CAPÍTULO 1: LA GRAVEDAD DE LO PROHIBIDO EL UMBRAL
El silencio del pasillo de la segunda planta era un arma de doble filo. Eran las cinco de la tarde y el instituto ya debería estar vacío, pero el aire se sentía cargado, eléctrico, como si las paredes mismas supieran lo que estaba a punto de ocurrir en el aula 4-B. —Viniste... —susurró Julián en cuanto cerré la puerta tras de mí. Él no estaba frente a la pizarra. Estaba apoyado contra uno de los pupitres del fondo, con la corbata floja y los primeros botones de su camisa desabrochados. Su mirada no era la del profesor de Análisis Matemático que todos respetaban; era la de un hombre que había llegado a su límite. —Me llamó, profesor. No iba a dejarlo esperando —respondí, sintiendo que mis piernas temblaban con cada paso que daba hacia él. No hubo tiempo para palabras académicas. Antes de que pudiera reaccionar, sus manos —esas manos que trazaban ecuaciones perfectas — se cerraron alrededor de mi cintura con una fuerza desesperada. Me elevó del suelo como si no pesara nada y me sentó de golpe sobre el escritorio de madera. —Elias... Dios, Elias... —gruñó él contra mi cuello, su aliento caliente quemándome la piel .—. No puedo seguir fingiendo que solo eres un alumno más. Me estoy volviendo loco en cada clase. Sentí sus labios buscar los míos con una urgencia que me robó el oxígeno. Sus caricias bajaron por mis muslos, arrugando la tela de mi pantalón, mientras mis manos se enredaban en su cabello, tirando de él para pegarlo más a mí. El mundo se redujo a ese contacto, al calor de su cuerpo contra el mío en un salón donde solo debería haber libros. De pronto, un sonido metálico rompió el hechizo. El eco de unas llaves golpeando la cerradura de la puerta principal. —¡Julián! ¡Valeriano! ¿Sigue aquí? —la voz del director retumbó en el pasillo, acercándose con pasos pesados—. Me pareció ver luz en su salón. El pánico nos golpeó como un balde de agua fría. Julián me soltó, pero sus ojos seguían clavados en los míos, inyectados en deseo y terror. —Maldita sea... —susurró, pegándome a la pared de un rincón oscuro mientras él intentaba recomponerse—. Si abre esa puerta, Elias... si nos ve así, mi carrera se acaba en un segundo. Me van a destruir. Pero lo peor es que te van a destruir a ti. —¡Santino! —el director ahora golpeaba la madera de la puerta—. ¡Sé que estás ahí con el profesor! ¡Abran ahora mismo! Julián me miró por última vez antes de dar un paso hacia la puerta, susurrando con una voz que era puro veneno dulce: —Estoy loco por ti, pequeño. Y ese es nuestro mayor pecado. TRES AÑOS ANTES: EL ORIGEN DEL DESASTRE (Camisa Azul) Para entender cómo llegué a estar escondido en un salón con el hombre que me doblaba la edad, hay que volver al principio. Al día en que mi mayor preocupación era que mi camisa azul no tuviera arrugas y que Dante no me robara la merienda. En 3ero “A”, el aire olía a sudor de educación física y a hormonas alborotadas. Dante estaba gritando como siempre, tratando de organizar una apuesta sobre quién sería el nuevo profesor. —¡Yo digo que es una vieja amargada que nos va a raspar a todos! —exclamó Dante, sentándose sobre el escritorio del profesor—. ¡Preparen sus bates, porque esto va a ser una guerra! Alessa se sentó a mi lado, sacando sus cuadernos. Me miró con esa chispa de inteligencia que siempre la caracterizaba. —Elias, deja de leer ese libro de astrofísica y ponme atención —me dijo Alessa, dándome un toquecito en el hombro—. Dicen que el nuevo es joven. Dicen que viene de la capital. ¿Te imaginas? —Mientras no sea un aburrido que solo dicte conceptos, me da igual, Alessa —respondí, aunque una extraña inquietud me recorría el pecho. Entonces, la puerta se abrió. No entró una “vieja amargada”. Entró Él. Julián Valeriano cruzó el umbral con una seguridad que detuvo el tiempo. Tenía el cabello perfectamente peinado y unos ojos que paracían leerte el alma antes de que pudieras saludarlo. Se detuvo frente a nosotros y soltó su maletín de cuero sobre la mesa con un golpe seco que nos hizo saltar. —Mi nombre es Julián Valeriano —dijo, y su voz llenó cada rincón del aula—. Y si creen que esta clase es para venir a jugar o a calentar el puesto, pueden irse retirando. Aquí no formamos bachilleres del montón; aquí formamos mentes que cuestionan la realidad. Dante se quedo mudo, bajándose del escritorio con una rapidez cómica. Julián paseó su mirada por el salón, evaluándonos a todos como si fuéramos piezas de un tablero. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, sentí que el azul de mi camisa me apretaba el pecho. —Usted —dijo, señalándome con un dedo—. El que tiene el libro de Hawking sobre el pupitre. ¿Cómo se llama? —Elias Santino, señor —dije, tratando de que mi voz no sonara tan infantil como me sentía en ese momento. Julián se acercó lentamente, invadiendo mi espacio personal. Se apoyó en mi pupitre, quedando a centímetros de mi cara. Pude oler su perfume, algo caro y amaderado que me dejó mareado. —Santino... —murmuró, y una pequeña sonrisa, casi imperceptible, apareció en sus labios—. He revisado tu expediente. Dicen que eres el orgullo de este instituto. Vamos a ver si tu intelecto es tan brillante como dicen, o si solo eres un niño con suerte. —Póngame a prueba, profesor —respondí, el orgullo dándome una valentía que no sabía que tenía. Julián soltó una carcajada baja, un sonido que se me quedó grabado en los huesos. —Oh, lo haré, Elias. Créeme que lo haré. Mucho más de lo que te imaginas. Alessa me susurró al oído, roja de la impresión: —Elias... creo que acabas de encontrar a alguien que habla tu mismo idioma. Pero ten cuidado, este tipo parece peligroso. Yo no podía dejar de mirarlo. Julián se dio la vuelta para empezar a escribir en la pizarra, y por primera vez en mi vida, la clase de física no fue sobre la gravedad de la Tierra, sino sobre la gravedad de esa mirada que acababa de cambiar mi vida para siempree








