HACIA EL SOTANO

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Sinopsis

Comienza como un sueño cualquiera: una fiesta extraña, una trampilla en el suelo y un descenso en vagoneta hacia la oscuridad. Pero cuando despierta, la pesadilla no se queda atrás. Un dolor agudo en el ojo izquierdo. Un golpe en el techo de un piso que debería estar vacío. Y un sonido metálico, pequeño y constante, que rompe el silencio de la madrugada: Tic... tic... tic. Lo que parece ser estrés o sugestión pronto se transforma en algo físico. Entre sombras que se alargan más de la cuenta y una sensación de frío que le recorre la nuca, ella descubrirá que hay puertas que, una vez abiertas en sueños, no se pueden volver a cerrar. ¿Estás seguro de que estás solo en tu habitación?

Genero:
Horror
Autor/a:
Francisco
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1 — El descenso

Desciendo. No sé cómo he llegado aquí, pero reconozco la calle: los portales bajos, la acera húmeda, ese farol que tiembla como si respirara. El aire huele a fiesta vieja y a perfume barato, una mezcla que se adhiere a la piel como un recuerdo mal archivado. Por algún motivo, la calle parece más estrecha que en mis recuerdos, como si los edificios se hubieran inclinado ligeramente hacia dentro durante la noche. Incluso el silencio tiene un peso raro, lleno de pausas que no logro descifrar.

Alguien pronuncia mi nombre desde una puerta abierta —un susurro o quizá un simple gesto de invitación, no lo sé—, y, sin preguntarme por qué, entro.

Dentro hay globos desinflados, serpentinas pegadas al techo y una música débil que sale de un altavoz pequeño, de esos que distorsionan cuando subes demasiado el volumen. El aire está tibio y huele a bebidas derramadas en el suelo, a una mezcla de plástico y sudor que me recuerda a cumpleaños improvisados en garajes o salones comunitarios. Un grupo de amigos ríe mientras prepara lo que parece un juego improvisado; sus voces rebotan en las paredes con una alegría que no alcanzo a compartir.

—Una especie de escape room casero —dice alguien, levantando una copa. Sus ojos brillan con ese entusiasmo despreocupado que solo tienen los que sienten que nada malo puede ocurrirles en un sótano.

Me ofrecen una bebida—un vaso de plástico, más tibio de lo que debería—y señalan hacia el fondo. Allí veo una trampilla abierta, una escalera que baja y, más abajo, una vagoneta metálica sobre raíles, como de feria antigua. Es un artefacto extraño, fuera de lugar, con manchas de óxido y un asiento acolchado que parece haber sobrevivido a demasiados veranos. A nadie parece resultarle extraño. Van bajando riendo, turnándose para subirse a los carros que desaparecen por un túnel estrecho, tragados por una oscuridad que no debería invitar a nadie. Escucho los chirridos metálicos, el eco de los raíles, y algo dentro de mí se encoge, como si todo aquello estuviera diseñado para no volver.

Yo dudo. La luz que sube desde abajo es blanca, casi quirúrgica, como la de una consulta médica sin ventanas. La escalera cruje cuando apoyo el pie en el primer peldaño. Una mujer con antifaz—brillante, plateado, completamente fuera de contexto—se acerca y me empuja suavemente hacia la escalera.

—Vamos —susurra—. Si no te subes tú, no empieza el juego.

Hay algo en su voz, un tono suave pero firme, que no admite réplica. No sé por qué accedo, pero lo hago. Me acomodo en el asiento frío de la vagoneta y me aferro a un pasamanos oxidado que mancha mis dedos. El carro avanza solo, chirriando, como si lo arrastrara una gravedad que solo existe allí. El túnel huele a humedad vieja, a metal mojado. La oscuridad me engulle antes de que pueda pensarlo dos veces.

El túnel desemboca en una galería de cristal. El cambio es tan brusco que tengo que parpadear varias veces: del negro total a una claridad blanca que reverbera en el suelo, limpia pero antinatural. Pasamos frente a varias salas transparentes, separadas por paneles que parecen peceras gigantes. Dentro hay sombras impalpables: cuerpos sin forma fija, rostros fragmentados, humo con intención. Se mueven como si respiraran, como si estuvieran pendientes de cada movimiento del vehículo. Pienso que son proyecciones, parte del juego, algún truco barato para asustar al visitante, y me aferro a esa explicación como quien se aferra a un pasamanos en un barco en plena tormenta.

Pero en una de las habitaciones, algo se mueve con calma. No de forma brusca ni buscando sobresaltar, sino con la seguridad de quien lleva mucho tiempo esperando. Cuando la vagoneta se detiene, siento claramente que esa cosa me observa.

Es un rostro. Una especie de rostro hecho de bruma. Me inclino para verlo mejor y el vidrio se empaña, como si esa niebla respirara desde dentro. El humo se compacta, delineando facciones imposibles: una boca que murmura mi nombre sin sonido, unos ojos vacíos que parpadean sin párpados. Su falta de forma es mucho peor que cualquier forma concreta que hubiera podido imaginar.

Siento un peso en el pecho, como si el aire se espesara solo alrededor de mí.

El pasillo entero se distorsiona. Las luces parpadean al mismo ritmo que mi respiración, creando un parpadeo irregular que confunde al cerebro. Intento retroceder, pero la vagoneta no se mueve. Ni un centímetro. El metal vibra bajo mis manos, como si respondiera a algo que no controlo.

Un golpe seco retumba contra el cristal y el impacto lo siento directamente en mi ojo izquierdo. El dolor estalla hacia el cráneo, tan real que me arranca un grito.

O creo que grito. No escucho nada. Solo un zumbido profundo, como si estuviera bajo el agua o dentro de un aparato eléctrico encendido. El rostro sigue ahí, sonriendo. Detrás de él surgen más sombras, formando un público silencioso, todas mirándome, inmóviles, esperando que haga algo que no sé hacer. Algo que ni siquiera comprendo.

El zumbido se corta. Un sonido seco, metálico:

Tic… tic… tic.

El eco del muelle de una jabonera.

Abro los ojos. Estoy en mi cama, empapada en sudor. La almohada torcida. El corazón golpeándome dentro del pecho como si aún estuviera bajo tierra. El aire del dormitorio parece demasiado quieto, como si fuera consciente de que he vuelto demasiado rápido. El mismo sonido se repite desde el baño, tres veces, idéntico, como si el sueño se negara a terminar.

Solo el viento, me digo. Estoy en mi cama. Estoy a salvo.

Pero no me siento segura. No todavía. No del todo.