Capítulo 1 "Un día cualquiera"
En un cuarto oscuro, con una lámpara colgada del techo, un hombre que está atado a una silla intenta escapar mientras grita nombres de personas, pidiéndoles ayuda. Su voz suena desesperada y se corta por momentos, como si ya no tuviera aire.
Mientras tanto, unos ojos salen de la oscuridad que rodea toda la habitación. Lo observan sin parpadear, esperando a que el hombre se dé cuenta de su presencia y deje de gritar.
Y así fue.
El hombre se queda en silencio poco a poco, como si sintiera que algo lo está mirando. Levanta la cabeza y ve los ojos brillando en la oscuridad. Luego, un brazo largo y delgado sale de la sombra y se dirige lentamente hacia su rostro.
El hombre lo mira aterrado. Intenta mover la silla, pero no puede. Cierra los ojos con fuerza.
—Que alguien… quien sea… me salve…
Un despertador comienza a sonar.
Un hombre llamado Martín se despierta bruscamente por la alarma y la pesadilla que acababa de tener. Se queda unos segundos sentado en la cama, respirando rápido, intentando entender lo que soñó, y sé da cuenta de una cosa.
Mira el reloj.
Marca las nueve de la mañana.
Su trabajo es en treinta minutos.
—Perfecto… —murmura.
Se levanta e inicia su rutina diaria.
Primero se dirige a la cocina, donde se prepara su desayuno. Al lado del congelador está su perro, Rudolf, que lo mira fijo esperando que le sirva su comida.
Pegada en el congelador encuentra una nota de su esposa que dice:
“Hola, amor. Esta vez Martu y yo te hicimos el desayuno por tu cumpleaños. Cuando vuelva, lo vamos a festejar juntos.”
Martín sonríe un poco.
—¡Qué justo! —dice al ver su desayuno sorpresa.
Luego de comer y servirle la comida a su perro, se dirige al baño para cepillarse los dientes. Cuando termina, se queda mirando el espejo.
Ve a un hombre de 40 años recién cumplidos, con el pelo corto y la barba afeitada.
-Nos parecemos tanto a papá- Dice Martin mientras se le escapa una pequeña risa
Se queda mirándose unos segundos más de lo normal.
Entonces ve algo en el reflejo.
La puerta del baño se abre lentamente… y desde afuera aparece una mano.
Martín gira rápidamente hacia la puerta.
Está cerrada.
No hay nadie.
Vuelve a mirar el espejo.
Nada.
Se queda en silencio, sintiendo un leve escalofrío en la espalda.
—Debe ser que estoy cansado—dice en voz baja.
Va a su dormitorio, se viste y abre la cortina para ver cómo está el día.
Afuera está soleado.
—Perfecto para salir con mi familia luego del trabajo—dice mientras toma su bolso.
Camina por el pasillo hacia la puerta principal. Mientras avanza, siente como si algo estuviera siguiéndolo. No escucha pasos, pero siente una presencia detrás de él.
Se detiene.
Mira hacia atrás, pero no hay nadie.
Suspira y sigue caminando.
Al sostener el picaporte, todas las luces de la casa se apagan de golpe y la oscuridad consume su casa.
Por suerte recuerda que en su bolso tiene una pequeña linterna. La enciende. La luz ilumina apenas el pasillo.
Intenta abrir la puerta, pero el picaporte no se mueve
Empuja con más fuerza, pero nada
—No me quedará de otra que ir al sótano y revisar la caja de la luz —piensa.
Empieza a caminar por el pasillo, que ahora se siente más largo de lo normal. La casa parece más silenciosa.
Pasa por la ventana donde antes había visto el sol.
Ahora ese panorama soleado fue consumido por la oscuridad total
De repente escucha a Rudolf ladrar en la cocina. Luego, el ruido de platos y utensilios cayéndose al suelo.
—¿Rudolf?
Martín corre hacia allí.
Cuando llega, apenas puede ver algo con la linterna. Apunta hacia la cocina.
Y entonces la ve.
Una criatura delgada, tan alta como el techo de la casa. Su cuerpo es alargado, extraño… pero tiene una forma similar a su perro.
La criatura mueve la cabeza lentamente hacia él.
Sus ojos brillan.
—R… Rudolf… —dice Martín con la voz quebrada.
La criatura se lanza sobre él.
Martín vuelve a despertarse.
Se levanta de la cama, confundido
—¿Qué acaba de pasar?
Mira el reloj.
Marca las nueve de la mañana.
Todo parece estar en orden. El día está soleado. Está por llegar tarde al trabajo.
Pero esta vez no se siente igual.
Algo no está bien.
Aun así, vuelve a comenzar su rutina.
La cocina. El desayuno. La nota. El baño.
Esta vez evita mirar demasiado el espejo.
Se viste. Toma su bolso. Camina hacia la puerta, un poco más tenso que antes.
Revisa la ventana por última vez.
Un hermoso día soleado como había visto antes
Respira profundo.
Se decide a abrir la puerta.
Pero no se abre.
Y las luces vuelven a apagarse.
FIN DEL CAPITULO 1








