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Eʟ Vᴇʀᴅᴀᴅᴇʀᴏ Dᴇsᴛɪɴᴏ Dᴇ Aᴏᴍᴇ

Sinopsis

Cuando InuYasha descubrió que existía una posibilidad de devolver a Kikyo a la vida, sin avisarle a nadie, emprendió en secreto un viaje para encontrar un antiguo espejo mágico con el poder de conceder deseos. Lo que Inuyasha no sabía era que el precio para cumplir su deseó, sería perder el amor de Aome.

Genero:
Adventure,Romance
Autor/a:
Minary92
Estado:
Completa
Capítulos:
15
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

ᴘʀᴏʟᴏɢᴏ

ᴀɴᴛᴇꜱ Qᴜᴇ ɴᴀᴅᴀ ᴅᴇᴊᴏ ᴇɴ ᴄʟᴀʀᴏ Qᴜᴇ ɴɪɴɢᴜɴᴏ ᴅᴇ ʟᴏꜱ ᴘᴇʀꜱᴏɴᴀᴊᴇꜱ ᴅᴇ ɪɴᴜʏᴀꜱʜᴀ ꜱᴏɴ ᴅᴇ ᴍɪ ᴘʀᴏᴘɪᴇᴅᴀᴅ, ᴛᴏᴅᴏꜱ ʏ ᴄᴀᴅᴀ ᴜɴᴏ ᴅᴇ ᴇꜱᴛᴏꜱ ʟᴇ ᴘᴇʀᴛᴇɴᴇᴄᴇɴ ᴛᴏᴛᴀʟ ʏ ᴜɴɪᴄᴀᴍᴇɴᴛᴇ ᴀ ʟᴀ ɢʀᴀɴ ᴍᴀɴɢᴀᴋᴀ ʀᴜᴍɪᴋᴏ ᴛᴀᴋᴀʜᴀꜱʜɪ.

Qᴜᴇᴅᴀ ᴘʀᴏʜɪʙɪᴅᴏ ʀᴇᴘʀᴏᴅᴜᴄɪʀ, ᴄᴏᴘɪᴀʀ, ᴀᴅᴀᴘᴛᴀʀ ᴏ ᴄᴏᴍᴘᴀʀᴛɪʀ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴᴛᴇɴɪᴅᴏ ꜱɪɴ ᴍɪ ᴄᴏɴꜱᴇɴᴛɪᴍɪᴇɴᴛᴏ

ᴇꜱᴛɪᴍᴀᴅᴏ ʟᴇᴄᴛᴏʀ:

ɴᴏ ᴘʟᴀɢɪᴇꜱ ɴɪ ᴀᴘᴏʏᴇꜱ ᴀʟ ᴘʟᴀɢɪᴏ

ʀᴇꜱᴘᴇᴛé ᴍɪ ᴛʀᴀʙᴀᴊᴏ ʏ ᴇʟ ᴇꜱꜰᴜᴇʀᴢᴏ Qᴜᴇ ᴇꜱᴛᴇ ᴄᴏɴʟʟᴇᴠᴀ.

La aldea descansaba en un silencio solemne bajo el manto de la noche, apenas perturbado por el suave murmullo del viento entre los árboles y el lejano canto de algún ave nocturna. En la modesta choza que se encontraba al borde del poblado, Aome terminaba de prepararse. Sus movimientos eran meticulosos y tranquilos, mientras enrollaba un pequeño pergamino y aseguraba sus armas al cinturón. Sabía que la misión que tenía por delante no sería sencilla, pero también estaba decidida a cumplirla.

De repente, un destello fugaz rompió la penumbra, iluminando brevemente el interior de su hogar. Un brillo blanco y plateado, casi irreal, que parecía danzar con vida propia. Aome se quedó inmóvil, con el corazón latiéndole más rápido, mientras sus ojos seguían la fuente de aquella luz que parecía llamar su atención. Sin pensarlo dos veces, salió al exterior.

