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Nunca me dejes ir

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Nyx dejó todo atrás para demostrar que podía sola. Lo que no esperaba era encontrarse con alguien que cuestionara cada una de sus defensas. Y a veces el amor no llega para salvarte.... sino para cambiarte.

Genero:
Romance
Autor/a:
Mía Galdamez
Estado:
Completado
Capítulos:
16
Rating
4.7 3 reseñas
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

© 2026 Mia Galdamez

Todos los derechos reservados.

Esta obra es ficción.

Los nombres, personajes, lugares y sucesos son producto de la imaginación del autor o se usan de manera ficticia.

Cualquier parecido con personas reales es pura coincidencia.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin autorización del autor.

Te recomiendo leer esta historia acompañada de su playlist 🤍Cada canción fue elegida para sentir las emociones, los silencios y los momentos que no siempre se dicen con palabras.

🎧 Playlist oficial de Never Let Me Gohttps://open.spotify.com/playlist/2aZgQrUvzMAmbkbee0aBNU?si=zUtdUhs_SMq28TewSa59iQ&pi=bZKiwlGvQBC8v






Nunca pensé que una sola persona pudiera cambiar tanto mi mundo, no ese tipo de cambio bonito que aparece en las películas románticas, sino el que te descoloca, te incomoda, y, aun así, te obliga a mirar dos veces.

Corea era mi nuevo comienzo, un país distinto, un idioma que apenas entendía, una vida que estaba intentando construir con mis propias manos.

No vine buscando amor, ni dramas, ni miradas intensas capaces de hacerme perder el equilibrio, vine a trabajar, a crecer, a ayudar a mi familia.

Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.

Un choque accidental, una mirada cargada de desprecio, palabras que dolieron más de lo que deberían.

Y después, la ironía más cruel de todas, volver a encontrarnos, todos los días, en el mismo lugar, compartiendo el mismo espacio.

Dicen que del odio al amor hay solo un paso, no sé si eso sea cierto.

Lo único que sé es que hay personas que llegan a tu vida para sacudirlo todo, incluso cuando juras que jamás las dejarías entrar.

Y esta historia —me guste o no— empezó así.

Me llamo nyx, mis padres eran amantes de la fantasía y pensaron que sería un nombre perfecto para su primera hija, tengo veinticuatro años, cabello castaño, piel clara y unos ojos café que se aclaran bajo el sol, mido alrededor de uno sesenta y hago ejercicio casi todos los días, así que mi cuerpo terminó volviéndose más atlético de lo que imaginaba.

No sigo dietas estrictas —me gusta demasiado la comida para eso—, el café, especialmente, es mi debilidad.

Hace seis meses dejé a mi familia en mi país natal y me mudé sola después de conseguir trabajo en una de las mejores empresas de corea, a veces todavía me parece irreal pensarlo, ahora vivo aquí, después de graduarme pasé meses enviando currículums sin respuesta, hasta que una llamada inesperada lo cambió todo, una empresa coreana quería que me uniera a su equipo, mi coreano aún es básico —“buenos días”, “gracias”, “adiós”— palabras que repito como un eco cada vez que entro al trabajo, pero me esfuerzo.

Trabajo en el área publicitaria, en un equipo lleno de extranjeros, así que nos comunicamos en inglés, aun así, este año decidí que ya no quiero limitarme a sobrevivir.

Quiero entender, quiero pertenecer.

Por eso me inscribí en clases de coreano que empiezan la próxima semana, estoy lista para sumergirme de lleno en el idioma, aunque, si soy honesta, también muerta de miedo.

Desde que llegué he encontrado amistades que se sienten como hogar.

Su min es dulce y tranquila; aunque es coreana, creció en estados unidos, y esa mezcla la hace única, luego está kiara, con quien conecté desde el primer día, y tyler, que siempre logra hacernos reír incluso en los peores momentos, los tres se convirtieron en mi apoyo constante.

Trabajamos juntos y, después del trabajo, casi nunca vamos directo a casa, siempre inventamos algo: karaoke, probar comida nueva o simplemente caminar sin rumbo.

