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El reclamo del hermanastro

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Sinopsis

Valerit Van, 22, siempre fue la princesa intocable. Hasta que su padre se casó con la madre viuda de Jaxon Lazzary, 25, el único superviviente de la familia que los Van destruyeron hace años. Ahora son hermanastros. Viven bajo el mismo techo. Duermen separados por una pared demasiado delgada. Jaxon la odia con cada fibra de su ser… y la desea aún más. Su plan es simple: seducirla, grabarla, romperla y exponerla para que el mundo vea a la perfecta Valerit Van de rodillas, suplicando al hermanastro que juró destruirla. Pero cada cámara que instala, cada jadeo robado, cada roce “accidental” en la oscuridad… solo lo hunde más en su propia obsesión. Porque ella no es la víctima inocente que esperaba. Ella también está jugando. Y el juego más peligroso es aquel en el que los dos están dispuestos a quemar la casa familiar… con tal de tenerse el uno al otro.

Estado:
hace 9 meses
Capítulos:
8
Rating
1.0 (1 reseña)
Clasificación por edades:
18+

CAPÍTULO 1 – HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE… O NOS UNA

VALERIT

Nunca olvidaré el olor de las rosas blancas el día que mi padre vendió mi alma por segunda vez.

La primera fue cuando tenía cinco años y dejó que los Lazzary se pudrieran en la cárcel mientras él se quedaba con cada centavo de su imperio.

La segunda fue hoy, cuando me obligó a sonreír mientras caminaba del brazo hacia un altar donde su nueva esposa esperaba… con su hijo de veinticinco años mirándome como si ya me estuviera desnudando con los huesos.

Jaxon Lazzary.

El único superviviente de la familia que mi padre destruyó.

Mi nuevo hermanastro.

Y el hombre que juró, desde que tenía ocho años, que algún día me haría pagar.

Lo sentí en la forma en que sus ojos negros me recorrieron cuando bajé del Rolls-Royce esta mañana.

No era deseo.

Era hambre.

Del tipo que deja cadáveres.

Me miro en el espejo de la suite nupcial. El vestido de dama de honor es rosa pálido, recatado, virginal. Irónico, porque la última vez que fui virgen fue antes de que Jaxon Lazzary entrara en mi vida hace seis horas.

Ahora ya no sé qué soy.

Solo sé que estoy temblando.

Y no precisamente de miedo.

—¿Lista, cielo? —Mi padre entra sin tocar, como siempre. Se ajusta la corbata con dedos que tiemblan de emoción o de culpa. Nunca he sabido diferenciarlo.

Sonrío con todos los dientes que me enseñaron desde niña.

—Nunca he estado más lista para nada, papá.

Él me besa la frente y me ofrece el brazo.

Yo lo tomo.

Porque todavía soy la hija obediente.

Porque aún no ha empezado el juego de verdad.

JAXON

La veo bajar las escaleras del jardín y siento exactamente lo mismo que sentí cuando tenía ocho años y supe que su padre había firmado la orden que mató al mío.

Solo que ahora esa rabia no solo me sube al cerebro.

Me baja directa a la polla.

Valerit Van.

Veintidós años.

Piel de porcelana, boca hecha para chupar pecado, y unos ojos verdes que podrían hacer que un hombre se cortara las venas solo para verla sonreír.

Durante años planeé matarla.

Luego planeé destruirla.

Y ahora… ahora solo quiero follarla hasta que olvide su propio apellido y solo sepa gritar el mío.

Está del brazo del asesino de mi padre, sonriendo como si no supiera que yo sé todo.

Como si no supiera que llevo diecisiete años esperando este preciso segundo.

Mi madre (bendita sea su alma ciega) me aprieta el hombro.

—¿No es preciosa tu nueva hermanita, cariño?

Miro a Valerit directamente a los ojos mientras contesto:

—Es jodidamente perfecta.

Mi madre se ríe, piensa que es un cumplido.

Valerit no.

Ella palidece un tono. Solo un tono. Pero lo veo.

Y me empalmo ahí mismo, delante de trescientos invitados y un sacerdote.

VALERIT

La ceremonia es un teatro de hipocresía con flores de cinco mil dólares el ramo.

Cuando llega el momento de las fotos familiares, mi padre me empuja literalmente hacia Jaxon.

—Vamos, chicos, abrazad a vuestra nueva familia.

Jaxon me rodea la cintura con un brazo que parece hecho de acero y odio.

Sus dedos se clavan justo encima de mi hueso de la cadera, en ese punto exacto donde nadie puede ver el morado que me va a dejar mañana.

Se inclina hacia mi oído. Su aliento huele a whisky caro y a promesa de violencia.

—Sonríe, hermanita. Hoy es el día más feliz de nuestras vidas.

La cámara dispara.

Flash.

Flash.

Flash.

