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Objeto De Obsesión (OMEGAVERSE)

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Sinopsis

Dylan Lafort pasó de ser el heredero impecable de una de las familias más influyentes del país… a convertirse en un maestro anónimo en una universidad olvidada en medio de la nada. Un beta como él no debería destacar en un entorno dominado por jerarquías y poder. No debería llamar la atención. No debería provocar. Pero Dylan no solo destacó. Se convirtió en la obsesión de uno de los alfas más peligrosos que han pisado ese campus. Un hombre con influencia, reputación implacable y una voluntad que nunca ha conocido la palabra no. Lo que comienza como miradas demasiado largas y encuentros “casuales” pronto se transforma en algo mucho más inquietante. Porque ese alfa no está interesado en seducirlo. Quiere poseerlo. Quiere quebrarlo. Quiere convertir al beta invisible en algo que le pertenezca.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Rafa
Estado:
Completado
Capítulos:
25
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Capítulo 1: El Nuevo Mundo

La primera mentira que me dije a mí mismo fue que aquí podría ser invisible.

Stonewall University no era más que un conjunto de edificios de hormigón gris arañados por la humedad, perdidos en un pueblo que ni siquiera aparecía en los mapas de la carretera. El viento arrastraba hojas secas contra las paredes con un sonido que recordaba a papel arrugado, y yo respiré hondo, convenciéndome de que el olor a moho y libros viejos era el perfume de la libertad.

Libertad. Qué palabra tan ridícula para un hombre que lleva diez años entrenándose para ser perfecto y otros tres huyendo de su propia sombra.

Ajusté la correa de mi mochila contra el hombro y crucé el patio central. Nadie me miró. Nadie me saludó. Exactamente como lo había planeado.

—Profesor Lafort.

La voz del rector Valmont me alcanzó cuando ya casi rozaba la puerta del edificio de humanidades. Me detuve, maldiciendo internamente la necesidad de girarme, de sonreír, de ser el hijo educado que mi padre pagó miles de dólares por esculpir. Y que después desechó .

—Rector —respondí, con el tono justo entre respeto y distancia.

Valmont era un alfa de esos que aprenden a usar su designación como herramienta política. Canas en las sienes, traje impecable incluso en este agujero olvidado por Dios, y una sonrisa que prometía exactamente lo contrario de lo que sus ojos decían. Me estrechó la mano con la firmeza suficiente para recordarme su lugar en la cadena alimenticia.

—Bienvenido a Stonewall. Espero que encuentre el campus... acogedor.

—Estoy seguro de que así será.

Mentira número dos.

—Tenemos un cuerpo docente reducido, pero muy unido —continuó, sin soltar mi mano—. Los alfas marcan el paso, naturalmente, pero siempre apreciamos perspectivas... frescas.

El leve énfasis en frescas me hizo mantener la sonrisa por puro instinto de supervivencia. Había crecido rodeado de alfas. Sabía reconocer cuándo uno estaba evaluando mi grosor de piel.

—Haré lo posible por integrarme sin alterar el paso, rector.

Eso pareció gustarle. Asintió, me palmeó el hombro —demasiado cerca del cuello para mi comodidad— y siguió su camino, dejándome con la certeza incómoda de que mi llegada a la nada había sido registrada por alguien con poder.

No importa, pensé, empujando la puerta. Solo soy un beta más. El rector saluda a todos los nuevos.

Pero mientras subía las escaleras hacia mi nueva oficina, no pude evitar sentir que la mano de Valmont había dejado una mancha invisible sobre mi chaqueta.

La cafetería del campus bullía con ese ruido específico de los primeros días de clase. Bandejas chocando, sillas arrastrándose, risas demasiado altas de chicos que aún no aprenden a modular su existencia.

Yo sostenía una taza de café tan malo que casi podía sentir cómo me corroía el estómago por dentro, buscando con la mirada una mesa alejada del gentío. Las encontré todas ocupadas.

