El chantaje.
La habitación de los Loud, medianoche.
La habitación estaba oscura. La única luz provenía de la lámpara tenue en la mesita de noche.

Rita, con una bata de seda negra que se deslizaba peligrosamente por sus hombros, se acercó despacio a la cama. El tejido susurraba contra su piel con cada paso.
Rita: (voz baja, cargada) Cariño… ¿no crees que hemos estado demasiado ocupados últimamente? —se inclinó un poco, dejando que el escote se abriera más de lo necesario— Tal vez podríamos… dedicarnos un ratito. Solo nosotros.
Lynn Sr. ni siquiera abrió los ojos del todo. Solo giró la cabeza hacia ella, medio dormido, con la voz pastosa.
Lynn Sr.: Mmm… amor… lo siento, de verdad. Hoy el restaurante fue un infierno. Mesa tras mesa, pedidos equivocados, el proveedor que llegó tarde… te juro que mañana… —bostezó tan fuerte que se le trabó la mandíbula un segundo— mañana compenso.
Y sin más ceremonia se dio la vuelta hacia la pared. A los tres segundos ya estaba roncando como motor viejo con válvula rota.
Rita se quedó quieta un instante, con la mano todavía suspendida en el aire donde había estado a punto de tocarle el hombro. La expresión sensual se le deshizo como maquillaje bajo la lluvia. Parpadeó una, dos veces.

Rita: (susurrando, casi para sí misma) Claro… mañana. Como todos los malditos mañanas de los últimos… —se mordió el labio inferior, contando mentalmente— …Tres años.
Se dejó caer sentada al borde de la cama. La bata se abrió un poco más, pero ya no había nadie para apreciarlo. Miró el techo, las sombras que dibujaba la lámpara, la grieta que llevaba meses diciendo que iba a arreglar.
Rita: (murmurando, con una risa amarga apenas audible) Qué ironía. Diez hijos y sigo más sola que el primer día.
Se metió bajo las sábanas sin molestarse en quitarse la bata. Se quedó mirando la oscuridad un rato largo, con las manos apretadas sobre el estómago, sintiendo cómo la frustración le quemaba por dentro como algo vivo. Finalmente cerró los ojos.
Pero no durmió.
No esa noche.
En la Mañana siguiente.
La cocina era el mismo torbellino de siempre a las siete y media. Platos chocando, voces subiendo de tono, alguien gritando que el último tazón de cereal era suyo. El olor a panqueques quemados y café recién hecho llenaba el aire.
Rita estaba de pie junto a la encimera, con la bata de casa atada flojo, removiendo y removiendo la cucharita en la taza. El café ya se había enfriado hacía rato, pero ella no lo notaba. Su mente seguía en la habitación oscura de anoche, en la bata de seda tirada al suelo sin que nadie la hubiera tocado.
Lori, que estaba peleando con Leni por el cartón de jugo de naranja, giró la cabeza.
Lori: Mamá, ¿estás bien? Llevas como quince minutos removiendo ese café. Parece que vas a abrir un pozo.
Rita parpadeó fuerte, como si alguien hubiera encendido la luz de golpe.
Rita: ¿Qué? Ah… sí, sí, cariño. Todo bien. Solo… estaba pensando en… la lista del supermercado.
Mentira descarada, pero nadie le prestó mucha atención. Excepto que justo en ese momento Lincoln entró arrastrando los pies, todavía con los ojos medio pegados, el pelo blanco hecho un desastre.
El moretón en la mejilla izquierda le saltó a la vista de inmediato. No era enorme, pero estaba ahí: morado-azulado, reciente.
Rita: (la voz se le endurece de preocupación) ¡Lincoln! ¿Qué es eso en tu cara?
Lincoln se tocó el sitio por instinto, como si apenas se acordara.
Lincoln: ¿Esto? Ah… nada, mamá. Me golpeé ayer en el recreo. Cosas de chicos, ya sabes.
Rita dejó la taza y se acercó en dos pasos. Le tomó la barbilla con suavidad pero firme, girándole la cabeza para verlo mejor bajo la luz de la cocina.
Rita: ¿Cosas de chicos? Eso no se ve como un golpe contra una pared, Lincoln. ¿Quién te hizo esto?
Lincoln se soltó con cuidado, forzando una sonrisa que no llegó a los ojos.
Lincoln: En serio, mamá, estoy bien. Fue un empujón tonto. No pasó nada más. No te preocupes.
Rita lo miró fijamente unos segundos más. Esos ojos grandes y sinceros de siempre… pero había algo que no encajaba. Algo que él no quería contar.
Rita: (bajando la voz, solo para él) Si alguien te está molestando, me lo dices. ¿Entendido? Nadie tiene derecho a ponerte un dedo encima.
Lincoln asintió rápido, demasiado rápido.
Lincoln: Entendido. Prometido.
Agarró un panqueque de la pila, lo dobló como taco y se fue directo al sofá, hundiéndose entre los cojines como si quisiera desaparecer.
Rita se quedó parada en medio de la cocina, con los brazos cruzados, mirando cómo su hijo se ponía los audífonos y fingía que el mundo no existía.
Lynn Sr. dobló el periódico por fin, ajeno a todo.
Lynn Sr.: ¿Qué pasa, amor? ¿Otro moretón? Ese chico es un imán para los accidentes.
Rita no respondió. Solo tomó la taza, se la llevó a los labios y bebió el café frío de un trago largo.
