Sin Rostro por Pabble Bubble en Inkitt
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Sin rostro

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Sinopsis

La paz se logró. El balance está a la orden del día. Pero… ¿a qué precio? ¿Qué ocurre cuando levantamos la mirada de nuestras pantallas? Esas son las preguntas que persiguen a Henry cada mañana. Lo que no sabe es que ha llegado EL MOMENTO de encontrar las respuestas. Acechado por la Administración que dirige el destino del mundo, Henry se verá obligado a huir de su pasado mientras intenta demostrarse a sí mismo que lo único capaz de salvar al ser humano… es seguir siendo humano. En su camino, el pasado, el presente y el futuro comenzarán a entrelazarse, revelando que la verdad detrás de esta paz podría ser mucho más oscura de lo que nadie imagina. ©Todos los derechos reservados, está historia sigue siendo un borrador así que puede contener errores.

Genero:
Scifi
Autor/a:
Pabble Bubble
Estado:
En proceso
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capitulo 1: El conspiranoico no tan loco

El viento del páramo aullaba contra los tablones podridos de la cabaña, arrastrando polvo rojizo que se colaba por cada rendija. Adentro, el aire era espeso y olía a humedad estancada.

Alrededor de una tosca mesa, apenas iluminados por una única lámpara de energía que parpadeaba erráticamente, una decena de espectros vestidos con harapos guardaban una quietud solemne, casi ritual. Eran los restos de algo, desertores marcados por una causa perdida o quizás, una recién encontrada. Entre ellos, cuatro figuras parecían gravitar más cerca del débil centro de luz, unidas por una tensión silenciosa que las separaba del resto. Buscaban perdurar, aferrados a la idea de guiar a una humanidad defectuosa a través de las ruinas del tiempo. "Puño y Letra", resonaba el nombre en susurros, el único estandarte que les quedaba.

Uno de los cuatro, un hombre de estatura media y cabello oscuro revuelto por la falta de agua, observaba la escena. Sus ropas, tan raídas como las de los demás, no lograban ocultar la intensidad de su mirada oscura ni la cicatriz fina que cruzaba su ceja izquierda —un recuerdo de un pasado menos precario—. Se acomodó en la silla desvencijada, sus ojos barriendo la penumbra, deteniéndose en el leve destello de un viejo servidor que agonizaba en un rincón, único vestigio tecnológico en aquella ruina.

—Solo falta que lleguen los demás... —la voz surgió de otra de las cuatro figuras centrales, una silueta delgada y encapuchada, apenas un murmullo tembloroso. Se rascó la cabeza cubierta—. Aún dudo que esto sea lo correcto.

El hombre de la cicatriz asintió levemente para sí, compartiendo la aprensión. "Parias", pensó. "¿Cómo podemos guiar a nadie si apenas existimos? Todo lo que sabemos... tan relativo como este polvo que respiramos." Su mirada volvió a la lámpara parpadeante, reflejo de su propia incertidumbre.

Al despertar de ese sueño tan vívido, cubierto de sudor, Henry solo atinó a mirar el reloj con cara de pocos amigos antes de apagarlo de un manotazo. Era la primera vez que soñaba algo tan real; podía recordar con incómodo detalle aquel pequeño cuarto que parecía rezumar humedad. Pese al deterioro general, un sector destacaba intacto: un escritorio de una madera desconocida, sobre el cual reposaban un tintero y una pluma que parecían recién usados.

"Es momento de levantarse", pensó, mientras apartaba las sábanas revueltas y se dirigía hacia el armario. Se había quedado dormido leyendo, otra vez.

Estaba perdido en sus pensamientos, pasando distraídamente la página 85 del libro que aún sostenía, cuando un rugido de su estómago le recordó, sin contemplaciones, que llevaba horas sin comer. Se levantó de la cama y sus pies tropezaron con la caja de cartón del viejo TEG que su abuelo le había regalado años atrás. A pesar del desorden en su habitación, encontró consuelo en la familiaridad de los objetos que lo rodeaban. Su atención, sin embargo, derivó hacia la puerta contigua, la de la habitación donde su abuelo llevaba una década sumido en el coma.

