Capítulo 1 - El Velo Ensangrentado
Valkyrie - Libro 1 - La Saga del Lobo Blanco
Prólogo
En el amanecer del mundo, cuando el velo entre los mortales y las bestias era fino, la Diosa Luna soñó con la armonía bajo una luz de plata celestial. Imaginó un reino donde el instinto y el intelecto bailaran en perfecto acuerdo, donde el corazón salvaje y la mente racional latieran al unísono. Así, con la tierra fértil y los vientos susurrantes, esculpió su obra maestra: los Shifters.
No nacieron solo de carne y sangre, sino de la luz de la luna y magia antigua. Primero surgieron dos. Un macho, forjado entre los picos imponentes de la Cordillera del Norte, con un espíritu tan indómito como las ventiscas de su tierra natal. Y una hembra, que surgió de las costas bañadas por el sol del Mar del Sur, con un corazón tan inmenso como el océano que la acunaba.
Cada uno recibió el don de la dualidad: la forma de hombre, dotada de razón y sabiduría, y el espíritu de lobo, feroz y libre. Sin embargo, estaban incompletos; eran dos mitades de un todo divino. La Diosa Luna susurró una profecía a los vientos, una promesa y un desafío: «Busca a tu otra mitad por la vasta extensión del reino. Si se encuentran, se forjará un vínculo sin igual. Será un amor tan potente que unirá sus almas y los hará más fuertes que a cualquiera que venga después».
Impulsados por una fuerza invisible, un anhelo grabado en su propio ser, emprendieron sus viajes en solitario. Sus caminos estuvieron llenos de peligros y las tierras salvajes pusieron a prueba su determinación. Pero la promesa de la Diosa Luna y el susurro de su unión destinada alimentaron su búsqueda incansable.
Finalmente, tras pasar mil penurias, sus caminos se cruzaron. En ese instante saltó la chispa del reconocimiento; una conexión ardiente e innegable que trascendía lo físico. El mundo a su alrededor se desvaneció mientras un torrente de emociones corría por sus venas. Aquello los unió en cuerpo y alma, lobo y hombre. El vínculo de pareja, el regalo supremo de la Diosa Luna, se encendió y los fundió en una sola entidad poderosa. Este vínculo, una fusión de espíritus, amplificó sus fuerzas y su amor se volvió un escudo contra cualquier enemigo.
A medida que la población de Shifters prosperó, el reino se expandió y surgió la necesidad de un gobierno. Se otorgó el dominio de diferentes territorios a los Alphas, bendecidos con fuerza y sabiduría, para asegurar el equilibrio y la prosperidad. Aquellos del linaje más puro, descendientes de los dos primeros, reinaban por encima de todos. Su autoridad era indiscutible y la paz reinaba en toda la tierra.
Pero con el paso del tiempo, los susurros de ambición y el ansia de poder empezaron a pudrir el corazón de algunos. La armonía que la Diosa Luna imaginó se rompió. De las sombras surgieron los Shifters más viles: los Rogues, movidos por la codicia y la sed de dominio. Con el ascenso de estas fuerzas oscuras, la pureza del linaje original comenzó a decaer, diluida por generaciones de mezclas. El nacimiento de un lobo blanco puro, que antes era prueba común de la fuerza del linaje, se volvió una rareza, un eco lejano de una era pasada. Han pasado generaciones desde que el último lobo blanco perfecto honró el reino, un presagio escalofriante de la oscuridad que amenaza con consumir el mundo de los Shifters.
El rey Cassian, la reina Isolde y su pequeña hija murieron devorados por un incendio voraz, y con ellos se rompieron los últimos restos de esperanza. Su muerte acabó con los últimos originales, dejando al reino vulnerable y sumido en una era de conflictos. Los Alphas luchan brutalmente por la supremacía, mientras los insidiosos Rogues aprovechan el caos con la oscura ambición de conquistarlo todo.
Capítulo 1 - El Velo Ensangrentado
El olor acre de la sangre impregnaba la sala del trono del rey Ronan, contrastando con los ricos tapices y la piedra pulida. De las garras de Aspen, aún extendidas, goteaba la sangre del último rogue que se había atrevido a cruzar estos muros. Habían llegado como animales rabiosos, una vanguardia patética de su Alpha. Aspen los despachó rápido con una furia fría; una furia alimentada no tanto por lealtad a Ronan, sino por la inestabilidad de su reinado.