El vacío de anoche seguía ahí. Pero ahora tenía un sabor diferente. Más afilado. Más caliente.
Se dio la vuelta hacia el fregadero, abrió el grifo y dejó que el agua corriera mientras apretaba los labios.
Rita: (murmurando para sí misma, casi inaudible) Nadie tiene derecho… nadie.
Tarde en la clínica dental, consultorio de Rita.
El reloj de pared marcaba las 3:47. Rita acababa de despedir a una niña de seis años que no paraba de llorar por el sabor de la pasta de profilaxis. Cerró la puerta, se quitó los guantes con un movimiento cansado y apoyó las palmas en la encimera. Suspiró largo.
Otro día igual. Otro paciente. La misma rutina que ya le sabía a cartón mojado.
La puerta se abrió sin tocar. Entró un chico alto, pelirrojo, hombros anchos bajo una camiseta verde.

Los brazos vendados en el antebrazo izquierdo, como si hubiera peleado con algo que no le tenía miedo. Se dejó caer en la camilla con un movimiento casi teatral, como si la silla fuera suya desde siempre.
Rita lo reconoció al instante. Chandler McCann. El mismo que organizaba esas fiestas a las que Lincoln había suplicado ir durante meses. El mismo al que nunca dejaron entrar.
Hojeó la ficha con rapidez, manteniendo la sonrisa profesional que le salía por inercia.
Rita: Chandler, ¿verdad? ¿Qué te pasó esta vez?
Chandler: (haciendo una mueca mientras se toca la mejilla) Sí, Chandler McCann. El de siempre. Un imbécil me dio un puñetazo anoche en la cara. Creo que me rajó un diente. Duele como el demonio cuando muerdo.
Rita se acercó, le tomó el mentón con dos dedos enguantados y le giró la cara hacia la luz. La grieta en el premolar inferior era visible, pequeña pero profunda.
Rita: Sí, tienes razón. No es grave, pero hay que sellarla antes de que se fracture más. Abre un poco.
Chandler obedeció, pero no dejó de mirarla. Sus ojos se detuvieron un segundo más de lo normal en el escote de la bata blanca que Rita llevaba sobre la blusa.

Chandler: Tiene un consultorio muy… agradable, señora Loud. Pensé que iba a ser más aburrido venir al dentista.
Rita: (sonriendo leve, sin bajar la guardia) Intento que no parezca una sala de tortura. La mayoría llega aquí temblando.
Chandler: Yo no. Aunque… hablar un rato ayuda a que el tiempo pase más rápido, ¿no?
Rita empezó a preparar el composite y la luz de curado, manteniendo la charla ligera.
Rita: ¿Y qué pasó exactamente para terminar así?
Chandler: Lo de siempre. Fiesta en casa de un amigo. Alguien se puso pesado, yo le dije cuatro cosas… y bueno, ya ve. Puñetazo limpio. Nada que no se arregle con hielo y un par de días.
Rita: (arqueando una ceja) ¿Fiestas como las que organizas tú? Lincoln siempre las menciona. Aunque, claro, nunca lo dejamos ir.
Chandler soltó una risa corta, casi divertida.
Chandler: Sí, esas mismas. Lástima que su hijo nunca se apareció. Él y su amigo de lentes estaban dispuestos a cualquier cosa con tal de entrar. Hasta ofrecieron pagar entrada. Se perdieron de lo bueno.
Rita rodó los ojos, pero la comisura de su boca se curvó un poco. Era la primera conversación en todo el día que no giraba en torno a caries o cepillado.
Rita: Ya veo. Bueno, mejor abres bien la boca. Vamos a arreglar ese diente antes de que te deje más recuerdos.
Chandler obedeció, pero mientras Rita se inclinaba para trabajar, notó el olor. Tabaco viejo en la ropa. Un dejo dulce de alcohol que todavía le quedaba en el aliento. Y cuando le pidió que abriera más, vio las manchas amarillentas en los dientes de atrás. No eran de café.
Frunció el ceño ligeramente.
Rita: Mmm… tienes algunas manchas aquí. ¿Has estado fumando, Chandler?
Chandler: (sonriendo de lado, sin ningún remordimiento) Solo de vez en cuando. No es para tanto.
Rita: ¿Y el alcohol? Porque esto no es solo cigarrillo.
Chandler se encogió de hombros, todavía con esa postura relajada.
Chandler: Unas cervezas en las fiestas. Nada del otro mundo. No voy a estar tomando gaseosa como los niños, ¿no cree?
Rita dejó la herramienta un segundo y lo miró directo.
Rita: ¿Cuántos años tienes exactamente?
Chandler: Dieciocho recién cumplidos en octubre.
Rita: (más seria) Entonces no deberías estar haciendo eso. Te va a traer problemas serios antes de lo que crees.
Chandler: (bajando un poco la voz, casi íntimo) A nadie le importa mientras no me pillen, señora Loud. Y los adultos siempre se preocupan demasiado. Yo sé cuidarme.
Rita sintió un calor inesperado subirle por el cuello. No era enfado. Era otra cosa. Esa seguridad descarada, esa forma de mirarla como si supiera exactamente el efecto que tenía.
Rita: Deberías preocuparte más por ti. No es un juego.
Chandler: (sonriendo lento, con los ojos fijos en los de ella) A veces hay que arriesgarse un poco… para que valga la pena, ¿no?
