Prólogo
Podemos llamarlo infortunio o desesperación, pero ahí estoyyo: la entidad, con la armadura oscura y la capa blanca, enfrentándome almonstruo indestructible que resiste cualquier ataque físico.
En medio de un silencio abismal, mis compañeros han caído.Ese silencio qué nos separan del futuro y la muerte me corrompen. Vuelvo amirar sus rostros. Reflexiono sobre la lucha e intuyo que el final está cada vezmás cerca. He llegado demasiado lejos para rendirme. La gloria parece alalcance, pero para tomarla debo alcanzar el décimo estrato y enfrentar almismísimo Rey del Inframundo. Esa es mi única oportunidad de obtener lavenganza y cumplir el deseo de traer de vuelta lo perdido.
Sin embargo, todos los que me ayudaron a llegar hasta estepunto se defienden con lo que pueden, y algunos terminan cayendo bajo losataques brutales.
Mis ojos amarillos brillan dispuestos a ver en la oscuridadla amenaza de este mundo.
No puedo rendirme, no ahora, no cuando el triunfo está tancerca.
Alzo el hacha de hoja amarilla hacia el firmamento, ytambaleándome, me dispongo a avanzar.
Todos nosotros hemos llegado para arrebatar el poder deaquel rey. Padecimos innumerables pruebas y, aun así, estamos listos para moriren el intento.
Frente a mí, el monstruo de tres cabezas de serpiente semueve lentamente, acechando, dispuesto a aniquilarme junto con mis aliados paraimpedir que lleguemos al rey. Sin detenerme, me lanzo a atacar su cuerpo decocodrilo, pero su larga cola me sorprende y me golpea con tal fuerza que salgodisparado contra un gigantesco árbol. El impacto me hace retorcerme de dolor.
En ese instante, el tiempo parece detenerse. Porque allí,frente a los ojos del monstruo, veo el espíritu...
El pensamiento me arranca un largo suspiro.
Arrodillado, observo el charco de sangre bajo mis pies: unreflejo de lo que puede suceder en medio de tanta incertidumbre. Los traumasvuelven con violencia, torturándome no solo con la caída de la fuerza, sino conel deseo de intentarlo una vez más.
Respiro con dificultad.
Con más dolor que esperanza, y más rabia que fe, me obligo aponerme de pie.
El casco dificulta la respiración. Lo arranco con torpeza,revelando un rostro pálido, jadeante, marcado por venas azuladas que sobresalencomo raíces bajo la piel. La transformación interna continúa, como si mihumanidad estuviera evaporándose, cediendo lugar a una fuerza caótica ydesconocida.
Hasta mi maldición conoce muy bien mis fortalezas.
Mis manos inquietas me suplican embestirlo con salvajismo.No me queda mucho tiempo. Cada minuto es un paso más hacia lo que quiero conseguir.
Pero entonces, un suspiro escapa de mi pecho. Cargado dedolor, sí... pero también de decisión.
Sujeto mi arma.
La vuelvo a empuñar.
Tengo un verdadero propósito por el cual luchar. Yo y miscompañeros estamos dispuestos a darlo todo hasta el final.
Y no voy a cesar.
El temor no es digno de una entidad.
Alimentado por la adrenalina, me acerco a mi enemigo, listopara cumplir mi objetivo.
—¡Voy a acabar contigo!
Con el arma, intento un corte en la pata derecha delmonstruo, pero mi movimiento es lento. Una de las cabezas de serpiente seabalanza sobre mi cuerpo y me muerde la pierna, inyectando un veneno letal. Losefectos surgen al instante y se extienden por todo el cuerpo. Saco una pocióndel bolsillo y la bebo rápidamente, aumentando mi fuerza y resistencia. A pesardel dolor, regreso al combate con una idea audaz: llevar al monstruo hacia elabismo cercano.
Clavo una daga en una de sus patas, provocándolo para que mesiga.
—¡No te tengo miedo!