Y en cada una de esas fotos, yo sonrío como la niña buena que ya no soy.

Y él me mira como si ya me estuviera follando contra el altar.

JAXON

La recepción es un circo de sonrisas falsas y champán que cuesta más que el sueldo anual de un profesor.

Bailo con mi madre.

Bailo con la nueva esposa de mi enemigo.

Y cuando suena la canción lenta que todos esperan, el padre de Valerit me la pone literalmente en los brazos.

—Cuida de tu hermanita, Jaxon.

Lo dice en broma.

Yo no me río.

Valerit intenta mantener la distancia de cortesía.

Yo la pego a mi cuerpo hasta que siente exactamente lo dura que estoy por ella.

—¿Te excita esto? —susurra entre dientes, sin perder la sonrisa para las cámaras—. ¿Saber que tu madre está mirando?

Bajo mi mano tres centímetros. Justo hasta el inicio de su culo.

Aprieto.

—Más de lo que debería, sí.

Ella se tensa.

Pero no se aparta.

Y ahí lo entiendo todo:

Ella también está enferma.

Solo que todavía no lo admite cuánto.

VALERIT

Cuando termina la noche, estoy temblando de rabia y de algo mucho más peligroso.

Subo a la suite que me han asignado en la mansión Lazzary (porque, claro, ahora vivo aquí).

Cierro la puerta con pestillo.

Me quito los tacones. Me desabrocho el vestido.

Y entonces lo veo.

Un puntito rojo diminuto en la esquina superior del techo.

Parpadea cada tres segundos.

Una cámara.

Mi corazón se detiene.

Luego late tan fuerte que creo que va a romperme las costillas.

Me quedo quieta un segundo. Dos. Tres.

Y después, muy despacio, levanto la vista y miro directamente a la lente.

Sonrío.

Dulce.

Lento.

Veneno puro.

Me bajo la cremallera del vestido y dejo que caiga al suelo como una piel muerta.

Solo llevo puesto un tanga de encaje blanco y el collar de perlas que mi padre me regaló esta mañana.

Me giro de espaldas a la cámara.

Me inclino para recoger el vestido.

Sé exactamente lo que está viendo.

Y sé exactamente quién está mirando.

JAXON

En mi habitación, al otro lado del pasillo, tengo la pantalla dividida en doce ventanas.

Once están vacías.

La duodécima… joder.

Valerit se pasa las manos por el pelo mojado.

Se gira de nuevo hacia la cámara y, con dos dedos, me hace un corte de manga perfecto.

Después camina descalza hasta el baño, sin prisa, contoneando ese culo que voy a morder hasta que sangre.

Entra en la ducha.

El vapor empieza a subir.

Y yo ya tengo la mano dentro de los pantalones.

Porque esto ya no es venganza.

Esto es guerra.

Y los dos acabamos de disparar el primer tiro.

VALERIT

Dejo que el agua me caiga por la espalda como castigo.

Cierro los ojos.

Y me toco.

No porque quiera.

Sino porque sé que él está mirando.

Y quiero que sufra.

Quiero que se retuerza.

Quiero que se vuelva loco sabiendo que nunca, jamás, va a tenerme de verdad.

Mis dedos se deslizan entre mis labios.

Un jadeo se me escapa.

Y otro.

Y otro.

Me apoyo contra la pared de mármol.

Me muerdo el labio hasta que sabe a sangre.

Y cuando el orgasmo me atraviesa, grito su nombre sin querer.

—Jaxon…

El agua se lo arrastra todo.

Pero la cámara no.

JAXON

Me corro en mi propia mano viendo cómo ella se deshace gritando mi nombre.

Y aun así no es suficiente.

Nunca va a ser suficiente.

Guardo el vídeo en una carpeta que se llama simplemente “MÍA”.

Cifrado triple.

Copia en la nube.

Copia en USB escondido en la caja fuerte.

Y luego imprimo la mejor captura: ella con la cabeza echada hacia atrás, labios abiertos, dedos hundidos entre sus piernas.

Escribo detrás con rotulador negro:

Bienvenida a casa, hermanita.

Esto solo es el principio.

Te estoy observando.

Siempre.

— J.

Y una última línea que hace que mi propia letra tiemble:

La próxima vez que te corras gritando…

Va a ser con mi polla dentro de ti y mi mano en tu garganta.

Deslizo la foto y nota por debajo de su puerta a las 3:17 a.m.

Y me quedo ahí, apoyado contra la pared del pasillo, escuchando cómo ella la recoge.

Escucho su respiración acelerarse.

Escucho el papel arrugarse en su puño.

Y escucho, clarísimo, el gemido ahogado que suelta cuando lee mi nombre.

Sonrío en la oscuridad.

Buenas noches, Valerit.

Que duermas bien.

Yo no voy a dormir en toda la puta noche.

¡Cuéntale a Valerit lo que piensas sobre este capítulo!
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