Los susurros habían plagado la corte durante semanas. El miedo del consejo reflejaba la inquietud que se apoderaba del reino. Habían estallado escaramuzas entre Alphas ambiciosos en los territorios periféricos, una señal clara de que el malestar crecía. Ronan, sin embargo, se mantenía tercamente firme, pareciendo ignorar la tormenta que se avecinaba.
«Debió ver venir esto», pensó Aspen, sintiendo amargura. «Un rey competente se habría anticipado a un ataque tan descarado».
La estrategia del Alpha Rogue era desconcertante. Enviar oleadas de guerreros a morir parecía una imprudencia.
«¿Una jugada desesperada? ¿O una trampa bien planeada?»
La incertidumbre carcomía a Aspen, no solo por el reino al que servía, sino por lo que quedaba de su propia manada, absorbida por la ambición de Ronan.
—General Aspen —anunció Zephyr, el Beta del rey, con voz autoritaria—. Las órdenes de Su Majestad son preparar a los guerreros. Partimos al amanecer.
«Al amanecer. Tan pronto».
A Ronan le urgía la sangre y le importaban poco las vidas que costaría. —Se hará, Beta —respondió Aspen con voz plana, sin dejar ver su desprecio.
Zephyr asintió con frialdad. Aspen sintió que el peso de la batalla y de la imprudencia de Ronan caía sobre sus hombros. Esta no era la guerra que él quería, pero era la guerra que Ronan les había buscado. Y Aspen llegaría hasta el final, no por el rey, sino por el reino.
Cuando el polvo se asentó revelando la masacre, el rey Ronan y la Luna Wren salieron de los niveles inferiores. El rostro de Wren estaba pálido por el shock, reflejando el horror de los guardias supervivientes. Ronan, como de costumbre, se había retirado al primer indicio de ataque, dejando su seguridad en manos de otros.
«Un rey que gobierna desde las sombras». El pensamiento le revolvió el estómago a Aspen.
—¿Ya se le ordenó al general Aspen que se prepare para la guerra? —preguntó Ronan a Zephyr, con una autoridad forzada.
—Sí, mi rey —afirmó Zephyr con firmeza—. Dejaré hombres para protegerlo a usted y a la Luna Wren. El Alpha Tristen reforzará nuestras fronteras. —Esto último lo añadió para tranquilizarlo, siendo un recordatorio sutil de las alianzas en las que Ronan confiaba.
Al amanecer, montaron sus caballos de guerra. El reino rogue estaba a un día de camino hacia el norte. Llegarían cerca del anochecer, envueltos en sombras, el momento perfecto para el plan de Aspen. Soltaría a sus guerreros en sus formas de lobo, usando su visión nocturna para un ataque sigiloso.
Al desmontar, Aspen fue el primero en transformarse, sintiendo el conocido torrente de poder recorriéndole. Sus guerreros lo siguieron, con gruñidos y huesos crujiendo que resonaban en el crepúsculo. Se internaron en el bosque como uno solo, arropados por la oscuridad.
Entonces lo olió: el hedor metálico de los lobos rogue, mezclado con podredumbre y magia oscura. Estaban esperando.
Cientos de criaturas feroces los rodearon con los ojos encendidos. Pero a pesar de su número, no eran rivales para los guerreros de élite de Aspen. El suelo del bosque se convirtió en un torbellino de colmillos y carne desgarrada.
Aspen se movía entre la carnicería, con sus mandíbulas repartiendo muerte. De repente, un destello blanco le llamó la atención. Una mujer corría como si la persiguieran los mismos demonios, con el cuerpo apenas cubierto por harapos.
Cuando ella desapareció, un rogue saltó sobre la espalda de Aspen. Con un gruñido furioso, Aspen se lo quitó de encima y le hundió los colmillos en el cuello.
Al mirar de nuevo hacia donde la mujer se había perdido, vio al Alpha Rogue corriendo entre los árboles con varios lobos pisándole los talones, siguiendo el mismo camino. No le interesaba la batalla; su único objetivo era la mujer que huía.
La confusión se apoderó de Aspen. «¿Por qué? ¿Quién era ella para él? ¿Qué tenía de especial?»
...
La niña de cabellos de luna se acurrucaba en el rincón, temblando, mientras los gritos y el estrépito de los muebles rotos llenaban el aire. Un humo denso se colaba bajo la puerta, irritándole los ojos y provocándole un ataque de tos. Una mano le tapó la boca, buscando silencio desesperadamente.
