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¿Mi vida es color de rosa?

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Sinopsis

Melanie está harta del gris de la secundaria. Ni sus mejores amigas logran que encaje en un mundo que se siente en blanco y negro. Pero cuando un viejo amigo reaparece, la monocromía por fin se rompe. ¿Es este el giro que esperaba o la prueba de que, definitivamente, su vida es color de rosa?

Genero:
Humor,Romance
Autor/a:
Gaby
Estado:
Completa
Capítulos:
26
Rating
5.0 (2 reseñas)
Clasificación por edades:
16+

Capitulo 1: El Despertar del Bicho Raro

Aquella mañana me desperté tarde.

Muy tarde.

Y, sinceramente, ¿cómo no iba a hacerlo si volver al colegio se sentía como regresar a una pesadilla?

Había pasado buena parte de la noche dando vueltas en la cama, pensando que al día siguiente tendría que volver a ese infierno en la Tierra. No es que odiara estudiar. De hecho, me gustaba leer y aprender cosas nuevas. Bueno… casi todas las cosas.

Las matemáticas eran otra historia.

Y Educación Física era, directamente, un castigo.

¿A quién se le había ocurrido que correr en círculos bajo el sol era pedagógico y saludable? Porque, si eso era saludable, yo prefería enfermarme.

Las matemáticas podían ser un dolor de cabeza, pero al menos podía sufrirlas sentada en mi carpeta. En Educación Física, en cambio, tenía que sudar el uniforme frente a todo el colegio y hacer el ridículo delante de mis compañeros cada vez que algún ejercicio no me salía.

Y nunca me salía.

Ni uno.

—¡Vamos, corre! —gritaba el profesor.

Yo corría.

—¡Más rápido!

Corría un poco más.

—¡Eso no es correr!

¿Qué quería que hiciera? ¿Que sacara alas?

Y ahí era cuando empezaban las risas.

Por eso, cuando sonó la alarma, lo último que quería hacer era levantarme.

Abrí un ojo.

Miré el reloj.

Lo cerré.

Lo volví a abrir.

—No… —murmuré.

Ya iba tarde.

Me levanté de un salto.

Este año, sin embargo, había una diferencia.

Vero y Mariana irían al mismo colegio.

Estaríamos en diferentes grados, pero al menos no tendría que enfrentarme sola a ese lugar.

Las conocía desde que éramos niñas. Vivíamos en la misma cuadra y habíamos pasado media infancia juntas: jugando en la calle, inventando historias absurdas y metiéndonos en problemas que, por alguna razón, siempre terminaban siendo culpa mía.

Bueno, casi siempre.

Con ellas nunca me había costado hablar. Tal vez porque nuestras familias eran amigas o porque, a diferencia de muchas otras chicas que había conocido, Vero y Mariana eran increíblemente dulces.

Vero era la más crédula de las tres.

A ella no le gustaban las historias de fantasmas. Le daban muchísimo miedo, y yo lo sabía perfectamente. Por eso siempre aprovechaba cualquier oportunidad para contárselas y asustarla.

—Vero, ¿sabías que en mi casa vive un fantasma? —le había dicho una vez con toda la seriedad del mundo.

—¿Qué? ¿Dónde?

—En mi habitación.

—¡¿Y por qué nunca me contaste?!

—Porque no quería asustarte.

—¡Ya me asustaste!

Mariana siempre terminaba regañándome.

—Déjala en paz. Algún día se va a vengar.

—¿Vero? ¿Vengarse?

—¡Sí! —protestaba Vero.

—No te creo —le decía yo.

Y, por supuesto, Vero terminaba creyéndome cualquier cosa.

Mariana, en cambio, era la mayor del grupo y también la más madura. Siempre llevaba el cabello recogido en una cola alta y tenía una alegría contagiosa. Era de esas personas que podían encontrar algo bueno incluso en el peor día.

Y después estaba yo.

La callada.

La seria.

La que prefería observar antes que hablar.

Supongo que por eso siempre había sido, por así decirlo, el bicho raro de la clase.

Pero este año sería diferente.

O al menos eso esperaba.

No tenía tiempo para seguir pensando en lo mismo. El reloj avanzaba y sentía que cada segundo estaba en mi contra.