Los sábados por la noche solemos ir al río han, nos sentamos durante horas mirando las luces reflejarse en el agua, hablando de todo y de nada, a veces terminamos en una tienda de conveniencia comprando snacks baratos solo para alargar el momento.

Hay algo en ese lugar que me hace sentir libre, como si, por un rato, no tuviera que preocuparme por nada.

Vivo en un apartamento pequeño pero cálido, lo llené de plantas porque me gusta la sensación de vida que traen consigo, y, por supuesto, está queen.

Mi gatita blanca, mimosa y demandante de cariño.

La cereza del pastel en esta nueva vida.

Por las noches salgo a correr y, cuando vuelvo, lo primero que hago es besar su cabecita suave, después me pongo la ropa más cómoda que encuentro, preparo algo de comer y enciendo la televisión, casi todo está en coreano, así que muchas veces no entiendo nada, pero dejo los subtítulos en inglés y me conformo con la ambientación.

Esa noche miré el calendario.

Lunes.

El inicio de mis clases de coreano.

Sentí un nudo en el estómago.

Aprender inglés fue relativamente fácil, pero el coreano es otro mundo, a veces dudo de si realmente podré dominarlo, aun así, sé que tengo que intentarlo, porque si voy a empezar de nuevo, quiero hacerlo de verdad.

Mañana es sábado, mi día de descanso.

Mis amigos estarían ocupados, pero no me molestaba demasiado, a veces estar sola también se siente como un lujo, silencio, tiempo, respirar sin prisas.

Me desperté temprano, como ya se había vuelto costumbre desde que llegué a corea, me puse ropa deportiva, recogí mi cabello en una coleta alta y salí a correr, el parque aún estaba medio vacío, el aire frío de la mañana me despejó la mente desde la primera zancada.

Corrí casi cinco kilómetros antes de detenerme en un banco.

El sol tibio rozaba mi cara, la brisa olía a primavera, los cerezos estaban en plena floración, dejando caer pétalos rosados que flotaban en el aire como nieve suave.

Por un momento, todo se sintió, perfecto, como si mi vida, por fin, estuviera en calma.

Cerré los ojos, respiré hondo y me levanté para volver a casa.

Y entonces pasó.

Giré rápido en la curva del sendero y choqué contra alguien, fuerte, mi hombro golpeó un pecho sólido y casi perdí el equilibrio, mi botella cayó al suelo y rodó varios metros.

—Lo siento —dije de inmediato en coreano, inclinando la cabeza—, de verdad, lo siento.

El silencio fue incómodo, levanté la mirada.

Él me estaba observando como si hubiera hecho algo imperdonable, alto, delgado, ropa oscura, el cabello negro ligeramente húmedo, como si también hubiera estado entrenando.

Pero lo que más destacaba era su expresión, fría, molesta, casi, disgustada.

—Lo siento —repetí—, fue un accidente.

Su mandíbula se tensó.

—Ten más cuidado —dijo, cortante—, fíjate por dónde caminas.

Su tono no era molesto, era acusador, como si el error hubiera sido completamente mío.

Fruncí el ceño.

—No fue intencional, solo fue un choque.

Él soltó una risa baja, seca, sin una pizca de humor, luego murmuró algo en coreano.

No entendí las palabras, pero entendí el desprecio, no necesitas hablar un idioma para reconocer un insulto.

Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, como evaluándome, y criticándome, como si yo fuera una molestia más en su mañana.

Ese gesto me hirvió la sangre.

—¿Sabes qué? —murmuré—, también tienes la culpa, tú también venías distraído, discúlpate conmigo.

Ni siquiera respondió, solo chasqueó la lengua, recogió mi botella del suelo y me la extendió sin mirarme.

Ni una disculpa, ni un gesto amable, nada.

Después pasó a mi lado y siguió caminando, como si yo no existiera, como si hubiera sido invisible.

Me quedé ahí, con el corazón acelerado, no por el golpe, por la rabia.

¿Quién se creía?

Nunca me había topado con alguien tan grosero en cuestión de treinta segundos, había arruinado por completo mi mañana perfecta.

