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Una promesa al fuego.

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Sinopsis

Rescatado de la miseria del mercado de esclavos por un boticario de porte noble, Elian, un joven omega de apenas 14 años, llega a la aldea de Salix esperando castigo y encuentra, en cambio, una segunda vida. Acogido en el seno de un hogar de guerreros y sanadores, el muchacho descubre por primera vez el calor de un fogón que no se apaga, la promesa en los ojos verdes del primogénito de la casa y la risa inocente de un niño que lo mira como a un hermano. Al calor de las enseñanzas de Evander y la custodia de la guardia del valle, Elian pasa de ser una sombra asustada a convertirse en el corazón latente de la cabaña. Pero la paz en los riscos es un préstamo frágil. Mientras el tiempo avanza y los lazos se vuelven indestructibles, sombras invisibles comenzarán a cercar la empalizada, empujando a los habitantes de la casa a enfrentarse a sacrificios que pondrán a prueba la firmeza de su acero y la devoción de su sangre.

Genero:
Drama
Autor/a:
NinCox
Estado:
hace 6 días
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

El hedor de la plaza fronteriza de Alumina no se parecía en nada al aire limpio de los valles del norte. Era una mezcla nauseabunda de lodo estancado, sudor rancio, grasa de carromatos y la pesadez acre de feromonas mal contenidas.

Evander ajustó sobre sus hombros la capa de paño grueso forrada de lana, manteniendo el paso calmo entre el gentío. A sus treinta y cinco años, el sanador mayor de la aldea de Greywood portaba una presencia templada y serena; el porte erguido de un hombre habituado a lidiar con la vida y la muerte en su mesa de operaciones, pero con la mirada reflexiva de quien no juzga con arrogancia. Su cabello castaño oscuro, ligeramente ondulado y con las primeras hebras plateadas en las sienes, caía limpio a los lados de un rostro de facciones nobles, curtido por los inviernos de la montaña. Su aroma natural —una infusión tibia de manzanilla silvestre, savia de abedul y corteza seca— actuaba como un bálsamo silencioso dondequiera que iba, aunque en un lugar como este apenas lograba abrirse paso a través de la pestilencia general.

Había viajado hasta ese enclave marginal con dos mulas y un carromato cubierto con el único propósito de aprovisionarse para la temporada fría: bálsamos resinosos de tierras bajas, sales minerales de las salinas del sur, frascos de vidrio soplado y agujas de acero forjado. Su lista estaba casi completa y su bolsa de cuero aún conservaba una suma considerable de piezas de plata y monedas de oro acuñadas en el principado vecino. Se disponía a emprender el retorno hacia la posada cuando los gritos estridentes de una tarima de madera podrida llamaron su atención.

—¡Lote fresco de los confines orientales! —rugía un tratante corpulento, un beta de dientes amarillentos y casaca mugrienta, golpeando el suelo con una vara de fresno—. ¡Mano de obra sumisa, piel fina! ¡Soportan el frío y comen menos que una cabra!

Evan frunció el ceño con una mezcla punzante de repulsión y tristeza. A diferencia de las leyes estrictas y humanitarias que regían en su aldea bajo la guardia del comandante Levka, los territorios fronterizos aún toleraban la compraventa de servidumbre endeudada y cautivos de guerra. El sanador apretó el paso para marcharse, reacio a presenciar semejante vileza, cuando una ráfaga helada trajo consigo un rastro aromático casi imperceptible: un hilo roto, apagado y dulce, como pétalos de jazmín blanco aplastados sobre tierra húmeda.

Feromonas de omega. Extremadamente joven, exhausto y al borde del colapso.

Evan se detuvo en seco. Se volvió hacia la tarima.

En un rincón de la plataforma, arrodillado sobre tablones astillados y cubiertos de escarcha gris, se encontraba un muchacho. Apenas aparentaba catorce inviernos. Su cuerpo menudo y huesudo temblaba bajo una túnica de arpillera deshilachada que no le cubría los codos ni las pantorrillas. Tenía los tobillos y las muñecas cercados por grilletes de hierro tosco, oxidados en los bordes, que habían despellejado la piel hasta dejar carne viva y costras supurantes.