El aire fresco de la noche la envolvió, y a lo lejos, entre las sombras de los árboles, pudo distinguir una silueta serpenteante que se desplazaba con una elegancia letal. Era una de las serpientes cazadoras, criaturas que en tiempos pasados Kikyo había utilizado para robar almas y someter enemigos, y que ahora por alguna extraña razón vagaba en la frontera entre el mundo de los vivos y los espíritus.

Aome sintió un escalofrío recorrerle su espalda, pero algo dentro de ella la impulso a seguir aquella serpiente. Con pasos cautelosos, y sin apartar la mirada del animal, comenzó a internarse en el bosque que rodeaba la aldea. La luz plateada de la serpiente parecía abrirse paso entre la oscuridad, guiándola hacia un destino que la joven apenas comprendía.

La espesura del bosque se volvió más densa, y el aire se tornó pesado, casi cargado de una energía que erizaba la piel. Aome avanzaba con cuidado, consciente de que cualquier error podría ser fatal. Finalmente, entre los árboles, apareció un pequeño claro donde se alzaba una antigua tumba envuelta en musgo y enredaderas, un lugar que muchos evitaban mencionar. Era la tumba de Kikyo.

Sin embargo, antes que pudiera acercarse más, sintió una presión invisible que le drenaba el aliento y la fuerza, como si un oscuro susurro quisiera arrancarle la vida. Sus piernas flaquearon y sus ojos se cerraron contra su voluntad, mientras caía al suelo, inconsciente.

Shippo había estado observando desde la distancia, oculto tras un grupo de arbustos, con el corazón latiéndole aceleradamente. No se había separado de Aome desde que ella salió de la choza esa noche, sintiendo una mezcla de preocupación y responsabilidad. Aunque era joven y todavía un kitsune aprendiz, no podía permitir que su amiga enfrentara sola los peligros de un bosque que, bajo la luna, parecía cobrar vida propia.

Cuando vio cómo ella tropezó y cayó al suelo, con el rostro pálido y los ojos cerrados, sintió un escalofrío helado recorrer su espina dorsal. Sin dudarlo, corrió hacia ella, apoyándola con cuidado, temiendo que cualquier movimiento brusco pudiera empeorar su estado. Sus manos temblaban ligeramente al tocar la piel fría de su amiga.

— Aome, ¡despierta! — susurró con urgencia, mientras miraba a su alrededor buscando ayuda —. No puedes quedarte aquí sola.

Sin tiempo que perder, Shippo cargó a Aome en sus brazos, sintiendo el peso de la responsabilidad como nunca antes. El camino de regreso a la aldea parecía interminable, y cada sombra entre los árboles parecía esconder una amenaza. Pero no se detuvo; conocía los riesgos y sabía que su única esperanza era avisar a Inuyasha y a los demás.

Al llegar a la entrada de la aldea, la calma nocturna se quebró por el sonido de sus pasos apresurados. Algunos aldeanos que rondaban por ahí lo miraron extrañados, pero al ver su rostro serio y la figura inconsciente entre sus brazos, enseguida comprendieron que algo grave sucedía.

El rostro de Shippo reflejaba una mezcla de preocupación y urgencia mientras avanzaba por el sendero principal, su pequeño cuerpo se movía con rapidez a pesar del peso que cargaba. Las sombras que proyectaban las farolas de piedra temblaban a cada paso, como si también sintieran el peso de lo que llevaba entre sus brazos.

Algunos aldeanos que descansaban o realizaban sus tareas nocturnas salieron de sus casas, alarmados por aquel extraño movimiento. Entre ellos apareció Miroku, que con su típica serenidad, se adelantó para interceptarlo.

— ¡Shippo! ¿Qué sucede? — preguntó con voz firme mientras alzaba una mano para detenerlo.

Sin perder tiempo, el joven kitsune dejó a Aome cuidadosamente sobre una manta que Miroku rápidamente extendió sobre el suelo. La palidez de su rostro no dejaba dudas: algo grave le había ocurrido.