Intenté seguir corriendo, pero cada paso se sentía pesado, la escena se repetía en mi cabeza una y otra vez: su mirada, su voz, su estúpida risa, al final me rendí y caminé de regreso, molesta, pateando piedritas como una niña.

Hasta que algo llamó mi atención: una cafetería en la esquina, pequeña, acogedora, con olor a café recién molido escapando por la puerta, suspiré, bien, tal vez el universo me debía eso.

Entré y pedí un café helado, el primer sorbo fue suficiente para aflojar mis hombros, dulce, frío, perfecto, como un reinicio.

Cuando salí, ya no estaba tan enfadada, al final, solo era un desconocido, uno más entre millones, no iba a permitir que un tipo arrogante arruinara mi día, probablemente jamás volvería a verlo, y si lo hacía, bueno, esta vez no pensaba disculparme primero.

Regresé a mi apartamento, alimenté a queen y me puse a limpiar: barrer, ordenar, doblar ropa, tareas simples que me ayudaban a despejar la mente, después de todo, me dejé caer en la cama para una siesta corta, sábado, descanso, paz.

Sin saber que ese idiota del parque estaba a punto de cruzarse en mi vida mucho más de lo que me gustaría.

De pronto, mi celular empezó a sonar, solté un quejido contra la almohada.

¿Quién interrumpe mi tan preciado descanso?

Estiré el brazo a ciegas hasta la mesita y miré la pantalla, tyler, fruncí el ceño, ¿no se suponía que estaba ocupado?

Contesté con voz dramática, todavía medio dormida.

—Disculpe, señor, pero en este momento estoy acostada, cualquier asunto laboral será atendido mañana.

Del otro lado solo se escuchó su risa.

—Levántate, paso por ti en media hora, vamos a salir, y te invito comida.

Abrí los ojos al instante, comida.

Suspiré.

—Está bien, me convenciste demasiado fácil, nunca le digo que no a la comida, jamás.

Media hora después, Tyler pasó por mí y fuimos a un local nuevo donde vendían pollo frito, el olor a aceite y especias nos golpeó apenas entramos, pedimos demasiado, como siempre, terminamos llenísimos, con las manos grasosas y la risa floja.

—Necesitamos caminar o voy a morir —dije.

—Confirmo, si me siento exploto.

Así que salimos a dar un paseo para “hacer digestión”, aunque en realidad solo queríamos seguir platicando.

Tyler, como siempre, terminó hablando de Su Min, desde el primer día me confesó que le gusta, y la verdad, hacen linda pareja, Su Min es pequeña, dulce, de esas personas que parecen suaves incluso cuando caminan, Tyler, en cambio, es alto, relajado, amable con todo el mundo, se equilibran.

Yo solo soy la espectadora del drama romántico ajeno.

No me molesta.

No vine a Corea buscando amor.

Y, hasta ahora, nadie me había movido el piso lo suficiente como para cambiar eso.

Seguimos caminando hasta que a Tyler se le ocurrió ir a jugar béisbol, yo soy pésima, pero acepté, nos reímos mucho, fallé casi todos los golpes y terminé más cansada de lo esperado.

Cuando salimos del lugar, todavía con el ruido de la música y las máquinas detrás, vi a alguien parado frente a la salida, de espaldas, alto, inmóvil, bloqueando el paso.

—Permiso —dije.

No reaccionó.

Probablemente no me escuchó.

Suspiré y le toqué ligeramente la espalda para llamar su atención, el chico se giró de golpe, y el mundo se me congeló medio segundo.

No, no puede ser.

Era él.

El idiota del parque.

Los mismos ojos fríos, la misma expresión de fastidio, la misma aura insoportable de “todo me estorba”.

Su ceño se frunció apenas me reconoció, como si yo fuera el problema, otra vez, ni siquiera habló, solo me miró con evidente molestia, y apartó mi mano de su brazo, como si mi toque le hubiera ensuciado la ropa.

Ese gesto me hirvió la sangre.

—¿Tienes algún problema? —solté, sin poder callarme.