Finalmente, rescató una pizza del refrigerador, un resto olvidado de hacía una semana. Mientras masticaba la porción recalentada –un milagro insípido cortesía de la tecnología de conservación–, su mirada vagó hacia la habitación del abuelo. Una década en coma. Diez años de silencio y paz artificial. A veces, Henry se preguntaba si ese vacío era una forma cruel de propósito vital, un peso silencioso de cariño, tristeza y resignación. La eficacia del refrigerador también le trajo a la mente la constante preocupación por los recursos desperdiciados. ¿Qué pasaba con los alimentos no consumidos? Recordó la vieja historia bíblica de las vacas gordas y las flacas, preguntándose qué tipo de hambruna le depararía el futuro a su mundo tan eficientemente conservador.

Mientras comía la pizza, sus pensamientos derivaron inevitablemente hacia la Administración Mundial y su omnipresente poder. Sí, habían unificado el planeta y pregonaban igualdad, pero Henry sentía —con una mezcla creciente de frustración y rabia— que, en el proceso, le habían robado al mundo su dignidad, su humanidad. Se preguntó, no por primera vez, por qué la gente aceptaba este yugo sin rebelarse, sin reclamar su libertad.

El último bocado de pizza aún estaba tibio cuando intentó volver al libro, recostado contra las almohadas. Apenas leyó dos líneas antes de quedarse dormido. Lo siguiente fue un sobresalto: la luz entrando de lleno por la ventana y la hora en el reloj digital confirmando que llegaba irremediablemente tarde a la universidad. Buscó a tientas su tesis entre el desorden del escritorio, la encontró y salió disparado hacia la puerta, decidido a recuperar el tiempo perdido.

En el camino, esquivó a la multitud habitual, gente absorta en las pantallas de sus dispositivos, autómatas indiferentes que casi lo hicieron tropezar más de una vez. Finalmente, llegó al complejo universitario del Sector 12, uno de los pocos edificios históricos que la Administración había decidido preservar, una fachada neoclásica con techos altos que contrastaba con los bloques funcionales que dominaban el resto del sector.

Los pasillos interiores, sin embargo, bullían con la energía despreocupada de los estudiantes que iban y venían, hablando y riendo. Golpeó apresuradamente la puerta del aula. Esta se deslizó a un lado sin ruido, reconociendo su identidad registrada por los sensores biométricos. Henry se adentró en la enorme sala, bañada por el brillo cambiante de las luces ambientales que una IA básica ajustaba según la hora del día. La tecnología impregnaba cada rincón: desde la vasta pizarra interactiva holográfica que flotaba al frente, mostrando gráficos complejos que el profesor apenas parecía consultar, hasta las mesas y sillas que se autoajustaban silenciosamente a la ergonomía de cada estudiante.

Henry buscó un lugar libre, observando de reojo a sus compañeros, la mayoría con la mirada fija en la información que sus dispositivos personales proyectaban en tiempo real. Pero antes de poder escabullirse a un asiento, la voz monótona del profesor —un hombre de aspecto grisáceo, casi anacrónico en medio de tanta modernidad— se detuvo. Clavó en Henry una mirada cargada de simple desprecio por la interrupción. «Señor Winn, un placer tenerlo con nosotros finalmente», dijo con un sarcasmo que no ocultaba su fastidio, antes de reanudar su discurso sobre algún tema que a Henry le resultaba profundamente aburrido. Él solo barrió la sala con la mirada buscando un hueco. Al fin, divisó uno, pero para su desagrado, estaba al lado de la persona más petulante que había conocido... después de él mismo.

Se dejó caer en la silla junto a Flores, con el que nunca se había llevado bien. La realidad era que nunca congeniaron; cada uno representaba justo lo que el otro más detestaba.

—¿Te gusto o algo por el estilo, Flores? —soltó Henry, dejando caer una sonrisa burlona al notar la mirada cargada de desdén que le devolvía su compañero.

—No es eso, idiota. —Flores apartó la mirada con fastidio, como si la sola presencia de Henry le molestara—. Hace media hora te estaba buscando gente de la C.C.