Rita carraspeó, se enderezó y volvió a tomar el instrumento. El pulso le latía un poco más rápido de lo normal. Terminó de aplicar el composite en silencio, concentrándose en la luz azul que endurecía el material.
Pero el aire en el consultorio ya no se sentía igual.
La mañana había dejado de ser monótona.
Rita terminó de pulir el composite con cuidado y se enderezó un poco, quitándose los guantes.
Rita: Chandler, tú estás en la misma clase que Lincoln, ¿verdad? ¿Sabes algo de ese moretón que tiene en la cara?
Chandler se recostó contra el respaldo de la camilla, cruzando los brazos detrás de la nuca. La camiseta se le pegó un poco más al pecho.
Chandler: Mmm… ah, sí. Eso.
Rita se giró hacia el escritorio para buscar el espejo intraoral y la cera de acabado. Al inclinarse, la falda lápiz negra se ajustó contra sus caderas y marcó cada curva. El encaje de la ropa interior se insinuó apenas bajo la tela tensa, una línea oscura que se dibujaba con precisión.

Chandler no se molestó en disimular: levantó una ceja y dejó que su mirada bajara despacio, recorriendo el contorno de ese culo firme que la bata blanca apenas lograba contener. Cuando ella se movió un poco más, la falda subió apenas un centímetro y dejó ver el borde de la media y un destello de piel pálida antes de que todo volviera a su sitio.
Chandler sonrió de lado, mordiéndose el labio inferior por un segundo.
Rita se volvió hacia él con el instrumento en la mano, ajena a la inspección que acababa de recibir.
Rita: Entonces, ¿sabes algo o no?
Chandler levantó la vista sin prisa, como si acabara de saborear algo prohibido.
Chandler: Sí, pero ahora me cuesta un poco concentrarme, la verdad. No es mi culpa si la dentista más sexy de la ciudad me está dejando sin palabras.
Rita cruzó los brazos bajo el pecho, lo que hizo que la blusa se tensara un poco más en la zona del escote. Arqueó una ceja.
Rita: Vaya… qué halagador. Pero eso no responde mi pregunta.
Chandler se encogió de hombros, todavía con esa sonrisa confiada que parecía permanente.
Chandler: Lo del moretón… sí, vi algo. Tu hijo a veces tiene la boca un poco grande, ¿sabes? Se mete en asuntos que no le corresponden. No todos lo toman con calma.
Rita dejó escapar un suspiro largo, frustrada.
Rita: ¿Alguien le pegó?
Chandler abrió las manos en un gesto de inocencia fingida.
Chandler: En la escuela pasan muchas cosas, señora Loud. No siempre es fácil saber quién empezó qué. A veces las cosas simplemente… se calientan.
La miró directo a los ojos, dejando que la última palabra colgara un segundo más de lo necesario.
Rita lo estudió en silencio, intentando leer si había algo más detrás de esa fachada relajada. Chandler, en cambio, no apartó la mirada. Parecía disfrutar demasiado del momento.
De pronto señaló su propia mandíbula, donde todavía se veía un leve enrojecimiento alrededor del golpe que le había dañado el diente.
Chandler: Pero ya que estamos hablando de golpes… yo también tengo uno. Tal vez merezco un poco de atención extra, ¿no?
Rita rodó los ojos, aunque una pequeña sonrisa se le escapó.
Rita: Sí, sí, pobre de ti. Abre la boca y déjame terminar.
Chandler obedeció, pero esta vez no cerró los ojos. Cuando Rita se inclinó de nuevo sobre él, con el espejo y la luz enfocando directo, él bajó la mirada sin disimulo.

El escote de la blusa se abrió lo justo por la postura: la curva superior de sus pechos, el encaje negro del sostén asomando apenas, la piel que se movía con cada respiración. Chandler dejó que sus ojos se detuvieran ahí, saboreando cada detalle.
Chandler: (voz baja, casi un murmullo) Tiene suerte de que la mayoría de los dentistas no sean tan… entretenidos de ver.
Rita fingió no haberlo oído. Terminó de revisar el sellado, se enderezó y apagó la luz intraoral. El calor le había subido un poco por el cuello, aunque se esforzó por mantener la expresión neutral.
Chandler se incorporó despacio, estirándose como gato que sabe que tiene todo el tiempo del mundo.
(En su cabeza, un pensamiento frío y claro: Este día vas a pagar muy caro por la humillación que me hiciste pasar, Lincoln. Muy caro.)
Rita se quitó la mascarilla y le dedicó una última mirada profesional.
Rita: Listo. Cuida ese diente y evita más puñetazos, ¿de acuerdo?
Chandler se bajó de la camilla, se acercó un paso más de lo necesario para tomar la receta que ella le extendía.
Chandler: Gracias, doctora. Volveré si me duele algo… o si simplemente quiero volver a verte trabajar.
Le guiñó un ojo, breve pero directo.
Rita solo negó con la cabeza, conteniendo una risa incrédula.
Por primera vez en mucho tiempo, el reloj de pared no parecía avanzar tan lento.
Chandler se estiró despacio, haciendo crujir los hombros, y luego la miró con una expresión que fingía incomodidad pero que no engañaba a nadie.
Chandler: Oye… sé que suena raro, pero… ¿podrías ayudarme a ir al baño?
Rita frunció el ceño tan fuerte que casi se le juntaron las cejas.
Rita: ¿Perdón?
Él levantó ambas manos envueltas en yeso blanco, rígidas como bloques.