— Aome está inconsciente — dijo Shippo con dificultad para respirar —. La vi caer en el bosque, cerca de la tumba de Kikyo. Creo que... algo la atacó.

En ese momento apareció Sango, preocupada y lista con su naginata, y poco después Inuyasha, que corría tras ellos, llegando un poco jadeante.

— ¿Qué ha pasado? — preguntó este último, aliviado de verla, pero alerta ante su estado.

Sango se arrodilló junto a Aome, examinándola con rapidez.

— Parece que fue víctima de una maldición o un veneno espiritual — explicó —. Sus defensas espirituales han sido vulneradas. No puedo decir mucho más sin una revisión detallada.

Miroku se acercó con calma, colocándose frente a Aome, y cerró los ojos concentrándose en su don de sacerdote.

— Voy a intentar purificarla y aliviar el daño espiritual — dijo mientras invocaba una pequeña luz azulada que comenzó a envolver a Aome.

Durante varios minutos, un silencio reverente se apoderó del grupo. Solo se escuchaba el susurro del viento nocturno y el tenue murmullo del hechizo de Miroku.

Finalmente, la luz comenzó a desvanecerse y Aome movió lentamente sus dedos, abriendo los ojos poco a poco. Entonces un hilo de voz escapó de sus labios resecos.

— Shippo... — murmuró débilmente.

— ¡Estás despierta! — exclamó el kitsune con alivio, casi al borde de las lágrimas.

Inuyasha se inclinó hacia ella, observándola con atención.

— ¿Puedes levantarte? ¿Qué te pasó? —preguntó con voz firme.

Aome se incorporó con esfuerzo, apoyándose en los hombros de Sango y Shippo.

— Vi una serpiente... una de las serpientes cazadoras de Kikyo. Entonces la seguí hasta su tumba... y luego sentí como si me drenaran el aliento — explicó, con voz temblorosa.

Inuyasha frunció el ceño, mientras sus ojos brillaban con determinación.

— Esas serpientes no son simples animales. Son guardianes malditos, creados por Kikyo para controlar las almas. Si todavía están activas, significa que algo está sucediendo ahí.

Miroku asintió.

— Lo que sea que esté ocurriendo, podría desatar problemas de los que ni siquiera podemos imaginar.

Sango bajó la mirada, preocupada.

— La tumba de Kikyo siempre ha estado sellada por antiguas barreras espirituales. Que una serpiente cazadora ande suelta allí es una señal de que alguien ha roto esos sellos.

Aome respiró hondo y apretó los puños.

— Entonces, no puedo quedarme aquí esperando a que el peligro llegue hasta la aldea. Debo regresar al bosque, encontrar la fuente de esta perturbación y detenerla antes de que sea demasiado tarde.

— No estás en condiciones —replicó Inuyasha, protegiendo —. Si sales así, solo pondrás en riesgo tu vida.

— No puedo pedir que ustedes arriesguen todo para protegerme siempre — contestó ella con firmeza —. Esta es mi misión, y no la abandonaré.

Shippo miró a Inuyasha y Sango, con sus ojos implorantes.

— Debemos ayudarla. Juntos, somos más fuertes.

Hubo un instante de silencio. El aire estaba cargado de tensión y determinación.

Finalmente, Inuyasha suspiró y asintió.

— Está bien. Pero esta vez vamos contigo. No te dejaré sola en esto.

Sango y Miroku también aceptaron, y Shippo sonrió tímidamente, sintiéndose parte de un equipo que enfrentaría un peligro mayor.

Esa noche, bajo el mismo cielo estrellado que había sido testigo del encuentro con la serpiente cazadora, el grupo se preparó para adentrarse en el bosque. Cada uno revisó su equipo y sus armas, conscientes de que la misión que tenían por delante sería más peligrosa que cualquier otra.

Mientras ajustaba su armadura, Inuyasha lanzó una mirada protectora a Aome.