La puerta se abrió de golpe, dejando ver llamas y figuras oscuras. El terror la paralizó cuando unas manos la agarraron con brusquedad y se la echaron al hombro...
Se despertó de golpe, jadeando. El fuego, el humo, el miedo, la pesadilla de siempre. Por instinto se tapó la boca para ahogar un sollozo. Años de hábito le impedían perturbar el sueño del Alpha Rogue.
Otra esclava se movió, entornando los ojos con fastidio. Todas resentían a la chica del collar de plata. Quizás era el único privilegio que tenía: era la única mujer en sus aposentos que no pasaba por su cama.
Cualquier otra mujer traída allí sufría el mismo destino en su primera noche. Las tiraba sobre la enorme cama y sus gritos resonaban mientras él tomaba lo que quería. Esa cama estaba reservada solo para su lujuria.
Las demás dormían en el suelo, como posesiones suyas. Y allí yacía la chica de cabellos de luna, noche tras noche, al lado de su cabecera, en el mismo lugar que ocupaba desde que era niña, cuando la sacaron de entre los restos de aquel incendio. Sin embargo, él nunca la tocaba. Las otras mujeres la despreciaban por eso. Pero cada noche, al igual que ellas, se encogía de miedo sabiendo que un día él podría elegirla a ella.
No podía conciliar el sueño. El suelo duro apenas le daba consuelo. Conocía bien el dolor de las astillas tras las noches de insomnio. Un frío calaba el ambiente y, aunque años de dormir sin manta la habían endurecido, todavía anhelaba algo de calor.
Cuando los primeros rayos del alba entraron en la habitación, se levantó y las otras mujeres hicieron lo mismo. Se movían con un silencio ensayado, cuidando de no despertar al Alpha mientras salían en fila para cumplir con sus tareas diarias.
En la cocina, la chica del collar de plata miraba al personal cargar las bandejas, sintiendo que el hambre le retorcía las tripas.
«¿Hubo alguna vez un tiempo en que comiera hasta saciarme? ¿O eran esos recuerdos solo un sueño infantil, una invención desesperada de una mente hambrienta de algo más que comida? Quizás eran restos de una vida antes de... antes de que me llevaran», pensó.
La bandeja cargada le pesaba horrores mientras caminaba hacia el salón principal. El olor a cerveza rancia, sudor y testosterona era densísimo. Filas de mesas toscas llenaban el vasto espacio, con los suelos de madera manchados de sangre y otros fluidos menos identificables.
La pared detrás de la mesa del Alfa estaba ennegrecida por el hollín de la enorme chimenea que rugía tras su silla. En las otras paredes colgaban cadenas y grilletes que exhibían a los lobos capturados en su forma humana como trofeos grotescos. Se aferraban a la vida con los cuerpos maltrechos y rotos. De vez en cuando, los guerreros se levantaban del banquete para usarlos como sacos de boxeo o blancos para lanzar cuchillos, soltando carcajadas con cada acierto. Aunque era una escena familiar, siempre le revolvía el estómago y sentía una oleada de náuseas en la garganta.
Mientras las otras esclavas se acercaban a sus mesas asignadas para servir la comida, los guerreros las manoseaban y les hacían cosas peores, ignorando sus gritos de protesta. A la chica le habían dado el dudoso honor de servir en la mesa del Alfa. Cualquiera que se atreviera a tocarla mientras cumplía sus deberes perdía rápidamente el miembro ofensivo por cortesía del propio Alfa.
Él siempre la observaba mientras ella se acercaba. Sus ojos ardían con una intensidad depredadora que le ponía la piel de gallina. Ella mantenía la mirada fija en el suelo para evitar cualquier contacto visual. Era una de las tantas reglas que había aprendido para sobrevivir. Las cicatrices de su cuerpo servían como recordatorios sombríos de lo que pasaba si desobedecía.
«Nunca mires al Alfa ni a un guerrero a los ojos. Nunca hables a menos que te hablen, aunque mi voz ya no funcionaba. Obedece siempre. Y siempre, siempre, arrodíllate cuando no estés haciendo una tarea», repetía en su cabeza.
Al terminar de servir, se dejó caer de rodillas. Tenía la piel callosa y endurecida por años de mantener esa misma postura sumisa.
