Comienzo, y una urgencia..
La habitación estaba bañada por una luz amarilla tenue que caía desde la lámpara sobre la mesa de Andrés. El sacerdote hojeaba con calma un libro antiguo, sus dedos recorriendo las páginas con cuidado. Alrededor, la estantería repleta de volúmenes parecía envolverlo en un silencio profundo, casi sagrado. La tranquilidad era casi tangible, interrumpida únicamente por el suave crujido del parquet bajo sus pies.
De repente, la radio sobre la repisa emitió un pitido, cortando la quietud. Andrés frunció el ceño, sorprendido. La voz que emergió era joven, decidida, pero cargada de urgencia:
—¿Padre Andrés? Mi nombre es David… —dijo el joven a través del altavoz, su tono serio pero firme.
Andrés se enderezó, el corazón latiendo un poco más rápido. No esperaba recibir un mensaje así, y mucho menos de alguien que parecía conocerlo por su nombre.
—David… —respondió con cautela—. ¿Cómo ha llegado a mí este mensaje?
—Padre, necesito su ayuda. —La voz tembló apenas, un hilo de miedo mezclado con determinación—. Hay algo que amenaza a nuestro pueblo… algo que no podemos enfrentar solos.
Andrés cerró lentamente su libro, dejando que el silencio se filtrara entre las palabras de David. La experiencia le decía que no se trataba de un simple problema humano; su intuición sacerdotal lo alertaba de la presencia de algo más allá de lo natural.
—Entiendo… —susurró Andrés, con la mirada fija en la luz amarilla que iluminaba la estantería—. Debo ir. Prepararé mi viaje de inmediato.
Se levantó con decisión, su corazón cargado de un propósito silencioso. El tren desde Buscaret hacia Râmnicu Sărăt ya esperaba, y Andrés sabía que al abordar comenzaría un viaje que cambiaría para siempre su destino… y el de aquellos que confiaban en él.
Andrés caminaba por la estación de Buscaret con pasos firmes pero meditativos. La brisa fría le rozaba el rostro, mezclándose con el olor a hierro y madera del andén. Cada sonido del lugar, desde el silbido lejano del tren hasta el murmullo de los pasajeros, parecía amortiguado por la concentración que lo envolvía. Su mente repasaba las palabras de David, el tono de urgencia y miedo, y un presentimiento silencioso le decía que el camino que iniciaba no sería fácil.
Al subir al tren, Andrés se acomodó junto a la ventana. Observó cómo la ciudad se alejaba lentamente, los edificios y calles transformándose en manchas borrosas bajo la luz del atardecer. Afuera, los campos se extendían, dorados y tranquilos, en marcado contraste con la tormenta que sentía en su interior.
El viaje comenzaba a dibujarle un tiempo para reflexionar. Andrés sentía una mezcla de responsabilidad y temor: la responsabilidad de un sacerdote llamado a proteger, y el temor de lo desconocido, de aquello que acechaba al pueblo que le había pedido ayuda. Su mano descansaba sobre el libro que aún había dejado abierto en casa; su mente lo recorría como si quisiera buscar respuestas en las páginas que ahora estaban lejos de él.
Con cada kilómetro que avanzaba, Andrés percibía cómo la quietud del tren le ofrecía un espacio para ordenar sus pensamientos y fortalecer su resolución. Sabía que pronto enfrentaría algo que pondría a prueba su fe, su paciencia y su coraje. El paisaje se difuminaba, y con él, su vida cotidiana, mientras se adentraba en un misterio que llevaba años esperando por alguien dispuesto a confrontarlo.