— No importa lo que encontremos allá afuera, vamos a salir juntos.

Aome respondió con una sonrisa cansada, pero llena de confianza.

— Gracias, Inuyasha. Con ustedes a mi lado, sé que podré enfrentar cualquier cosa.

Una hora después.

El bosque los recibió con un silencio inquietante, interrumpido solo por el crujir de las hojas secas bajo sus pasos. La luz de la luna se filtraba a través de las copas de los árboles, formando extrañas figuras que parecían moverse con vida propia. Cada sombra podía ser un enemigo, y cada sonido lejano una advertencia de lo que les esperaba.

Aome caminaba en medio del grupo, protegida por Sango a un lado y Shippo al otro. Inuyasha iba al frente, con sus orejas girando levemente, atento a cualquier ruido extraño, mientras Miroku cerraba la formación por detrás, con el bastón de sacerdote firmemente sujeto.

— La energía espiritual aquí es diferente — susurró Sango mientras observaba cómo una ligera neblina se arrastraba entre las raíces —. Es como si el bosque estuviera vivo... y nos vigilara.

Inuyasha olfateó el aire y frunció el ceño.

— Huele a tierra vieja... y a algo más. Es un olor que no sentía desde que Kikyo estaba viva.

Aome sintió de nuevo un escalofrío recorrerle la espalda. Las palabras de Inuyasha hicieron que el recuerdo de la tumba y la serpiente regresaran con fuerza. Por un momento, pensó en dar media vuelta, pero el orgullo y la determinación la mantuvieron firme.

De repente, un siseo agudo rompió el silencio. Desde las sombras, tres figuras alargadas emergieron: eran serpientes cazadoras, cuyos cuerpos estaban cubiertos de escamas brillantes que reflejaban la luz de la luna como si fueran metal. Mientras que sus ojos rojos ardían con una hostilidad palpable.

— ¡Atrás! — ordenó Inuyasha, desenvainando su espada.

Las serpientes no se abalanzaron de inmediato. En lugar de eso, comenzaron a rodearlos, moviéndose en círculos lentos y precisos, como si intentaran separarlos. La neblina se hizo más espesa, dificultando la visión.

— Son más inteligentes de lo que parecen — advirtió Miroku, alzando su bastón —. No quieren atacarnos... al menos no todavía.

Shippo dio un paso adelante, decidido a ayudar, pero Sango lo sujetó del brazo.

— No te alejes. Estas criaturas atacan primero al más vulnerable.

Inuyasha dio un paso al frente, con sus músculos tensos.

— ¡Vengan de una vez! — rugió, y Colmillo de acero se transformó en una hoja masiva que destelló con energía.

Fue como si su grito fuera la señal que esperaban. Las serpientes se lanzaron a la vez, rápidas como flechas. Una de ellas se dirigió hacia Aome, pero Sango la interceptó con un giro de su naginata, cortando parte de su cuerpo y haciendo que la criatura chillara con un sonido agudo y perturbador.

— ¡Viento cortante! — gritó Inuyasha, liberando un torbellino de energía que impactó contra otra serpiente, lanzándola lejos entre los árboles.

La tercera intentó atacar por detrás, pero Miroku, con un movimiento rápido, invocó un sello purificador que estalló en luz azulada, obligándola a retroceder.

Durante varios segundos, todo fue caos: silbidos, destellos de acero y luz espiritual, el olor metálico de la sangre se mezclaba con la humedad del bosque. Finalmente, las dos serpientes restantes se retiraron, arrastrándose entre la neblina hasta desaparecer.

Aome respiraba con dificultad, intentando recuperar el aliento. Su corazón latía como un tambor, pero lo que más la inquietaba era que, en medio de la batalla, había sentido algo... una voz lejana que susurraba su nombre desde lo profundo del bosque.

— ¿Estás bien? — preguntó Inuyasha, acercándose.

— Sí... pero creo que... hay alguien allá adelante — respondió, mirando hacia la oscuridad.

