Te volviste loca? ¡Está sangrando!

Azalea seguía en el suelo entre sollozos desgarradores, abrazando a Pepito como si hubiese perdido a un ser querido.

Y Katherine supo, en ese instante, que acababa de ganarse la peor tarjeta roja de su vida.

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Diálogos potentes

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author

Hola... buen inicio

10 días

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