①
La casa olía a naftalina y a flores marchitas.
Era un olor que se había adherido a las cortinas y a los muebles desde el día del funeral, un perfume fúnebre que se negaba a disiparse. Para la tía de Jimin y Jungkook, ese olor era el preámbulo de todo lo que estaba mal.
Estaba en la cocina, preparando un té que nadie se tomaría, con los oídos atentos al silencio de la casa. Un silencio denso y pesado, raramente roto por las voces de sus sobrinos.
Desde la muerte de su hermana, todo se había vuelto raro.
Los chicos, siempre unidos, ahora eran una sola entidad. Se movían por la casa como si estuvieran conectados por un hilo invisible, un reflejo perfecto del otro. Donde uno estaba, el otro estaba a punto de llegar. Pero no era la camaradería de los mellizos que ella recordaba de su propia infancia. Esto era diferente. Era denso, cargado.
Jungkook, el mayor por siete minutos, se había vuelto la sombra de Jimin. Si Jimin se sentaba en el sofá, Jungkook se sentaba a su lado, tan cerca que sus muslos se tocaban. Si Jimin se levantaba para buscar un vaso de agua, Jungkook estaba allí para dárselo. Su tacto era constante, una mano en la parte baja de la espalda de su hermano, los dedos rozando la nuca de Jimin mientras veían la televisión. Lo manejaba con una autoridad suave pero innegable, decidía qué veían, qué comían, a qué hora se acostaban. Y Jimin aceptó todo con una sonrisa plácida, una receptividad que rayaba en la sumisión.
Era como si fueran una pareja, y esa idea le helaba la sangre.
“Estás viendo cosas”, se repetía una y otra vez. “Son solo unos chicos que acaban de perder a su madre. Se están aferrando el uno al otro”. Pero la escena de la noche anterior la había mantenido despierta.
Jungkook había estado alimentando a Jimin con una cuchara, como si fuera un niño pequeño, y Jimin había abierto la boca con una confianza absoluta, sus ojos brillando con una devoción que no era fraternal. Fue ese instante el que sembró la semilla de la duda, una duda tan oscura y repulsiva que la hizo sentir culpable.
Con el corazón en un puño, dejó la taza de té sobre la encimera y se dirigió silenciosamente por el pasillo.
La puerta del dormitorio principal, el que antes era de su hermana, estaba entreabierta. Una rendija de luz se filtraba por ella, cortando la oscuridad del pasillo. Un sonido bajo, un gemido ahogado, llegó hasta sus oídos. Su primer pensamiento fue que uno de ellos estaba teniendo una pesadilla. Empujó la puerta suavemente, con la intención de consolar.
Lo que vio borró cualquier pensamiento de consuelo de su mente para siempre.
La habitación estaba iluminada solo por la luz de la luna, que daba a los cuerpos de sus sobrinos un aspecto etéreo y demoníaco al mismo tiempo. Estaban en la cama, la cama de su hermana, y estaban desnudos. Jungkook estaba detrás de Jimin, que estaba arrodillado sobre las sabanas, con la espalda arqueada y la cabeza echada hacia atrás, apoyada en el hombro de su hermano. Sus ojos estaban cerrados, la boca ligeramente abierta, y de sus labios escapaban pequeños gemidos que no eran de dolor.
Jungkook lo sostenía por las caderas, sus brazos musculosos tensos mientras movía las suyas con un ritmo lento y profundo.
Su rostro, de perfil, era una máscara de concentración brutal y éxtasis. Sus labios se movían, susurrando palabras que ella no podía oír pero cuyo significado era innegable en la intimidad del acto. Una de sus manos se deslizó por el estómago de Jimin, hacia abajo, hasta rodear su miembro erecto, que goteaba sobre las sábanas. Jimin gimió más alto al contacto, un sonido animal y necesitaba que la heló hasta los huesos.
— Calla, mi amor.. —escuchó susurrar a Jungkook, su voz grave y rota por el placer— Tenemos que ser silenciosos..
El shock fue tan grande que su cuerpo no reaccionó. No pudo gritar, no pudo retroceder. Solo pudo quedar allí, paralizada, viendo cómo el sobrino que había visto crecer, al que le había enseñado a montar en bicicleta, sodomizaba a su hermano mellizo. Y cómo Jimin, el dulce y tímido Jimin, se desparramaba bajo él, empujando sus caderas hacia atrás para encontrar una mayor profundidad, sus manos buscando y aferrándose al brazo de Jungkook como si fuera su único salvavidas.