—¿Y a mí por qué? —inquirió Henry, sus ojos buscando instintivamente alguna pista en el entorno del aula, aunque sabía que no la encontraría allí.

—Yo qué voy a saber. —Flores resopló, volviendo a mirarlo con claro desprecio—. Ni siquiera te soporto. Debe ser por lo rarito que eres.

—Primero, —replicó Henry, soltando una risa seca y recostándose en la silla con estudiada indiferencia — yo no tengo ínfulas de nada. A lo sumo, son ustedes los que necesitan que les soben la pancita y les digan qué geniales son para sentirse 'especiales'. —Cruzó los brazos—. Segundo, si soy un zángano o no, es mi problema, Flores. Salvo que, como te dije antes, te guste o te importe de verdad... En ese caso, —le guiñó un ojo, el sarcasmo brillando en su mirada— podríamos hablarlo.

—Eres un asco —masculló Flores, levantándose de golpe y pateando su propio asiento al alejarse entre las filas.

Henry se encogió de hombros, una sonrisa divertida jugando en sus labios mientras observaba la retirada de Flores. —Mejor, más lugar para mis cosas —susurró para sí, acomodándose en el asiento ahora vacío a su lado.

Sin embargo, la sonrisa se desvaneció tan rápido como había llegado, reemplazada por una súbita inquietud. "¿Qué demonios podrá querer la C.C conmigo?", pensó, sintiendo una extraña mezcla de curiosidad y un escalofrío de miedo, aunque no pudo evitar una chispa casi imperceptible de vanidad. "Si solo soy un blogger con cinco mil seguidores... el último don nadie a nivel mundial."

Morrison reprimió una mueca de disgusto al entrar a las oficinas centrales de la administración en el Sector 12. Siempre el mismo espectáculo: paredes de cristal que pretendían tocar la cúpula que cubría la ciudad, una transparencia casi insultante que, sin embargo, contrastaba con la tecnología obsoleta de las enormes y torpes cámaras de seguridad visibles en algunos puntos. Una fachada de modernidad con grietas evidentes.

Sabía por qué estaba allí: sus órdenes eran encontrar a un muchacho que, sobre el papel, parecía insignificante para un agente de su calibre. Lo que no esperaba era la escena que encontró al franquear las últimas puertas. Se acomodó la corbata, respiró hondo y activó su mejor cara de póker justo a tiempo. La escena cambió de una simple asignación a algo mucho más serio: frente a él, reunidos en la sala principal, estaban el Administrador Central y, para su completa sorpresa, la figura distante del Gran Administrador. Rara vez se dejaba ver en persona en reuniones de este nivel. Morrison sintió un cambio inmediato en el ambiente; ya no se trataba de lidiar con ineptos de sector, estaba ante la verdadera cúpula, un nivel que, a pesar de todo, respetaba.

Como era habitual en sus escasas apariciones, el Gran Administrador permanecía en un segundo plano, casi una sombra inmóvil, mientras el Administrador Central, impecable y eficiente, parecía dirigir la conversación que su llegada interrumpió.

—Perdón por la interrupción —anunció Morrison, su tono solemne, la cabeza erguida al entrar.

—¡Estamos en una reunión, agente! —replicó bruscamente el Administrador Central, interrumpiendo su propia conversación con un gesto de impaciencia—. ¿No sabe esperar?

—Por eso pedí disculpas —sostuvo Morrison, el filo apenas contenido en su voz no pasando desapercibido.

Antes de que el Central pudiera continuar, la voz calmada del Gran Administrador terció desde su lugar apartado: —Agente, acérquese. Su informe es urgente, según entiendo.

—Señor, fuimos a buscar al muchacho, pero no estaba en la universidad —informó Morrison con firmeza, adelantándose a cualquier posible nueva interrupción del Central. —Señor, disculpe la intromisión —continuó, dirigiendo la mirada al superior—, pero sigo sin entender por qué es tan importante encontrar a este chico. Se ve a leguas que es un simple hablador conspirativo como tantos... ni siquiera tiene influencia en las masas. La mayoría lo tilda de loco y rarito. Con todo respeto, no veo el sentido de que un agente de la CC se rebaje a buscar a un simple campesino.