Se detuvo.

Giró lentamente.

Me observó de arriba abajo, sin disimular, sin respeto.

Y entonces sonrió, pero no era una sonrisa bonita, era burlona, cruel.

—¿Me estás siguiendo? —dijo.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Primero en el parque, ahora aquí —ladeó la cabeza—, qué fastidio.

Sentí el estómago caerme al suelo, ¿perdón?

—Solo te pedí permiso para pasar —dije.

Soltó una risa baja, seca.

—No eres mi tipo.

El tono fue tan despectivo que dolió más de lo que debería, luego añadió, en coreano, claramente.

—Bicho raro.

Esta vez sí entendí, perfectamente, me quedé helada, ¿quién demonios se cree?

—Estás loco —le dije molesta.

Él ya se estaba dando la vuelta, como si yo no mereciera ni cinco segundos más de su tiempo, como si fuera invisible.

Tyler se acercó.

—Oye, ignóralo, ese tipo claramente tiene problemas.

Pero yo seguía mirando su espalda alejarse entre la gente, alta, recta, indiferente, maldita sea, lo peor era que, odiaba admitirlo, pero era atractivo, ridículamente atractivo, altísimo, elegante, de esos tipos que parecen sacados de una portada de revista, y tal vez por eso su arrogancia me enfurecía más, tal vez estaba acostumbrado a salirse con la suya, porque probablemente todos lo aguantaban, pues yo no, definitivamente no.

Si el destino pensaba volver a cruzarlo en mi camino, más le valía prepararse, porque esta vez no pensaba quedarme callada.

Tyler me dejó frente a mi edificio y, antes de irse, bajó la ventana con una sonrisa sospechosamente burlona, esa sonrisa de voy a molestar y salir corriendo.

—Nyx, no eres mi tipo.

Tardé dos segundos en procesarlo.

—¿¡PERDÓN!?

Pero ya era tarde, arrancó el carro como si estuviera escapando de la escena de un crimen, riéndose a carcajadas.

—¡CUANDO TE VUELVA A VER ME LAS VAS A PAGAR! —grité desde la acera, señalándolo dramáticamente—, ¡¿QUÉ TE CREES?!

Su risa se perdió calle abajo, traidor, falso, ser humano horrible, aunque, muy en el fondo, la comisura de mis labios se levantó sola, odiaba admitirlo, pero era gracioso, solo porque es mi amigo, solo por eso, si no, ya estaría cavando su tumba.

Entré al apartamento refunfuñando, tiré los zapatos por un lado y dejé el bolso caer en el sillón, Queen me miró como diciendo: ¿otra vez problemas humanos?

—No preguntes —le dije.

Agarré la primera almohada que encontré.

La lancé al suelo.

La pateé.

Tres veces.

—¡ESTO ES POR REÍRTE DE MÍ! ¡Y ESTO POR EL “NO ERES MI TIPO”! ¡Y ESTO POR EXISTIR!

La almohada no tenía la culpa, pero en ese momento representaba a: El Idiota Del Parque. Y a cualquier hombre fastidioso del planeta.

La volví a patear.

—¡CUANDO TE VUELVA A ENCONTRAR TE VOY A AGARRAR ASÍ, INFELIZ!

Hice una llave de lucha libre al aire. Casi me caigo sola.Dignidad: cero.

Respiré hondo.

Me dejé caer boca arriba en la cama, despeinada, mirando el techo.

—¿YO NO SOY SU TIPO? —bufé—. ¡JA!

Me señalé a mí misma dramáticamente.

—Disculpa, universo, pero soy premium edition. Edición limitada. ¿Quién se cree ese?

Queen saltó a la cama y se acomodó sobre mi estómago, como si viniera a supervisar mi crisis existencial.

Le acaricié la cabeza.

—¿Verdad que sí soy linda? Dime que sí, necesito validación emocional.

Parpadeó, eso lo tomé como un sí.

Suspiré.

—No voy a dejar que ese inútil me arruine el día... ni la semana... ni mi vida. Que vaya a molestar a otra persona.

Me envolví en las cobijas como burrito emocional.

