El favorito del profesor (mxm)

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Sinopsis

Algún día me pondré con esto (de verdad). Es un romance gay sobre una relación entre profesor y alumno, pero ambos son mayores de edad y definitivamente podría ser algo más raro, lo prometo.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Aubrey
Estado:
Completado
Capítulos:
43
Rating
5.0 8 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Punto de vista de Aidan

Dar clases de Química 103 no era el mejor lugar para que se me parara. Por suerte, estaba sentado detrás de mi escritorio corrigiendo un montón de exámenes. Bueno, se suponía que estaba corrigiendo un montón de exámenes. En realidad, estaba fantaseando.

El chico de la primera fila, tres pupitres más allá, movía su lindo trasero en el asiento y apoyaba la cabeza en el puño. Miraba el examen con cara de pocos amigos y luego abría su boca sensual para mordisquear el extremo del bolígrafo. Los dedos que lo sujetaban eran largos y finos, y me imaginaba rodeando con los míos esa muñeca delgada.

No me costaría nada inmovilizarlo. Con demasiada facilidad, podría obligarlo a levantar las manos por encima de la cabeza y atarlo a mi cabecera. Después me ocuparía de sus tobillos.

Eché un vistazo bajo su pupitre, donde sus piernas, cubiertas por unos vaqueros, estaban cruzadas a la altura de los tobillos. No quería forzarlo en eso, porque lo que me excitaba era la rendición. Le ordenaría que abriera las piernas para mí, y lo haría, desesperado por mi tacto y asustado de lo que le haría si no obedecía. Le ataría los tobillos para que permanecieran abiertos.

Se me puso dura. Ahí empezaba la verdadera diversión.

Observé al chico de la primera fila, tres pupitres más allá. Parecía un polvorín. Ya estaba mirando el examen que les había puesto con la ferocidad de un oso. Sin duda, me plantaría cara.

Pero no importaría. Al final, le tiraría de la cabeza hacia atrás por ese pelo rubio que le llegaba hasta los hombros y que, claramente, cuidaba tanto. Apretaría la punta contra sus labios y me abriría paso, quisiera o no. Me correría bien adentro de esa garganta cálida y estrecha—

—Profesor Demos, tengo una duda con la pregunta tres.

Parpadeé para salir de mi bonita fantasía y fulminé con la mirada a la idiota que tenía delante. —Si tienes dudas, es probable que no la aciertes —le solté.

Ella se movió incómoda y me miró con inseguridad. Seguro que estaba decidiendo qué hacer: quedarse o largarse. Pelear o huir bien lejos de su profesor de química, ese cabrón.

Al final, algo se encendió en su mirada y levantó un poco la barbilla. —Tengo una duda sobre la ambigüedad de la pregunta.

Dios mío, ¿qué estudiante universitario usa la palabra "ambigüedad"? Sí, eres superinteligente, alumna anónima que me importa un bledo. Toma, aquí tienes un trofeo, eres increíble.

Como no dije nada, continuó: —¿Esperaba que marcáramos todas las respuestas correctas?

—Es de opción múltiple, solo hay una respuesta correcta. Cuando un ion de plata y un ion de cloro reaccionan en agua, el producto se considera ¿qué? Hay una sola opción correcta. Ahora, por favor, siéntate. Me estás matando la erección, niña.

Volví a centrarme en el chico de la primera fila, tres asientos más allá. Era bastante delgado, como suelen serlo los chicos de veinte años con cuerpo atlético. Probablemente yo tenía ese aspecto a los veinte, pero ahora había ganado suficiente músculo como para que mi cuerpo fuera macizo. Yo era un muro y este crío, un palo.

Mmm, un palo. Las cosas que su cuerpo podría hacer en una barra. Las cosas que yo podría hacerle contra una barra. Las posibilidades eran infinitas.

Me costó un mundo no agarrarme la polla, que ya me goteaba, delante de todos esos estudiantes. Una parte de mi cerebro sabía que debía bajarme la erección antes de que acabara la clase, pero el resto solo podía imaginar al de la primera fila, tres asientos más allá, inclinado sobre mi escritorio. Su culito flaco quedaría de lujo si estuviera completamente rojo.

Mis fantasías se vieron interrumpidas, una vez más, pero esta vez fue por el propio chico. Había soltado un suspiro casi imperceptible y se había levantado del asiento. Esos ojos esmeralda suyos estaban llenos de auténtico desprecio por lo que tenía delante, que casualmente era mi examen. Con un gruñido frustrado, arrancó la hoja del pupitre y se acercó a mí.

—Ya terminé —murmuró. Su boquita dulce estaba fruncida en un mohín de decepción. Solo quería abalanzarme sobre esos labios.

Tomé el examen y eché un vistazo. Las cinco primeras respuestas estaban mal. Me recosté en la silla y lo repasé con calma. Estaba claramente frustrado, pero la tensión de su mandíbula y el desdén en su mirada me dieron ganas de sonreír. —Normalmente no doy pistas, pero si el resto del examen se parece a la primera página, estás jodido.

Su expresión se llenó de decepción. —¿Tan mal?

Asentí y le tendí el examen. —No podría estar peor. Si yo fuera tú, seguiría intentándolo.

Por favor, quédate un poco más para que pueda imaginarme cómo quedarían esos ojos verdes llenos de lágrimas.