Chandler: Sí, bueno… ya ves. Con esto no puedo hacer mucho por mí mismo. Me las arreglé para llegar hasta aquí, pero…
Rita se llevó una mano a la frente, exhalando con fuerza. Había ayudado a pacientes con escayolas, con muletas, con todo tipo de limitaciones. Pero esto era Chandler. El mismo que hacía cinco minutos le había dicho que era “la dentista más sexy de la ciudad”.
Rita: ¿Y cómo has estado manejando esto hasta ahora?
Chandler: En la escuela algunos amigos me ayudan… pero aquí no hay nadie más, ¿verdad?
Otro suspiro largo. Rita se cruzó de brazos, evaluándolo.
Rita: Está bien. Vamos.
Lo ayudó a levantarse de la camilla. Chandler se apoyó en ella más de lo estrictamente necesario, el brazo rozándole el costado mientras caminaban por el corto pasillo. Rita abrió la puerta del baño pequeño y se detuvo en seco en el umbral.
Rita: Hasta aquí llego. No voy a entrar contigo.
Chandler levantó las manos de nuevo, con esa sonrisa ladeada que no se le borraba nunca.
Chandler: Pero señora… ¿cómo se supone que me baje los pantalones con estas cosas? Digo… si quiere que lo intente con los dientes, puedo probar, pero no prometo que quede bonito.
Rita puso los ojos en blanco tan fuerte que casi se le ve el blanco completo.
Rita: Dios…
Se pasó la mano por la cara, claramente debatiéndose. Pacientes. Profesionalismo. Situaciones incómodas. Nada nuevo. Pero esto no era exactamente “nada nuevo”.
Rita: Está bien. Pero sin comentarios raros. ¿Entendido?
Chandler: ¿Yo? Jamás.
Rita negó con la cabeza y entró detrás de él, cerrando la puerta con el talón. El baño era estrecho, el espejo devolvía los dos cuerpos casi pegados.
Se agachó rápido, con movimientos precisos y clínicos, como si estuviera ajustando una pieza dental. Desabrochó el botón del pantalón de Chandler, bajó la cremallera y tiró de la tela hacia abajo lo justo.
Y entonces se quedó congelada.
Parpadeó una vez. Dos veces.
No podía ser.
La ropa interior de Chandler estaba… tensa. Muy tensa. Y lo que había debajo no era exactamente discreto. Era grande. Demasiado grande para alguien un casi adulto. Mucho más grande de lo que Rita había visto en su propia casa en los últimos años.
Rita: ¿Qué rayos…?
El silencio se hizo espeso. Chandler la miraba desde arriba, con una sonrisa apenas contenida que se iba ensanchando.
Chandler: Vaya… nunca pensé que esto pasaría entre nosotros dos.
Flash. Flash. Flash.
El sonido del obturador del celular rompió el momento como un latigazo.
Rita levantó la vista de golpe. El teléfono de Chandler estaba apuntándola directo, capturando su cara a centímetros de… eso.
Rita: ¡HEY! ¡¿QUÉ DEMONIOS ESTÁS HACIENDO, MALDITO PERVERTIDO?!
Chandler soltó una carcajada corta, agitó el teléfono en el aire como trofeo.
Chandler: Vaya, vaya, señora Loud… ¿quién diría que una mujer tan respetable como usted tuviera estas mañas?
Rita: ¿Qué demonios estás hablando, maldito mocoso? Más vale que me entregues ese teléfono ahora mismo o…
Chandler giró la pantalla hacia ella. Ahí estaba: la foto. Su cara roja, inclinada, el ángulo imposiblemente comprometedor. Todo perfectamente encuadrado.
Chandler: Una fotografía tomada en el ángulo perfecto. Me pregunto qué pensarían sus jefes… o su familia. No, mejor no. No me quiero ni imaginar qué pensaría todo el pueblo si esto sale en internet.
El rostro de Rita pasó de rojo furia a blanco en un segundo. El sudor le perlaba la frente.
Rita: ¡Basta, Chandler! ¡No tienes ni idea de lo que estás haciendo!
Chandler la miró con una sonrisa fría, sin rastro de la broma anterior. Levantó el teléfono otra vez, dedo sobre la pantalla como si estuviera a punto de compartir.
Chandler: Oh, sí sé exactamente lo que estoy haciendo, señora Loud. La pregunta es… ¿qué va a hacer usted al respecto? Porque tiene mucho que perder si esto se hace público.
Rita apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. El corazón le golpeaba en los oídos.
Rita: ¿Qué es lo que quieres, Chandler? ¿Dinero? ¿Algo más?
Chandler bajó un poco la voz, inclinándose hacia ella hasta que casi se rozaban.
Chandler: Dinero es aburrido. Quiero algo… más interesante. Algo que me compense por todo el tiempo que tu hijito me ha hecho pasar.
Hizo una pausa. La miró de arriba abajo, sin disimular.
Chandler: Y creo que tú y yo podemos llegar a un acuerdo muy… satisfactorio.
El baño se sentía más pequeño que nunca.
Chandler hizo una pausa larga. La recorrió con la mirada de pies a cabeza, deteniéndose sin disimulo en las curvas que la bata blanca no lograba ocultar del todo. Luego, sin pedir permiso, extendió la mano y tocó uno de sus pechos con la palma abierta, apretando apenas.
Chandler: Para empezar… ¿tal vez podríamos pasarla bien entre nosotros?