Sango frunció el ceño.

— ¿Alguien... o algo?

Aome dudó un momento, pero luego habló con firmeza.

— No lo sé, pero siento que nos está esperando.

El grupo intercambió miradas, sabiendo que esa sensación solo podía significar una cosa: lo peor estaba por venir.

Sin decir más, retomaron la marcha, siguiendo la dirección en la que las serpientes habían huido. Con cada paso, la neblina se hacía más espesa, y el aire, más frío. A lo lejos, un tenue resplandor verdoso comenzó a brillar entre los árboles, como una luz fantasmal que los guiaba hacia un destino incierto.

Y en ese instante, sin que ellos lo supieran, una silueta alta y elegante observaba desde la distancia, sus dorados ojos estaban fijos en Aome. Sesshomaru había estado siguiéndolos en silencio... y lo que había visto no le había gustado en absoluto.

La luz verdosa se volvió más intensa a medida que avanzaban. Pronto, la neblina dejó de ser solo una cortina espesa y se transformó en un velo casi sólido que los obligaba a entrecerrar los ojos. El aire estaba impregnado de un olor dulce y antiguo, como flores marchitas mezcladas con incienso.

El resplandor provenía de un claro, en cuyo centro se erguía un altar de piedra cubierto de musgo. Sobre él, descansaba un pequeño cofre de madera negra con grabados que parecían retorcerse bajo la luz espectral.

Inuyasha fue el primero en acercarse, sus pasos pesados resonaban en el silencio del bosque. El grupo lo siguió con cautela.

— Esto... no es natural — murmuró Miroku, examinando los símbolos —. Es un sello antiguo, probablemente demoníaco... pero mezclado con magia espiritual.

Inuyasha lo ignoró. Algo en ese cofre lo llamaba, un impulso extraño que no sabía explicar. Cuando estiró la mano, un viento helado lo golpeó, levantando hojas y polvo.

De entre la neblina, una figura femenina se materializó. Era una anciana, de piel grisácea y ojos tan blancos como la leche. Vestía un kimono raído, y su voz, que era quebrada pero intensa, retumbó en sus oídos:

— Medio demonio... tú tienes la sangre y el rencor para romper el sello.

Sango dio un paso hacia adelante, interponiéndose.

— ¿Quién eres?

La anciana sonrió, mostrando sus dientes afilados.

— Eso no importa. Este cofre guarda el mapa hacia el Espejo mágico. Un artefacto capaz de concederte cualquier deseo.

El corazón de Inuyasha dio un salto. Las palabras se clavaron en su mente como garras.

— ¿Qué dijiste? — su voz se volvió más grave.

— El espejo puede devolverle la vida incluso a quienes ya no están en este mundo — continuó la bruja.

Miroku y Sango intercambiaron miradas de alarma, pero Inuyasha ya no los escuchaba. En su mente, solo estaba el rostro de Kikyo, su voz, su aroma... la promesa rota de protegerla.

— ¿Dónde está ese espejo? — le preguntó un poco interesado.

La anciana ladeó la cabeza.

Aome observó a Inuyasha, sintiendo un mal presentimiento en el pecho.

Sesshomaru, quien permanecía oculto entre las sombras, lo había escuchado todo. Sus ojos se entrecerraron, no por la mención del espejo... sino porque vio en el rostro de Aome una herida invisible que empezaba a abrirse.

La anciana permaneció en silencio unos segundos, inclinando la cabeza como si disfrutara de la tensión que se había apoderado del grupo. La neblina que danzaba a su alrededor, le daba un aspecto casi espectral.

— Si realmente deseas encontrarlo, medio demonio, deberás demostrar que tu voluntad es más fuerte que la de este sello. Solo así el cofre se abrirá.

El aire se volvió más denso, como si el bosque entero aguardara la decisión de Inuyasha.

Aome, con el corazón encogido, dio un paso al frente.

