Hija del bosque: El capullo

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Sinopsis

Leonie ha pasado toda su vida prisionera del barón, sin conocer otra cosa que la crueldad. Cuando su camino se cruza con el de Dorian, el enigmático enviado de los elfos, se ve arrastrada a un mundo de magia, secretos ancestrales y emociones peligrosas. Dorian sabe que Leonie podría ser la clave para salvar a su pueblo de la extinción. Lo que no imagina es que ella también podría ser la llave de un corazón que ha permanecido congelado durante siglos. ¿Podrán dos almas rotas forjar un futuro juntos en un mundo donde las heridas del pasado se niegan a sanar? Slow-burn romantasy con una narrativa centrada en los personajes, un arco emocional potente y una atmósfera romántica melancólica.

Genero:
Romance
Autor/a:
Lyell
Estado:
Completado
Capítulos:
78
Rating
5.0 7 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

—Amigo, no me digas que de verdad piensas que vamos a entrar así como así —dijo el hombre más bajo, sacudiendo la cabeza con incredulidad. Se pasó una mano dubitativa por el pelo castaño despeinado por el viento y miró al rubio que trotaba a su lado mientras frenaba su caballo gris plateado—. ¿Qué tal si probamos mi plan?

—¿Te refieres al que consiste en degollar a los guardias, masacrar a los soldados y quemar el fuerte hasta los cimientos? —preguntó el rubio, arqueando una ceja. El otro soltó una carcajada estruendosa que le valió una mirada de reproche.

—Como quieras —Marcus alzó las manos en señal de rendición burlona—. Solo admite que mi idea sería más divertida. Al fin y al cabo, solo son humanos…

Cabalgaron un rato en silencio por el bosque, que parecía demasiado quieto. Hasta los árboles daban la impresión de advertirles que no eran bienvenidos. Aunque el rostro del rubio mostraba una determinación inquebrantable, en su mente no dejaba de repetirse la misma pregunta: ¿qué demonios hacían allí?

El plan era evitar problemas hasta llegar a su destino y mantenerse lejos de cualquier criatura viva, ya fuera humana o animal. Ningún elfo había pisado tierras habitadas por humanos en casi mil años, y no era casualidad. La guerra entre ambos pueblos, ocurrida hacía aproximadamente un milenio, había sellado su destino y causado un daño irreparable en la relación entre elfos y humanos. Desde entonces, los elfos vivían aislados en su propio continente, y los humanos solo hablaban de ellos en leyendas. Sin embargo, entre los elfos aún quedaban muchos que habían sobrevivido a la gran matanza. Casas élficas enteras habían desaparecido en aquel entonces, víctimas de la codicia humana. Incluso después de mil años, los hijos de la naturaleza no habían podido perdonar lo que les habían hecho, y estaba terminantemente prohibido pisar suelo humano. Quien lo hacía era tachado de traidor y nunca se le permitía regresar.

El padre de Dorian, sin embargo, había roto el silencio de mil años y enviado un mensajero al rey humano para anunciar que enviaría dos emisarios en son de paz a negociar. La condición del rey humano era que los emisarios hablaran primero con su hombre de mayor confianza, y solo después decidiría si continuaba las conversaciones.

Los dos jinetes habían llegado, pues, con la misión de buscar al noble más influyente del continente, conocido entre los humanos simplemente como el Barón, y llegar a un acuerdo con él, costara lo que costara. Esa era su tarea más importante, y Dorian había venido convencido de que nada lo haría flaquear, dispuesto a hacer lo que fuera necesario. O casi. Porque los actos de aquella raza vil casi habían acabado con los elfos. ¿Cuánta maldad más debían soportar de los humanos? En el fondo, merecían morir. Y eso era lo que él habría preferido traerles.

—Ahora mismo tienes la misma cara que aquella vez, Dorian —empezó Marcus con una sonrisa pícara.

—¿Qué cara exactamente? —suspiró Dorian, aunque su mirada seguía fija en el bosque que se extendía ante ellos.

—Ya sabes, la de antes de que le partieras la nariz a ese joven soldado porque…

—Chis. —Dorian alzó de pronto la mano para callar a Marcus. Como si hubieran entendido su voluntad, los caballos se detuvieron al instante, y ambos hombres se quedaron rígidos, escudriñando los árboles.

—Tenemos compañía —dijo Dorian tras unos segundos de escuchar. Había oído pasos sigilosos pero claros no muy lejos. Giró la cabeza hacia la derecha y alcanzó a ver un destello rojo a lo lejos. Al instante, espoleó a su caballo y salió al galope tras el intruso, con Marcus pisándole los talones.

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