Gustavo llega al pueblo
Gustavo llevaba varias horas sin levantarse de aquel incómodo asiento de autobús y sentía la urgente necesidad de estirar sus adormecidas piernas. Aunque era delgado y un poco bajo de estatura para su edad, tenía muy limitados sus movimientos en aquel estrecho espacio, aprisionado entre la ventanilla a su derecha y el anciano alto y gordo que iba sentado a su lado izquierdo. El viejo, que acaparaba buena parte de su asiento de tan obeso que estaba, había pasado todo el viaje durmiendo y roncando como un lirón.
Gustavo consultó su reloj digital para darse una idea de cuánto faltaba para llegar.
—¡Las siete treinta y seis! —suspiró con un poco de fastidio. Eso quería decir que todavía quedaba al menos otra hora de camino.
Su mamá lo había despertado a las cinco de la mañana en punto para que se preparara para el viaje y a las seis su papá lo llevó en coche hasta la terminal de autobuses.
Días atrás, los padres de Gustavo habían decidido enviarlo por dos semanas a Valle de los Manzanos, el pueblo donde vivía su abuelo paterno: don Abelardo Olivares. Querían aprovechar las largas vacaciones de verano para poder pintar y arreglar algunos desperfectos en la casa. Por si fuera poco, la conexión del teléfono no funcionaba bien. Aunque ya habían reportado varias veces el fallo, la compañía no tenía ningún técnico disponible que pudiera ir a revisar la línea telefónica porque andaban cortos de personal. Para que el niño no se muriera de aburrimiento, decidieron que lo mejor sería mandarlo un tiempo fuera de casa a tomar un poco de aire fresco y evitar que estuviera todo el día pegado a la televisión y los videojuegos.
Gustavo estaba muy molesto por la decisión de sus padres. Las vacaciones de verano eran sagradas para él. Siempre iban a la playa y le encantaba nadar entre las olas y jugar al voleibol con su pelota inflable. Cuando anochecía, los tres se sentaban al calor de una fogata a comer malvaviscos asados mientras contaban historias de fantasmas y leyendas terroríficas capaces de ponerle los pelos de punta a cualquiera.
Pero en aquella ocasión, las cosas habían dado un giro radical. No le entusiasmaba nada la idea de pasar sus preciados días de descanso en un pueblo alejado entre los montes, donde llovía con mucha frecuencia y las temperaturas solían ser bastante bajas aun en pleno verano.
Los pensamientos nostálgicos de Gustavo fueron interrumpidos por los gruñidos de su estómago. Sacó el sándwich de jamón que su madre le había preparado y tomó un poco de jugo de naranja que llevaba en un termo.
Como todavía quedaba mucho camino por delante, decidió ponerse los audífonos para escuchar un cassette de Nirvana en su nuevo walkman y leer un poco de información sobre Valle de los Manzanos en una revista de turismo que había comprado antes de abordar el autobús.
Muy al contrario de lo que pensaba, resultó que el poblado tenía muchos lugares interesantes para visitar: Rocas Amontonadas, un paraje sobre el que se erguían montones de piedras que formaban impresionantes torres de diez a veinte metros de altura; el antiguo monasterio de la orden franciscana; la bodega de sidras de la familia Peláez y, por supuesto, la famosa fábrica de relojes «El Centauro», fundada por don Abelardo varios años atrás.
Según lo que el padre de Gustavo le había contado, el abuelo fue un niño prodigio que comenzó a reparar y fabricar relojes a temprana edad en el dormitorio de su infancia. Pronto empezó a ganar fama en todo el pueblo por la calidad y la precisión de sus creaciones. Al llegar a la adolescencia, montó un taller que creció hasta convertirse en la gran fábrica de relojes que era en la actualidad.
