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LA QUIERO PARA MI

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Sinopsis

Dos mujeres poderosas Una empresaria y una mafiosa Lo que empezó como una curiosidad se convirtió en una gran obsesión. Una historia de amor, poder... y obsesión. 🔥 Historia Gip

Genero:
Erotica,Lgbtq
Autor/a:
Ayelen
Estado:
hace 9 días
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: Cuando no me miraste

POV DIANA HARTWELL

Me llamo Diana Hartwell.

Tengo veintinueve años, una fortuna que no sé contar sin aburrirme y un apellido que abre puertas incluso cuando no quiero que se abran.

Crecí rodeada de poder. Aprendí pronto que el dinero no compra todo, pero sí compra silencio, lealtades temporales y la ilusión de control. Soy heredera de una de las familias más influyentes de Nueva York, empresaria por vocación y por herencia - dueña de clubes, hoteles, casinos y medio mapa nocturno de esta ciudad que nunca duerme... porque no puede permitírselo.

Me gusta ser el centro.

No lo disimulo. No lo niego.

Me gusta que me miren, que me deseen, que intenten descifrarme. Dicen que soy vanidosa, engreída, peligrosa para los corazones ajenos. Rompecorazones, me llaman. Yo prefiero pensar que soy honesta: no prometo nada que no voy a cumplir. No me comprometo. No me ato. Mi libertad es lo único que no negocio.

La noche es mi terreno. Las copas, las risas fáciles, las aventuras que duran lo que tiene que durar. Una noche. A veces dos. Nunca más.

Eso era suficiente.

Hasta hoy.

El evento es una gala empresarial más. Trajes de seda que cuestan más que un coche, vestidos con cristales que brillan como estrellas muertas, sonrisas ensayadas y conversaciones que huelen a ambición fermentada.

Entro al salón con un vestido negro simple - demasiado simple para lo que esperan de mí... y justamente por eso funciona. Se ajusta donde tiene que ajustarse, deja a la imaginación hacer su trabajo. El perfume de jazmín y ámbar que uso desde que tengo veinte años se propaga a mi paso, dejando una estela que hace que la gente gire la cabeza.

Siento las miradas antes de verlas. Siempre es así.

-Diana, querida -dice Marcus Reynolds, uno de esos hombres que creen que el poder se hereda por ósmosis, con la voz cargada de una reverencia que me hace sonreír-. Estás deslumbrante.

-Lo sé -respondo, extendiendo la mano para que la bese, sintiendo cómo su pulgar tiembla contra mi piel-. Pero gracias por confirmarlo.

Él ríe con una voz hueca. Yo tomo una copa de champagne frío, sintiendo el cristal helado contra mis dedos pintados de rojo oscuro. Todo normal. Todo bajo control. La gala sigue su curso, la música de piano se pierde en el aire cargado de dinero y hipocresía.

Hasta que todo cambia.

Algo entra al salón y el aire mismo se dobla a su voluntad.

La veo.

Alta. Traje negro impecable, tejido como si estuviera hecho de sombras y acero. Guantes negros de cuero que cubren sus manos hasta los codos. El cabello oscuro cayéndole lacio por la espalda como una advertencia escrita en silencio. No sonríe. No busca atención. No necesita hacerlo. Su sola presencia impone una distancia invisible, un círculo de respeto... o de miedo.

Hay mujeres hermosas. Hay mujeres que intimidan. Ella es ambas a la vez.

Intento analizarla con la misma frialdad con la que estudio un contrato o evalúo una amenaza. Pero algo no encaja. Porque cuando mis ojos se cruzan con los suyos - azules como el hielo ártico, vacíos de cualquier cosa que se parezca a la calidez - no siento curiosidad.

Siento rechazo... y un deseo tan profundo que me hace estremecer hasta los huesos.

Y entonces pasa lo imperdonable.

Me ignora.

No de forma torpe. No con desdén evidente. Simplemente... no me registra. Como si yo fuera una planta más en la esquina. Como si mi presencia, mi nombre, mi fortuna no merecieran ni medio segundo de su atención.

Eso me atraviesa el orgullo como un cuchillo afilado y lento. Siento cómo la sangre hierve en mis venas, cómo mi mandíbula se tensa hasta sentir dolor.

-¿Quién es ella? -pregunto sin apartar la mirada, notando cómo mi voz suena más áspera de lo normal.

-¿Ella? -dice Lena Moretti, socia y amiga, siguiendo la dirección de mis ojos con una expresión de preocupación-. No lo sé. Recién llegó. Empresaria, creo. Europea. Se dice que tiene bancos en medio de Europa.

