Capítulo 1
Aura tenía que volver a Samore, el pueblo que no pisaba desde hacía unos 15 años. La llamó su tía, apenas capaz de pronunciar palabra entre llantos: la bisabuela había muerto. La encontraron sentada en una banca, como si durmiera, porque se veía pacífica, casi como disfrutando el sueño, pero la anciana mujer nunca contestó al llamado.
De eso habían pasado dos días y aun se sentía como una mentira, como si fuese a llegar y la bisabuela estaría dando el paseo de todos los días, porque si algo tenía era que mantenerse quieta no le gustaba.
Para Aura, volver era más que solo estar ahí, requería toda la fuerza que su cuerpo pudiera darle, no porque no pudiera, sino por aquello por lo que se fue. Tenía solo 16 años cuando pasó, y ella había estado tan aliviada de no llevar consigo aquello que la atormentaba.
Pero la llamada, esa tarde a las cinco, le paró el corazón. Los planes. La vida.
Así que ahí estaba ella, estacionada a la orilla de la carretera, mirando la gran entrada de ese pueblo en la cuenca de tres montañas: Samore.
Sin pensarlo más, volvió a arrancar el motor y respiró hondo. El cabello, que había cortado hasta el mentón apenas cinco días atrás, y que apenas podía sujetar en un moño, le bailaba con el viento que entraba por las ventanas abiertas. Lo acomodó una y otra vez detrás de las orejas, intentando mantener todos los mechones en su sitio, aunque en realidad lo que buscaba era mantener a raya la sensación de caída que le revolvía el estómago desde que había emprendido el viaje esa mañana.
Las casas del pueblo eran básicamente las mismas de cuando se fue: algunos colores nuevos y gente nueva, pero en esencia, todo igual; el olor a pinos que se metía por todos lados, y el calor tenue del clima fruto de estar guardados por esas tres grandes montañas. Su alergia al polen la hizo estornudar, y eso la hizo sentir como si no hubiera pasado un solo día.
Recorrer esas calles le removía los recuerdos, las emociones, los sentimientos. Cuanto más dentro del pueblo Aura estaba, más momentos llegaban a su cabeza, todo mezclado entre alegría y angustia. Cerca de la iglesia central, dobló a la derecha y ahí estaba Susana, su vieja amiga de la infancia, en la tienda de doña Bella su abuela, que había muerto hacía unos años. Susana no la vio pasar en el auto, pero Aura sí la reconoció; estaba sentada en la misma banca donde solían quedarse después de la escuela, donde bebieron su primera cerveza y donde se despidieron aquel día.
Apenas si sonrió, pero sus miradas no se encontraron y eso era lo mejor por el momento.
Siguió de largo hasta el final de la calle, luego giró a la izquierda y continuó hasta toparse con la reja de hierro que delimitaba la vieja granja donde había vivido toda su infancia.
No tuvo que bajarse a abrirla: ya estaba de par en par, porque básicamente era un camino público. La bisabuela era amiga de Reymundo y de todo el mundo, así que casi todos los días -desde que Aura podía recordarlo- había gente en el jardín delantero de esa casa.
Se quedó un segundo ahí afuera, antes de cruzar el límite de la reja, esperando, apretando el volante, respirando fuerte. Cuando volvió a andar despacio, las llantas crujían aplastando las piedras del viejo camino empedrado. El sol se colaba a través de los árboles a la derecha que hacían una especie de portal al curvarse en la copa, a Aura siempre le había gustado eso en especial en las primaveras donde el verde brillante de las hojas le daban la impresión de que entraba en un cuento de hadas.
Todavía estaban las casitas para pájaros que ella y todos los niños de su familia a los nueve años, debía hacer para colgar en esos árboles.
La bisabuela decía: “Mientras más vida hubiera a tu alrededor, menos se acordaban de ti "aquellos".
“Aquellos”. Esa palabra aún le causaba escalofríos, especialmente porque no le habían explicado qué era "aquellos".
Estacionó frente al garaje, donde solo estaba la camioneta todoterreno por la que los que aun vivían en casa se peleaban por usarla. La bisabuela siempre había dicho que era una tontería tener un trasto así, aunque el resto de la familia sabía que, con los años encima, resultaba más útil de lo que ella quería admitir. De vez en cuando -al menos un par de veces al año- intentaban convencerla de que la usara, que le serviría para hacer paseos más largos sin agotarse. Pero ella los callaba, repitiendo su sentencia favorita: “Si no caminas, el camino desaparece”.
Aura no opinaba mucho, porque su contacto con la familia se limitaba a llamadas, seguido sí, tres o cuatro veces por semana, pero no se atrevía a desdecir a su bisabuela Helena.
-Aura, mi amor -apareció la tía Seren, vestida de blanco de la cabeza a los pies. La abrazó por los hombros y le besó la frente con dulzura-. Qué bueno que ya llegaste. ¿Todo bien en la carretera?
aunque la tía hablaba y decía cosas, no se veía interesada en las respuestas, había mucho para hacer y la situación no ameritaba ponerse a chismear. Ni intentaron demasiado hacer conversación; no había tiempo ni ganas. Entraron a la casa por la puerta de la cocina que, aunque no era principal, sí era la más usada. Aura tuvo la tibia sensación de que encontraría a su abuela Vesta contenta ahí, jugando con las especias con las que creaba cuantos encantos y menjurjes se le ocurrían, su mayor talento se basaba en lo bien que se movía en la cocina. Pero por desgracias ese no era el día. Todo pareció oscurecerse: el olor a canela y lavanda no estaban; en su lugar, un silbido casi ensordecedor le tapó los oídos, el silencio era mas ruidoso cuando no se sabía qué esperar.
Mientras caminaba, pasando de una habitación a la siguiente, tuvo la vaga impresión de que encontraría a la bisabuela sentada en la butaca cerca de la chimenea, desde donde tenía todo al alcance de la mano.
Y sí, ahí estaba la butaca, pero… sola, libre. Su madre, Elita, estaba en el sofá, con el rebozo rojo y blanco de la bisabuela cubriéndole los hombros. Tenía delante de ella el viejo libro de su coven, escrito hacía muchos años por las mujeres matriarca de su familia, que se debía usar muy pronto.
De a pocos, las mujeres que ya habían llegado empezaron a acercarse, posando su mano sobre los hombros de Aura. Todas apesadumbradas sí, pero diciéndole lo felices que estaban de verla en casa otra vez.
—Aura, hermana —habló Nerida, una de sus primas—, y las dos inclinaron la cabeza.
—Hermana… —se escuchó a Maela, una de las primas menores—. Inclinaron otra vez la cabeza.
Y así las demás que ya estaban ahí.
Su abuela, Vesta, que ahora sería la nueva matriarca, estaba sentada directamente frente a la butaca, con los ojos perdidos en ella sin decir nada. También vestida de blanco de la cabeza a los pies, haciéndose una trenza en su largo cabello.
Aura, con cautela, se acercó, puso la mano en su hombro y luego de inclinar la cabeza le besó la mejilla.
-Abuelita, ya llegué -susurró.
-Me alegra mucho, mija. Ya era hora -respondió con dulzura pero distante.