Bajo el umbral

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Nyara Benet siempre fue curiosa. Demasiado para su propio bien. La noche que cruzó la puerta de la casa de su vecino, no entró por error. Entró en un lugar que ya la estaba esperando. Una secta, un trato sin salida y un líder que parece conocer cada uno de sus pasos: Darian Morcant. Frío, manipulador y calculador, él no la retiene por fuerza... sino por decisiones que nunca fueron realmente suyas. Mientras Nyara intenta sobrevivir en un mundo de rituales y secretos, descubre que el mayor peligro no es escapar... sino lo que empieza a crecer entre el miedo, el control y una conexión que jamás debió existir. Porque en este lugar, el amor no salva. Primero destruye.

Genero:
Mystery/Romance
Autor/a:
HabGG7
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1 - El Umbral

El viento jugaba entre los árboles del pueblo como si susurrara secretos que nadie debía escuchar. Nyara Benet caminaba por la calle vacía, sus pasos resonando en las piedras húmedas. Siempre había escuchado historias sobre la vieja casa de su vecino, la que todos evitaban, pero nunca había creído en supersticiones… hasta hoy.

Al llegar a la verja oxidada, la curiosidad la venció. Nadie la detuvo, nadie gritó ni le advirtió que ese impulso cambiaría todo. La puerta de la casa estaba entreabierta, como si la esperara. Un escalofrío recorrió su espalda, pero dio un paso adelante.

El interior estaba en silencio absoluto. Cada mueble cubierto por sábanas grises, cada cuadro torcido mirándola con ojos vacíos. Y entonces lo sintió: un peso en el aire, una presencia. Nadie debería estar allí… y aun así, alguien la observaba.

Antes de que pudiera retroceder, la puerta se cerró detrás de ella con un golpe seco. La casa ya no era solo una casa; era un laberinto, un altar, un lugar donde las reglas del mundo exterior no aplicaban.

Una sombra se movió en el corredor. Un hombre, alto, musculoso, con el cabello castaño que brillaba débil bajo la luz mortecina. Su sonrisa era pícara, perturbadora… y sus ojos estaban ocultos por la sombra. Nyara sintió que su corazón se aceleraba por miedo y… algo más que no comprendía.

—Bienvenida —dijo con voz baja, como un susurro que hacía eco en las paredes—. Has llegado justo a tiempo.

Con los pies congelados en el suelo, logré girarme un poco más, temblando de miedo.

—Ho… hola… tú… ¿eres el hijo del señor Zen? —pregunté, intentando mantener la voz firme—. Yo no quería entrar, solo vi la puerta medio abierta y hace tiempo no veo al señor… y pensé que tal vez él…

No terminé de hablar cuando se paró detrás de mí. ¿Cómo había sido tan rápido?

—Oh, ¿el señor Zen? Qué considerada ja. Está en perfecto estado, pero a las pequeñas y curiosas como tú no deberían entrar sin permiso a casas ajenas, querida… vecina.

Sonó tan frío ese “querida vecina” que un escalofrío recorrió mi cuerpo. Intenté hablar más fuerte, intentando que mis piernas dejaran de temblar:

—¿Me conoces? Entonces, ¿sí eres el hijo del señor? —pregunté nuevamente.

Se alejó de mi espalda y contestó:

—Mmm… tal vez. No considero padre a ese señor, pero sí soy su hijo. Claro, cómo no reconocer a una vecina tan inocente y curiosa como tú —se rió con sarcasmo—.

Me quedé callada. No sabía qué decir.

—Creo que mejor me voy… disculpa la molestia. Solo pensé que él podía estar en peligro o algo así —dije, aun sin poder mirarlo a los ojos.

—¿De verdad? —dijo, con un tono más sutil—. Tan rápido te vas, querida… pensé que estábamos teniendo una pequeña y agradable conversación.

—Tengo cosas que hacer —respondí, tratando de no extender más la conversación.

Justo cuando iba a salir, se colocó delante de mí, deteniendo mi paso.

—No tan rápido, vecina… o mejor dicho, Nyara Benet —dijo, con un tono frío y más agudo.

Mis piernas me traicionaron de nuevo; me quedé helada, con los pies como enterrados en el suelo.

—Sabes, a las chiquillas curiosas como tú no les puede ir tan bien después de entrar a un lugar sin permiso… y menos si mienten —volvió a hablar, ahora con un tono acusador.

—Te dije que me disculparas, no tenía más intenciones —traté de sonar firme, aunque el miedo me temblaba en la voz.

—¡Oh, ja, ja! —rió de forma escalofriante—. Eres una pequeña mentirosilla… y eso es delicioso. Puedes mentirle a cualquiera menos a mí, querida. Puedo oler tu miedo, tus intenciones… y esa mentira ni el muerto de la esquina te la creería. No puedo dejarte salir, no cuando ya cruzaste una línea inseparable. Ahora solo quédate calladita, sé una buena nena y shh…

Mi cuerpo estaba helado. No podía moverme; el miedo me paralizaba por completo.

Una toallita con un olor a metal se colocó sobre mi boca. No hice ni el intento de quitarla; mi cuerpo no reaccionaba. Todo se volvió borroso. Al fondo escuché voces que me llamaban y sentí que me llevaban cargada hacia una cabaña o algún lugar fuera de la casa del vecino.

—¡Exel! —se escuchó una voz—. Llévala hacia el camino de la cabaña.

—Darian, ¡cállate! —respondió otro.