Capitulo 1: El Despertar del Bicho Raro
Aquella mañana desperté tarde. ¿Cómo no iba a despertarme tarde si el colegio era una pesadilla? No pude descansar pensando en que, otra vez, debía volver a ese infierno en la tierra. No es que no me guste estudiar o leer; de hecho, me agrada, aunque admito que odio las matemáticas y odio con toda mi alma las clases de Educación Física. ¿A quién se le ocurría que correr en círculos bajo el sol era pedagógico y saludable? Las matemáticas eran un castigo, sí, pero al menos no requerían sudar el uniforme frente a todo el colegio y hacer el ridículo frente a toda la clase cuando ningún ejercicio o deporte te salía nada, nada bien, siendo el centro de risas y burlas.
Las otras materias no me parecen desagradables, pero siempre he sido, por así decirlo, el bicho raro de la clase. Sin embargo, este año será diferente. Mis amigas, Vero y Mariana, irían conmigo al mismo colegio, aunque estaremos en diferentes grados. A ellas las conozco desde que éramos niñas; vivimos en la misma cuadra y siempre jugábamos juntas. Nunca me fue complicado hablarles. No sé si influyó que nuestras familias fueran amigas o el hecho de que, a diferencia de otras chicas, ambas eran extremadamente dulces.
Vero era la más bonita de las tres: de ojos rasgados, piel muy blanca y un cabello negro azabache. También era increíblemente crédula; siempre disfrutaba inventando historias de fantasmas solo para ver su cara de terror. Era tan fácil asustarla que casi se sentía un pecado no hacerlo. Mariana, en cambio, era la mayor del grupo; un poco gordita, pero también hermosa. Llevaba siempre su cabello en una coleta alta, era la más madura y alegre, pero sobre todo, la más bondadosa.
Por último estaba yo: la más callada y seria del grupo. Tengo el cabello corto y siempre esponjoso, pero mis ojos son grandes, con unas pestañas largas y rizadas que son mi mayor orgullo.
Pero no había tiempo para más introspección; el reloj corría en mi contra. Mientras desayunaba con desesperación, metiéndome el pan entero a la boca, me obligué a tragar mi avena —que todavía humeaba y quemaba—, sintiéndola como una marea caliente que bajaba por mi garganta. Me despedí como pude de mi madre y de mi gato, que me miraba con total indiferencia desde el sofá, y salí disparada rumbo al colegio, donde Mariana y Vero ya me esperaban para acoplarnos al tumulto de uniformes grises.
En ese momento no lo sabía, ni podía imaginarlo mientras corría, pero aquel día la vida me daría la mejor sorpresa de toda mi vida.