Cinco minutos después... estaba profundamente dormida.

Porque sí, puedo estar enojada, dramática y vengativa... pero también tengo sueño.

Y dormir siempre gana.© 2026 Mia GaldamezTodos los derechos reservados.

Esta obra es ficción.

Los nombres, personajes, lugares y sucesos son producto de la imaginación del autor o se usan de manera ficticia.

Cualquier parecido con personas reales es pura coincidencia.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin autorización del autor.

Te recomiendo leer esta historia acompañada de su playlist 🤍Cada canción fue elegida para sentir las emociones, los silencios y los momentos que no siempre se dicen con palabras.

🎧 Playlist oficial de Never Let Me Gohttps://open.spotify.com/playlist/2aZgQrUvzMAmbkbee0aBNU?si=zUtdUhs_SMq28TewSa59iQ&pi=bZKiwlGvQBC8v

Personajes:

Nunca pensé que una sola persona pudiera cambiar tanto mi mundo, no ese tipo de cambio bonito que aparece en las películas románticas, sino el que te descoloca, te incomoda, y, aun así, te obliga a mirar dos veces.

Corea era mi nuevo comienzo, un país distinto, un idioma que apenas entendía, una vida que estaba intentando construir con mis propias manos.

No vine buscando amor, ni dramas, ni miradas intensas capaces de hacerme perder el equilibrio, vine a trabajar, a crecer, a ayudar a mi familia.

Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.

Un choque accidental, una mirada cargada de desprecio, palabras que dolieron más de lo que deberían.

Y después, la ironía más cruel de todas, volver a encontrarnos, todos los días, en el mismo lugar, compartiendo el mismo espacio.

Dicen que del odio al amor hay solo un paso, no sé si eso sea cierto.

Lo único que sé es que hay personas que llegan a tu vida para sacudirlo todo, incluso cuando juras que jamás las dejarías entrar.

Y esta historia —me guste o no— empezó así.

Me llamo nyx, mis padres eran amantes de la fantasía y pensaron que sería un nombre perfecto para su primera hija, tengo veinticuatro años, cabello castaño, piel clara y unos ojos café que se aclaran bajo el sol, mido alrededor de uno sesenta y hago ejercicio casi todos los días, así que mi cuerpo terminó volviéndose más atlético de lo que imaginaba.

No sigo dietas estrictas —me gusta demasiado la comida para eso—, el café, especialmente, es mi debilidad.

Hace seis meses dejé a mi familia en mi país natal y me mudé sola después de conseguir trabajo en una de las mejores empresas de corea, a veces todavía me parece irreal pensarlo, ahora vivo aquí, después de graduarme pasé meses enviando currículums sin respuesta, hasta que una llamada inesperada lo cambió todo, una empresa coreana quería que me uniera a su equipo, mi coreano aún es básico —“buenos días”, “gracias”, “adiós”— palabras que repito como un eco cada vez que entro al trabajo, pero me esfuerzo.

Trabajo en el área publicitaria, en un equipo lleno de extranjeros, así que nos comunicamos en inglés, aun así, este año decidí que ya no quiero limitarme a sobrevivir.

Quiero entender, quiero pertenecer.

Por eso me inscribí en clases de coreano que empiezan la próxima semana, estoy lista para sumergirme de lleno en el idioma, aunque, si soy honesta, también muerta de miedo.

Desde que llegué he encontrado amistades que se sienten como hogar.

Su min es dulce y tranquila; aunque es coreana, creció en estados unidos, y esa mezcla la hace única, luego está kiara, con quien conecté desde el primer día, y tyler, que siempre logra hacernos reír incluso en los peores momentos, los tres se convirtieron en mi apoyo constante.

Trabajamos juntos y, después del trabajo, casi nunca vamos directo a casa, siempre inventamos algo: karaoke, probar comida nueva o simplemente caminar sin rumbo.

Los sábados por la noche solemos ir al río han, nos sentamos durante horas mirando las luces reflejarse en el agua, hablando de todo y de nada, a veces terminamos en una tienda de conveniencia comprando snacks baratos solo para alargar el momento.

