Capítulo 1
Estaba a punto de vivir el mejor día de mi vida. La casa era un torbellino de actividad y el jardín lucía impecable, repleto de rosas amarillas —mis favoritas— y tulipanes blancos, los preferidos de ella, de mi hermosa Kelly.
Por fin me convertiría en su esposa. Todo estaba listo; la ceremonia estaba programada para las doce del mediodía siguiente. Apenas comenzaba a oscurecer y yo ya ansiaba que amaneciera, aunque dudaba poder pegar ojo: la expectativa y los nervios presagiaban la noche más larga de mi vida.
Me encontraba en la cocina tomando un vaso de leche tibia que mi madre me había preparado, tal como lo hacía cuando era niña y el sueño me esquivaba.
En ese momento, el timbre de la puerta rompió la calma. Mi hermana Julia corrió a abrir, convencida de que se trataría de otro regalo de bodas. Pero no era eso. En la entrada había un muchacho sosteniendo un sobre dirigido a mí.
Me pareció extraño que no tuviera remitente. Lo abrí y me encontré de golpe con la caligrafía de Kelly. Leí las palabras sin llegar a procesar del todo su significado. No lloré. Dejé caer la nota al suelo y, en absoluto silencio, me di la vuelta para subir a mi habitación.
Mi familia me observó paralizada. Julia, mi padre Javier y mi madre Ernestina me miraban con el rostro desencajado por el shock, más aún cuando me detuve un segundo para decirles con voz firme:
—Regresen todos los regalos. No habrá boda.
A mis espaldas, mi padre recogió el papel del suelo y lo leyó en voz alta para los demás:
«Victoria:
No sé cómo decirte esto sin causarte tanto dolor. Eres una persona sumamente importante en mi vida; sin embargo, no puedo casarme contigo. Por favor, no vayas a la iglesia; no quiero hacerte más daño. No me busques, ya no estoy en Houston.
Tal vez algún día me perdones. Sigue con tu vida y trata de no odiarme. Eres una mujer extraordinaria.
P.D. Kelly S.»
—¡Maldita! —gritó Julia desde el piso inferior—. ¡Voy a ir a buscar a esa idiota y la traeré a golpes para que le pida perdón de rodillas a Victoria!
—¡No, Julia, ¡no! —suplicó mi madre—. Déjala. Centrémonos en tu hermana, ella es quien nos necesita ahora. Además, ni siquiera sabemos dónde está. Y tú no te alteres así, le va a hacer daño al bebé.
Julia tenía seis meses de embarazo, pero su rabia era incontrolable.
Cuando me encerré en mi habitación, los ecos de la casa aún retumbaban a través de la puerta: los gritos furiosos de Julia, el llanto desconsolado de mi madre y la voz autoritaria de mi padre, ordenando a todos que comenzaran a empaquetar y devolver los regalos que ya habían llegado.
Pasaron toda la noche desmantelando lo que con tanto entusiasmo habíamos preparado. Me quedé dormida muy tarde, envuelta en una extraña sensación de desapego. Me sentía ajena a todo, como si la desgracia no fuera mía, como si solo estuviera observando la vida de alguien más desde afuera.
A las diez de la mañana siguiente, me despertaron unos gritos abajo:
—¡No me voy a ir hasta hablar con Victoria!
Bajé las escaleras despacio. Al llegar al salón me encontré con Stephanie Mendoza, la novia de mi mejor amiga, Carla.
—¿Qué pasa aquí? —pregunté con una calma inquietante.
Stephanie se me quedó viendo, intentando descifrar el hielo en mi rostro. Con la preocupación marcada en el ceño, murmuró:
—¿Estás bien? Supongo que a ti también te enviaron una maldita nota, ¿verdad?
No entendía a qué se refería, aunque muy dentro de mí, un frío presentimiento me oprimió el pecho.
—Anoche encontré una carta donde Carla se despedía de mí —continuó Stephanie, con la voz entrecortada por la rabia—. Decía que no me amaba... que el amor de su vida siempre había sido Kelly. Que la perdonara por no valorar mi cariño. Solo espero que esa imbécil también te haya avisado a ti para que no hagas el ridículo presentándote en la iglesia.
Sentí cómo mi corazón se hacía añicos en mil pedazos. Jamás se me pasó por la cabeza que mi mejor amiga fuera capaz de algo así. ¿Desde cuándo se veían a mis espaldas? ¿Desde cuándo planeaban esto mientras nosotros, como un par de idiotas, no sospechábamos la traición que se cocinaba bajo nuestro propio techo?
Aun así, me negué a soltar una sola lágrima.
—Dime dónde están —me exigió Stephanie, apretando los puños—. Le voy a romper la cara a Kelly por lo que nos hizo.
Una risa amarga y descontrolada brotó de mi garganta. Soné como una loca, pero no pude contenerlo.
—Tienes razón... y de paso se la rompemos a Carla también.
Stephanie me miró como si de pronto me hubiera vuelto loca.
—¿Sabes a dónde se fueron? —preguntó.
Me reí de nuevo al recordarlo. Kelly se había encargado de la reserva. Habíamos trabajado durísimo para pagar esa luna de miel; habíamos acordado que el destino soñado sería Hawái.
—Hawái —dije finalmente, recuperando la compostura—. Pero no vale la pena ir. Hay personas por las que no merece la pena ensuciarse las manos.









Empezó muy prometedora