La ira en ruinas
UNBOUNDLY
Scarbie Quinn
La ira en ruinas
El estruendo de la puerta del Inferno al abrirse con violencia marcó la llegada de mis hermanos. Lith, Bastien y Ash cruzaron el umbral con un aire que gritaba derrota. Sus pasos resonaban como tambores de guerra desacompasados en el suelo de mármol negro del club, pero ninguno de los mortales que se encontraban bailando en la pista de baile era capaz de escucharlo entre el rugido de los altavoces y las risas escandalosas.
Mi hermana mayor alzó la mirada y su ira tronó por encima incluso de los altavoces, un gruñido que enmudeció a las masas y detuvo la música que estaba pinchando el DJ.
—¡Fuera! —gritó, su voz un eco que desgarró sin piedad el aire del local— ¡Se acabó la puta fiesta! ¡Largo!
Nuestros clientes se miraron entre ellos y, lentamente, abandonaron el local hasta que quedamos únicamente nosotros cuatro. Los Hellprince. Los demonios ocultos entre los mortales.
Lith, la invencible, ahora era una sombra de sí misma. Su cabello azabache estaba despeinado, y sus ojos rojos e hinchados por las lágrimas la despojaban de toda su fiereza habitual. Bastien estaba detrás de ella, con el semblante apagado, y Ash caminaba en silencio, como si cargar con su dolor lo hubiera reducido a un cascarón.
Me quedé observándolos desde la esquina oscura de la sala VIP, donde solía sentarme a planear en secreto mis estrategias. Mis ojos desiguales captaron cada detalle. Desde mi rincón, podía sentir cómo la devastación fluía en olas en el interior de Lith, que arrastraba sus pies como un robot autómata, vacío y carente de emoción.
Cuando llegó al centro de la pista de baile vacía, Lith cayó de rodillas y dejó escapar un alarido. No era un grito de rabia ni de poder, sino uno de dolor puro. La muerte de Rosie la había quebrado.
—¡Rosie! —vociferó, golpeando el suelo con los puños hasta que la sangre comenzó a manchar el mármol.
Ash se acercó a toda prisa, mascullando, intentando detenerla, pero Lith lo empujó con una fuerza que no reconocí en ella. Bastien se limitó a mirar, incapaz de intervenir, pero su mirada demostraba la devastación de un hermano que no sabía qué hacer para que su hermana mayor se sintiera mejor.
Quería acercarme. Consolarla. Decirle que todo esto pronto sería un recuerdo lejano. Pero las palabras se ahogaban en mi garganta, atrapadas en un nudo de emociones que no podía desatar.
—¡Rosie dio su vida por nosotros! —gritó Lith, levantándose bruscamente. Sus ojos, llenos de una mezcla de furia y desesperación, se clavaron en los míos—. Ha cometido una puñetera locura... Ha engañado al Creador, ¡¿a quién mierda se le ocurre?!
Mi corazón, si aún quedaba algo de él, se detuvo por un momento.
—¿Qué has dicho? —pregunté, mi voz baja pero cargada de intensidad.
Lith apretó los dientes, como si cada palabra la desgarrara.
—Antes de morir, Rosie obligó al Creador a hacer un juramento: ninguno de nosotros puede ser herido por nadie de la Ciudad Celestial. Ni siquiera Él puede tocarnos. Joder, esto nos va a traer problemas...
Por un instante, la devastación de la sala se disolvió en el aire. La información que había esperado durante años estaba ahora frente a mí. El último obstáculo en mi camino hacia la justicia había desaparecido.
—Invencibles... —murmuré, dejando que la palabra se impregnara en mi mente.
Lith volvió a caer al suelo, pero esta vez en silencio. Bastien se arrodilló a su lado, colocando una mano en su hombro, mientras Ash se quedó al margen, sus ojos perdidos en el vacío.
Yo, en cambio, no podía detener el huracán que se formaba en mi interior. Habíamos pasado demasiado tiempo soportando el yugo del Creador. Mis hermanos habían sido perseguidos, humillados y llevados al borde de la muerte una y otra vez. Todo por reglas que nunca debieron existir.
Pero ahora... ahora había llegado el momento de cambiarlo todo.
Desde aquel rincón oscuro, donde había pasado tantos años maquinando mi venganza, fingiendo, sonriendo a mis hermanos, pude sentir cómo algo en mi interior despertaba por completo. Mi mitad angelical y mi mitad demoníaca se unieron como nunca antes, creando una fuerza que no podía ser contenida en mi interior. Mi venganza es una maldita bomba de relojería.
Este era el inicio del fin. No habría más miedo, ni más súplicas. Solo justicia.
—El levantamiento comienza hoy —murmuré para mí mismo, con una certeza que nunca había sentido antes.
Lith no lo supo entonces, ni Bastien, ni Ash. Pero el sacrificio de Rosie había sellado el destino del Creador. Y yo sería quien ascendiera al trono que había arrebatado vidas por demasiado tiempo.