Hay algo en ese lugar que me hace sentir libre, como si, por un rato, no tuviera que preocuparme por nada.

Vivo en un apartamento pequeño pero cálido, lo llené de plantas porque me gusta la sensación de vida que traen consigo, y, por supuesto, está queen.

Mi gatita blanca, mimosa y demandante de cariño.

La cereza del pastel en esta nueva vida.

Por las noches salgo a correr y, cuando vuelvo, lo primero que hago es besar su cabecita suave, después me pongo la ropa más cómoda que encuentro, preparo algo de comer y enciendo la televisión, casi todo está en coreano, así que muchas veces no entiendo nada, pero dejo los subtítulos en inglés y me conformo con la ambientación.

Esa noche miré el calendario.

Lunes.

El inicio de mis clases de coreano.

Sentí un nudo en el estómago.

Aprender inglés fue relativamente fácil, pero el coreano es otro mundo, a veces dudo de si realmente podré dominarlo, aun así, sé que tengo que intentarlo, porque si voy a empezar de nuevo, quiero hacerlo de verdad.

Mañana es sábado, mi día de descanso.

Mis amigos estarían ocupados, pero no me molestaba demasiado, a veces estar sola también se siente como un lujo, silencio, tiempo, respirar sin prisas.

Me desperté temprano, como ya se había vuelto costumbre desde que llegué a corea, me puse ropa deportiva, recogí mi cabello en una coleta alta y salí a correr, el parque aún estaba medio vacío, el aire frío de la mañana me despejó la mente desde la primera zancada.

Corrí casi cinco kilómetros antes de detenerme en un banco.

El sol tibio rozaba mi cara, la brisa olía a primavera, los cerezos estaban en plena floración, dejando caer pétalos rosados que flotaban en el aire como nieve suave.

Por un momento, todo se sintió, perfecto, como si mi vida, por fin, estuviera en calma.

Cerré los ojos, respiré hondo y me levanté para volver a casa.

Y entonces pasó.

Giré rápido en la curva del sendero y choqué contra alguien, fuerte, mi hombro golpeó un pecho sólido y casi perdí el equilibrio, mi botella cayó al suelo y rodó varios metros.

—Lo siento —dije de inmediato en coreano, inclinando la cabeza—, de verdad, lo siento.

El silencio fue incómodo, levanté la mirada.

Él me estaba observando como si hubiera hecho algo imperdonable, alto, delgado, ropa oscura, el cabello negro ligeramente húmedo, como si también hubiera estado entrenando.

Pero lo que más destacaba era su expresión, fría, molesta, casi, disgustada.

—Lo siento —repetí—, fue un accidente.

Su mandíbula se tensó.

—Ten más cuidado —dijo, cortante—, fíjate por dónde caminas.

Su tono no era molesto, era acusador, como si el error hubiera sido completamente mío.

Fruncí el ceño.

—No fue intencional, solo fue un choque.

Él soltó una risa baja, seca, sin una pizca de humor, luego murmuró algo en coreano.

No entendí las palabras, pero entendí el desprecio, no necesitas hablar un idioma para reconocer un insulto.

Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, como evaluándome, y criticándome, como si yo fuera una molestia más en su mañana.

Ese gesto me hirvió la sangre.

—¿Sabes qué? —murmuré—, también tienes la culpa, tú también venías distraído, discúlpate conmigo.

Ni siquiera respondió, solo chasqueó la lengua, recogió mi botella del suelo y me la extendió sin mirarme.

Ni una disculpa, ni un gesto amable, nada.

Después pasó a mi lado y siguió caminando, como si yo no existiera, como si hubiera sido invisible.

Me quedé ahí, con el corazón acelerado, no por el golpe, por la rabia.

¿Quién se creía?

Nunca me había topado con alguien tan grosero en cuestión de treinta segundos, había arruinado por completo mi mañana perfecta.

Intenté seguir corriendo, pero cada paso se sentía pesado, la escena se repetía en mi cabeza una y otra vez: su mirada, su voz, su estúpida risa, al final me rendí y caminé de regreso, molesta, pateando piedritas como una niña.