Por supuesto. Bienvenido al mundo real, Dylan. Aquí no hay asistentes que te reserven sitio.

—¿Profesor Lafort?

La voz de mujer me hizo girar con el café peligrosamente cerca del borde de la taza. Una beta de pelo oscuro y sonrisa fácil me observaba con una curiosidad que no supe cómo interpretar.

—Clara Méndez —se presentó, tendiéndome la mano—. Profesora adjunta de literatura comparada. Nos contactamos por el correo institucional.

—Claro —mentí—. Un placer conocerla en persona.

No recordaba su nombre. Ni su rostro. Ni un solo correo.

—El rector me pidió que le echara un ojo —dijo, y su sonrisa se ensanchó—. No se preocupe, es su manera de decir que le caigo bien. El otro método es que le invite a una reunión a las siete de la tarde un viernes. Eso significa que quiere destruirlo profesionalmente.

Reí. Fue un sonido extraño, uno que no recordaba haber emitido en meses.

—Agradezco la advertencia.

—Si quiere sentarse con nosotros —señaló una mesa donde un par de profesores más jóvenes discutían con entusiasmo sobre algo que parecía absolutamente trivial—, hay sitio.

No. El plan era pasar desapercibido. El plan era no generar vínculos. El plan era…

—Con gusto.

Mierda.

Clara me guió entre las mesas con una naturalidad que me hizo sentir, por un momento, que esto podría funcionar. Que podría ser solo Dylan, el profesor nuevo, y no Dylan Lafort, el beta que arruinó su propio matrimonio por dignidad, el hijo que decepcionó a su padre, el…

El peso en la nuca llegó sin aviso.

Así, de repente. Como si alguien hubiera apoyado una mano helada justo en la base de mi cráneo.

Me detuve en medio del pasillo entre mesas. Clara siguió avanzando un par de pasos antes de notar que ya no la acompañaba.

—¿Profesor?

No respondí. No podía.

Porque mis ojos ya habían encontrado el origen de esa presión, y mi cerebro se negaba a procesar lo que veían.

Al fondo de la cafetería, en una mesa que parecía existir en una dimensión paralela al resto del mundo, había un hombre.

Solo uno, aunque a su alrededor se agolpaban otros cuerpos. Alumnos, probablemente, o tal vez profesores más jóvenes. Daba igual. Eran decoración. Figuras de cera alrededor de un incendio.

Él no miraba hacia otro lado cuando nuestros ojos se encontraron.

Llevaba el pelo oscuro, más largo de lo que dictaba cualquier moda, y vestía una camisa negra con las mangas remangadas hasta los antebrazos de una manera que parecía descuidada y, al mismo tiempo, milimétricamente estudiada. Su mandíbula era una línea recta, tensa, y sus ojos...

No apartes la mirada. Eso es lo que quieren los alfas. Demostrar que pueden hacerte bajar la vista.

No los aparté.

Pero tampoco pude sostenerla.

Fue él quien rompió el contacto primero, desviando la atención hacia algo que uno de sus acompañantes decía. Pero esa fracción de segundo fue suficiente. Supe, con una certeza que no podía explicar, que no lo había hecho por sumisión. Lo había hecho porque ya había obtenido lo que quería.

Y yo no sé qué era.

—¿Profesor? —la voz de Clara llegó desde algún lugar a mi izquierda. Había regresado—. ¿Se encuentra bien?

—Sí —mi voz sonó más rasgada de lo que pretendía—. Solo... el café. Demasiado caliente.

Ella miró mi taza, que ya debía estar tibia, y luego siguió la dirección de mi mirada. Cuando volvió a mí, sus ojos tenían un brillo diferente.

—Ah. Ya veo.

—¿Qué ve?

—A Killian Dolsh. —El nombre cayó entre nosotros como una piedra en agua tranquila—. Supongo que nadie te advirtió.

—¿Advertirme de qué?