—Partiendo de que yo soy su superior y le di una orden directa —atajó el Administrador Central, su voz subiendo de volumen—, orden que NUNCA debe ser cuestionada. Recuerde lo que está en juego, Morrison. No voy a arriesgar nada por un parlanchín... o por un agente inepto como usted. —Morrison apretó la mandíbula, sintiendo una oleada de ira ante el insulto, pero mantuvo el rostro impasible.— No olvide su lugar ni la misión de la CC: somos el CONTROL DE CAOS. Y si este "rarito" representa CAOS, debemos verificarlo y anularlo. ¿Me comprende o necesita que se lo explique de otra forma? —inquirió el Central, señalando la puerta con un gesto displicente.

—Antes que se retire, Morrison... —intervino de nuevo la voz suave del Gran Administrador—. Quiero que entienda algo. No es importante el muchacho en sí, sino lo que representa. Usted es un fiel servidor, lo sé. Por eso, créame cuando le digo: nunca subestime el aleteo de una mariposa. Puede cambiarlo todo. —Lo traeré ante usted, Señor. —Morrison bajó la mirada por primera vez, haciendo una reverencia formal hacia la presencia del Gran Administrador.— No le fallaré. Y le pido disculpas por mi falta de respeto hacia usted y la investidura que defendemos. —Concluyó, girándose para cruzar la puerta. Aún no entendía del todo la misión, pero la imponente calma del Gran Administrador reafirmaba su peso.

Al volver a casa ese mismo día, Henry decidió intentar disfrutar de sus días libres con un libro, ya que la biblioteca local seguía cerrada por fumigación. Mientras se acercaba a la ventana para ventilar la habitación cargada, algo extraño llamó su atención: dos figuras inmóviles, vestidas de negro y con sombreros estilo Trilby, estaban paradas frente a su casa, observando directamente su puerta. No lograba distinguir sus rasgos en la penumbra creciente, pero el aura de calculada indiferencia que los envolvía lo puso inmediatamente en alerta.

Los dos hombres sostuvieron su mirada por un instante eterno, antes de simplemente girarse y desvanecerse en la oscuridad calle abajo. Henry intuyó que aquello no era casual. ¿Quiénes eran? ¿Vigilancia? ¿Una advertencia? Las preguntas se agolparon en su mente, recordando de golpe la conversación con Flores sobre la C.C.

Decidió ignorarlo por el momento, volviendo a su libro, pero la inquietud ya se había instalado. Sentía que algo no estaba bien, que el peligro acechaba. Permaneció alerta, aguzando el oído ante cualquier ruido fuera de lo común.

No tuvo que esperar mucho. Un rugido sordo y grave rompió el silencio del vecindario. Se asomó con sigilo. Las figuras de los sombreros habían desaparecido, pero ahora una camioneta negra, imponente y de suspensión alta, se detenía frente a su casa, motor vibrando a pesar de la sirena apagada. Tres hombres bajaron: dos figuras de traje impecable, armas visibles en la cintura, flanquearon el vehículo; el tercero, un oficial de policía con una estudiada expresión amable, se encaminó hacia su puerta. Golpeó con los nudillos. Silencio. Volvió a golpear, más fuerte. Henry dio un salto alarmado.

La amenaza era palpable. Su mente trabajó a toda velocidad. Ya no había duda: venían por él. A pesar del temor que le atenazaba el estómago, sus manos se movieron con una precisión ensayada, dirigiéndose al bolso de supervivencia que siempre colgaba junto a la puerta. Guardó lo esencial: su Tablet con sus notas –odiaba depender de ella, pero era necesaria–, el cronómetro para medir cada segundo crucial y una linterna compacta.

Era hora de desaparecer.

Entró en silencio a la habitación contigua. Su abuelo dormía, ajeno a todo, la misma paz artificial de siempre. Henry se inclinó y le dio un beso en la frente. "Volveré por ti, abuelo", pensó, aunque las palabras que susurró fueron apenas un "Cuídate". Sabía que no podía quedarse. Con el bolso asegurado, se deslizó hacia la ventana trasera, bajó con agilidad por el viejo caño de desagüe y se perdió entre la maleza que bordeaba la casa.

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