Empresaria. Claro.

La observo moverse por el salón con una calma peligrosa. Habla poco, apenas abre la boca, pero cuando lo hace los hombres que la rodean se inclinan hacia ella como plantas buscando la luz. Controla el espacio sin tocar nada. Uno de ellos se pasa la mano por el cuello cada vez que ella habla, como si temiera que en cualquier momento alguien le apretara la garganta.

Y yo, que siempre tengo el control de todo a mi alrededor, me descubro pensando en una desconocida, una mujer misteriosa que ni siquiera sabe que existo.

Me digo que es solo ego herido.

Mentira.

Es obsesión naciendo en mi interior como un fuego que no puedo apagar.

Por primera vez, alguien no me quiere.

Y por alguna razón retorcida... eso hace que la quiera con una fuerza que me asusta a mí misma.

No sé su nombre.

No sé quién es realmente.

Pero lo sé todo al mismo tiempo.

Esta mujer va a cambiar mi vida.

Y no tengo intención de dejar que eso pase sin pelear.

Porque a mí nadie me ignora.

Y nadie se va de mi mundo sin que yo lo permita.

POV NATASHA VOLKOVA

Nueva York siempre pretende impresionarme.

Luces que ciegan, rascacielos que se creen dioses, exceso en cada puta esquina. Como si el ruido pudiera tapar lo que realmente importa: quién manda y quién obedece. Aquí todos creen que son dueños del mundo... hasta que alguien les recuerda que el poder se toma con las manos sucias.

Entro a la gala con el mismo traje negro que uso para reuniones donde se firman acuerdos y se deciden muertes. Guantes negros de cuero que cubren mis manos hasta los codos - mi padre me enseñó esto cuando descubrieron que nací diferente. "Así nadie tocará lo que te hace especial, Natasha. Así nadie sabrá si eres hombre o mujer cuando te agarren de la mano". Corte impecable. Nada fuera de lugar. La imagen perfecta de la empresaria que todos creen conocer.

Si supieran que este cuerpo que ven - alto, con hombros anchos y caderas que dejan perplejos a los tontos - es el mismo que mi padre quería "corregir" cuando era niña. "Eres intersexual, hija. Eso te hace débil si no aprendes a usarlo como arma". Me golpeaba hasta que entendiera que mi diferencia no era un defecto, era una forma de confundir a los enemigos. De hacerlos dudar antes de atacar.

No hablo mucho. No lo necesito. Escucho, observo, memorizo cada palabra que se dice en voz baja. Este tipo de eventos son útiles, aunque los odio con toda mi alma. Los egos se inflan como globos llenos de mierda, las lenguas se aflojan con el alcohol y los idiotas dejan caer secretos como niños dejan caer juguetes. Mi padre decía que los hombres poderosos hablan demasiado cuando creen que están a salvo. Y tenía razón. Por eso ahora está enterrado en un cementerio de Moscú, con la cabeza destrozada por un bate de béisbol. Y por eso yo estoy acá - para encontrar a los que lo hicieron y hacerles pagar con sangre y dolor.

Siento una mirada antes de verla.

No es la típica mirada de mujer que quiere besarme hasta olvidarse de su nombre. No es la de hombre que se pregunta si puede "dominarme".

Es segura. Decidida. Como si supiera exactamente lo que quiere y cree que puede tomarlo.

Eso me molesta hasta los huesos.

Levanto la vista apenas, lo justo para no perder el control. Rubia. Vestido negro que le queda como piel, sin adornos - sabe que su cuerpo ya es suficiente para hacer perder la cabeza a cualquiera. Confianza que no se aprende en escuelas de negocios, se hereda o se roba con fuerza bruta. Parece que está acostumbrada a que la miren, a que el mundo se doble a sus pies cuando entra a una habitación.

Una reina en su territorio.

Interesante...

pero irrelevante.

Vuelvo a lo mío. A Alessandro Conti, banquero italiano con manos que tiemblan cada vez que menciono los números de lavar dinero y una sonrisa falsa que se desvanece cuando miro directamente a sus ojos.

-Nueva York le sienta bien, Volkova -dice, moviendo su copa como si el cristal pudiera detener mis puños-. Se rumorea que piensa quedarse.

-Los rumores existen para entretener a los que no tienen los cojones de preguntar lo que realmente les preocupa -respondo, mi voz baja y rasposa, como si llevara años sin usarla para nada más que dar órdenes.

Sonríe incómodo, pasándose la mano por la corbata como si le estuviera apretando la garganta. Anoto mentalmente: débil. Fácil de romper.

Y entonces pasa algo que no debería pasar.

