El eco de los cuadros

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Sinopsis

Durante la inauguración de su propia exposición, Kristine Singland, mejor conocida como Tragedy, se siente más ausente que nunca. Rodeada de lujo, cámaras y elogios, ella observa sus cuadros como quien pasea por un cementerio bajo la lluvia. Los elementos protagónicos de sus obras, paisajes fríos, inviernos eternos y figuras marchitas, esconden un duelo que nadie más puede leer. Kristine se enfrenta a una pérdida que aún no sabe sobrellevar, y a lo que asume ha sido un terrible error compartir. El arte, sin embargo, es la única forma de diálogo posible que tiene con aquello que ya no está, pero que aún vive en sus pinceladas.

Genero:
Drama
Autor/a:
Mistress Claw
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo único (oneshot)

Clics de cámaras, brindis, risas contenidas, zapatos de charol sobre mármol pulido. La noche avanzaba como si de un desfile coreografiado se tratase, con ricos bien vestidos y palabras decoradas, pero Kristine Singland apenas sentía que estaba ahí. La exposición era suya, sí. La sala estaba llena, sí. Pero dentro de ella, solo había espacio para un silencio que cada vez se sentía más antiguo.

La artista trágica. La favorita de los críticos. La musa del dolor en óleo y lienzo. Le decían muchas cosas, pero esta noche no quería ser ninguna de ellas. Hoy no podía ser “Tragedy” para sus visitantes, pues por más que lo intentase, no podía dejar de sentir lo que simbolizaba su seudónimo. Llena de recuerdos de un pasado que jamás regresaría, volviéndose esquiva en todo momento que se le hacían preguntas… No quería hablar sobre los cuadros ni escuchar ofertas, sólo quería tomar sus cosas y volver a casa.

¿Cómo es que la certeza de la muerte ya no era un hecho, si no una pregunta? Ella había dejado de dudar, y ahora no podía evitarlo.

¿Por qué debíamos morir?

Kristine observaba desde una esquina a la multitud que pasaba entre sus cuadros. Pinturas frías, paisajes rotos, figuras marchitas que parecían lamentarse incluso después de la muerte. Nadie notaba que ella, su autora, también aparentaba ser una de esas obras: inmóvil, dolida, contenida.

Le hablaban. Le sonreían. Le ofrecían copas delgadas con champagne, pero era como querer escuchar a través de un vidrio grueso. La única voz que realmente oía era la suya, repitiendo una y otra vez:

“Hoy es el aniversario de su muerte…”

Todo inició con una caja. Una caja vieja y olvidada que su gato Lorelei había descubierto junto a la antigua mesa de trabajo de la casa. Ella luchaba por decidir el tema de su nueva serie de pinturas, y el felino ronroneaba al lado de la respuesta. Kristine dejó a su curiosidad ganar casi sin esfuerzo en ese momento, presa de la duda, pues no recordaba lo que había dentro. Tomó la caja y la abrió con cuidado.

Un pequeño cuadro la saludó.

Ella lo contempló durante horas esa tarde, deteniéndose sólo para limpiar sus lágrimas. Sabía que no podría crear lo mismo, pero sí sería capaz de hacer un pequeño tributo. Había llegado el momento de ponerse de igual a igual con quien le había enseñado a pintar.

Así fue como nació la colección. No era un homenaje idéntico, pues ella ya no sabía pintar calidez, vida, o cosas coloridas con cielos tiernos. Se mantuvo fiel a su capacidad natural para plasmar emociones en imágenes deprimentes: lugares vacíos, inviernos eternos, niebla que no se va, deterioro de lo que alguna vez estuvo vivo…

Él pintaba vida. Ella, duelo.

Volvió al presente de golpe. El director de la galería de arte la había encontrado. Su espacio había sido invadido nuevamente con una conversación que no quería tener.

—Señorita Tragedy, ¡excelente recepción! —dijo el director, que se acercó sonriente, cegándola con su súbita luz—. ¿Le gustaría pasar a saludar a algunos patrocinadores? Están encantados con su nueva serie.

Kristine apenas giró la cabeza. Asintió muy levemente, como si le costara regresar de donde estaba. ¿Qué le importaba en este momento? Nada de eso, no. Hizo un gesto con su mano hacia el director, como si pidiera un poco más de tiempo, y se alejó sin decir nada.

Alcanzó a ver cómo su patrocinador estrella, Raymond—que ya consideraba un viejo amigo a estas alturas—sorprendía a los visitantes con la insólita noticia: Ningún cuadro de la colección estaría a la venta, por petición de su creadora.

Esto despertó susurros, risas nerviosas y cejas arqueadas. ¿Una estrategia de marketing? ¿Una excentricidad de artista? ¿Un mensaje?

Desde la visión de Kristine, no era ninguna de esas cosas. Solo quería que esos cuadros volvieran con ella. Todo era muy personal como para venderlo a gente que jamás lo entendería. ¿Cómo podrían discernir entre un simple paisaje y el dolor que fue perderlo?

Nunca verían en el venado muerto a un hombre bondadoso consumido por una enfermedad violenta. Nadie sentiría en la blancura hostil de la nieve el tacto helado de una piel al borde del silencio, ni en los árboles exhaustos, sin hojas, su arte desapareciendo.

Ninguno de ellos tenía que saberlo. No permitiría que alguien tan importante para ella terminara en las bocas de los ricos siendo objeto de discusiones superficiales y malintencionadas.