¡Slap!
El sonido resonó en el baño estrecho como un latigazo. La cachetada de Rita fue seca, fuerte, directa. La mejilla de Chandler enrojeció al instante.
Él se quedó inmóvil un segundo, con la cabeza ladeada por el impacto. Los ojos muy abiertos por la sorpresa. Luego, lentamente, una sonrisa sádica le fue creciendo en la boca.
Chandler: Vaya, señora Loud… eso sí que fue inesperado.
Rita retrocedió un paso, con la mano todavía temblando un poco por la adrenalina.
Rita: Más vale que termines con esta mierda de una maldita vez antes de que te arrepientas, Chandler. Si vuelves a intentar algo como esto, te aseguro que…
Chandler: Bien. Entonces no solo usted abusó de un pobre hombre confundido… sino que también lo agredió para obligarlo a hacerlo.
Rita: ¿Qué?
Chandler levantó el teléfono con calma. La pantalla ya mostraba el reproductor de video. Pulsó play.
Se veía todo: la mano de Rita bajándole el pantalón, la expresión de sorpresa en su cara al verlo, el momento exacto en que él la tocó… y luego la cachetada. El ángulo era perfecto. Todo parecía sacado de contexto, editado para que ella fuera la agresora y él la víctima indefensa.
Chandler: Y ahora, ¿cómo cree que reaccionará la policía si envío todo esto? Con unos cuantos cortes y cambios para que quede más… incriminatorio, claro.
Rita sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
Rita: No… no puedes hacer eso.
Chandler sonrió más ancho, disfrutando cada segundo del pánico que veía en sus ojos.
Chandler: Oh, claro que puedo, señora Loud. Pero, como le dije antes, todo depende de cómo decida manejar esta situación.
Rita intentó controlar la respiración. El pecho le subía y bajaba rápido. Buscó en su cabeza alguna salida, alguna forma de girar esto. Podría empujarlo ahora mismo, arrancarle el teléfono de las manos, romperlo contra el lavabo… pero sabía que él ya tenía copias. Sabía que no era tan estúpido.
Rita: Eres repugnante.
Chandler solo sonrió, satisfecho. Ya la tenía exactamente donde quería.
El consultorio estaba en penumbra. Solo quedaba encendida la lámpara de pie junto al sillón de espera y la luz tenue del baño que se filtraba por la puerta entreabierta. Rita había cerrado la persiana de la entrada principal hacía media hora. El letrero de “Cerrado” colgaba desde dentro.
Estaba de pie junto al lavamanos, con los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho, mirando fijamente al suelo. La bata blanca ya no estaba.
Solo llevaba la blusa blanca desabotonada hasta la mitad y la falda lápiz negra que se le había subido un poco por la tensión de los muslos apretados.
Chandler estaba detrás de ella, a un paso. Se había quitado la camiseta hacía rato. El yeso en los antebrazos le daba un aire extraño, casi ridículo, pero no lo hacía menos intimidante.
Chandler: (voz baja, casi divertida) Quítate la falda, señora Loud. No hace falta que lo haga yo.
Rita apretó la mandíbula. Sus dedos temblaron un segundo antes de obedecer. Bajó la cremallera lateral con un sonido seco. La tela cayó hasta los tobillos. Quedó en ropa interior blanca, medias hasta medio muslo y tacones que no se había molestado en quitarse.
Chandler dio un paso más cerca. Sus manos, aún torpes por el yeso, le agarraron la cintura y la giraron con cuidado hasta que quedó de espaldas a él, apoyada contra la pared fría del baño.

El espejo les devolvía a los dos: ella con el pelo revuelto cayéndole sobre los hombros, él con esa sonrisa que no se borraba nunca.
Chandler deslizó los dedos por la cintura elástica de las bragas. Las bajó despacio, dejándolas caer al suelo junto a la falda. El trasero de Rita quedó expuesto por completo: redondo, firme, con la piel suave y pálida que contrastaba con el encaje blanco que acababa de quitarle.
Chandler dejó escapar un suspiro largo mientras se pegaba a ella por detrás. Su miembro, ya duro rozó la piel caliente entre sus glúteos. Lo movió despacio, arriba y abajo, disfrutando de la presión y del calor que lo envolvía.
Chandler: Joder… qué increíble sensación. Y qué buena vista.
Rita apretó los dientes con tanta fuerza que le dolieron. Los puños cerrados a los lados del cuerpo.
Rita: Eres una basura. ¿Lo llevas puesto, verdad?
Chandler se inclinó un poco, su aliento caliente contra la nuca de ella.
Chandler: Sí, sí, no se preocupe, señora Loud. Traigo puesto un condón. Todo en orden.
Rita cerró los ojos un segundo, respirando hondo.
Rita: ¡Entonces qué esperas! Termina con esto de una maldita vez.
Chandler soltó una risa baja. Sus manos grandes le sujetaron las caderas con firmeza, dedos hundiéndose en la carne suave.
Chandler: Tranquila… no debe ser tan impaciente. Debería disfrutar más el sexo.
Sin más preámbulo, alineó y empujó con fuerza. La punta gruesa entró de golpe en su trasero. Rita se arqueó contra la pared, un grito ahogado escapándole de la garganta.
Rita: ¡AAAAHHH! ¡Ñoo!
Chandler gruñó al sentir la resistencia apretada que lo envolvía por completo.
Chandler: ¡Dios mío! Señora Loud… su… ah… es tan estrecho. ¡Ah sí, qué bien se siente!
