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Dangerous love III

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Sinopsis

Dos años después de desaparecer, Seo Minah intenta vivir lejos del pasado que casi la destruyó. Pero algunas heridas no se curan con distancia. Y algunas sombras nunca dejan de perseguirte. Cuando el destino vuelve a cruzar su camino con Irina Krylov, Minah descubre que el amor más peligroso de su vida todavía no ha terminado.

Genero:
Erotica
Autor/a:
Egleys Godoy
Estado:
Completado
Capítulos:
11
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1

El mar tiene una forma extraña de borrar las cosas.

No lo hace de golpe. No es como el fuego que consume todo y deja cenizas. El océano es más paciente, más silencioso. Primero se lleva los rastros pequeños: las huellas en la arena, el eco de las voces, las promesas que alguna vez parecieron eternas.

Luego, poco a poco, empieza a llevarse el resto.

A veces me gusta pensar que fue el mar quien me ayudó a desaparecer.

Dos años atrás, cuando entregué el poder que había gobernado media sombra del mundo, cuando firmé el último acuerdo que sellaba la libertad que había comprado con traiciones, sabía que no quedaba nada para mí en Europa ni en Asia. Había hecho demasiados enemigos y, peor aún, había amado a alguien que pertenecía al otro lado de la guerra.

Recuerdo el momento exacto en que todo terminó.

El despacho estaba lleno de hombres que habían construido imperios con sangre. Sus rostros eran de piedra, acostumbrados a ver caer reyes y levantarse otros nuevos. Cuando cedí el control de la red, cuando acepté que la red debía continuar sin mí, hubo un silencio que parecía el final de una era.

Yo no miré atrás.

Nunca lo hago.

El exilio no fue una derrota; fue un trato. Krylov obtuvo el poder absoluto que siempre había querido, y yo obtuve algo que nunca había tenido: anonimato.

Las Islas Vírgenes eran perfectas para eso.

Aquí nadie pregunta demasiado.

El calor es constante, el aire siempre huele a sal, y la gente que llega suele traer historias que prefiere no contar en voz alta. En este lugar, las cicatrices no llaman la atención; simplemente se vuelven parte del paisaje.

Al principio pensé que sería difícil adaptarme.

Me equivoqué.

Las mañanas comenzaban temprano. El sol aparecía sobre el mar con una luz tan clara que parecía limpiar cualquier pensamiento oscuro. Caminaba por la playa antes de que los turistas despertaran, dejando que el agua me rozara los tobillos mientras la arena todavía estaba fría.

Con el tiempo la gente empezó a reconocerme.

No por mi pasado, claro. Ese había quedado enterrado bajo un nombre falso y un par de documentos muy bien preparados.

Aquí me conocían simplemente como Minah.

La mujer asiática que vivía en la casa blanca cerca del muelle, la que corría por la playa cada mañana y bebía café negro en el pequeño bar de madera que abría al amanecer.

Había algo curioso en este lugar: todos parecían haber llegado huyendo de algo.

Un banquero inglés que había perdido su fortuna.

Un exboxeador cubano que ahora alquilaba motos acuáticas.

Una pareja francesa que aseguraba estar escribiendo un libro, aunque jamás los vi escribir una sola página.

Nadie preguntaba demasiado porque todos tenían algo que esconder.

Y eso era suficiente para mantener la paz.

Yo también tenía mis rutinas.

Por las tardes solía sentarme en la terraza de un pequeño bar frente al puerto. El dueño, un dominicano llamado Mateo, había aprendido a preparar el whisky exactamente como me gustaba: sin hielo, sin palabras innecesarias.

Fue allí donde conocí a Adriana.

Apareció una noche como aparece la gente que sabe moverse entre las sombras del mundo: sin anunciarse, sin pedir permiso.

Adriana tenía el cabello oscuro hasta los hombros y una sonrisa que siempre parecía esconder una broma privada. Decía ser argentina, aunque su acento cambiaba ligeramente dependiendo de cuánto había bebido. Había trabajado en demasiados lugares como para recordar todos: bares en Seul, clubes, un casino flotante que había recorrido medio Caribe.

Nunca le pedí detalles.

Tampoco los necesitaba.

Había algo en ella que entendía perfectamente las reglas de este lugar: compañía sin preguntas, noches sin promesas.

La primera vez que se sentó a mi mesa lo hizo con una naturalidad sorprendente.

—Te veo aquí casi todas las noches —dijo, tomando el vaso que Mateo había dejado frente a mí—Pensé que era injusto beber sola.

Le quité el vaso de las manos con calma.

—No lo estaba.

Adriana soltó una pequeña risa.

—Ahora tampoco lo estás.

Con el tiempo empezamos a vernos con frecuencia.

