El Hombre Dimensional.

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Sinopsis

Arturo, un hombre de veinticinco años cuya vida se desmorona, recibe una oferta imposible: la capacidad de viajar libremente entre dimensiones con solo pronunciar un número. Mundos infinitos, sin límites ni consecuencias aparentes. Solo existe una regla. En cada dimensión hay una pequeña caja. Si Arturo llega a tomar una sola, sin importar de cuál mundo provenga, el hombre que le otorgó el poder lo perseguirá sin descanso hasta eliminarlo. Al principio, la vida dimensional es un paraíso. Riquezas, poder y placeres imposibles se acumulan mientras Arturo salta de mundo en mundo sin mirar atrás. Pero la curiosidad, silenciosa y persistente, comienza a corroerlo. La caja se convierte en una obsesión… hasta que decide tocarla. En ese instante, la cacería comienza. Convencido de que puede escapar, Arturo huye a través de innumerables dimensiones, solo para descubrir una verdad aterradora: su perseguidor no pertenece a un solo mundo. Existe en todos. Y no se detendrá.

Genero:
Horror
Autor/a:
Salabaladas
Estado:
Completado
Capítulos:
8
Rating
5.0 2 reseñas
Clasificación por edades:
16+

Capitulo 1: La oferta.

El día era soleado.

Una mañana cualquiera… para cualquiera.

En un pequeño departamento en el centro de la ciudad, un hombre despertaba.

El despertador comenzó a sonar.

Lo apagó de inmediato.

Pero la alarma volvió a activarse una y otra vez, insistente, implacable.

Arturo se incorporó con pesadez, todavía atrapado en el sueño, tanteando a ciegas hasta encontrar el dispositivo.

Entonces miró la hora.

Y el sueño desapareció.

—¡Mierda, mierda, mierda! ¡Es tarde! Si llego una vez más así, me despiden —murmuró mientras luchaba por meterse los pantalones.

Se cambió a toda prisa, torpe por la urgencia. Apenas tuvo tiempo de tomar un bolillo de la mesa antes de salir disparado de su pequeño departamento.

Apenas cruzó la puerta…

—¡Arturo!

Se detuvo en seco.

Giró con el bolillo aún en la boca.

—Ejem… hola, señora María.

Frente a él estaba la dueña del edificio, impecable, elegante, completamente fuera de lugar en aquel pasillo desgastado.

—Nada de “hola”. Estoy aquí para que pagues las mensualidades vencidas del departamento.

Su voz era firme. No alzaba el tono… pero no hacía falta.

—Sí, lo sé, señora María. Mire, hoy me pagan completo. Le pagaré los meses vencidos, solo le pido un día más.

María lo observó en silencio.

—Hmm… espero que te paguen lo suficiente para cuatro meses.

Arturo tragó saliva.

—Tendré para dos… pero le juro que le haré dos pagos seguidos. Aunque tenga que vivir solo de bolillos.

La mujer suspiró.

—Mira… eres un inquilino tranquilo, y solo por eso te he aguantado —dijo con calma, aunque su mirada no suavizaba—. Pero te daré esta oportunidad. Una más. Si te atrasas otra vez, llamaré a la inmobiliaria y sacaré tus cosas ese mismo día.

Arturo juntó las manos, agradecido.

—Muchas gracias. No la decepcionaré.

—Más te vale.

María se marchó.

Arturo miró la hora.

Y su estómago se hundió.

«Mierda… perdí demasiado tiempo.»

Salió corriendo.

Mientras avanzaba, seguía mordiendo el bolillo, casi sin saborearlo.

Esquivó peatones, saltó zonas de construcción y atravesó una fila interminable de gente formada para una convención de anime.

Cuando por fin estuvo cerca de su trabajo, sacó el celular.

—¡Joder! Solo quedan diez minutos.

Aceleró aún más.

Cruzó la avenida sin mirar, ignorando el semáforo en verde para los autos.

No se detuvo.

No pensó.

Solo corrió.

Y lo logró.

—Ahh… ahh… ahh… tres minutos… antes…

Pero en cuanto dio un paso más—

Un camión pasó a toda velocidad junto a él.

El charco explotó.

Agua sucia.

Directo encima.

Arturo quedó empapado.

Silencio.

Miró su ropa.

No estaba presentable.