Se quedó quieto un instante, saboreando cómo ella lo apretaba involuntariamente. Luego empezó a moverse despacio, entrando y saliendo con ritmo controlado. Cada embestida le arrancaba a Rita un gemido que intentaba contener y que terminaba escapando igual.
Rita: (pensamiento) …llegó tan profundo de un solo golpe…
Chandler aceleró poco a poco. Las caderas golpeaban contra ella con más fuerza, más rápido. El sonido húmedo y rítmico llenaba el baño pequeño.
Rita: Ahhh… houh… no… huun… ah… ño… ve más despacio… ahhh… ahhh…
Cada palabra salía entrecortada, entre jadeos profundos y entrecortados. Chandler sonrió satisfecho, inclinándose hasta que sus labios casi rozaban la oreja de ella.
Chandler: Joder, qué cuerpo tan bueno tienes… Seguro que el calvo de tu marido lleva meses sin darte nada de acción, ¿eh, nena?
Rita giró la cabeza lo que pudo, con los ojos vidriosos y brillantes por las lágrimas que no caían.
Rita: ¡Cállate! ¡No hables así de…! ¡Ahhhhh! ¡Hooong!
Chandler aceleró todavía más. Las embestidas se volvieron rápidas y profundas, llegando hasta el fondo en cada movimiento. Sus manos grandes seguían firmes en las caderas de ella, manteniéndola exactamente donde quería mientras su pelvis chocaba una y otra vez contra las nalgas redondas. El cuerpo de Rita empezó a temblar incontrolablemente; la lengua asomaba apenas entre los labios entreabiertos, húmedos.
Rita: (gimiendo sin control) ¡OOOHOG! ¡ÑONG! ¡OOOOUUUUHUG!
Chandler no aminoró ni un segundo. Estaba perdido en la sensación caliente, húmeda y extremadamente apretada que lo envolvía por completo cada vez que entraba hasta la base.
Pasados unos minutos, sin disminuir el ritmo, Chandler soltó las caderas de Rita. Sus manos bajaron hasta los brazos de ella y los sujetó por las muñecas. Tiró hacia atrás con firmeza, obligándola a arquearse todavía más contra la pared fría. El pecho de Rita quedó más expuesto, los pezones endurecidos rozando la tela abierta de la blusa, mientras su espalda se curvaba en un arco pronunciado.
La nueva posición hizo que cada embestida llegara aún más profundo. El ángulo cambió, presionando zonas diferentes dentro de ella. El sonido húmedo de la penetración se hizo más fuerte, más evidente en el baño pequeño.
Chandler: ¿Qué se siente ser cogida por el bully de tu hijo? Eh, perra… ¿Qué se siente tener la verga del bully de tu hijo dentro del coño?
Rita no respondió con palabras. Solo jadeó más fuerte, el cuerpo temblando violentamente mientras intentaba mantener algún resto de control. Sus manos, sujetas hacia atrás, se cerraban en puños inútiles en el aire. Cada embestida le arrancaba un gemido nuevo, más alto, más roto.
El ritmo de Chandler se volvió casi brutal, pero seguía controlado: profundo, completo, sin pausa. El pene entraba y salía por completo en cada movimiento, la cabeza rozando el fondo vaginal una y otra vez. El cuerpo de Rita se tensaba más y más, los músculos internos apretándolo con fuerza involuntaria alrededor de él.
10:40
Chandler la tenía acostada boca arriba sobre su propio escritorio, papeles y bolígrafos empujados al suelo sin cuidado. Ahora entraba y salía de su parte delantera con movimientos largos y lentos, disfrutando cada reacción que le arrancaba. Las piernas de Rita colgaban abiertas a los lados de la mesa, los tacones todavía puestos.
12:25
De nuevo en cuatro, esta vez sobre la alfombra de la sala de espera. Chandler detrás, sujetándola por las caderas mientras golpeaba con fuerza. Cada embestida venía acompañada de una palmada en una nalga o en la otra, dejando marcas rosadas que ella sentía arder.
14:42
Chandler se sentó en el borde del escritorio. Rita de rodillas entre sus piernas, con las manos apoyadas en los muslos de él mientras se inclinaba y dejaba que su pecho lo envolviera por completo. Subía y bajaba con ritmo, el calor de su piel contra la de él, mientras Chandler echaba la cabeza hacia atrás y gruñía bajito.
15:50
Ahora acostados en diagonal sobre el mismo escritorio, en posición contraria. Las bocas de los dos ocupadas, explorando sin pausa. Los gemidos ahogados de Rita vibraban contra la piel de Chandler, y los suyos contra la de ella.
17:20
Rita terminó deslizándose hasta el suelo. Se quedó allí sentada, con la espalda apoyada en la pata del escritorio, los ojos entrecerrados, el pelo pegado a la frente por el sudor.

El cuerpo le temblaba todavía, cubierto de sudor y de las huellas que Chandler había dejado en su piel.
Chandler se quedó de pie frente a ella, respirando hondo, con una sonrisa amplia y satisfecha.
Chandler: (pensamiento) Finalmente… la venganza es mía.
Afuera, el sol ya empezaba a bajar. Adentro, nadie dijo nada más.