Gustavo quería conocer más sobre la fábrica, porque aunque fuera el nieto del fundador, sabía muy pocas cosas sobre ella. Nunca la había visitado. Desde que él tenía memoria, sus padres no habían vuelto a poner un pie por el pueblo. El abuelo muy pocas veces los iba a ver a la ciudad, porque no le agradaba estar tanto tiempo lejos de su amado taller. La última vez que Gustavo lo había visto tenía cinco años, y la semana pasada acababa de cumplir los once.
«Es que es un hombre muy ocupado», respondía su padre cada vez que él le preguntaba por qué el abuelo casi nunca iba a visitarlos.
«No importa», pensó Gustavo. «En cuanto llegue al pueblo, averiguaré todo lo que pueda sobre la fábrica del abuelo». Y decidió echar una cabezada durante lo que quedaba del viaje.
El chico despertó cuando el autobús comenzó a disminuir la velocidad. Un gran espectacular a la orilla de la carretera, donde se veía a una familia de campesinos sonrientes con grandes cestos a rebosar de manzanas, le dio la bienvenida al pueblo. Acomodó sus cosas en la mochila con la imagen de los Power Rangers que solía llevar a todos sus viajes y excursiones, y se preparó para bajar.
El anciano que iba a su lado aún dormía a pierna suelta y roncaba a más no poder. El autobús llegó a la estación y el niño pensó en zarandearlo para que despertara de una vez, mas no fue necesario: el viejo abrió los ojos de golpe, se levantó de un salto y ayudó a Gustavo a bajar la pequeña maleta de mano del portaequipajes.
Cuando Gustavo descendió del autobús, se encontró en el andén con un hombre alto y moreno, de una edad similar a la de su padre, que sostenía una gran cartulina verde fosforescente con una leyenda escrita en marcador negro: «¡BIENVENIDO, GUSTAVO OLIVARES!».
Aquello lo desconcertó. Su abuelo había quedado en ir a recogerlo a la terminal, así que, con un poco de desconfianza, decidió acercarse al hombre del letrero para preguntar:
—¿Quién es usted? ¿Dónde está mi abuelo?
—¡Hola, muchacho! Me imagino que tú debes ser Gustavo, el nieto de Abelardo.
—Así es —respondió el niño, un tanto receloso.
—¡Encantado de conocerte! Soy Raúl Méndez, uno de los trabajadores de confianza de tu abuelo. Él me encargó que viniera por ti y te llevara a la fábrica.
—¿Y por qué no pudo venir él? —preguntó Gustavo, todavía con cautela.
—Lo que pasa es que tu abuelo… es decir, don Abelardo tuvo un… pequeño problema esta mañana.
—¿Un problema? ¡Espero que no sea nada grave! —exclamó el chico, con clara preocupación.
—Ah… no… creo que no —respondió Raúl, con evasivas—. Bueno, muchacho… debemos irnos ya. Tu abuelo está ansioso por verte —añadió, intentando disimular su nerviosismo.
Gustavo asintió y decidió confiar en aquel hombre, pues no tenía modo de saber el día y la hora exacta de su llegada a no ser que el abuelo se lo hubiera contado.
Se colgó la mochila al hombro y siguió a Raúl, que cargaba con la maleta. Salieron juntos de la estación y se dirigieron a la parada del transporte público.
—Bien, ahora solo hay que tomar otro autobús que nos lleve al centro del pueblo —comentó Raúl.
Gustavo ya estaba harto de tanto traqueteo y quería llegar a la fábrica lo más rápido posible.
—¿Podemos ir en taxi? No me importa pagar un poco más, traje todos mis ahorros conmigo.
—De acuerdo, si insistes… —replicó Raúl, encogiéndose de hombros.
Los dos se montaron en un taxi vacío y emprendieron camino a la fábrica del abuelo.
Aunque aquellas no eran precisamente sus vacaciones soñadas, Gustavo decidió que buscaría la mejor manera de sacarles provecho. ¡Y vaya que lo haría!









Esta historia ya pinta bien desde el inicio
Pinta a ser una historia generacional, de relación abuelo-nieto, pero veamos como se desarrolla. De momento hay un misterio.
me encanta