Sigo sintiendo esa mirada en mi piel. Como una quemadura de cigarrillo que no se va.

No es curiosidad. No es admiración.

Es expectativa. Como si estuviera esperando que yo le dé el lugar que cree merecer. Como si pensara que puede ganarme en este juego.

Eso sí logra que vuelva a mirarla. Esta vez de frente, sin disimular nada. Ojos verdes como el bosque después de la lluvia, pero con un brillo oscuro que revela que no es tan tonta como las demás. No baja la mirada cuando la sostengo. Tampoco sonríe para ganarme. Me evalúa. Mide mi altura, mi postura, mi forma de moverme - como si pudiera adivinar que bajo este traje llevo cicatrices de cuando mi padre me entrenó a pelear, a resistir el dolor, a no llorar aunque me rompiera un hueso.

Ahí está el error.

No me gusta que me midan. Menos aún cuando creen que pueden entender lo que soy. Mi padre me enseñó que mi cuerpo es una fortaleza, no una puerta. Que mi intersexualidad es una forma de tener ventaja - puedo ser lo que necesito ser en cada momento. Hombre cuando hay que mandar con fuerza. Mujer cuando hay que engañar con dulzura. Ninguna de las dos cuando hay que matar.

Decido ignorarla. A propósito. No como un juego. Como una advertencia. Nada distrae mis objetivos. Nadie. Mi padre murió porque se dejó distraer por una mujer que le hizo creer que podía ser feliz. Yo no repetiré ese error. He matado a mujeres que me han querido, a hombres que me han temido - nadie se interpone en mi camino.

Pero mi cuerpo registra lo que mi mente rechaza con todas sus fuerzas.

Su postura erguida. Su seguridad absoluta en su propio poder. Su evidente molestia al no ser el centro de mi mundo - algo que probablemente nunca le haya pasado. Me acuerdo de cuando era niña y me miraban con lástima o con miedo. Nadie me miraba así - como si fuera un desafío en lugar de una aberración.

Hay mujeres que desean ser vistas. Otras desean ser elegidas.

Ella quiere ambas cosas. Y cree que las va a conseguir.

-¿La conoces? -pregunta Irina, a mi lado, sin disimular su interés. Sabía que me gustan las mujeres, pero no sabe que solo las uso para olvidarme de lo que soy.

-No -respondo, volviéndome a Alessandro como si nada hubiera pasado-. Y no importa.

Mentira.

Importa porque no me mira como las demás. No ve un monstruo disfrazado de empresaria. No ve una rareza que hay que mirar desde lejos. Hay desafío en esos ojos verdes. Y algo más peligroso: un interés que no pide permiso, que no se intimida con mi mirada fría.

Reconozco ese fuego. Es el mismo que yo tenía cuando era joven, antes de que mi padre me rompiera el corazón para que nunca más pudiera dolerme. Me dijo que el amor era la peor de las debilidades. Que mi cuerpo, mi diferencia, me haría presa fácil si no aprendía a dominar mis deseos antes de sentirlos. Me enseñó a tomar lo que quería, a usar a quien fuera necesario, a desechar a los que ya no servían. Y funcionó. No necesito a nadie. No quiero a nadie.

Las mujeres pasan por mi vida como herramientas. Las tomo cuando las necesito - algunas me buscan por mi poder, otras por mi cuerpo, todas se van cuando descubren lo que hay dentro de mí. Nunca prometo nada. Nunca me quedo más de lo necesario.

Pero esta rubia...

no quiere ser tomada.

Quiere cazar.

Eso me arranca una sonrisa mínima, interna. Fría como el hielo del lago donde mi padre me metía hasta el cuello para enseñarme a soportar el dolor.

No me acerco. No hoy. Dejo que su frustración crezca como una planta venenosa. Que se pregunte quién soy. Que le moleste no saber si soy hombre o mujer cuando me miro de perfil. La curiosidad es una forma exquisita de tortura - la mejor arma para dominar a alguien.

Cuando me giro para irme, siento su atención clavada en mi espalda como una bala lista para dispararse.

No la miro. No le doy ese premio. Aún.

Esta noche no la quiero. No la necesito. Mi único objetivo es encontrar a los responsables de la muerte de mi padre y hacerles pagar con la misma moneda que usaron con él.

Pero algo es seguro.

Si vuelve a cruzarse en mi camino...

no va a ser ella la que decida cómo termina esto.

Yo soy la que manda. Siempre. Y si tiene que aprenderlo con las manos de mi padre - duras, crueles, justas - entonces que aprenda bien.


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Buenos personajes

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Diálogos potentes

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author

interesante comienzo

12 horas

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