El consultorio estaba en penumbra, solo quedaba la luz fría del fluorescente del baño que se filtraba por la puerta entreabierta. Chandler se abrochaba la camiseta con movimientos lentos, casi disfrutando cada segundo. Se agachó para atarse los zapatos, y cuando levantó la vista, Rita seguía allí, de pie junto al escritorio, ajustándose la blusa con dedos torpes. La falda ya estaba en su sitio, pero se le notaba arrugada. No lo miraba a los ojos.
Rita: (voz baja, tensa) Ya obtuviste lo que querías. Ahora cumple tu parte del trato, cerdo.
Chandler terminó de anudar el cordón, se enderezó y sacó el teléfono del bolsillo trasero. Con el pulgar deslizó la pantalla un par de veces, borró una foto. La pantalla mostró el ícono de la papelera y luego se quedó en negro.
Chandler: Todo listo, señora Loud.
Rita levantó la vista por fin, solo un segundo. Sus ojos estaban duros, pero había algo más ahí, algo que no lograba esconder del todo.
Chandler dio un paso hacia la puerta, pero se detuvo a medio camino. Giró despacio, con esa sonrisa que parecía permanente.
Chandler: Entonces… ¿cuándo será nuestro próximo encuentro?
Rita apretó los labios. Siguió mirando al suelo.
Rita: ¿De qué estás hablando? Se suponía que esto era una sola vez.
Chandler soltó una risa suave, casi cariñosa. Sacó el teléfono otra vez y lo giró hacia ella. La pantalla se iluminó con el reproductor de video. Ahí estaba todo: horas condensadas en un montaje rápido, sus cuerpos, los sonidos ahogados, el escritorio lleno de papeles tirados.
Chandler: Claro, una sola vez, por la imagen. Sería una lástima que esto se compartiera por ahí, ¿no crees?
Rita sintió que el aire se le acababa. El color le abandonó la cara.
Rita: (gritando, voz quebrada) ¿Cómo te atreves? ¡Teníamos un trato!
Chandler guardó el teléfono sin prisa. La miró directo, tranquilo.
Chandler: Y lo cumplí. Pero ahora estamos haciendo otro trato, ¿verdad?
Silencio pesado. Rita no respondió. Solo se quedó allí, con los puños cerrados a los lados, respirando corto y rápido.
Chandler: (sonriendo más ancho) Bueno, acepto ese silencio como un sí, señora Loud. Nos vemos luego.
Pasó a su lado despacio. Cuando estuvo a la altura, levantó la mano y le dio una nalgada firme en el trasero. El sonido fue seco. Rita soltó un gemido corto, involuntario, y se tensó entera. No dijo nada. Solo se quedó quieta, con la mandíbula apretada.
Chandler siguió caminando. Abrió la puerta del consultorio, soltó una risa baja y salió sin mirar atrás.
La puerta se cerró con un clic suave.
Rita se quedó sola.
Se apoyó en el borde del escritorio, los dedos blancos de tanto apretar la madera. Intentó respirar hondo, pero el pecho le pesaba. La piel todavía le ardía donde él la había tocado. No solo la nalgada. Todo. Cada lugar donde sus manos habían estado. Cada sensación que no había sentido en años. Ni siquiera con Lynn.
Se miró las manos temblorosas. Luego al espejo del baño, que le devolvía una imagen que apenas reconocía: pelo revuelto, labios hinchados, ojos brillantes de algo que no quería nombrar.
Quería odiarlo. Quería odiarse a sí misma.
Pero el cuerpo no mentía.
El recuerdo de cómo se había sentido llena, de cómo cada movimiento había sacado sonidos que ella no sabía que podía hacer, seguía ahí, latiendo bajo la piel. Algo que no había planeado. Algo que no había pedido.
Se pasó las manos por la cara, intentando borrarlo todo.
No funcionó.
Sabía que esto no había terminado.
Casa de los Loud, esa misma noche.
La casa estaba en silencio relativo. Los niños ya se habían dispersado: unos en sus habitaciones, otros frente al televisor con el volumen bajo. Lynn Sr. roncaba en el sofá, con el control remoto todavía en la mano y el canal de deportes congelado en un partido que nadie estaba viendo.
Rita entró por la puerta trasera, con la chaqueta todavía puesta y el bolso colgando del hombro. Cerró con cuidado, como si cualquier ruido pudiera romper algo que ya estaba a punto de romperse. Se quitó los zapatos en la entrada y caminó descalza hasta la cocina. Encendió solo la luz pequeña sobre la encimera.
Se sirvió un vaso de agua. Lo sostuvo entre las manos sin beberlo. Miraba el líquido quieto, como si ahí dentro estuviera la respuesta.
Lynn Sr. se movió en el sofá. Murmuró algo ininteligible y siguió roncando.
Rita dejó el vaso intacto y subió las escaleras. Pasó por la puerta de Lincoln, entreabierta. Él estaba sentado en la cama con los audífonos puestos, mirando el celular. El moretón en la mejilla todavía se veía oscuro bajo la luz de la lámpara.
Rita se detuvo un segundo en el marco. Quiso entrar, preguntar de nuevo. Decirle que todo iba a estar bien. Pero las palabras se le atoraron en la garganta.
Siguió hasta su habitación.
Cerró la puerta. Se apoyó contra ella, con la espalda en la madera fría. Se deslizó hasta sentarse en el suelo, las rodillas contra el pecho.
El cuerpo todavía le recordaba todo. Cada músculo que había usado. Cada lugar que había sido tocado. La sensación de estar llena, de que algo la había abierto de una forma que no recordaba haber sentido. Ni siquiera al principio, cuando Lynn y ella todavía se buscaban con urgencia.