Hasta que algo llamó mi atención: una cafetería en la esquina, pequeña, acogedora, con olor a café recién molido escapando por la puerta, suspiré, bien, tal vez el universo me debía eso.

Entré y pedí un café helado, el primer sorbo fue suficiente para aflojar mis hombros, dulce, frío, perfecto, como un reinicio.

Cuando salí, ya no estaba tan enfadada, al final, solo era un desconocido, uno más entre millones, no iba a permitir que un tipo arrogante arruinara mi día, probablemente jamás volvería a verlo, y si lo hacía, bueno, esta vez no pensaba disculparme primero.

Regresé a mi apartamento, alimenté a queen y me puse a limpiar: barrer, ordenar, doblar ropa, tareas simples que me ayudaban a despejar la mente, después de todo, me dejé caer en la cama para una siesta corta, sábado, descanso, paz.

Sin saber que ese idiota del parque estaba a punto de cruzarse en mi vida mucho más de lo que me gustaría.

De pronto, mi celular empezó a sonar, solté un quejido contra la almohada.

¿Quién interrumpe mi tan preciado descanso?

Estiré el brazo a ciegas hasta la mesita y miré la pantalla, tyler, fruncí el ceño, ¿no se suponía que estaba ocupado?

Contesté con voz dramática, todavía medio dormida.

—Disculpe, señor, pero en este momento estoy acostada, cualquier asunto laboral será atendido mañana.

Del otro lado solo se escuchó su risa.

—Levántate, paso por ti en media hora, vamos a salir, y te invito comida.

Abrí los ojos al instante, comida.

Suspiré.

—Está bien, me convenciste demasiado fácil, nunca le digo que no a la comida, jamás.

Media hora después, Tyler pasó por mí y fuimos a un local nuevo donde vendían pollo frito, el olor a aceite y especias nos golpeó apenas entramos, pedimos demasiado, como siempre, terminamos llenísimos, con las manos grasosas y la risa floja.

—Necesitamos caminar o voy a morir —dije.

—Confirmo, si me siento exploto.

Así que salimos a dar un paseo para “hacer digestión”, aunque en realidad solo queríamos seguir platicando.

Tyler, como siempre, terminó hablando de Su Min, desde el primer día me confesó que le gusta, y la verdad, hacen linda pareja, Su Min es pequeña, dulce, de esas personas que parecen suaves incluso cuando caminan, Tyler, en cambio, es alto, relajado, amable con todo el mundo, se equilibran.

Yo solo soy la espectadora del drama romántico ajeno.

No me molesta.

No vine a Corea buscando amor.

Y, hasta ahora, nadie me había movido el piso lo suficiente como para cambiar eso.

Seguimos caminando hasta que a Tyler se le ocurrió ir a jugar béisbol, yo soy pésima, pero acepté, nos reímos mucho, fallé casi todos los golpes y terminé más cansada de lo esperado.

Cuando salimos del lugar, todavía con el ruido de la música y las máquinas detrás, vi a alguien parado frente a la salida, de espaldas, alto, inmóvil, bloqueando el paso.

—Permiso —dije.

No reaccionó.

Probablemente no me escuchó.

Suspiré y le toqué ligeramente la espalda para llamar su atención, el chico se giró de golpe, y el mundo se me congeló medio segundo.

No, no puede ser.

Era él.

El idiota del parque.

Los mismos ojos fríos, la misma expresión de fastidio, la misma aura insoportable de “todo me estorba”.

Su ceño se frunció apenas me reconoció, como si yo fuera el problema, otra vez, ni siquiera habló, solo me miró con evidente molestia, y apartó mi mano de su brazo, como si mi toque le hubiera ensuciado la ropa.

Ese gesto me hirvió la sangre.

—¿Tienes algún problema? —solté, sin poder callarme.

Se detuvo.

Giró lentamente.

Me observó de arriba abajo, sin disimular, sin respeto.

Y entonces sonrió, pero no era una sonrisa bonita, era burlona, cruel.