El mundo se desmoronó.
El recuerdo de su hermana, sonriente y orgullosa de sus hijos, se convirtió en una imagen grotesca. ¿Fue esto lo que la volvió loca? ¿Fue encontrar a sus preciosos hijos, sus mellizos perfectos, en este acto antinatural lo que la llevó a la tumba? La idea era tan monstruosa que le provocó una náusea instantánea. Cubrió su boca con la mano para no emitir ningún sonido, mientras las lágrimas comenzaban a quemar sus ojos.
Vio cómo Jungkook aceleraba el ritmo, sus embestidas se volvían más fuertes, más desesperadas. El sonido de su piel golpeando la de Jimin era húmedo y obsceno, una percusión sádica que se grabaría en su memoria para siempre.
Jimin ya no gemía, sollozaba, lágrimas corriendo por sus mejillas mientras su cuerpo era sacudido por el forcejeo. Era una escena de violación y de amor, de dolor y de éxtasis, todo mezclado en un torbellino incomprensible y horripilante.
— Jungkook.. por favor.. —suplicó Jimin, su voz un hilo roto— Más..
La respuesta de Jungkook fue un gruñido bajo. Se inclinó y mordió el hombro de Jimin, no con suavidad, sino con una ferocidad posesiva, dejando una marca roja y oscura en su piel pálida. El acto fue tan brutal, tan animal, que a ella le dio un vuelco el corazón. Jimin gritó, pero el grito se transformó en un lamento de placer puro cuando su cuerpo se convulsionó en un orgasmo violento, derramándose sobre la mano de su hermano y las sábanas.
Jungkook lo siguió al instante, con un último embistimiento profundo y un grito ahogado contra el cuello de Jimin. Se quedaron así, unidos, jadeando, sus cuerpos temblando en consecuencia.
Ella vio como Jungkook besaba suavemente la marca que había dejado, cómo sus manos acariciaban la espalda sudorosa de Jimin con una ternura que era aún más aterradora que la brutalidad del acto.
Era una ternura de amantes, de esposos.
Finalmente, su cuerpo reaccionó. Dio un paso atrás, tropezando con sus propios pies. El pequeño ruido hizo que Jungkook levantara la cabeza, sus ojos, dos destellos verdes en la oscuridad, se encontraron con los suyos. No hubo sorpresa en su mirada. No hubo pánico. Solo una calma helada, un desafío silencioso. Como si estuviera diciendo, ¿Y qué? ¿Qué vas a hacer al respecto?
Esa mirada la rompió.
Se dio la vuelta y corrió. Corrió por el pasillo, bajó las escaleras.
No corrió hacia la puerta. Corrió hacia la cocina, como un animal asustado que busca la seguridad de su madriguera. Se apoyó en el frío mármol de la encimera, con las manos temblando tanto que no podía sostenerse. El sonido de sus propios jadeos era ensordecedor en el silencio de la casa.
La imagen se repetía una y otra vez en su mente como una película maldita; la espalda arqueada de Jimin, los brazos tensos de Jungkook, el movimiento brutal, el gemido que no era de dolor. Se sentía sucia, como si la obscenidad de lo que había visto se le hubiera adherido a la piel.
Necesitaba salir, necesitaba aire, necesitaba..
La puerta de la cocina se abrió. No entró corriendo ni con urgencia. Entró caminando, con la misma calma letal que la había paralizado momentos antes. Era Jungkook. Se había puesto unos pantalones de pijama, pero su torso permanecía desnudo, y la luz de la cocina le resaltaba los músculos de su pecho y abdomen. Parecía un depredador que ha acabado de saciar su hambre y ahora se enfrenta a un intruso en su territorio.
— Tía.. —dijo su voz, tranquila, casi conversacional. No había ni rastro de vergüenza en ella. Solo una autoridad natural que la hizo sentir pequeña y fuera de lugar— ¿Te pasa algo? Estás pálida..
Ella no pudo hablar. Las palabras se atascaron en su garganta, un nudo de pánico y repulsión, ¿Qué podía decir?
«¿Vi cómo violabas a tu hermano?»
«¿Sé lo que hacen?»
Las palabras sonaban absurdas, irreales.
Él se acercó lentamente, y ella se encogió contra la encimera, sin poder moverse. Abrió el refrigerador y sacó una botella de agua. Se sirvió un vaso, bebió un largo trago y luego se lo ofreció a ella.
— Bebelo.. —ordenó suavemente. No era una sugerencia. Era una orden.