Me levanté de un salto y me vestí a toda velocidad.

—¡Baja a desayunar! —gritó mi mamá desde la cocina.

—¡Ya voy!

—¡Y no me digas que no tienes hambre!

Bajé las escaleras casi corriendo.

Mi mamá ya me esperaba con el desayuno servido.

—Siéntate.

—Mamá, voy tarde.

—Y por eso tienes que comer.

—Pero…

—Ni se te ocurra salir de esta casa sin desayunar.

Suspiré y me senté.

Mientras desayunaba con desesperación, me metí el pan entero a la boca y traté de tragar mi avena, que todavía humeaba.

Mala idea.

—¡Ay! —exclamé, dejando la cuchara.

Mi mamá me miró.

—¿Está muy caliente?

—No. Está perfecta.

—Entonces, ¿por qué tienes esa cara?

—Porque estoy tratando de no quemarme la garganta.

—Podrías esperar a que se enfríe.

Miré el reloj.

—No tengo tiempo.

—Tampoco tienes tiempo para ir al hospital.

A pesar de las prisas, tuve que reírme.

Cuando finalmente terminé, agarré mi mochila y me levanté.

—¡Me voy!

—¡Que te vaya bien! Y camina, no corras.

—¡Sí, mamá!

Antes de salir, miré hacia el sofá.

Mi gato estaba ahí, observándome con total indiferencia.

—Tú sí que tienes suerte —le dije—. No tienes que ir al colegio.

El gato parpadeó.

—Ni siquiera te importa, ¿verdad?

Se acomodó y me dio la espalda.

—Gracias por el apoyo.

Salí disparada rumbo al colegio.

Unas calles más adelante encontré a Mariana y Vero esperándome.

—¡Por fin! —exclamó Vero apenas me vio.

—No grites —dije, intentando recuperar el aire—. Llegué, ¿no?

—Pensé que no venías.

—Me quedé dormida.

Mariana levantó una ceja.

—¿Otra vez?

—No fue mi culpa.

—¿De quién fue entonces?

—Del colegio.

Vero soltó una risita.

—Eso no tiene sentido.

—Para mí sí.

Las tres comenzamos a caminar rumbo al colegio, mezclándonos poco a poco con el tumulto de estudiantes que avanzaban en la misma dirección.

—Estoy nerviosa —admitió Vero.

—¿Tú? —pregunté—. Si llevas una semana diciendo que estás emocionada.

—Estoy emocionada y nerviosa. Puedo sentir las dos cosas.

—Yo estoy deseando que nos devuelvan a nuestras casas —dije.

Mariana se rio.

—Ni siquiera hemos llegado.

—Precisamente.

Seguimos caminando unos segundos en silencio.

Entonces Vero miró hacia el colegio.

—¿Creen que sea muy antiguo?

—¿Y eso qué importa? —pregunté.

—No sé. Los colegios antiguos siempre tienen historias.

La miré de reojo.

—¿Historias de fantasmas?

—¡No!

Sonreí.

—Yo no dije nada.

—Pero lo estabas pensando.

—Tal vez.

—No empieces, por favor.

Mariana negó con la cabeza.

—Déjala. Ya sabes cómo es.

—Es que me gusta molestarte —le dije a Vero.

—Pues a mí no me gusta que me molestes.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué lo haces?

—Porque funciona.

Vero me lanzó una mirada de indignación.

Mariana comenzó a reírse.

—Ustedes dos nunca van a cambiar.

—Eso espero —respondí.

A lo lejos ya podía verse la entrada del colegio.

Había estudiantes por todas partes, profesores dando indicaciones y un mar de uniformes grises avanzando hacia el portón.

Tragué saliva.

Por primera vez aquella mañana, dejé de pensar en lo tarde que había despertado, en las matemáticas o en Educación Física.

Respiré hondo, intentando disimular los nervios.

Quizá aquel año sí sería diferente.

En ese momento no lo sabía, ni podía imaginarlo mientras caminaba junto a mis amigas hacia el colegio.

Pero aquel día la vida estaba a punto de darme la mejor sorpresa de toda mi vida.

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author

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