Prólogo
Nací sabiendo que el mundo no era un lugar bueno.
No tuve que aprenderlo: lo respiré desde el primer día. Ok
Mi padre es un nombre que no se dice en voz alta. Un eco que provoca silencio inmediato. Un hombre que construyó su reino sobre el miedo y la obediencia, y me crió para ser parte de él. No como una princesa protegida, sino como un arma.
Fui su mano derecha.
Y cuando fue necesario, también su mano izquierda.
Aprendí a disparar antes que a confiar. A dar órdenes que mataban sin parpadear. A no sentir nada cuando alguien suplicaba. La compasión no tenía lugar en mi mundo; era una debilidad que se pagaba con sangre. Yo no dudaba. Nunca lo hacía.
La maldad era mi hogar.
La crueldad, mi lenguaje.
Hasta que ocurrió el error.
Una orden mal interpretada. Un nombre equivocado. Un secuestro que jamás debió suceder. Cuando bajé al sótano y la vi, supe de inmediato que algo no encajaba.
Lucía.
Estaba sentada, abrazándose a sí misma como si pudiera desaparecer si se hacía lo suficientemente pequeña. Sus manos temblaban. Sus ojos —demasiado limpios para aquel lugar— se clavaron en los míos con un brillo que no conocía máscaras.
No gritó.
No me insultó.
No me desafió.
Solo me miró.
Y en esa mirada había algo que me desarmó más que cualquier arma: inocencia. Una pureza absurda, fuera de lugar, que no debería existir en un sitio diseñado para romper personas.
Debí matarla en ese instante. Borrar el error. Cumplir con lo que siempre había sido. Pero mis dedos no se movieron. Mi voz no dio la orden.
Y ese fue el comienzo de mi caída.
Los días pasaron lentos, espesos, como una herida que se niega a cerrar. Lucía permanecía allí, viva, respirando, ocupando un espacio que no le pertenecía. Cada vez que bajaba a verla sentía algo extraño, incómodo, casi doloroso. No era culpa. Yo no conocía esa palabra.
Era otra cosa.
Lucía tenía miedo, sí. Pero también una calma imperturbable, una luz silenciosa que me enfurecía porque no lograba apagarla. Me hacía preguntas con los ojos. Me miraba como si aún hubiera algo humano en mí.
Y yo empezaba a odiarla por eso.
Porque su presencia me obligaba a recordar lo que nunca fui. Porque su voz suave chocaba contra todas las paredes que había construido para sobrevivir. Porque, sin tocarme, estaba arrancando capas de una piel que yo creía impenetrable.
En mi mundo, amar es una condena. Proteger es traicionar. Dudar es morir. Y aun así, cada día que pasaba encontraba una excusa para mantenerla con vida.
Retrasaba lo inevitable.
Desobedecía sin admitirlo.
Me traicionaba.
El imperio de mi padre no tolera errores. Yo lo sé mejor que nadie. Cada segundo que Lucía sigue respirando es una cuenta regresiva hacia mi propia destrucción.
Pero ya es tarde.
Algo despertó en mí el día que la vi. Algo que no sé controlar. Algo que podría destruirlo todo.
Porque algunas cicatrices no se ven.
Se sienten.
Y cuando aparecen, ya no hay vuelta atrás.