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El Cine Star olía a una mezcla permanente de desinfectante industrial barato y mantequilla quemada. Era un olor que se te metía en los poros, que se adhería a tu ropa y te seguía hasta casa como un perro callejero sarnoso. A Maeve Wiley no le gustaba, pero lo toleraba. El dinero era dinero, y Barry, el gerente, era lo suficientemente incompetente como para no notar si Maeve se tomaba descansos de veinte minutos para leer a Virginia Woolf en el almacén de los suministros de limpieza.
Era un martes lluvioso, lo que significaba que el cine estaba prácticamente vacío, salvo por una pareja de ancianos en la Sala 3 viendo una comedia romántica y un grupo de adolescentes fumando a escondidas en la salida de emergencia. Maeve estaba detrás del mostrador, limpiando la máquina de granizados con una bayeta que había visto días mejores. El zumbido eléctrico de la máquina era el único sonido en el vestíbulo, hipnótico y molesto.
—Wiley —la voz de Barry resonó desde la oficina, cargada de esa ansiedad sudorosa que lo caracterizaba.
Maeve no levantó la vista. Siguió frotando una mancha de jarabe azul que parecía haberse fosilizado.
—Si vas a pedirme que doble turno el sábado, la respuesta es no, Barry. Tengo un ensayo de tres mil palabras sobre la opresión sistémica en la literatura victoriana y no pienso hacerlo con olor a hot dog.
—No es eso. Sal aquí. Tenemos... una nueva incorporación.
Maeve soltó un suspiro largo, de esos que nacen en el diafragma, tiró la bayeta al fregadero y se giró. Se limpió las manos en el delantal granate, preparándose para ver a algún chico de quince años con acné y demasiadas ganas de agradar.
Pero cuando salió de detrás de la barra, el mundo pareció detenerse por un segundo ridículo y dramático.
No era un chico con acné.
De pie junto a la máquina de tickets, con una postura tan rígida que parecía que iba a romperse si soplaba el viento, estaba Sloane Sterling.
Maeve parpadeó. Tenía que ser una alucinación provocada por los vapores del producto de limpieza. Sloane Sterling no pisaba lugares como el Cine Star. Sloane Sterling vivía en una casa con piscina climatizada en las colinas, conducía un coche que costaba más que la caravana entera de Maeve y organizaba fiestas donde la gente bebía vodka que no sabía a gasolina.
Pero allí estaba. Llevaba una gabardina color crema que probablemente costaba tres meses de sueldo de Maeve, y sus zapatos de cuero italiano brillaban bajo las luces fluorescentes parpadeantes del techo. Lo único que desentonaba era su rostro: pálido, con los ojos ligeramente enrojecidos y una expresión de pura y absoluta miseria.
—¿Es una broma? —preguntó Maeve, su voz cortando el aire como una navaja—. ¿Qué hace ella aquí? ¿Se ha perdido de camino al club de campo?
Sloane apretó la mandíbula. El gesto fue sutil, un leve movimiento de un músculo en su mejilla perfecta, pero Maeve lo captó.
—Sloane va a trabajar con nosotros —dijo Barry, frotándose las manos nerviosamente—. Su... situación ha cambiado. Necesita el empleo. Y tú vas a entrenarla.
Maeve soltó una carcajada. Fue un sonido seco, carente de humor.
—¿Yo? Ni hablar. No soy niñera de niñas ricas que juegan a ser pobres por una semana para escribir sobre ello en su solicitud para la universidad.
—No es un juego, Wiley —dijo Sloane. Fue la primera vez que habló. Su voz era firme, pero le faltaba la arrogancia habitual. Sonaba... frágil. Como cristal a punto de estallar—. Necesito el trabajo. Barry me ha contratado. Si tienes algún problema con la gestión de recursos humanos, preséntalo por escrito.
Maeve entornó los ojos, cruzándose de brazos. Se apoyó contra el mostrador, invadiendo deliberadamente el espacio personal de la chica nueva.
—¿Sabes limpiar un baño que ha sido usado por cincuenta niños después de comer azúcar durante dos horas? ¿Sabes cambiar un barril de refresco que pesa más que tú? ¿Sabes sonreírle a un tipo que te está gritando porque las palomitas están frías mientras te imaginas clavándole un bolígrafo en el ojo?
Sloane sostuvo su mirada. Sus ojos azules eran fríos, calculadores.
—Aprendo rápido.
—Ya veremos —Maeve se agachó y sacó una caja de cartón de debajo del mostrador. La lanzó sobre la superficie de metal con un golpe sordo—. Talla M. El poliéster pica y el color te hará parecer enferma de ictericia. Bienvenida al infierno, Sterling. El vestuario está al fondo a la derecha. Tienes tres minutos antes de que empiece tu turno.
Sloane miró la caja como si contuviera ántrax. Levantó la vista hacia Maeve, buscando algún rastro de compasión, alguna señal de tregua escolar. No encontró nada más que el delineador negro corrido de Maeve y una ceja levantada en desafío.
—¿A qué esperas? —insistió Maeve—. El tiempo es dinero. Y por lo que he oído en las noticias sobre tu padre y sus cuentas en las Islas Caimán, te hace mucha falta.
Fue un golpe bajo. Cruel. Innecesario.
Sloane se puso rígida. El dolor cruzó su rostro tan rápido que casi fue invisible, reemplazado instantáneamente por una máscara de odio gélido. Agarró la caja con sus manos perfectamente cuidadas.
—Vete a la mierda, Wiley —susurró Sloane, con una elegancia que hacía que el insulto sonara casi aristocrático.
—Esa es la actitud —respondió Maeve con una sonrisa falsa y afilada—. Ahora ve a ponerte el uniforme. Tienes que fregar el vómito de la fila 4.
Sloane se giró sobre sus talones y marchó hacia el pasillo oscuro, el sonido de sus tacones caros resonando contra el suelo pegajoso, marcando el inicio de una guerra que ninguna de las dos estaba preparada para pelear.
Maeve se quedó sola en el vestíbulo, escuchando el zumbido de la máquina. Sintió una punzada extraña en el estómago. No era culpa, se dijo a sí misma. Era hambre. Definitivamente era hambre.