— ¡Espera! — exclamó —. No escuches a esta mujer, Inuyasha. No sabemos qué clase de trampa sea.

Inuyasha apretó los dientes, mientras su mano temblaba apenas sobre la empuñadura de Tessaiga. La imagen de Kikyo lo quemaba por dentro.

— Aome... no entiendes... — murmuró con la voz rota.

Los ojos de la joven se llenaron de dolor, pero antes de que pudiera responder, una ráfaga helada barrió el claro. El viento arrastró la neblina en espirales, y de ella emergió una presencia inconfundible.

Sesshomaru apareció, con su figura erguida y elegante, el brillo plateado de su cabello ondeaba tras él como una llamarada de luna.

La bruja retrocedió instintivamente, con sus ojos blanquecinos abiertos de par en par.

— Tú... — susurró con un leve temblor.

Sesshomaru no la miró. Sus dorados ojos se clavaron en Inuyasha primero, fríos como el acero.

— Patético — dijo con voz grave, y cortante —. Arrastrado como un perro por promesas vacías.

Inuyasha gruñó, retrocediendo un paso.

— ¡Sesshomaru! ¿Qué diablos haces aquí?

El daiyōkai no respondió de inmediato. Su mirada se desvió hacia Aome, que lo observaba con sorpresa, pero también con un atisbo de temor. Por un instante, algo casi imperceptible pasó por sus ojos, antes de volver a endurecerse.

— El espejo no es un artefacto para manos débiles — declaró finalmente, con su voz reverberando en el aire —. Y menos para alguien tan dividido como tú, Inuyasha.

La bruja siseó, ofendida por la interrupción.

— ¡Tú no entiendes! El espejo puede cambiarlo todo, incluso para ti, gran señor...

Pero Sesshomaru la fulminó con una sola mirada.

— No necesito un juguete que conceda deseos.

El silencio cayó como una losa. El bosque entero parecía contener el aliento.

Aome sintió un estremecimiento recorrerle. La tensión entre los hermanos podía estallar en cualquier momento, y en el fondo... presentía que el verdadero peligro aún no se había revelado.

Por su parte Inuyasha apretó los dientes con rabia. Su tessaiga ya transformada, vibraba con un poder que respondía a su ira. Dio un paso al frente, preparado para lanzarse contra su hermano mayor, mientras sus ojos los tenía encendidos en furia.

— ¡Te voy a arrancar esa maldita expresión arrogante, Sesshomaru! — rugió, levantando su espada.

Pero antes de que pudiera atacar, la voz de Sango lo atravesó como una lanza:

— ¡Inuyasha, detente!

Miroku también alzó la voz, mientras sostenía su bastón, el cuál ya brillaba con un resplandor espiritual.

— ¡Inuyasha! ¡El no es él el enemigo ahora!

Shippo, con la voz quebrada de miedo, gritó desesperado:

— ¡Aome! ¡Aome no se mueve!

El grito lo hizo girar. Allí estaba ella, desplomada en el suelo, con su respiración entrecortada. Una débil luz verdosa se filtraba desde el cofre hacia su cuerpo, eran como hebras invisibles que le robaban la energía.

— ¡Aome! — Inuyasha corrió hacia ella, dejando de lado el enfrentamiento. Su corazón dio un vuelco al verla tan pálida, su mano tembló al tocar el rostro de la joven.

Miroku extendió un sello protector y lo lanzó sobre el altar, intentando interrumpir el flujo de energía. El papel ardió en un destello azul, pero se consumió de inmediato como si algo invisible lo devorara.

La bruja soltó una risa aguda, grave y quebrada.

— El cofre ya ha elegido... la pureza de la sacerdotisa es la llave que lo despierta.

— ¡Cállate! — rugió Inuyasha, volviendo a empuñar Tessaiga. La furia le hervía en su interior, pero la impotencia lo consumía aún más.