Hoy no se trataba de entregarles sus emociones frecuentes para que las colgaran en las paredes de sus casas millonarias. Estos cuadros eran diferentes. Tenían algo que hace una década Kristine no sentía a flor de piel.

No abandonaría el podrido fruto de una alegría en manos ajenas, porque había algo en estas piezas que para ella seguía con vida.

¿Puede seguir viviendo un artista muerto?

El tiempo extra se había agotado, y volvía a ser arrancada forzosamente de su mente. La voz del director irrumpió como un golpe suave, pero fuera de lugar, similar a una nota mayor que aparece súbitamente en una canción lúgubre.

—Señorita Tragedy, ¿se encuentra bien?

Kristine no contestó al instante. Tardó en enfocar los ojos en él, como si acabara de emerger desde el fondo de un lago profundo.

—Me encuentro paseando entre recuerdos, sentimientos y verdades hirientes.

—Ya veo —dijo el hombre, más por formalidad que por comprensión real—. Solo quería recordarle que su público espera unas palabras.

Ella parpadeó lentamente. Un discurso. Claro. La artista debía hablar, pero hoy no tenía ninguna mísera porción de ganas de hacerlo.

—¿Es necesario? —susurró, agachando la mirada con evidente frustración.

El director soltó una pequeña risa, tratando de alivianar el momento.

—Ya sabe cómo funciona…

Kristine hizo una leve mueca. No estaba de humor, pero tampoco quería ser grosera.

—Dígales que las pinturas ya hablaron por mí.

—Me temo que los micrófonos no entienden de pinceladas.

Ella suspiró por lo bajo. Nunca se había mostrado tan distante con él.

—Entonces invéntese algo. Hoy mi voz es el óleo. La memoria me tiene encarcelada.

La artista trágica se alejó, sin molestarse en ver si él comprendía o no su predicamento.

No existía persona capaz de visualizar la pena que emanaba de su aislamiento. Para quienes estaban allí, sólo era excentricidad, locura artística.

Kristine miró todos sus cuadros desde lejos y se retiró a la soledad, fuera de la exposición.

Había quienes aseguraban haberla visto al comienzo. Un destello oscuro, pero llamativo, entre los primeros invitados. Un cruce de mirada breve cerca de la entrada, una figura envuelta en secretos moviéndose sin dejar rastro entre los cuadros… Pero ya era imposible saber con certeza.

La tarde avanzaba, y mientras las conversaciones giraban en torno a interpretaciones y rumores sobre la inspiración de la artista, su presencia seguía desvaneciéndose cual perfume que se va con la brisa.

Un crítico de arte tomó nota de la escena, murmurando algo sobre un “acto performático”. Ella ya no estaba ahí, pero de alguna forma, seguía presente en todas partes.

El cuadro en el centro —una figura oscura caminando sola entre ruinas y neblina— parecía más autobiográfico que nunca.

Kristine regresó cuando el sol ya se dejaba caer en el mar. La exposición había terminado. La sala estaba vacía. Sin cámaras, sin voces… Solo el eco de sus pasos en lo que se había convertido en su baúl de recuerdos hirientes.

Dirigió su mirada a la pared del fondo, donde yacía colgada la única obra que no llevaba su firma. Era la última carta de su amor, una nota final escrita en la sinfonía más dulce que había escuchado, y que solo ella podía leer.

Incluso desde esa distancia podía sentir el calor proveniente de un tiempo en que todo parecía ser abrazado con suavidad por las manos de su maestro.

Se acercó con prisa.

Un bosque pasando por los cambios del otoño, hojas cayendo como si el tiempo fuera más lento. Rojos, naranjas, verdes cálidos. Un cielo azulado que parecía despedirse con dulzura antes de cubrirse con las nubes.

El último cuadro que su padre había pintado.

Kristine tocó el marco suavemente.

—Papá… tú pintabas el calor que ahora me falta. Yo pinto el frío que me queda.

Aguantó las lágrimas. Los ricos habían pisado una galería construida sobre el tormento de una hija que todavía no sabía cómo decir adiós, y ella lo permitió, incrédula. Se arrepentía cada segundo.

Trató de calmarse tomando una profunda carga de aire. El olor de la madera barnizada la devolvió, por un instante, a la habitación de su casa que antaño era un taller. Uno pequeño, lleno de luz natural, con una taza de café tibio y alegres manchas de pintura en toda la mesa de trabajo. Esa sonrisa que se perdía en un intento de capturar la vida en una eternidad.

Sus dedos bajaron por la madera como quien lee una carta. Una lágrima le cayó en el dorso de la mano. No la limpió.

Ya no podía evitarlo. Miró los árboles de hojas rojas con una sonrisa apagada.

—A ti te dolía el mundo también, ¿verdad? Pero nunca me lo dijiste.

Kristine lo entendía. Él mantenía a mamá viva en su naturaleza para no derrumbarse, y ella buscaba la salvación en apreciar la ausencia de lo que alguna vez fue hermoso, vibrante y cercano. Admiraba lo que ya no tenía, lo imposible de recuperar.

Extrañaba a la familia feliz que fue, y seguirá siendo, el motor de todas sus pinturas.

Por unos segundos, Kristine viajó al pasado. Se sintió niña otra vez. Una niña que creía que el arte podía detener el tiempo, como lo hacía su padre, y que podía volver a discutir sobre colores con él.

Su voz cálida le susurró una pregunta conocida por última vez.

"Qué ves aquí, Kris?..."

Ahora sabía la respuesta.

Veía a sus padres. Veía el adiós. Veía lo que aún no sabía pintar.