La sonrisa de la guerra

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Sinopsis

Zarek no conoce otra vida que la del Mundo Oscuro. Convertido en un guerrero implacable, lucha bajo la firme creencia de que extender la oscuridad es el orden natural de las cosas. Sin embargo, fragmentos de un pasado olvidado lo persiguen en sueños: el rostro de una niña y el sacrificio de un padre que dio su vida por protegerlo.Lo que Zarek ignora es que su destino está entrelazado con el de Aeliana, una valiente defensora de la luz. Ambos son piezas de una profecía antigua, la "combinación perfecta" que el Gobernador de la Oscuridad intentó destruir separándolos desde niños.Ahora, frente a frente en el campo de batalla y montando a sus majestuosos caballos de cabeza de dragón, Lumina y Sombra, deberán descubrir si su vínculo es lo suficientemente fuerte como para vencer el plan maestro que los convirtió en enemigos.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Kirenia
Estado:
En proceso
Capítulos:
18
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Chapter 1El Resplandor en el Valle

Zarek sonrió cuando el primer grito de agonía atravesó el Valle de las Sombras. Aquel gesto, que sus propios soldados habían aprendido a temer más que a la muerte misma, alimentaba una confianza ciega que rozaba la arrogancia. En la vanguardia del ejército oscuro, sentía la vibración de la guerra subir por sus botas hasta llegar a su pecho. Para él, la batalla era un lenguaje natural, el único que recordaba con claridad desde que dejó atrás su infancia olvidada.


Solo después de esa sonrisa, el entorno parecía cobrar vida. El aire en el valle se había vuelto espeso, cargado con el olor a azufre y metal frío. El suelo no solo vibraba; gemía bajo el peso de miles de cascos que avanzaban con la precisión de una maquinaria de muerte. Los huesos blanqueados de antiguos guerreros alfombraban el camino rocoso, restos de quienes no tuvieron la astucia de retirarse a tiempo.


Montado sobre Sombra, Zarek parecía una extensión de la misma noche. El corcel, con su imponente cabeza de dragón, no caminaba, sino que reclamaba el terreno con una autoridad ancestral. Con cada exhalación, un humo denso y grisáceo brotaba de sus fauces, nublando la vista de los soldados que marchaban detrás, creando una cortina espectral que les hacía parecer fantasmas sedientos de sangre. Zarek acarició el cuello escamoso de su compañero; sentía el calor interno del animal, una furia contenida que espejeaba la suya propia. Con su espada de acero oscuro envainada, sus dedos buscaban el pomo del arma por puro instinto, acariciando el metal frío mientras sus ojos escudriñaban la penumbra. Esperaba un choque sangriento, una resistencia de escudos y gritos, pero el destino tenía preparado un golpe que ninguna táctica militar podría haber previsto.

De repente, el cielo se partió. No fue un rayo, sino una grieta de luz purísima que descendió desde las alturas, rasgando el manto de oscuridad que protegía al ejército.


Una figura majestuosa apareció sobrevolando el valle, rompiendo la densa neblina de la oscuridad. Era Aeliana. Descendía sobre Lumina, cuyo pelaje blanco brillaba con una intensidad que hería los ojos de los guerreros sombríos. Los soldados a espaldas de Zarek retrocedieron, cubriéndose el rostro ante aquel resplandor que parecía quemar sus sombras y despojarles de su valor. Sin embargo, Zarek no se movió. Se quedó inmóvil, con la mano aún en su espada, impactado no por el miedo, sino por una elegancia letal que jamás había visto. El contraste era absoluto: el blanco cegador de ella frente al vacío negro que él representaba.


Aeliana aterrizó con una gracia que desafiaba la gravedad, el impacto de los cascos de Lumina contra la tierra no levantó polvo, sino destellos de energía que purificaban el suelo maldito. Zarek, recuperando el sentido de la batalla, desenvainó su espada. El sonido del acero oscuro al salir de la vaina fue un grito de guerra en sí mismo, un eco metálico que devolvió el coraje a sus hombres. Cargó con la potencia de una tormenta, cada movimiento de sus músculos dictado por años de entrenamiento en artes marciales y supervivencia.

Pero ella… ella era diferente.

Aeliana lo recibió con un giro magistral de su lanza, un movimiento tan fluido que parecía una danza bajo la luz de una luna invisible. El combate cuerpo a cuerpo fue feroz y rítmico. Zarek atacaba con golpes secos y potentes, tratando de desarmarla, usando giros de cadera y bloqueos de antebrazo aprendidos en el mundo oscuro, donde la piedad no existía. Pero Aeliana se movía como el agua entre las rocas; esquivaba sus embestidas con una precisión asombrosa y devolvía los golpes con la fuerza justa para mantenerlo a raya, sin llegar a herirlo mortalmente.


En el fragor de la pelea, los caballos decidieron su propio duelo. Sombra, viendo a su amo en aprietos, intentó intervenir con una dentellada de sus fauces de dragón, pero Lumina le bloqueó el paso con un relincho atronador que hizo eco en las montañas circundantes. Los dos caballos dragón se carearon, bufando fuego y sombra respectivamente, creando un muro de energía infranqueable, una arena privada donde solo los dos guerreros existían. Era como si los animales supieran que este no era un combate de ejército contra ejército, sino un ajuste de cuentas entre dos almas destinadas a encontrarse tras siglos de separación.


Finalmente, el acero y la luz se trabaron en un crujido ensordecedor. Zarek y Aeliana quedaron a centímetros de distancia, el aliento de uno chocando contra el del otro. Zarek pudo ver entonces sus ojos, profundos como el cielo del amanecer, y en ese instante, Aeliana dejó escapar una sonrisa.


Esa sonrisa lo detuvo en seco. No era una burla de guerrera, era una expresión cargada de un conocimiento que él no lograba descifrar. En lo más profundo de su mente, un recuerdo borroso de cuando eran apenas unos bebés, de juegos bajo una luz que no quemaba y risas que no conocían el acero, se agitó con violencia. Zarek, el hombre que creía que el mal era lo normal, sintió que su mundo se tambaleaba. Bajó la guardia solo un segundo, confundido por la calidez de aquel gesto que parecía reconocerlo.


En ese momento de duda, Aeliana puso su mano suavemente sobre el pecho del guerrero. No hubo golpe, solo un destello de luz pura que emanó de su palma y lanzó a Zarek por los aires, recorriendo varios metros hasta caer pesadamente sobre la tierra fría y dura.


El ejército de la oscuridad, recuperándose del asombro y viendo a su líder en el suelo, rugió con furia. Los oficiales prepararon a sus hombres para atacar en masa a la mujer solitaria, que no permitió a su ejército avanzar más de lo necesario para evitar el conflicto innecesario, pero Zarek, levantándose con dificultad y sintiendo el pecho arder por el toque de luz, lanzó un rugido que silenció al valle entero:

—¡ALTO! ¡RETIRADA! —ordenó, con una voz que no admitía réplica.


Sus soldados lo miraron confundidos, con las armas en alto, pero obedecieron ante la autoridad de su comandante. Zarek envainó su espada con manos que aún temblaban ligeramente, un hecho que ocultó bajo su capa. Se quedó allí, de pie, viendo cómo Aeliana montaba de nuevo a Lumina y se perdía en el cielo, dejando una estela plateada tras de sí que iluminó el valle por largos minutos.


La guerra no había terminado, pero en el silencio del valle, mientras el olor a azufre volvía a dominar el aire, Zarek supo que la verdadera batalla acababa de empezar, y esta vez, no sería contra un ejército de carne y hueso, sino contra su propio corazón