Prólogo
El progenitor de la familia Jeon fue un caza reliquias toda su vida, iniciando su eterna afición un día cualquiera en el candor de su niñez. Aquel día que, sin poder anticiparlo, lo cambiaría todo para el niño de siete años que jugaba en el patio trasero de su casa como de costumbre.
La tarde cálida de verano estaba por llegar a su fin. La fuente de luz natural se agotaba entre la brisa templada, así como sus fuerzas para seguir pateando esa pesada pelota de cuero que imploraba por un descanso. El pequeño se sentó en el pasto reseco, respirando agitadamente mientras sobaba su frente perlada de sudor.
Un ladrido retumbó en el aire e instintivamente dirigió su atención a Perku, el enérgico pastor alemán que la familia Jeon había adoptado para cuidar la propiedad hace un tiempo. Rió entretenido al distinguir la capa de tierra revistiendo su hocico puntiagudo, obra de la ardua excavación que hicieron sus patas delanteras durante la tarde.
El menor adivinó que se trataba de otro intento infructuoso de recuperar aquel amado hueso de osobuco que había enterrado en el jardín semanas atrás y tristemente aún no lograba encontrar.
Sus piecitos se encaminaron al animal para observar la situación de cerca, queriendo comprobar qué tan profundo había llegado su labor esta vez. Al asomarse a la zanja, lo que vio tímidamente emergiendo entre la humedad de la tierra, lo desconcertó.
Era brillante, su aspecto parecía metálico. No, en definitiva eso no era el hueso perdido de Perku.
—¡Seungjun, hora de entrar! —la voz de su madre lo llamó desde el interior de la vivienda. Como siempre, se escuchaba malhumorada.
El pequeño se paralizó por un momento, contemplando sus opciones, y luego de compartir una rápida mirada cómplice con su mascota, se agachó ágilmente y extrajo el reluciente objeto desconocido. A medida que lo arrancaba del subsuelo fue descubriendo que una delgada cadena guindaba de su eje, era pequeño, parecía una especie de alhaja o collar muy delicado.
Una vez que lo tuvo en sus manos lo admiró por un momento, sus ojos brillaron con fascinación ante los detalles grabados en el fino metal de color cobrizo. El colgante tenía forma de corazón, una pequeña abertura adornaba el centro, simulando un ojo de cerradura. Lo manipuló con cuidado, hallando una grieta lateral en su inspección. Cuando el pequeño dije se abrió de par en par, revelando su contenido, Seungjun soltó un jadeo.
Jamás en su vida había visto un relicario tan particular y asombroso como ese. La figura de un insecto se alzaba en su interior, cincelado con tal perfección que parecía haber sido disecado y posteriormente enchapado en metal.
Y lo mejor de todo, él lo había encontrado.
Después de ese día no hubo ninguna actividad ni pasatiempo capaz de sacar al pequeño Seungjun de su, como él le llamaba, búsqueda del tesoro. Incontables fueron los regaños que recibió de su padre por arruinar el patio trasero con zanjas, incluso el ante jardín de los vecinos, todo por hallar más artefactos como el que desenterró Perku aquella tarde.
Con el pasar de los años el gusto por excavar y buscar reliquias por su cuenta fue perdiendo fuerza. No porque se hubiese extinto su interés, sino porque rara vez tenía hallazgos relevantes, además de que el trabajo demandaba de mucho tiempo y esfuerzo físico. Eran horas las que recorría la orilla de las costas de Busan, los parques o peladeros deshabitados, e incluso con la ayuda del detector de metales que le había regalado su abuelo, y su fiel compañero Perku, volvía con las manos vacías.
Así fue como llegó a asistir a sus primeras ferias, tiendas de antigüedades y subastas, decidido a seguir la caza de sus preciados objetos del pasado mediante otras estrategias. Seungjun era sólo un adolescente cuando comenzó a moverse en importantes puntos de compra y venta de reliquias, su nombre difundiéndose rápidamente entre los coleccionistas y aficionados involucrados en el mercado.
Llevada toda su trayectoria en el rubro, una vez que se recibió de Pedagogía en Historia en la universidad, se abocó a la tarea de cumplir el sueño que había perseguido toda su vida: abrir su propio anticuario.
Debido a la popularidad de la mercancía antigua en la época, y a su arduo trabajo, su negocio fue un éxito desde el primer momento. La ganancia obtenida en los primeros años incluso le permitió viajar a varios destinos alrededor del globo, acrecentando así su inventario y respectiva heterogeneidad con el pasar de cada visita. Tesoros de diferentes culturas, religiones, países y periodos históricos, se exhibían con majestuosidad sobre sus estantes, cautivando con su misteriosa elegancia a quien visitara el local que ofrecía un verdadero viaje en el tiempo.
Seungjun buscaba ser un mediador para que las personas, interesadas o no en la historia y sus vestigios, pudieran conectar con el pasado. No le parecía que elementos que habían sido parte del vivir de muchos debían ser simplemente reemplazados, u ocultos entre el polvo de áticos y rincones abandonados. Cada objeto poseía un valor histórico y significado incalculable, muchas veces rebelando aspectos importantes de la evolución y vida cotidiana de civilizaciones en un determinado espacio-tiempo, así como de la moda, la agricultura, la política, la literatura, el arte, la recreación, la religión, la tecnología, entre otros.
No por ser antiguas las antigüedades debían ser olvidadas, y las nuevas generaciones merecían conocerlas.
Nuevas generaciones como la de su hijo menor, Jeon Jungkook, quien había asumido un rol importante en la preservación y administración del anticuario "El eslabón perdido" desde que cumplió su mayoría de edad. La tarea llegó como una obligación en medio de sus estudios, y si era sincero consigo mismo, al joven le entusiasmaba poco y nada cumplirla.
Sin embargo, aquel desgano y resignación con la que solía pararse a diario tras el mostrador dio un giro de ciento ochenta grados cuando Park Jimin cruzó las puertas del almacén por primera vez.
Ninguno de los dos lo supo en ese momento, pero aquel cruce marcaría el hito inicial de una nueva historia. Allí, entre la estela latente del pasado y sus ecos desgastados, nacía el encuentro entre dos almas que parecían llevar vidas enteras buscándose.
¿Sería aquella coincidencia capaz de preservarse en el tiempo con el mismo éxito de los antiguos estantes que atestiguaron su nacer?