Clara sonrió, pero esta vez no había calidez en el gesto. Solo una especie de resignación cansada.

—De que en Stonewall, las jerarquías no son teoría. Son supervivencia. Y Dolsh... bueno. Dolsh está en la cima.

Un alfa. Por supuesto.

—No me interesan las jerarquías —dije, enderezando la espalda—. Vine aquí a enseñar.

—Qué bonito —murmuró Clara, y por un momento supe que ella también había llegado con ese mismo propósito, años atrás—. Ven, siéntate. El café se enfría.

Me dejé llevar, pero durante toda la comida, durante las presentaciones y las anécdotas y las risas fingidas, sentí ese peso en la nuca.

No volví a mirar hacia la mesa del fondo.

Pero supe, con la misma certeza con la que sabía mi propio nombre, que él sí me estaba mirando a mí.

Tres días después, el pasillo estaba vacío.

Había sido un jueves extraño, de esos en los que las clases terminan antes de lo previsto y el campus entero parece contener la respiración antes del fin de semana. Yo caminaba hacia la salida, los pies guiándome automáticamente mientras mi cabeza seguía dándole vueltas a la clase de la mañana.

El programa de literatura del siglo XIX es un desastre. ¿Cómo esperan que los estudiantes entiendan a los Brontë sin contexto histórico? Si pudiera reorganizar las sesiones, empezar con—

El pie derecho encontró algo que no debería haber estado ahí.

O tal vez fue un empujón.

Nunca lo supe con certeza.

El caso es que el mundo se inclinó de repente, y mis brazos se abrieron en un reflejo inúil mientras el suelo de mármol gris se precipitaba hacia mi cara.

No llegué a caer.

Unas manos me sujetaron por los antebrazos, firmes como hierro, y me enderezaron con una facilidad que me hizo sentir, por un instante, ridículamente liviano.

—Tenga cuidado, profesor Lafort.

La voz era grave. No profunda, no especialmente modulada, sino grave de una manera que no necesitaba volumen para llenar el espacio. Y estaba demasiado cerca.

Levanté la vista.

Y allí estaba él.

Killian Dolsh.

De cerca era peor. Mucho peor. Sus ojos tenían un color indefinible, algo entre gris y verde, como el mar antes de una tormenta. Y su boca... su boca no sonreía, pero tampoco estaba seria. Era una expresión neutral que, por alguna razón, resultaba más inquietante que cualquier amenaza explícita.

—Gracias —las palabras salieron automáticas, mientras intentaba recuperar mis brazos.

No los soltó.

—Los pasillos pueden ser peligrosos —dijo, como si comentara el clima—. Sobre todo para quien no mira por dónde pisa.

¿Es una amenaza? ¿Es una advertencia? ¿Es una broma?

—Suelo ser consciente de mi entorno —respondí, y mi voz sonó más fría de lo que pretendía. O tal vez exactamente tan fría como pretendía—. Hoy hubo una... distracción.

—¿Una distracción?

—Los estudiantes. Las clases. La vida.

Sus dedos apretaron imperceptiblemente mis antebrazos antes de soltarme. El contacto desapareció, pero la sensación quedó, como un eco en la piel.

—Debe ser agotador —dijo—. Tantos pensamientos a la vez.

No supe si era un cumplido o un insulto. Sospeché que ninguna de las dos cosas.

—¿Nos conocemos? —pregunté, aunque sabía perfectamente que no era así. Lo que quería era recuperar el control de la conversación.

—No —respondió—. Pero sé quién es usted.

El silencio que siguió fue incómodo solo para mí. Él parecía perfectamente a gusto, observándome con una intensidad que rozaba lo clínico.

—Yo también sé quién es usted —dije, y fue un error. Lo supe en el momento exacto en que las palabras salieron de mi boca.

Su expresión cambió. No hacia algo reconocible, no hacia una sonrisa o un ceño fruncido. Simplemente... se volvió más presente. Más enfocada.