Cuando terminó el banquete y los pesados pasos de los guerreros resonaron por el pasillo, ella por fin se arriesgó a mirar alrededor. Usó su visión periférica para ver si quedaba alguien. En cuanto estuvo segura de que el camino estaba despejado, se levantó. Se unió a las otras esclavas que se lanzaban desesperadas sobre los platos desechados. Se empujaban y forcejeaban por cualquier sobra de comida. Hubo un tiempo en que ayudaba a las nuevas y compartía lo poco que conseguía, pero años de amabilidad no le trajeron aliadas ni confidentes. Al final todas se volvían contra ella y su resentimiento se pudría como una herida. Ahora solo miraba por sí misma con el instinto de supervivencia afilado por los años de miseria. Esas migajas de las sobras de los guerreros eran su único sustento del día.
Tras devolver los platos, se dirigió a los campos de entrenamiento. Solo a unas pocas esclavas se les permitía estar allí para aprender a defenderse y entretener a la manada.
Al acercarse a la arena, vio a los esclavos recién enjaulados. Eran cautivos de la última incursión en la que saquearon otro territorio, derrotaron a sus guerreros y robaron a sus mujeres e hijos. Los ataques habían aumentado en las últimas semanas. Ella mantuvo la cabeza baja y evitó mirar. Lo había visto demasiadas veces: la mirada depredadora de los guerreros y las mujeres desnudas encadenadas a los postes. Les gritaban las mismas reglas y los látigos restallaban contra su piel mientras les ponían los collares para forzar su sumisión.
Su mano fue instintivamente a su cuello y sus dedos rozaron el metal liso y frío de su collar. Sintió un pinchazo de dolor y el olor a carne quemada subió desde sus yemas. Esto también la hacía diferente. A ella no le pusieron el collar al llegar, pues entonces solo era una niña. Su collar llegó después, en la víspera de su primera transformación, la noche en que debía recibir a su loba. Como los demás, tenía púas hacia adentro para evitar el cambio, pero el suyo era distinto. Estaba moldeado directamente sobre su piel y era de plata, no de cuero. El recuerdo de aquel día estaba grabado a fuego en su ser.
Recordaba cuando la amarraron al poste. El caldero de plata derretida burbujeaba ante ella mientras el molde de metal le rodeaba el cuello. Se llenó de horror cuando vertieron un frasco de acónito en la plata, suficiente para matar a un ejército. Luego la tumbaron y cuatro guerreros le sujetaron las extremidades mientras vertían el líquido hirviendo en el molde. La agonía fue insoportable y le quemó la carne. Su corazón latía con fuerza mientras su cuerpo convulsionaba hasta que la oscuridad la consumió.
Le dijeron que despertó días después con el cuerpo debilitado, envenenado y lento para sanar. Pasaron meses hasta que el ardor constante disminuyó y los movimientos sencillos dejaron de causarle un dolor insoportable. La plata, fría y endurecida, se había fundido con su piel como una marca permanente y deforme. Aunque ya no le quemaba el cuello, el metal seguía siendo una amenaza constante. Cualquier roce mínimo contra su piel le provocaba quemaduras que tardaban semanas en curar.
Poco a poco recuperó sus fuerzas y su cuerpo se adaptó. El acónito se volvió parte de ella y alteró hasta su ADN. Cuando el Alfa lo vio, la castigó con una crueldad implacable. Cuando sus látigos dejaron de sacarle los gritos de dolor que tanto le gustaban, la lanzó a los fosos de lucha para su diversión retorcida.
Después de varios combates de práctica para pulir sus habilidades con las armas, les informaron que otra manada llegaría al día siguiente. Habría festejos de bienvenida que incluían, por supuesto, sus luchas de entretenimiento. Hacía años que el Alfa no permitía la entrada de extraños en su territorio. Un evento así era raro y despertó su curiosidad.
«¿Les dará una falsa bienvenida para luego lanzar a sus guerreros contra ellos, como hizo con otros? ¿O será diferente esta manada? ¿Podrán defenderse o quizás matar al Alfa?». El pensamiento encendió una pequeña chispa de esperanza desesperada en su interior.
Las historias susurradas por los esclavos recién capturados eran ventanas a un mundo que apenas recordaba, un mundo fuera de los brutales confines de la manada. Hablaban de libertad para moverse y hablar, un contraste total con la amenaza constante del Alfa y el azote del látigo. Aún tenía destellos de esa otra vida en su mente: visiones de jardines bañados por el sol, pasillos con eco y una libertad que casi no comprendía. Parecían más un sueño que recuerdos de una vida real que parecía perdida para siempre.