Pero fueron sus rasgos los que capturaron la atención de Evander: un rostro ovalado y exquisitamente fino, pálido como la porcelana lavada por la lluvia, enmarcado por mechones de cabello negro azabache, lacio y sucio, y unos ojos almendrados y rasgados, oscuros y brillantes como carbones encendidos, que miraban al suelo con una resignación aterradora.

El tratante propinó una patada al borde de la madera, a escasos centímetros de las rodillas del chico, haciéndolo encogerse con un espasmo incontrolable.

—¡Mírenlo bien! Tiene vista aguda y dedos rápidos. ¡Ideal para servicio de casa o hilandería!

El ojo clínico de Evander no vio mercancía; vio una neumonía incipiente en la respiración superficial y entrecortada del joven, una desnutrición severa que amenazaba el desarrollo de sus huesos, y hematomas amarillentos que asomaban por el escote de la tela rasgada. Su instinto como sanador —y el instinto paternal que latía hondo en su pecho— dio un vuelco violento. Dejar a ese niño allí equivalía a sentenciarlo a morir de frío o a desmoronarse en las manos de algún capataz despiadado.

Sin titubear, Evan se abrió paso entre la multitud de curiosos y avanzó con paso firme hasta el borde de la tarima.

—¿Cuánto por él? —preguntó. Su voz, ni alta ni desafiante, poseía una autoridad tranquila y profunda que hizo que varios mirones callaran de golpe.

El mercader parpadeó, midiendo la calidad de la capa de lana de Evander y la compostura de su porte. Una sonrisa codiciosa torció su boca.

—Treinta piezas de plata, señor. Viene de lejos, de las caravanas de las estepas orientales. Dicen que su gente tiene sangre dócil y resistente.

—Te daré veinticinco monedas de plata y dos de oro —replicó Evan de inmediato, desatando la bolsa de su cinto con movimientos deliberados, sin entrar en regateos superfluos—. Pero con una condición irrevocable: retiras los hierros ahora mismo y me entregas su acta de liberación y custodia sellada ante el magistrado del puesto de peaje en este preciso instante.

El mercader abrió los ojos con sorpresa ante las dos monedas de oro que brillaban entre los dedos del forastero. El valor superaba con creces lo que esperaba obtener por un cautivo tan demacrado que bien podría morir antes de la próxima luna.

—Hecho. Un negocio es un negocio —gruñó el hombre, guardando el dinero antes de que el comprador pudiera arrepentirse. Con un par de órdenes a sus ayudantes y un trámite apresurado en la caseta adyacente, el pergamino con el sello de cera roja quedó en manos de Evander.

El tratante tomó una llave pesada y se arrodilló junto al muchacho. Con brusquedad, giró los cerrojos de las argollas. El chasquido del metal al abrirse hizo que el chico cerrara los ojos con fuerza, esperando el golpe habitual que solía acompañar cualquier movimiento.

—Arriba, escoria. Ya tienes amo nuevo —le espetó el hombre, empujándolo del hombro.

El muchacho trastabilló al ponerse de pie sobre piernas entumecidas. La falta de peso de los grilletes pareció desestabilizarlo más que sostenerlo. Iba a caer de bruces contra las tablas cuando dos brazos firmes y seguros lo sostuvieron por los antebrazos.

Un temblor violento sacudió el cuerpo del omega. Encogió el cuello al instante, bajando la cabeza en una postura de sumisión absoluta, conteniendo el aire y esperando el látigo, una reprimenda o el agarre doloroso de unas manos ásperas.

—Tranquilo... No temas —murmuró una voz suave, templada y serena, muy cerca de su oído—. No te voy a lastimar. Apóyate en mí.

El chico no se atrevió a levantar los ojos, pero sintió cómo la presión sobre sus brazos no quemaba ni magullaba. Las manos eran cálidas, cubiertas por guantes de cuero suave, y sostenían con firmeza pero sin la intención de quebrar. Por encima del olor fétido de la plaza, un rastro aromático a manzanilla hervida y bosque fresco envolvió sus sentidos aturdidos, aplacando por una fracción de segundo el pánico ciego que lo consumía.

—¿Puedes caminar unos pasos hasta el carromato? —le preguntó Evander, ajustando su postura para servirle de apoyo sin invadir su espacio personal.

El muchacho asintió de manera frenética, con la vista clavada en las botas de cuero del sanador. No emitió una sola palabra; apenas un hilo de respiración temblorosa se escapó de sus labios agrietados.

