Lost innocence ( saga broken souls) #1

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Sinopsis

Madeleine Aven Velinova tenía dieciséis años cuando el cielo dejó de ser azul. Un día ordinario en su pueblo de Bulgaria -recogiendo limones para la limonada de su madre- se convirtió en su última memoria de libertad. El disparo que escuchó en su casa no solo cambió su vida; la destruyó por completo. Arrancada de todo lo que conocía, drogada y transportada al otro lado del mundo, Maddy despierta en un infierno que nunca imaginó posible: una casa en Estados Unidos donde niñas robadas de sus países son forzadas a convertirse en mercancía para hombres sin escrúpulos. Le dicen que sus padres están muertos. Que nunca volverá a casa. Que ahora solo es un número, un cuerpo, una cosa. Pero en la oscuridad más profunda, encuentra luz en lugares inesperados. Caroline y Mia, dos chicas que comparten su mismo destino, se convierten en las hermanas que nunca tuvo. Juntas sobreviven día a día, protegiéndose, sosteniéndose, negándose a dejar que sus almas mueran aunque sus cuerpos sean destruidos una y otra vez. Kael Axen D'Amico es solo un estudiante universitario italiano de veintiún años cuando su hermana Alia le cuenta sobre una compañera de clase que necesita ayuda desesperadamente. Lo que comienza como un acto de bondad se convierte en una misión imposible: infiltrarse en una red de tráfico humano haciéndose pasar por cliente para llegar a las chicas atrapadas dentro.

Genero:
Young Adult
Autor/a:
Janette
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1

El Día que el Cielo se Oscureció

POV: Madeleine

Hay un momento exacto en el que tu vida deja de pertenecerte. No es gradual. No es una pendiente suave hacia la oscuridad. Es un precipicio del que caes sin red, sin advertencia, sin la oportunidad de gritar lo suficientemente fuerte como para que alguien te escuche.

Para mí, ese momento llegó hace cuatro meses, tres semanas y dos días.

Pero quién cuenta ya.

Me recuesto en el colchón delgado que comparto con Caroline, mirando las grietas del techo mientras el sonido de la lluvia golpea contra la única ventana de esta habitación. Es pequeña, esa ventana, con barrotes oxidados que parecen reírse de cualquier pensamiento de escape. La he mirado tanto que podría dibujar cada barrote con los ojos cerrados. A veces lo hago, cuando necesito ir a otro lugar en mi mente, cuando las paredes se cierran demasiado y el aire se vuelve tan espeso que me ahoga.

Caroline está a mi lado, dormida o fingiendo estarlo. Hemos aprendido a fingir muchas cosas aquí. Mia está en el otro colchón, al otro lado de la habitación, con los brazos envueltos alrededor de sí misma como si pudiera sostenerse en una sola pieza con pura fuerza de voluntad. Tal vez pueda. Mia es más fuerte que todas nosotras juntas.

Estas chicas... estas extrañas que se han convertido en mis hermanas en el único lugar del mundo donde la palabra “hermana” debería ser imposible. Caroline, con su silencio roto y sus ojos que ya no lloran. Mia, con su ferocidad protectora y las cicatrices que lleva como medallas de guerra silenciosas. Ellas me enseñaron que gritar no sirve de nada. Que luchar solo empeora las cosas. Que la supervivencia significa tragarte tu propia voz hasta que te olvides de cómo sonaba.

Yo no les creí al principio.

Qué tonta fui.

Cierro los ojos y dejo que el sonido de la lluvia me lleve lejos, a un lugar que ya no existe. Un lugar donde el cielo todavía era azul y las pesadillas solo existían cuando dormías.

Ese día comenzó como todos los días felices: sin advertencia de que sería el último.

El sol entraba por la ventana de mi habitación en Bulgaria, pintando líneas doradas sobre mi escritorio donde mis libros esperaban que terminara de leerlos. Julio siempre había sido mi mes favorito. Calor sin ser sofocante, días largos que parecían estirarse hacia el infinito, y las visitas constantes de mi prima Nina que llenaban la casa de risas.

Tenía dieciséis años y el mundo entero por delante.

Qué ingenua.

Estaba acostada en mi cama, leyendo sobre lugares lejanos que planeaba visitar algún día, cuando escuché la voz de mamá desde el piso de abajo.

“Madeleine, cariño!” Su voz era cálida, como siempre lo era. Como debería ser siempre. “Ven a ayudarme, por favor!”

Me levanté, marcando la página de mi libro con una postal de París que Nina me había enviado el año anterior. París. Soñaba con ir allí. Con ver la Torre Eiffel, caminar por las calles iluminadas, probar los croissants de los que tanto hablaba mi profesora de francés.

Bajé las escaleras descalza, sintiendo la madera fresca bajo mis pies. Papá estaba en la sala, leyendo el periódico con sus gafas en la punta de la nariz. Me sonrió cuando pasé, ese tipo de sonrisa que los padres guardan para sus hijos, la que dice “eres mi mundo entero” sin necesidad de palabras.

Esa sonrisa me persigue en sueños.

“¿Qué necesitas, mamá?” pregunté al llegar a la cocina, donde el olor a pan recién horneado llenaba el aire.

Mamá estaba junto a la ventana, con su delantal de flores amarillas, el mismo que usaba cada vez que cocinaba algo especial. Sus ojos, del mismo color avellana que los míos, brillaban con esa alegría simple que solo las madres parecen capaces de producir cuando planean algo para su familia.