A la mañana siguiente, cuando el Alfa despertó, las mujeres se levantaron en silencio.
—¡Alto, chica! —ladró él. Supe que sus palabras eran para mí. Me quedé helada con el corazón a mil. Tenía un nombre, pero había sido reemplazado por títulos deshumanizantes como «chica», «esclava» o, a veces, «la chica del Alfa».
Ella cayó de rodillas esperando sus órdenes.
—Ve a las celdas del foso —ordenó él.
Ella se levantó y fue directo a los campos de entrenamiento. Un guardia abrió la puerta de una celda y ella entró. Dudar significaba dolor. Perder significaba la muerte. Sobrevivir era su único objetivo.
A medida que avanzaba la mañana, sus tripas rugían, recordándole que no había podido buscar sobras. El hambre era una desventaja que la debilitaba, pero la ignoró para ahorrar energía. Se acurrucó en el suelo duro de la celda intentando robar unos preciosos momentos de sueño.
Se despertó con el sonido del cerrojo. Las otras esclavas entraron amontonándose en el pequeño espacio con el aire cargado de miedo. El rugido apagado de los guerreros en la arena llegó a sus oídos. Entonces la voz del Alfa retumbó anunciando los festejos y la multitud estalló en vítores.
La espera era agónica. Siempre esperaba que la llamaran primero para terminar rápido y enfrentar su destino, ya fuera la vida o la muerte, pero sin un sufrimiento largo. Escuchaba cómo se desarrollaba cada batalla: el crujido asqueroso de los huesos, los gritos de los derrotados y los rugidos de triunfo del público. El olor metálico de la sangre llenaba el aire, mezclado con el sudor y la emoción de esos hombres sedientos de sangre.
Entonces llegó su turno.
—Chica, ahora —gruñó el guardia abriendo la jaula. Salió a la arena parpadeando mientras sus ojos se ajustaban a la luz del sol.
—Miren, esta es mi posesión más preciada —gritó el Alfa con orgullo—. Por suerte para mí, nunca ha sido derrotada. Incluso con el acónito corriendo por sus venas. —Ella miró de reojo hacia el palco del Alfa y vio a dos hombres sentados a su lado. Se encontró con la mirada de uno y la apartó rápido. No se parecía a ningún renegado que hubiera visto. Estaba limpio, bien arreglado y tenía rasgos fuertes de un Alfa, pero... más suave de alguna manera. Más refinado.
La puerta de enfrente se abrió y un esclavo enorme entró en el foso. Era altísimo y sus manos eran tan grandes que podrían aplastarle el cráneo. Se le cayó el alma a los pies. Había peleado mil veces, pero nunca contra alguien tan imponente. Su única esperanza era la velocidad. Corrió hacia el armero y agarró la empuñadura de una espada justo cuando una fuerza tremenda la golpeó y la mandó volando. Su cabeza chocó contra la arena empapada de sangre. Le zumbaban los oídos y perdió la vista por un momento. Al intentar enfocarse, lo vio cargando hacia ella con un mazo gigante en alto. Con una pirueta desesperada esquivó el golpe por los pelos y se puso de pie. La plata de su collar le quemaba el hombro al moverse. Ignorando el dolor, esquivó otro golpe y, cuando él se agachó a recoger su arma, ella se lanzó y le cortó ambos tendones de Aquiles. Él rugió de dolor y se desplomó.
No podía dudar. La piedad significaba su propia muerte. Con una estocada rápida y decidida, le clavó la espada en el corazón y la dejó allí mientras el cuerpo caía al suelo.
La multitud rugió. —¡Esa es mi chica! —aplaudió el Alfa. Los hombres a su lado simplemente la miraban. El otro hombre, el de las cicatrices, le resultaba extrañamente familiar. Justo cuando intentaba fijarse bien, los guardias se la llevaron a rastras, no a las celdas, sino a la habitación del Alfa.
—El Alfa exige que te quedes aquí —gruñó uno.
La victoria en el foso solía darle derecho a un baño, un pequeño lujo que deseaba. Pero parecía que el Alfa tenía otros planes que no la incluían. No la quería cerca de sus invitados, fueran quienes fueran. No quería que la vieran de cerca. La razón seguía siendo un misterio después de tanto tiempo, pero la tensión en el aire se podía cortar con un cuchillo.