Evan lo guio con paciencia infinita a través del callejón hasta donde descansaba su carruaje techado. Al llegar, bajó la compuerta trasera y apartó una pesada lona encerada. Dentro, el espacio estaba resguardado del viento cortante, impregnado de hierbas secas, corteza de pino y lavanda.

—Sube aquí, muchacho. Estarás más caliente —dijo Evan con amabilidad, ofreciéndole la mano para ayudarlo a subir el peldaño.

El chico dudó. Miró la mano extendida del sanador como si fuera un instrumento de tortura desconocido. Tras unos segundos de agonía interna, temiendo que su vacilación provocara la cólera del hombre, subió con torpeza valiéndose de sus propias fuerzas y se arrinconó en la esquina más oscura del carromato, pegando la espalda a los cajones de madera y abrazándose las rodillas. Parecía querer volverse invisible.

Evan no lo forzó. Subió tras él con calma, manteniendo una distancia prudente para no hacerlo sentir acorralado. De uno de los baúles sacó una manta gruesa de lana virgen, teñida de azul oscuro, y una botella de barro cocido envuelta en un paño.

Se arrodilló a un par de pasos del joven y desplegó la manta, ofreciéndosela con movimientos lentos y predecibles.

—Toma. El viento de la tarde muerde con fuerza y tus ropas no te abrigan. Cúbrete.

El chico alzó los ojos apenas una fracción. Sus pestañas espesas enmarcaban unos ojos orientales húmedos por el miedo, escudriñando el rostro maduro del sanador en busca de la trampa, del precio oculto que siempre exigían los alfas y betas con los que se había cruzado. Al notar únicamente una preocupación sincera y unos ojos verdes y serenos que lo miraban como a una persona y no como a una posesión, sus manos huesudas se extendieron temblando.

Tomó la manta. Era suave, pesada y olía a limpio. Con prisa desesperada se envolvió en ella hasta la barbilla, dejando escapar un suspiro involuntario cuando el calor comenzó a filtrarse en sus hombros agarrotados.

Evan descorchó la botella de barro.

—Es infusión tibia de manzanilla con unas gotas de miel silvestre. Ayudará a calmar la garganta y calentará tu pecho por dentro. Bebe despacio.

El sanador dejó la taza de arcilla llena sobre el suelo, a medio camino entre ambos, y retrocedió un paso para que el joven no se sintiera presionado.

El muchacho miró el vapor que salía del recipiente. Tragó saliva con evidente esfuerzo; la sequedad de su garganta debía ser insoportable. Con cautela infinita, estiró un brazo por debajo de la manta, tomó la taza con ambas manos y le dio un sorbo minúsculo. El líquido tibio y dulce recorrió su garganta adolorida. Se le escapó un gemido sordo y cerró los ojos, bebiendo dos sorbos más con avidez antes de detenerse de golpe, asustado de haber tomado demasiado.

—Todo lo que hay en la taza es tuyo —dijo Evan con una sonrisa mansa y comprensiva—. Y si deseas más, tengo agua limpia y pan de centeno en la alforja.

El chico bajó la taza a su regazo, sin soltarla, aferrándose al barro caliente como a un salvavidas. Su voz, cuando finalmente se atrevió a hablar, fue un susurro áspero, quebrado por semanas de silencio y privaciones:

—¿Cuál... cuál será mi tarea, amo? —preguntó, con la cabeza gacha, esperando la lista de deberes pesados, castigos o exigencias—. ¿Limpiar los establos? ¿Cargar leña? Puedo... puedo trabajar rápido si me da un poco de tiempo para reponerme... no seré una carga, lo juro...

El término “amo” golpeó a Evan como una bofetada en el pecho. El sanador suspiró con suavidad, inclinando la cabeza con pesar.

—En primer lugar, muchacho, mi nombre es Evander. Puedes llamarme Evan. Y jamás volverás a llamarme “amo”. Ni a mí, ni a nadie en mi hogar.

El joven parpadeó, desconcertado. Levantó el rostro, con una expresión de perplejidad absoluta en sus rasgos finos.

—Pero... usted pagó por mí. Compró las cadenas.