Cuando el chico se sentó, se recogió el pelo en un moño desastroso. Casi me da un patatús al verlo, pero luego me imaginé su melena casi rozando el suelo mientras su cabeza colgaba del borde de la cama. Ojos cerrados y boca bien abierta, podría meterle la polla hasta el fondo de la garganta y ver cómo se le abría para acomodarme.

Joder. Metí la mano y me toqué un poco por encima de los vaqueros. De repente, necesitaba masturbarme, pero para hacerlo delante de mis 150 alumnos me haría falta vodka.

Así que agarré mi botella de agua llena de vodka. Después de un par de tragos, me resultó más fácil coger el móvil y ponerlo en el regazo para que pareciera que estaba jugando con él sin llamar la atención. En realidad, usé la palma de la mano para frotarme la polla por encima de los vaqueros.

Dios, no podía seguir así. En el aula reinaba un silencio tal que se oiría caer un alfiler.

—¿Así está mejor?

Esta vez, la aparición del alumno me hizo dar un respingo. —¿Qué?

Era el chico. Me miró a los ojos, completamente decidido, y estrelló el examen contra el escritorio. —¿Así está mejor?

Revisé la primera página. Había cambiado todas las respuestas, pero esta vez solo tres eran correctas. —Mejor.

Finn. Finn Evans. Ese era el nombre escrito arriba.

Finn asintió con firmeza. —Gracias, profesor. Se lo agradezco.

—Vaya, qué tenso estás —observé—. Ve a tomarte una cerveza o algo, chaval.

Sus ojos se entrecerraron y su mirada bajó de mi cara seria a mi camiseta y la chaqueta de cuero, hasta que… ah.

Se quedó paralizado al ver lo que escondía en el pantalón, y toda su cara se puso roja. Esa boquita dulce se le abrió, luego se cerró, y volvió a abrirse. Sus ojos se agrandaron y parpadeó tanto que casi pensé que me estaba guiñando un ojo con la polla tiesa.

Parecía que le costaba un esfuerzo físico apartar la mirada y volver a mirarme a los ojos.

Le sonreí con suficiencia. Me preguntaba qué haría.

—Eeeh —soltó con voz aguda. Carraspeó—. Eh… —esta vez su voz sonó un poco más grave, pero ni de lejos tan profunda como la mía—. Que tenga un buen día, profesor.

Mmm, profesor. Qué buen chico sería.

Observé su culito prieto en esos vaqueros azules mientras salía del aula como si llevara el diablo detrás. O quizá solo un demonio: mi polla enorme de la hostia.

Le di otro trago a mi vodka y eché de menos el ardor más fuerte del whisky. Mañana, me prometí. Mañana traeré whisky.

A lo mejor mañana hasta me atrevía a masturbarme mientras miraba a esos ojos preciosos de Finn.

Cuando hasta el más torpe de mis alumnos terminó el examen y se fue, me agarré la polla y me corrí pensando en un chico dulce de rodillas delante de mí. Menos mal que la escuela no tenía cámaras de seguridad en las aulas. O quizá sí, no lo sabía. La idea de que un viejo verde me estuviera espiando por una pantalla me puso aún más cachondo.

Me corrí en una servilleta que había cogido esa mañana en Dunkin Donuts y me manché el borde de un examen. Pobre Paul Marshall. Me limpié y me prometí mentalmente derramar café sobre la mancha de semen para que no se notara.

Salí del trabajo y conduje como un borracho hasta casa, donde me esperaba mi mejor amigo. Se llamaba Jack y era el amigo más leal que un hombre podía pedir. Prácticamente la única estabilidad en mi vida, pero como vivía conmigo, me mantenía a raya.

—¡Jack! —grité al cruzar la puerta del apartamento—. ¿Dónde estás, colega?

Apareció por la esquina y soltó un ladrido emocionado al verme. Me tiré al suelo y dejé que se me echara encima y me llenara la cara de lametones babosos.

—Yo también te quiero, Jack, sí —le dije con voz melosa—. ¿Quién es un buen chico? ¿Quién es un buen chico? Ahora te doy de cenar. Papá te va a alimentar antes de irse al bar a ligar con alguien fácil, ¿vale? Jack movió la cola sin parar, totalmente de acuerdo con mi plan.

Agarré una botella de Jack Daniels del mueble bar, porque para qué pagar copas en el bar. Le di un buen trago y dejé salir a Jack a jugar un rato. Era un poco temprano para salir, así que jugué con mi perro, me bebí el whisky a morro y me comí una cena precocinada antes de salir en el coche.

Por algún milagro, llegué vivo al bar, y en cuanto crucé la puerta, encontré una cara bonita para llevarme a casa. El tío se quejó de mi forma de conducir, se quejó de que usara condón, se quejó de que lo llevara a casa porque al día siguiente trabajaba, y luego se quejó de que quería comer algo. A las 3 de la madrugada, cuando le dije que no pensaba llevarlo a su casa porque estaba borracho como una cuba, me soltó que tenía 17 años. A las 3:15, después de casi estrangular a un menor, llevé a ese mentiroso a su casa.

A la mañana siguiente, vomité en el váter como un universitario y me vestí para repetir la misma mierda de siempre.

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Este es un relato que escribí en Wattpad cuando estaba en el instituto. No voy a corregir ni a disculparme por nada. Que lo disfruten :)