Sesshomaru, en silencio, observaba la escena. Su mirada se detuvo en Aome, en la fragilidad de su respiración, y luego en el cofre. Un brillo helado cruzó sus ojos.

— Inútiles. — Su voz resonó firme, y tajante —. El poder de esa cosa acabará con la humana antes de que el estúpido de Inuyasha pueda decidir qué hacer.

Sango se adelantó, interponiéndose entre Sesshomaru y el altar.

— ¿Y usted qué piensa hacer? — le desafió, firme a pesar del miedo que le invadía.

Sesshomaru la miró apenas, sin mostrar emoción.

— Destruir el cofre.


El silencio se hizo pesado, roto solo por el sonido del jadeo de Aome.

Inuyasha alzó la mirada, con los colmillos apretados.

— ¡No voy a dejar que pongas una garra encima de el.

Pero Sesshomaru ya había extendido su mano, y un resplandor blanco comenzó a emanar de sus dedos.

La bruja chilló con furia.

— ¡Si destruyes el cofre, destruirás el camino hacia el espejo!

Sesshomaru la ignoro por completo y solo alzó su mano, con sus dedos bañados en una luz blanca que chisporroteaba con su energía devastadora.

Estaba decidido a eliminar por completo aquel artefacto.

El aire se tensó como si todo el bosque supiera lo que estaba a punto de ocurrir.

Pero antes de que pudiera desatar su poder, la hoja de Tessaiga se interpuso en un destello feroz. El choque de ambas fuerzas levantó una ráfaga brutal que sacudió el lugar, arrancando ramas y apagando la luz espectral por un instante.

— ¡Ni lo sueñes, Sesshomaru! — bramó Inuyasha, con los ojos encendidos de rabia.

La presión de ambas energías se estrellaba una contra la otra, el poder helado y pulido del daiyōkai contra la furia ardiente y caótica del hanyō. El suelo bajo ellos comenzó a resquebrajarse.

Aome, apenas consciente, trató de abrir los ojos, pero su cuerpo aún atrapado por las hebras verdosas que emanaban del cofre se lo impidió.

La bruja sonrió, con su silueta deformada por la neblina.

— Así me gusta... hermanos contra hermanos. Qué simple es aprovechar las heridas de los hombres.

Con un movimiento inesperadamente ágil para alguien de su edad, estiró sus dedos huesudos hacia el altar. El cofre vibró y, como si respondiera a su llamado, se deslizó hacia sus manos, rodeado de un resplandor enfermizo.

— ¡No! — gritó Miroku, lanzando otro sello, pero fue inútil: el papel ardió antes de siquiera de rozarla.

Sango arrojó su hiraikotsu, pero la anciana se desvaneció entre la neblina, y el arma atravesó solo aire helado.

Sesshomaru retiró su mano, con el resplandor apagándose lentamente entre sus dedos. Sus ojos se clavaron en Inuyasha, fríos, como cuchillas.

— Tu necedad acaba de condenar a la humana.

Inuyasha lo fulminó con la mirada, respirando con dificultad, pero cuando volteó hacia Aome y vio lo débil que estaba, su furia se transformó en un nudo de dolor en la garganta.

La voz de la bruja se volvió escuchar, pero esta vez entre la oscuridad de los árboles.

— El espejo aguarda... y solo aquel con el deseo más fuerte lo hallará.

Y entonces, todo volvió al silencio.

El claro quedó vacío, apenas iluminado por la luna y por el resplandor mortecino que aún se filtraba de las marcas en el altar.

Inuyasha cayó de rodillas junto a Aome, tomándola en brazos, con el corazón golpeándole en el pecho.

— ¡Resiste! — le suplicó, como si su voz pudiera sostenerla.

Sesshomaru se giro para marcharse, pero su mirada se detuvo un instante más sobre Aome, era como si evaluara algo que no había dicho. Finalmente, continuó y se perdió entre la neblina del bosque.

El peso de la derrota los envolvía a todos. La bruja tenía el cofre... y con él, el único camino hacia el espejo.

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