Prólogo
Durante cuatro segundos hubo contacto visual, y fue suficiente para que el pánico me invadiera. Yo no era capaz de mirar a nadie a los ojos. Bajé la mirada de inmediato, como si el suelo pudiera protegerme, y fingí que no había pasado nada.
Entonces miré sus manos, delicadas aunque marcadas por una cicatriz que no intentaba ocultar. No parecía producto de un accidente.
—Señorita Claire, puede pasar —anunció la secretaria.
No quería levantar la vista, pero lo hice de todos modos, apenas un segundo. Fue suficiente para darme cuenta de que ella también me había mirado.
De nuevo el pánico llegó de golpe. Tomé el teléfono con torpeza y puse la playlist que me había dejado mi mejor amigo, Derek, como si eso pudiera silenciar lo que acababa de pasar. Tragué saliva y, un segundo después, sus pasos se alejaron rumbo a su sesión con la psicóloga.
Respiré entonces, y en ese momento me di cuenta de que la música me gustaba. La mayoría de las canciones eran de una misma artista, una chica con una voz hermosa. Me gustó tanto escucharla que entré a su perfil, pero no había ninguna fotografía, solo una imagen completamente negra.
Busqué información en internet, pero nadie parecía conocerla. Lo único que se sabía era que se hacía llamar “E” y que, por más que intenté dejar de escucharla, no pude.
Una hora más tarde, la chica salió con la capucha de su suéter negro cubriéndole la cara. No la vi directamente, sino en el reflejo del vidrio junto a la puerta cuando esta se abrió.
Caminó apresuradamente a mi lado. Su perfume me alcanzó antes de que pudiera reaccionar. Bajé la mirada hacia el teléfono y disminuí el volumen.
—Señorita Lucía, puede pasar.