Sus manos temblaban tanto que casi se le cae el vaso. Se lo llevó a los labios y el agua le supo a metal y a miedo.
— ¿Qu-… qué han hecho?.. —logró susurrar, la voz apenas un hilo.
Jungkook se recostó contra la encimera a su lado, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo. La miró con sus ojos oscuros, inquisitivos, y por un momento, pensó que estaba jugando con ella, disfrutando de su tormento.
— Nos hemos querido.. —dijo él, y la simpleza de la frase fue más impactante que cualquier grito— ¿Es eso tan difícil de entender? A mamá no le pareció mal..
La botella de agua se le resbaló de las manos y estalló contra el suelo, salpicándolos a ambos con agua y fragmentos de cristal. Ella no se movió. Sus ojos se fijaron en él, horrorizados.
— ¿Qu-... qué dices?.. —sollozó— ¿De tu madre?..
— Sí.. —dijo Jungkook, con una sonrisa torcida— Ella siempre supo que éramos especiales. Que éramos uno solo. Nos decía que nuestro amor era puro, que no lo entendían los demás. Que teníamos que protegernos de ellos. De gente como tú, tía. Gente que juzga lo que no puede sentir.
La revelación la golpeó como una puñalada. El misterio de la muerte de su hermana se resolvía de la forma más grotesca imaginable. No se volvió loca. Se ahogó en esta verdad, en este amor podrido que había alimentado hasta que la consumió. Fue cómplice. Fue la guardiana de esta puerta cerrada.
— No... no es verdad... —murmuraba, sacudiendo la cabeza.
— ¿Por qué crees que se suicidó, tía?.. —continuó Jungkook, su voz ahora un susurro venenoso— No fue por tristeza. Fue porque supo que se estaba muriendo y no podía soportar la idea de dejarnos solos, a merced del mundo. De gente como tú. Nos dejó solos para que pudiéramos ser felices..
Justo entonces, Jimin apareció en la puerta. Llevaba una bata de seda pálida, y su pelo estaba desordenado. Tenía los ojos rojos y hinchados, como si hubiera estado llorando, pero su rostro, al ver a Jungkook, se suavizó en una expresión de pura devoción.
No miró a su tía. Sus ojos solo eran para su hermano.
— Jungkook... —llamó su voz, suave y melódica— He echado de menos tu calor..
Jungkook se giró hacia él, y toda la dureza de su rostro se desvaneció, reemplazada por una ternura que la hizo sentir aún más enferma. Le extendió la mano y Jimin fue a ella, como un imán. Se acurrucó a su lado, con la cabeza en el hombro de Jungkook, y él rodeó su cintura con un gesto protector y posesivo.
— Ya estoy aquí, mi amor.. —susurró Jungkook, besando la frente de Jimin— Estaba solo tranquilizando a nuestra tía. Ha tenido un susto..
Jimin finalmente la miró, y no hubo vergüenza ni miedo en sus ojos. Solo una especie de piedad condescendiente, como si ella fuera una niña que no entiende el mundo.
— No tengas miedo, tía.. —dijo Jimin, con una voz tan dulce que le resultaba repulsiva— Nosotros te queremos. No te haremos daño..
Actuaban como dos niños, hablándole como si ella fuera la amenaza. Como si su mundo normal y decente fuera el peligro. Y en ese momento, comprendió la verdad absoluta, no podía hacer nada. Llamar a la policía ¿y decir qué?
“Mis sobrinos se aman demasiado"
Se reirían de ella. Contárselo a su familia ¿Y qué? ¿Le creerían? ¿O la acusarían de locura, como seguramente pensaron que estaba su hermana?
Estaba atrapada, y ellos lo sabían.
Con el alma destrozada y el corazón lleno de un dolor que nunca se curaría, dio media vuelta. Caminó hacia la puerta de entrada, con los pasos de los hermanos grabados en su espalda. No se despidió. No miró atrás.
Abrió la puerta y salió a la noche fría. La puerta se cerró detrás de ella con un suave clic. El sonido no era el de una puerta que se cierra. Era el de un sepuldro que se sella. Desde la ventana del salón, los vio abrazarse, sus siluetas entrelazadas bajo la luz de la luna. Se sonreían, se veían tan felices, tan completos.
Y entonces se preguntó, con las lágrimas finalmente corriendo libremente por su rostro, cómo algo que para ellos podía sacarles sonrisas tan sinceras, para otros podía estar tan mal.
Tan, tan errado.
૮ • ﻌ - ა