—¿Y bien?

—Killian Dolsh —dije, como si recitar su nombre me devolviera algo de poder—. Alfa. Dueño de media universidad, si las habladurías no mienten.

—Las habladurías siempre mienten. —Dio un paso hacia mí. Solo uno. Pero el espacio entre nosotros se redujo a algo incómodamente íntimo—. No soy dueño de nada. Solo... influyo en ciertas cosas.

Retrocede. Dile que tienes prisa. Vete.

No retrocedí.

—Bonito eufemismo para el control.

Sus ojos brillaron. Literalmente. Fue un destello, una fracción de segundo, pero lo vi. Como si hubiera dicho exactamente lo que él esperaba.

—Usted entiende de eufemismos, ¿verdad, profesor Lafort? —Su voz bajó un tono, obligándome a inclinarme ligeramente hacia él para escuchar—. O debería decir... ¿Lafort a secas? ¿O hay algún otro nombre que prefiera?

El mundo se detuvo.

Lo sabe.

—No sé a qué se refiere.

—Claro que no.

Sonrió.

Fue la primera sonrisa que le veía, y era una cosa terrible. No por amenazante, sino porque durante un segundo, solo un segundo, pareció genuina. Como si compartiéramos un secreto.

—Que tenga buena tarde, profesor —dijo, y se apartó—. Cuídese de los pasillos. Nunca se sabe qué puede encontrar en ellos.

Y se fue.

Se limitó a rodearme y continuar caminando como si nada, como si no acabara de removerme el suelo bajo los pies con cinco frases y una sonrisa.

Yo me quedé allí, en medio del pasillo vacío, con los brazos aún hormigueando por el recuerdo de sus dedos.

Solo es un alfa. Solo es un alfa acostumbrado a que todos se dobleguen. No sabe nada. No puede saber nada.

Pero mientras caminaba hacia mi oficina, con las manos temblorosas y el corazón golpeándome las costillas como un pájaro enjaulado, supe que me estaba mintiendo.

Mi oficina era pequeña, mal iluminada y perfecta.

Nadie venía a buscarme allí. Nadie sabía que existía. Pasaba horas entre pilas de libros y ensayos por corregir, construyendo una coraza de normalidad que me protegía del mundo exterior.

Esa tarde, al abrir la puerta, noté algo diferente.

El olor.

Alguien había estado allí.

No era un olor desagradable, ni siquiera reconocible. Solo... presencia. Como cuando entras a una habitación y sabes que no estás solo, aunque no veas a nadie.

Revisé cada rincón. El armario. Debajo del escritorio. Detrás de la cortina.

Nada.

Estás paranoico. Te ha afectado más de lo que crees.

Entonces lo vi.

Sobre mi mesa, junto al ordenador, había un libro que no recordaba haber dejado allí.

Me acerqué lentamente, como si el objeto pudiera saltar sobre mí. Era una edición vieja, de esas que huelen a polvo y biblioteca universitaria. Al cogerlo, algo se deslizó desde su interior y cayó al suelo.

Un artículo académico.

Lo recogí con dedos que empezaban a temblar.

“La construcción del sujeto en la poesía romántica tardía”

Autor: Dylan Lafort

Publicado en: Revista de Estudios Literarios, Vol. 23

El artículo que escribí cuando aún era el heredero perfecto. Cuando mi padre presumía de mis logros en cenas de empresa y Kyle... Kyle aún me miraba como si yo fuera suficiente.

¿Quién? ¿Quién ha podido...?

La nota apareció cuando el artículo estuvo completamente desplegado. Un papel blanco, doblado una sola vez, con una caligrafía que no reconocí:

“Sé quién fue. Me pregunto quién es ahora.”

Sin firma.

Sin necesidad.

El papel crujió entre mis dedos mientras una mezcla de miedo y algo que no me atrevía a nombrar me recorría la columna vertebral.

No es una amenaza. Es una promesa.

