El cielo en llamas
El cielo no solo ardía: rugía.Las nubes se partían como si una garra invisible las desgarrara desde dentro. Las campanas del Reino de Valdren repicaban sin descanso, un sonido grave y desesperado que vibraba en los huesos.
Lyra Valdren estaba de pie en la torre oriental, el viento azotando su capa escarlata. Desde niña le habían enseñado a no temer al fuego. Pero aquello… aquello no era fuego común.
Era antiguo.
Era consciente.
Un dragón cruzó el firmamento como una estrella caída. Sus escamas reflejaban el sol como metal líquido. Cada batir de alas levantaba corrientes de aire tan fuertes que las almenas crujían.
Abajo, en el patio del castillo:
—¡Formación de escudos!
—¡Ballestas al frente!
—¡Protejan al rey!
El caos olía a hierro y sudor.
Lyra no esperó órdenes.
Bajó las escaleras de piedra de dos en dos. Su arco colgaba en su espalda y la espada corta descansaba en su cadera. No era una princesa ornamental. Había entrenado con los mejores capitanes desde los doce años.
Cuando llegó al patio, el dragón descendía.
El impacto fue como un terremoto.
La piedra se agrietó.
El polvo cubrió todo.
Y entonces ocurrió lo impensable.
El monstruo no atacó.
El fuego envolvió su cuerpo y comenzó a comprimirse, como si las llamas obedecieran una voluntad invisible. Las alas desaparecieron. Las garras se retrajeron. Las escamas se fundieron en piel.
Un hombre emergió del fuego.
Alto. Cabello blanco como ceniza recién caída. Ojos dorados, verticales, imposibles.
El silencio fue absoluto.
El rey Alaric dio un paso al frente.
—Habla, bestia.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
—Mi nombre es Azhrael. Y vengo en nombre del Cónclave Dracónico.
Su voz no era un grito, pero resonó como trueno lejano.
Lyra sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—El Pacto de Sangre ha sido quebrado —continuó Azhrael—. Uno de los firmantes ha traicionado su juramento.
El rey mantuvo el mentón en alto.
—Los humanos no hemos iniciado ninguna agresión.
Los ojos dorados se clavaron en él.
—¿No?
Un gesto leve de su mano.
Y el cielo volvió a rugir.
A lo lejos, más dragones aparecieron entre las nubes.
No uno.
Cinco.
Lyra tensó el arco.
—Si vienen a destruirnos, no saldrán indemnes.
Azhrael la miró por primera vez.
No como se mira a un enemigo.
Como se mira a un misterio.
—Tú… —murmuró.
Por una fracción de segundo, algo cambió en su expresión.
Confusión.
Reconocimiento.
Dolor.
Pero el momento se rompió cuando un mensajero irrumpió en el patio, cubierto de sangre.
—¡Majestad! ¡La frontera norte ha caído! ¡Las aldeas están en llamas!
El rey palideció.
—¿Qué ejército?
El soldado apenas podía mantenerse en pie.
—No eran humanos…
Antes de terminar la frase, una explosión sacudió la muralla occidental.
Un rugido diferente atravesó el aire.
No era de dragón.
Era más grave. Más salvaje.
Desde los bosques cercanos emergían figuras enormes, cubiertas de pelaje oscuro.
Licántropos.
La Orden de la Luna Carmesí había entrado en guerra.
Lyra sintió cómo el mundo que conocía se quebraba en segundos.
Dragones en el cielo. Hombres lobo en la puerta. Y su padre acusado de traición.
Azhrael habló de nuevo, esta vez solo para ella:
—Esto apenas comienza.
Y por primera vez en su vida, Lyra no supo si estaba frente a un enemigo… o al único ser que conocía la verdad