La entidad que soy se dispone a luchar hasta el final. Hetenido experiencia en los estratos inferiores del inframundo, lo cual meimpulsa a lanzar un líquido azulado que, al ser inhalado, marea a la criatura.Aunque intenta atacarme con todas sus fuerzas, esquivo cada embestida conprecisión letal.
En un acto de desesperación, la criatura enreda una de suscabezas de serpiente en mi pierna, aferrándose, y entonces ambos caemos desdelo más alto. Escucho el grito de mis compañeros antes de que los enemigos los rodeen.Y aun así, caigo solo.
Asustado.
Sujetándome del pelaje del monstruo.
Caemos sin soporte al precipicio.
Mientras descendemos por los seis estratos, lucho con unafuria salvaje por liberarme de las garras del horror. Corto sin tregua lasmúltiples cabezas de la serpiente que intenta estrangularme, mis movimientosfrenéticos guiados por pura adrenalina. Apuñalo el cuerpo del monstruo conbrutalidad, mientras su sangre me salpica el rostro como una lluvia maldita.
Rápidos.
Repetidos.
Intensos.
Estoy al borde de perder la cabeza. La ansiedad me envuelvecomo una niebla sofocante, y en medio del abismo, grito con furia, con dolor,con desesperación.
—¡Yo sobreviviré!
Cada aliento es una batalla. El aire también se niega apermanecer a mi lado. Mi cuerpo tiembla, no por debilidad, sino por el veneno.
Sigo cayendo.
Mi visión se vuelve borrosa y las piernas se me entumecen.
Mientras la oscuridad del abismo nos da la bienvenida denuevo al primer estrato.
Caemos sin detenernos, envueltos en una espiral de sombras.
Luces.
Voces.
Oscuridad.
El sitio vuelve a acogerme con su manto de miseria, donde lapaz no existe, la esperanza es una mentira, y el dolor... eterno.
Finalmente, caemos al suelo.
Impactamos con tal brutalidad que el monstruo muere en el acto,pero yo, el guerrero, aunque sobrevivo al caer sobre su cuerpo, estoygravemente herido. Miro con remordimiento el lugar donde comenzó este viaje,lleno de recuerdos que preferiría olvidar.
Mis piernas tocan el agua oscura que me sujeta a este lugary las voces de monstruos que esperan subsistir en un estrato donde el abismo y elorigen castigan a los seres de luz.
—Maldita sea. Tengo ganas de vomitar.
La poción pierde efecto, y el veneno comienza a extendersedesde los dedos hasta el cuello.
La piel morada.
Mis manos sin sensibilidad.
Y mi voz no consigue producir un sonido alentador.
Caigo al suelo, jadeando en busca de aire. Mis manostemblorosas sueltan el arma y me quito los brazaletes. Exhausto y sin fuerzas, mearrastro, buscando ayuda en un mundo donde la crueldad es normal.
Al cabo de unos pasos, me derrumbo en el suelo.
Estoy agotado.
El sueño de acabar con el Rey del Inframundo se desvanececomo cenizas en el viento.
El agua golpe contra mi pecho y siento el frío mundo donde todoempezó: desde mi nacimiento hasta la última vez que vi a mis padres.
El dolor me lastima sin piedad, como si el inframundo mismodisfrutara de mi derrota. Debilitado y traicionado por el veneno, escupo sangrecon cada jadeo. Con una mano temblorosa intento limpiar mi boca, pero el aire espesado, cargado de un hedor sulfúrico que quema mis pulmones.
El miedo vuelve a encontrarme con una sonrisa amarga,clavando sus garras en mi corazón. Ya es demasiado tarde. Todo lo que construíse ha convertido en ruinas, y el peso de mi propio fracaso me aplasta.
Mi visión se oscurece mientras los monstruos cercanos seaproximan, listos para devorarme y arrastrarme hacia la realidad. Una donde nosoy un héroe, y quizás nunca lo fui.
—Maldito Inframundo…
Un mundo donde solo los más fuertes sobreviven. Y yo... mealejo cada vez más de la hazaña.
Cansado.
Agotado.
Vuelvo a hacer una promesa.
—Volveré por mi amada...








