Opening
Querido diario:
A la mierda. Vale. Primer problema. Nunca pensé que escribiría las palabras "Querido diario" en toda mi jodida vida. Escribir, en general, ya es una actividad sospechosa para alguien como yo. Pero dicen que escribir podría ayudarme a entrenar el cerebro para alinear esas letras nadadoras y formar palabras correctas, ya sabes, de esas que no aparecen con esa rayita roja y ondulada que te juzga, como si el ordenador estuviera personalmente decepcionado de mí.
Además, al parecer, escribir ayuda a organizar los pensamientos. Como los trenes. Trenes que se mantienen en las vías. No es la situación natural de mi cerebro, que más bien parece doce trenes chocando en una pila de metal en llamas mientras alguien toca música de circo de fondo.
Mmm.
Vale.
¿Qué más dijo que debería escribir?
Ah, sí. Datos curiosos sobre mí. Los datos realmente curiosos que solo conoce la gente cercana, no los que pones en una solicitud de empleo como "trabajo en equipo" o "puntual". Y tampoco sobre por qué y cuándo me hice el piercing en el pezón, aunque, en mi defensa, también es un dato curioso, IMHO, y solo la gente cercana puede verlos.
Bueno. Lo suficientemente cercana.
En fin, a ver, datos curiosos, datos curiosos... Mmm...
¿Qué se considera un dato curioso? ¿Cosas que hago por diversión? Porque me parece peligroso escribir eso. No convirtamos mi primer diario en un registro de "actividades" que luego me pueda costar caro, ¿no crees?
Empecemos por lo básico.
Primero, tengo veintitrés jodidos años y TODAVÍA no sé leer. Y sí, sé cómo suena eso. Créeme, lo oigo cada vez que lo digo en voz alta y veo a la gente intentando no poner cara de preocupación. Insisto en el TODAVÍA, estoy trabajando en ello, maldita sea.
No soy tonta ni nada, solo que no leo bien. A las letras les gusta reordenarse a veces, como si jugaran a las sillas musicales y yo fuera la idiota que llegó tarde a la fiesta.
Pero hablo de maravilla. Se me da genial. Tengo un doctorado en contar demasiado, un máster en exceso de información y un grado medio en guardarme mis pensamientos.
En lo que fracasé. Repetidamente.
Segundo, tengo un hijo, se llama Rotie. No porque sea un rottweiler, ojo, tengo más creatividad para los nombres. Además, técnicamente, es un Rottweiler, pero esa ortografía tiene demasiadas letras haciendo gimnasia y me niego a participar en esa tontería.
Tiene dos años y es adorable en cuanto superas esa cara de mascota de Satanás que tiene. Quien me diga que es un perro y no mi hijo, va a tener un problema conmigo. Le quiero como si lo hubiera parido yo misma. Emocionalmente hablando. Físicamente, habría sido complicado y probablemente ilegal.
Tercero, tengo experiencia en el soplado de vidrio, ya ves, se me da muy bien usar la boca. Lo cual suena mal ahora que lo releo, pero me reafirmo. Pero mi beca se truncó cuando mi mentor murió de un infarto. RIP Monsieur Gérard Bouchard. El hombre podía convertir vidrio fundido en cisnes y candelabros, pero al parecer, el corazón humano es el objeto realmente frágil. Ahora conduzco un Uber para ganarme la vida, y también vivo en mi coche.
Lo que técnicamente me convierte en una persona empleada y sin techo a la vez, una combinación que parece impresionante si no te paras a pensarlo mucho.
OK. Empecemos con esos tres datos curiosos por ahora.
Y antes de que empieces a pensar que esto es el libro de memorias de una chica desafortunada, pobre y sin hogar, te aseguro que no. Este es el diario de Coralie Hana Beaumont, no el de Ana Frank, que conste.
Gómez, o el poderoso Alphonso Rodríguez Gómez, o El Rey del Taco, es el capullo que me dijo que practicara la escritura. "Intenta escribir, quizás un diario", dijo, "es bueno para ti", dijo. Ese es exactamente el tipo de consejo que da la gente cuando ya ha tirado la toalla con intentar arreglarte de formas más prácticas.
Era mi trabajador social, y yo fui su último caso antes de jubilarse anticipadamente para seguir su verdadera vocación: hacer tacos. Porque convertir a huérfanos como yo en un ser humano funcional es mucho más trabajo que montar tacos. Lo entiendo. Quiero decir, mira mi vida. Incluso sus tacos callejeros tienen más estructura.
Sus tacos tienen capas. Carne. Salsa. Tortilla. Mi vida tiene... vibras.
Gómez es como una figura paterna para mí. Es el único que ha estado ahí desde que tenía dieciséis años. Después de que mi madre volviera a Quebec desde Japón cuando yo tenía dos, tuve una infancia bastante normal, hasta que su adicción me la arrebató justo el día de mi décimo cumpleaños. La pillaron devolviendo a la tienda los regalos que me dieron mis amigas para reembolsarlos y usó el dinero para comprar lo que necesitara para funcionar ese día. Y pasé por una fila de familias. Una jodida fila muy larga, la verdad. Llegó un momento en el que ni siquiera me molestaba en sacar toda la ropa de mi gran bolsa de basura negra, donde guardaba mis tres mudas y algunas chucherías.
Dos años sin deshacer la maleta.
Resulta que, si nunca sacas tus cosas, duele menos cuando tienes que irte.
Guau, creo que nos hemos desviado hacia los datos no tan curiosos sobre mí. Entro en bucle fácilmente. Acostúmbrate.
Ahora, volvamos al error más caro que he cometido en mi vida adulta. En ese momento, lo más raro de aquella mañana era el dinero.
Resultó que eso era totalmente incorrecto.









I really like how you handled the tension in this chapter, especially the dialogue, it feels natural. Curious to see where this goes next.
Hmm, I sense a theme here of female leads who live in their vehicles. 😁