“Tu padre quiere comer afuera hoy, aprovechar el buen clima,” dijo, señalando hacia el jardín donde nuestra vieja mesa de madera esperaba bajo el árbol de cerezo. “¿Podrías recoger algunos limones del jardín? Quiero hacer limonada fresca.”

Limones.

Tal cosa simple. Tal cosa ordinaria.

“Claro,” respondí, descalza aún, sin pensar en ponerme zapatos. El jardín era mi lugar seguro. Había crecido jugando entre esos limoneros, construyendo castillos imaginarios bajo sus sombras, persiguiendo mariposas con Nina hasta que nos mareábamos de risa.

Salí por la puerta trasera, sintiendo el pasto suave bajo mis pies, el calor del sol en mi rostro. El cielo era de un azul imposible, sin una sola nube que lo manchara. Perfecto. Todo era perfecto.

El limonero estaba al fondo del jardín, cerca de la cerca de madera que separaba nuestra propiedad del pequeño bosque que se extendía más allá. Había recogido limones de ese árbol mil veces. Conocía cada rama, cada hoja, cada lugar donde la corteza estaba raspada porque una vez intenté trepar y fallé miserablemente.

Estaba alcanzando el tercer limón cuando lo escuché.

Un disparo.

Seco, fuerte, inconfundible.

El limón cayó de mi mano.

Por un segundo, solo uno, mi cerebro intentó racionalizar el sonido. Un coche. Un petardo. Cualquier cosa excepto lo que realmente era.

Pero lo sabía.

Lo sabía.

“¿Mamá?” Mi voz salió temblorosa, pequeña, la voz de una niña que de repente entiende que el mundo no es tan seguro como pensaba. “¿Papá?”

Corrí hacia la casa, mis pies descalzos pisando limones caídos, el jugo ácido mezclándose con la tierra. La puerta trasera estaba como la había dejado, entreabierta, inocente.

Pero algo estaba mal.

Todo estaba mal.

“¿Mamá?” Grité esta vez, empujando la puerta, mis manos temblando. “¿Papá?”

Fue entonces cuando lo vi. Un hombre en nuestra cocina. Un extraño con la cara cubierta, con ojos que me miraron como si yo fuera una mercancía, no una persona.

Intenté gritar.

Intenté correr.

Pero había otro detrás de mí, salido de la nada, moviéndose más rápido de lo que mis piernas podían reaccionar.

Sentí como sus brazos me rodearon, fuertes, brutales, oliendo a cigarrillos y a algo químico que quemaba mis fosas nasales.

“No,” fue lo único que pude decir antes de que el pañuelo cubriera mi nariz y mi boca. “No, no, no—”

Pero mis palabras se desvanecieron en el aire, absorbidas por ese olor dulce y horrible que invadió mis pulmones.

Lo último que recuerdo es el cielo azul girando sobre mi cabeza, las hojas del limonero bailando en el viento, y el sonido distante de mi propia voz gritando dentro de mi cabeza.

Luego, nada.

Solo oscuridad.

Abro los ojos en el presente, en esta habitación que apesta. La lluvia sigue cayendo. Caroline se mueve a mi lado, murmurando algo en sueños. Mia sigue inmóvil, una estatua de supervivencia.

Y yo sigo aquí.

Cuatro meses, tres semanas, dos días.

Cuando desperté de esa oscuridad, estaba en un lugar que no reconocía, con un dolor punzante en el bajo vientre y sangre seca en mis muslos. Me dijeron que mis padres estaban muertos. Que el disparo que había escuchado había sido para ellos. Que ya no tenía hogar al que volver.

Me dijeron que ahora les pertenecía.

Grité hasta que mi garganta sangró. Luché hasta que mis manos se llenaron de moretones. Supliqué hasta que ya no me quedaron palabras.

Nada funcionó.

Fue Caroline quien me sostuvo cuando finalmente me derrumbé. Fue Mia quien me susurró que si quería sobrevivir, tenía que dejar de luchar. Que había formas más inteligentes de resistir. Que la muerte no era la única salida, incluso cuando parecía la más tentadora.

No les creí. Pero eventualmente, cuando el hambre, el dolor y el miedo se volvieron más fuertes que mi voluntad, aprendí.

Aprendí a tragarme mi voz.

Aprendí a fingir.

Aprendí que el cielo azul que una vez amé ahora solo existía detrás de barrotes.

Y aprendí que hay mil maneras de morir sin que tu corazón deje de latir.

Me levanto del colchón, caminando hacia la pequeña ventana. Afuera, el mundo sigue girando como si nada hubiera cambiado. Como si en algún lugar no hubiera chicas siendo despojadas de sus nombres, de sus cuerpos, de sus almas.

Apoyo mi frente contra el cristal frío y cierro los ojos.

En algún lugar, mi madre todavía está viva, buscándome. O tal vez no. Tal vez ellos dijeron la verdad y mis padres están muertos, y yo estoy aquí, sola, olvidada por un Dios que decidió mirar hacia otro lado.

No lo sé.

Lo único que sé es que ese día, bajo ese cielo azul perfecto, mientras recogía limones para hacer limonada, mi vida terminó.

Y la chica que era murió junto con ella.

Lo que queda ahora es solo un cascaron que respira, que late, que sobrevive.

Pero que ya no está viva.

No de la manera que importa.

Miro mis manos en el cristal, pálidas y temblorosas, y me pregunto si algún día volveré a sentirme real.

Si algún día el cielo volverá a ser azul sin barrotes que lo dividan.

Si algún día dejaré de contar los días desde que todo se volvió oscuridad.

Cuatro meses, tres semanas, dos días.

Y contando.

Siempre contando.