Prólogo
Sus cuerpos yacían en el suelo, sin vida, tiradas como si fueran basura, su ropita desgarrada. Mi corazón simplemente... se detuvo.
—No... —caí de rodillas. Todo mi mundo se hizo trizas y la voz me falló—. No, por favor, no.
Las abracé, su olor, aún presente. Sus caritas llenas de moretones, como si hubieran llorado hasta el final.
—Perdón... perdón... —susurraba sin control, sin fuerza. Como si eso bastara para traerlas de vuelta.
Las abracé con una mezcla de amor, culpa y un odio que empezaba a hervirme por dentro. Les pedí nuevamente perdón en silencio, como si pudieran escucharme. Como si todavía estuvieran allí.
Entonces lo oí, un ruido detrás de mí, seco y rápido, como si alguien estuviera a fuera. Me puse de pie, cubriéndolas con mi abrigo como si aún pudiera protegerlas de algo, de alguien. De todo esto.
Salí al exterior y lo vi. Un hombre cubierto de sangre, bebiendo de una botella, sentado como si nada y pude haberlo ignorado si no fuera por aquello que llevaba en sus manos, aquellos dos medallones dorados que solían pertenecerles. Los reconocí al instante.
Algo dentro de mí se rompió. Lo ataqué. Golpe tras golpe mientras reclamaba el ¿por qué?¿por qué a ellas? hasta que su rostro dejó de parecer humano. Nada me importaba.
Hasta que lo dijo.
—Ella me lo pidió... —balbuceó, señalando a una mujer que abrazaba a su hija.
Esa fue la gota.
No recuerdo cuántos pasos di, ni cuántas veces la arrastré a ella —y a su hija— hasta el almacén. Solo recuerdo el llanto. El miedo y mi odio. Ese odio tan profundo que te hace olvidar quién eres.
No lo hice por placer. Fue porque ya no quedaba justicia ni temor al castigo en este mundo.
Y forzar la justicia con mis propias manos era la única alternativa.