Se pasó las manos por la cara. Intentó respirar despacio.
Rita: (susurrando para sí misma) ¿Qué mierda estoy haciendo…?
El teléfono vibró en el bolsillo de la chaqueta. Lo sacó con dedos que no obedecían del todo.
Un mensaje nuevo. Número desconocido. Solo un emoji: 😏
Luego otro: Mañana después de clases. En tu consultorio. No tardes.
Rita miró la pantalla hasta que se apagó sola.
No respondió.
Pero tampoco borró el mensaje.
Se levantó despacio. Se quitó la ropa con movimientos mecánicos y se metió en la ducha. El agua caliente le cayó encima como castigo. Se quedó ahí un rato largo, dejando que el vapor llenara el baño.
Cuando salió, envuelta en la bata, Lynn Sr. ya estaba en la cama, de espaldas, roncando como siempre.
Rita se metió bajo las sábanas sin tocarlo.
Miró el techo oscuro.
No durmió.
No esa noche.
Y en el fondo sabía que, aunque quisiera, no iba a poder dormir tranquila por mucho tiempo.
Mientras tanto con Chandler.
Estaba tirado en la cama deshecha, con la espalda contra la pared y las piernas abiertas. El celular en una mano, los audífonos colgando del cuello. La luz de la pantalla le iluminaba la cara con un brillo azulado y cruel.
Reproducía el vídeo una y otra vez. No el montaje rápido que le había mostrado a Rita. El crudo, el largo. Se escuchaba su propia respiración agitada, los gemidos ahogados de ella que intentaba contener, el golpe seco de la piel contra piel. Cada vez que llegaba a la parte donde Rita se rompía y soltaba ese

“¡OOOOUUUUHUG!” sin poder evitarlo, Chandler soltaba una risa baja, triunfal.
Chandler: (hablando solo, burlón) Pobre Larry… si supieras que tu mamita se puso de perrito en el escritorio de su propio consultorio. Con el mismo que te hace la vida imposible. Qué ironía, ¿no?
Pausó el vídeo en un frame donde se veía claramente la cara de Rita, los ojos entrecerrados, la boca abierta. Acercó la imagen con los dedos.
Chandler: Mira esa cara de “no debería estar disfrutando esto”. Pero lo estaba disfrutando, ¿verdad, señora Loud?
Se rascó la nuca, todavía con la sonrisa pegada. Luego abrió la app de redes y buscó el perfil de Lincoln. Fotos de siempre: él con Clyde, en la casa con sus hermanas, alguna selfie torpe con filtro. Nada interesante. Pasó rápido.
Chandler: (murmurando) Tú solo eres el detonante, enano. Lo bueno viene después.
Deslizó el dedo hacia las cuentas que Lincoln seguía o etiquetaba con frecuencia. Las mujeres importantes en su vida. Las que realmente le importaban. Las que le dolerían de verdad si las tocaba.
Primero apareció Luna. La rockera. Fotos de conciertos caseros, guitarra en mano, pelo desordenado, sonrisa enorme. Siempre con esa energía de “soy libre y nadie me para”.

Chandler: Mmm… la hermana mayor. La que se cree intocable. Sería divertido hacerla cantar otra clase de notas.
Luego Leni. Selfies en el espejo con ropa que combina mal pero que igual le queda bien. Ojos grandes, expresión dulce, siempre distraída. Inocente hasta el punto de ser peligrosa.

Chandler: Esta sería fácil. Demasiado fácil. Un par de cumplidos y se le caería la defensa sola. Pero… ¿dónde está la gracia si no hay resistencia?
Pasó a Lucy. Fotos en blanco y negro, velas, cuervos, poemas escritos a mano. Todo oscuro, todo distante. La que menos habla, la que más observa.

Chandler: La gótica. La que parece que no siente nada. Me pregunto cuánto tardaría en romper esa cara de póker. Sería… interesante.
Y por último, Ronnie Anne. Fotos con patineta, con el hermano, con Lincoln en el fondo. Esa actitud de “no me importa nada”, pero siempre mirando de reojo a Lincoln. La que pelea, la que se sonroja cuando nadie ve.

Chandler: (se le dibuja una sonrisa lenta) Ah… aquí está el premio gordo. La novia secreta. O la casi novia. La que Lincoln protege con uñas y dientes. Si la toco a ella… se le rompe todo el mundo.
Se quedó mirando la foto de Ronnie Anne por más tiempo. Una donde ella le sacaba la lengua a la cámara, pero Lincoln estaba al lado, riendo. Perfecto.
Chandler: (hablando bajito, como si Lincoln pudiera escucharlo) Te humillé con tu mamá… pero esto sería definitivo, enano. Te voy a quitar lo que más quieres. Y vas a saber que fui yo.
Apagó el celular y lo tiró sobre la cama. Se quedó mirando el techo, con las manos detrás de la nuca.
Chandler: (susurrando) ¿Quién será la siguiente, entonces? Tengo tiempo. Tengo todo el tiempo del mundo.
Se rió solo, una risa corta y fría.
La habitación quedó en silencio, salvo por el leve zumbido del ventilador.
Pero en la cabeza de Chandler, la decisión ya empezaba a tomar forma.
FIN.









holis 😄
Espero con ansias el siguiente bro.
bro una duda ¿con que IA haces tus dibujos?