—¿Me estás siguiendo? —dijo.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Primero en el parque, ahora aquí —ladeó la cabeza—, qué fastidio.

Sentí el estómago caerme al suelo, ¿perdón?

—Solo te pedí permiso para pasar —dije.

Soltó una risa baja, seca.

—No eres mi tipo.

El tono fue tan despectivo que dolió más de lo que debería, luego añadió, en coreano, claramente.

—Bicho raro.

Esta vez sí entendí, perfectamente, me quedé helada, ¿quién demonios se cree?

—Estás loco —le dije molesta.

Él ya se estaba dando la vuelta, como si yo no mereciera ni cinco segundos más de su tiempo, como si fuera invisible.

Tyler se acercó.

—Oye, ignóralo, ese tipo claramente tiene problemas.

Pero yo seguía mirando su espalda alejarse entre la gente, alta, recta, indiferente, maldita sea, lo peor era que, odiaba admitirlo, pero era atractivo, ridículamente atractivo, altísimo, elegante, de esos tipos que parecen sacados de una portada de revista, y tal vez por eso su arrogancia me enfurecía más, tal vez estaba acostumbrado a salirse con la suya, porque probablemente todos lo aguantaban, pues yo no, definitivamente no.

Si el destino pensaba volver a cruzarlo en mi camino, más le valía prepararse, porque esta vez no pensaba quedarme callada.

Tyler me dejó frente a mi edificio y, antes de irse, bajó la ventana con una sonrisa sospechosamente burlona, esa sonrisa de voy a molestar y salir corriendo.

—Nyx, no eres mi tipo.

Tardé dos segundos en procesarlo.

—¿¡PERDÓN!?

Pero ya era tarde, arrancó el carro como si estuviera escapando de la escena de un crimen, riéndose a carcajadas.

—¡CUANDO TE VUELVA A VER ME LAS VAS A PAGAR! —grité desde la acera, señalándolo dramáticamente—, ¡¿QUÉ TE CREES?!

Su risa se perdió calle abajo, traidor, falso, ser humano horrible, aunque, muy en el fondo, la comisura de mis labios se levantó sola, odiaba admitirlo, pero era gracioso, solo porque es mi amigo, solo por eso, si no, ya estaría cavando su tumba.

Entré al apartamento refunfuñando, tiré los zapatos por un lado y dejé el bolso caer en el sillón, Queen me miró como diciendo: ¿otra vez problemas humanos?

—No preguntes —le dije.

Agarré la primera almohada que encontré.

La lancé al suelo.

La pateé.

Tres veces.

—¡ESTO ES POR REÍRTE DE MÍ! ¡Y ESTO POR EL “NO ERES MI TIPO”! ¡Y ESTO POR EXISTIR!

La almohada no tenía la culpa, pero en ese momento representaba a: El Idiota Del Parque. Y a cualquier hombre fastidioso del planeta.

La volví a patear.

—¡CUANDO TE VUELVA A ENCONTRAR TE VOY A AGARRAR ASÍ, INFELIZ!

Hice una llave de lucha libre al aire. Casi me caigo sola.Dignidad: cero.

Respiré hondo.

Me dejé caer boca arriba en la cama, despeinada, mirando el techo.

—¿YO NO SOY SU TIPO? —bufé—. ¡JA!

Me señalé a mí misma dramáticamente.

—Disculpa, universo, pero soy premium edition. Edición limitada. ¿Quién se cree ese?

Queen saltó a la cama y se acomodó sobre mi estómago, como si viniera a supervisar mi crisis existencial.

Le acaricié la cabeza.

—¿Verdad que sí soy linda? Dime que sí, necesito validación emocional.

Parpadeó, eso lo tomé como un sí.

Suspiré.

—No voy a dejar que ese inútil me arruine el día... ni la semana... ni mi vida. Que vaya a molestar a otra persona.

Me envolví en las cobijas como burrito emocional.

Cinco minutos después... estaba profundamente dormida.

Porque sí, puedo estar enojada, dramática y vengativa... pero también tengo sueño.

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My Blacksmith Savior

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Silver's Second Chance

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