A veces caminábamos por la playa después de que el bar cerraba. Otras veces terminábamos en su apartamento pequeño cerca del puerto, donde la música latina salía de un viejo altavoz y las ventanas siempre estaban abiertas para dejar entrar el sonido del mar.

No era amor.

Ni siquiera algo parecido.

Era simplemente una forma de recordar que el mundo seguía girando.

Adriana nunca intentó convertirse en algo más de lo que era. Nunca me preguntó de dónde venía ni por qué algunas noches despertaba con la respiración agitada, como si estuviera reviviendo viejas persecuciones.

Tal vez intuía que ciertas historias son mejores cuando permanecen incompletas.

Y durante un tiempo, eso fue suficiente.

Las noches en la isla tenían una calma peligrosa. La música de los bares se mezclaba con el sonido de las olas, las luces de los barcos parpadeaban a lo lejos y el aire caliente hacía que todo pareciera más lento, más fácil de soportar.

Podría haber seguido viviendo así mucho tiempo.

Pero los policías nunca dejamos de ser policías.

Hay una parte del instinto que no desaparece, sin importar cuánto intentes enterrarla.

Y esta noche algo no estaba bien.

Me detuve.

El viento había cambiado.

No era un presentimiento romántico ni una paranoia inútil. Era esa sensación que se instala en la nuca cuando alguien te observa.

Giré la cabeza lentamente.

Nada.

Palmeras moviéndose, sombras largas, el muelle vacío.

Aun así, mi cuerpo ya estaba en alerta.

Mi respiración se volvió más lenta. Mis ojos comenzaron a escanear cada rincón de la playa. El instinto nunca desaparece, solo duerme.

—Bien… —murmuré para mí misma—Si estás ahí… Puedes salir.

Silencio.

Solo el mar rompiendo contra las rocas.

Seguí caminando, fingiendo normalidad. Pero ahora cada paso era calculado. Miré el reflejo de las ventanas de la casa que alquilaba, intentando usar el vidrio como espejo improvisado.

Nada.

Y sin embargo, ahí estaba otra vez.

Esa sensación.

La piel de mi cuello se erizó.

Alguien estaba cerca.

Muy cerca.

Me detuve frente a la puerta de madera de la casa. Saqué las llaves del bolsillo, pero no abrí de inmediato. En lugar de eso, escuché.

Respiración.

No la mía.

Mi pulso se disparó, giré el cuerpo con rapidez, preparada para atacar, pero una mano apareció detrás de mí.

Firme.

Caliente.

Cubriendo mis ojos.

Mi espalda chocó contra un cuerpo alto y sólido. La otra mano rodeó mi cintura con una seguridad que no dejaba espacio para errores.

Mi primera reacción fue pura policía, el codo subió listo para golpear, pero entonces, ese perfume, oscuro, elegante, demasiado familiar.

Una voz baja rozó mi oído.

—Sigues siendo demasiado fácil de sorprender, oficial.

Mi corazón dejó de latir por un segundo.

Irina.

Sus dedos seguían cubriendo mis ojos, como si estuviera jugando conmigo.

—Han pasado dos años —susurró—Pensé que al menos intentarías dispararme primero.

Tragué saliva.

—Pensé que estabas muerta.

Ella soltó una risa baja contra mi oído.

Una risa que recordaba demasiado bien.

—¿Y decepcionarte así?

Sentí cómo retiraba lentamente la mano de mis ojos.

La noche volvió de golpe.

Pero antes de que pudiera girarme completamente, sus dedos se deslizaron por mi barbilla, obligándome a mirarla.

Irina Krylov estaba de pie frente a mí.

Cabello oscuro moviéndose con el viento del mar, vestida completamente de negro, los ojos brillando con esa calma peligrosa que siempre me había vuelto loca.

Dos años.

Y seguía siendo la misma tormenta.

Mi voz salió más baja de lo que esperaba.

—¿Me estabas siguiendo?

Ella inclinó ligeramente la cabeza, estudiándome.

Luego dio un paso más cerca.

Demasiado cerca.

—Observando —corrigió—Hay una diferencia.

Mi pulso golpeaba contra las costillas.

—Afff, ¡Maldita rusa! Eso es acoso.

Irina sonrió.

Esa sonrisa lenta que siempre significaba problemas.

—No cuando se trata de proteger lo que es mío. Oficial, no sabes lo mucho que extrañaba escucharte decir eso.

La miré fijamente.

Dos años esperando olvidarla. Dos años construyendo una vida tranquila. Y bastó un solo segundo para entender la verdad: El peligro no se había ido, solo había estado esperándonos.

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author

siiiiii, te amo mil gracias por subirla

4 meses

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