CUANDO LA OSCURIDAD LLEGÓ A CASA
La sirena no suena, golpea. Es un aullido de metal que vibra en los dientes de Daniel. Luego, esa voz de trueno distorsionado que sale de los postes de luz:
—“Mantengan la calma... El exorcismo está en curso... No salgan de sus hogares...”—Daniel quiere obedecer, pero ya no tiene hogar. Solo tiene la mano de Ximena, que es más pequeña que la suya, y el miedo que le sube por las piernas como si fueran de plomo. A sus diez años, Daniel siente que sus rodillas se han convertido en piedras pesadas. Cada vez que sus tenis tocan el pavimento, el impacto le retumba en el pecho.—¿Cómo… cómo quieren que me calme…? —solloza, aunque el viento le corta las palabras.Detrás de ellos, la calle parece estirarse. La Sombra no hace ruido al caminar, pero Daniel siente su presencia como un frío que te lame la nuca. Es una masa oscura, como una nube de tormenta que bajó al suelo, esponjosa y sólida a la vez. No tiene cara, pero Daniel sabe que lo está mirando. Lo sabe porque los vellos de sus brazos están erizados desde que salieron de los escombros.—D-Dani… me duele… —chilla Ximena, tropezando.—No te sueltes —le dice él, apretándole los dedos con todas sus fuerzas—. ¡No mires atrás, Xime! ¡Corre como en la escuela!Siete días antes:A los diez años, el mundo de Daniel debería ser la tarea de matemáticas y el fútbol en la calle. Pero en su colonia, las Sombras siempre habían estado ahí, como un mal clima que nunca se quita.Esa semana, mamá estaba extraña. Daniel la veía desde la mesa mientras hacía sus dibujos. Ella ya no cantaba mientras cocinaba para calmarlos de cualquier cosa que se presentará. Se quedaba quieta, con el cuchillo en la mano, mirando hacia la ventana con los ojos muy abiertos, como si estuviera contando los segundos para algo malo.—Vayan a jugar al cuarto, amores —les decía, pero su sonrisa no llegaba a sus ojos. Era una sonrisa de mentira, una que Daniel podía notar aunque fuera pequeño.En el mercado, Daniel vio a los Exorcizadores. Eran hombres altos, cubiertos de armaduras negras con tonos azulados. Llevaban armas brillantes y caminaban como si fueran los dueños de la calle. Daniel se escondió detrás de la falda de su mamá cuando uno de ellos lo miró. El aire se sentía espeso, como si estuviera a punto de llover fuego.Y esa noche, el fuego llegó.No fue un ruido de monstruo. Fue un estallido. La casa, su lugar seguro, se partió en dos. El techo se convirtió en polvo y el comedor desapareció.Daniel vio a su mamá. Estaba ahí, bajo un bloque de cemento que era demasiado grande para que él lo moviera. Ella no gritó. Solo lo miró con una tristeza infinita. Sus ojos se veían grandes, llenos de lágrimas que no llegaron a caer porque la vida se le escapó en un segundo.—¡Mamá! —el grito de Daniel se quedó atorado en su garganta.El niño de diez años quiso excavar, quiso usar sus manos pequeñas para sacarla, pero entonces la vio. Una Sombra entró por el agujero de la pared. Se movía como si flotara, lenta, oliendo el aire con esa piel oscura y vibrante.Daniel sintió un frío que no era de este mundo. El instinto de un animal acorralado despertó en él. Agarró a Ximena, le tapó los ojos con su brazo y la sacó a rastras hacia la noche.Daniel esquiva un charco de algo oscuro que no quiere saber qué es. La colonia es un laberinto de gritos y sirenas. Ve a un señor llorando de rodillas, pero no se detiene. No puede. Si se detiene, la Sombra que los sigue los alcanzará.Él es solo un niño de diez años cargando con la vida de su hermana de siete. Sus pulmones le queman, sus piernas tiemblan y tiene ganas de sentarse en la banqueta a llorar hasta que su mamá venga por ellos.Pero la Sombra está más cerca. El sonido de su respiración irregular, como un fuelle roto, se escucha justo detrás de sus orejas.—Solo un poco más, Xime —miente Daniel, sintiendo que el corazón le va a estallar—. Solo un poco más…