—Compré tu libertad para sacarte de esa jaula antes de que la escarcha te matara —aclaró Evan con firmeza serena, sacando de su jubón el pergamino sellado y mostrándoselo a la distancia antes de doblarlo y guardarlo en su bolsa—. Este papel dice que estás bajo mi custodia legal ante los alguaciles del reino, pero en mi tierra, en Greywood, no existen los esclavos. Eres una persona libre, aunque por ahora vengas conmigo bajo mi cuidado hasta que estés sano y puedas decidir tu propio destino.

Elian se quedó mudo. Las palabras de Evander no encajaban en ningún concepto que su joven mente pudiera procesar. Toda su vida reciente se reducía a órdenes, cadenas, frío y azotes si no obedecía con rapidez. Miró al hombre frente a él buscando la burla o el engaño, pero en los ojos claros del sanador solo halló una bondad firme e inquebrantable.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Evan con delicadeza.

El chico vaciló, pasando la lengua por sus labios resecos.

—Elian... me llamo Elian.

—Elian —repitió Evan, probando el sonido del nombre con un tono cálido y respetuoso—. Es un buen nombre. Bien, Elian, ahora que nos conocemos, lo primero que haremos será atender esas muñecas y tobillos. La herrumbre y la mugre son enemigas traicioneras si entran en la sangre. Soy sanador, así que déjame echar un vistazo.

Elian tensó los hombros instintivamente cuando Evan tomó una pequeña caja de madera con pomadas y vendas limpias. El miedo ancestral a ser tocado por un extraño aún quemaba en sus nervios.

—Iré despacio. Te avisaré antes de tocarte y, si duele demasiado, me detendré. ¿De acuerdo? —pidió permiso Evan, esperando pacientemente el asentimiento del muchacho.

Elian, atónito ante el hecho insólito de que un adulto le pidiera permiso para tocarlo, asintió levemente con la cabeza.

Con una paciencia y delicadeza infinitas, Evander limpió las heridas abiertas con una solución tibia de corteza de sauce y caléndula. Cuando el ardor inicial hizo que el chico jadeara y apretara los dientes, Evan se detuvo un instante, soplando con suavidad sobre la piel irritada para refrescarla antes de continuar. Untó un ungüento verdoso de árnica y miel que de inmediato calmó el escozor punzante, y envolvió cada muñeca y tobillo con vendajes de lino impecable, lo bastante holgados para no cortar la circulación, pero lo suficientemente firmes para proteger la carne viva.

Por primera vez en meses, el cuerpo de Elian no sentía el roce helado y cortante del hierro. El alivio físico fue tan abrumador que las lágrimas, densas y silenciosas, comenzaron a deslizarse por sus mejillas pálidas, goteando sobre la manta azul.

Evan fingió no notar el llanto para no avergonzar al joven; simplemente terminó de acomodar el último nudo y guardó sus herramientas en silencio. Luego sacó un pedazo de pan blando de centeno y queso fresco, envolviéndolo en un lienzo limpio, y lo colocó junto a él.

—Nos espera un viaje de dos días a través del paso del bosque hasta Salix —dijo el sanador, acomodando los sacos para crear un nido cálido y protegido en el fondo del carromato—. El camino tiene baches, pero estarás a cubierto. Come lo que te apetezca y duerme todo lo que tu cuerpo te pida. Nadie va a tocarte ni a molestarte mientras estemos en camino.

Elian limpió apresuradamente las lágrimas de sus mejillas con el borde de la manta, contemplando el pan como si se tratara de un manjar de reyes.

—Gracias... señor Evander —susurró con la voz entrecortada, haciendo una leve reverencia con la cabeza, una costumbre profundamente arraigada de su tierra natal.

—Solo Evan —le sonrió el sanador con calidez paternal, dándole unas palmaditas suaves sobre la madera junto a él antes de descender del carromato—. Descansa, Elian. Tu pesadilla terminó hoy.

Evan cerró la lona trasera asegurando las correas para evitar que el aire gélido se filtrara, subió al pescante delantero y tomó las riendas de los caballos. Con un chasquido suave de la lengua, el carruaje se puso en marcha, dejando atrás el lodazal miserable del mercado fronterizo para adentrarse en los senderos que ascendían hacia las montañas del norte.

En el interior oscuro y resguardado, Elian apretó la manta azul contra su pecho. Respiró hondo el aroma a hierbas y manzanilla que impregnaba el aire, cerró los ojos rasgados y, por primera vez en muchos inviernos, el muchacho no se durmió esperando la muerte, sino rezando en silencio para que aquel viaje jamás terminara.


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