O una advertencia.

O una invitación.

Apoyé ambas manos en el escritorio y respiré hondo, una, dos, tres veces. El control. El control era lo único que me había mantenido entero después del divorcio, después de la huida, después de todo.

No voy a perderlo ahora. No por un alfa con demasiado tiempo libre y una obsesión por los juegos psicológicos.

Pero cuando levanté la vista hacia la ventana, hacia el campus gris que se oscurecía lentamente, supe que ya era demasiado tarde para pensar en términos de control.

Porque él ya había entrado.

Y no hablaba de pasillos cuando decía que nunca se sabía lo que podía encontrarse en ellos.

El teléfono sonó a las once de la noche.

Lo miré durante tres tonos completos antes de decidir responder. Número desconocido.

—Dígame.

Silencio.

Luego, su voz. Tan cerca que parecía estar al otro lado de la puerta, no de una línea telefónica.

—Buenas noches, profesor Lafort.

No preguntó si lo interrumpía. No se disculpó por la hora. Simplemente dijo mi nombre, y yo sentí que el mundo se inclinaba de nuevo.

—¿Cómo consiguió este número?

—¿Le sorprende?

—No. Me molesta.

Otro silencio. Largo. Incómodo solo para mí.

—Debe de ser agotador —dijo al fin—. Estar siempre tan... defendido.

—Es una elección.

—¿O una condena?

Cuelga. Cuelga ahora.

—¿Qué quiere, Dolsh?

—Quiero que sepa que no voy a hacerle daño. —La frase cayó en la línea como un guante—. No físico, al menos.

—¿Y se supone que eso debe tranquilizarme?

—No. —Su voz cambió. Se volvió más baja, más lenta, más... presente—. Se supone que debe mantenerlo despierto. Preguntándose qué vendrá después.

Monólogo interno:

Dile que te deje en paz. Es lo que haría cualquier persona sensata.

Pero no eres sensato. Nunca lo has sido. Por eso estás aquí, solo, en una universidad perdida, contestando el teléfono a un desconocido a las once de la noche.

Cuelga.

Pero quieres saber más.

Quieres saber qué sabe.

Quieres saber por qué te mira así.

Quieres saber…

No quieres saber nada. Quieres que pare.

—No voy a jugar a sus juegos —dije, y mi voz sonó firme. Orgullosa. Mía.

—Ya está jugando, Dylan.

Mi nombre. No profesor. No Lafort.

Mi nombre.

Y dicho así, con esa voz grave y cercana, sonaba a otra cosa. A una promesa que no entendía. A una amenaza que no sabía descifrar.

—Tenga buenas noches —dije, y colgué.

El silencio de la habitación me envolvió como una mortaja. Me quedé mirando el teléfono, esperando que volviera a sonar, rezando para que no lo hiciera.

No sonó.

Pero cuando finalmente me metí en la cama, cuando cerré los ojos y traté de encontrar el sueño, su voz seguía ahí.

“Preguntándose qué vendrá después.”

Y lo peor de todo es que tenía razón.

Porque mientras la oscuridad se cerraba a mi alrededor, solo podía pensar en una cosa:

¿Qué vendría después?

A la mañana siguiente, encontré una rosa negra apoyada contra la puerta de mi oficina.

Sin nota.

Sin explicación.

Solo la rosa, y el eco de su voz, y la certeza horrible y eléctrica de que esto no había hecho más que empezar.

La recogí con cuidado, como si pudiera quemarme, y durante un segundo—solo un segundo—imaginé que el color negro no era negro, sino el gris de sus ojos.

—Esto no va a terminar bien— pensé, mientras abría la puerta.

Y sonreí.

No supe por qué.

Pero sonreí.

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acojoná estaría yo si fuera Él

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mana, mi yo racional andaria cagada de miedo, mi yo loquilla andaria pensando en como devolverle lo mismo enfrentarlo y jugar su juego jaja

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