Ni de cerca.

Aun así…

Volvió a correr.

Dentro de la empresa, Arturo corrió sin detenerse, ignorando al guardia de la entrada.

Estaba a unos pasos del checador…

Pero dos guardias del piso se interpusieron en su camino.

—¡Esperen! ¡Tengo que checar antes de que sea tarde!

No respondieron.

Lo sujetaron con firmeza y lo inmovilizaron sin esfuerzo.

—¡Suéltenme! ¡Solo falta un minuto!

Arturo forcejeó, desesperado. Sus movimientos eran torpes, impulsados más por el pánico que por la fuerza.

Pero no logró liberarse.

Entonces—

Su alarma sonó.

Miró la pantalla.

7:01.

Se quedó inmóvil.

La resistencia desapareció de su cuerpo.

Sus brazos dejaron de tensarse.

Era tarde.

De verdad tarde.

Entonces, desde el pasillo contiguo, comenzaron a escucharse pasos.

Lentos.

Medidos.

Y luego…

Aplausos.

Secos. Pausados.

—Bien, bien, señor Arturo… —la voz llegó antes que la figura—. Llegar tan tarde… y además en un estado más que deplorable.

El hombre apareció.

Traje impecable. Postura recta. Mirada fría.

Se llevó la mano a la nariz, con evidente desagrado.

—Debo decir que la empresa ha sido demasiado paciente con usted. Sus constantes retardos… ya no son tolerables.

Arturo levantó la mirada.

—¡Héctor! Estaba por llegar. Estaba a segundos de checar.

Héctor lo observó con desdén.

—¿A segundos? —miró su reloj—. Señor Arturo… son las ocho con un minuto. Ha llegado una hora tarde.

El golpe fue silencioso.

—N-no puede ser… mi celular… mi alarma…

—¿No actualizó el cambio de horario?

El mundo se detuvo un instante.

Arturo recordó.

El aviso del día anterior.

La opción desactivada.

El descuido.

Sus ojos perdieron enfoque.

Ya no luchaba.

Ya no decía nada.

Héctor suspiró, como si aquello fuera una molestia menor.

—Se le permitirá regresar por sus pertenencias. Su sueldo será entregado en un plazo de tres meses, junto con lo correspondiente a sus bonos… —hizo una pausa leve—. Lo poco que haya acumulado.

Hizo una señal.

Los guardias soltaron a Arturo solo para obligarlo a ponerse de pie.

Arturo cayó de rodillas.

—¡Espere! ¡¿Tres meses?! Por favor… al menos denme el salario hoy. Necesito hacer un pago importante.

Héctor no cambió su expresión.

—Lo siento, señor Arturo. Son políticas de la empresa. Le sugiero que recoja sus cosas antes de que ordene que lo retiren.

Silencio.

Arturo apretó los dientes.

La rabia le subió por el pecho…

Pero no tenía a dónde dirigirla.

Se levantó.

Sin decir más.

Caminó hasta su área.

Le entregaron una caja de cartón.

Comenzó a guardar sus cosas.

Una por una.

Sin prisa.

Sin energía.

A su alrededor, las miradas no tardaron en llegar.

Y en apartarse.

Pero los murmullos no.

—Bueno… ya le habían llamado la atención muchas veces.

—Sí, además es bien antisocial. Siempre se iba directo a su casa.

—¿Te acuerdas cuando lo invitamos y nos rechazó?

—Sí… hasta les aventó el café.

Arturo escuchaba todo.

Cada palabra.

«Maldita sea… siempre les ayudé. Por eso terminaba más cansado que si hiciera solo mi trabajo…»

Su mano se tensó sobre la caja.

«Y lo del café… me desmayé del cansancio.»

Quiso hablar.

Quiso gritar.

Pero no lo hizo.

No podía.

No tenía aliados.

No tenía respaldo.

No tenía nada.

Cerró la caja.

La sostuvo con ambas manos.

Y caminó.

Recto.

Sin mirar a nadie.

Hasta salir de la empresa.

Una vez fuera de la empresa, su celular comenzó a vibrar.

El sonido lo tomó por sorpresa.

Soltó la caja por reflejo.

Sus cosas cayeron al suelo.

—¡Mierda!

Se agachó rápidamente, pero antes de recoger nada, miró la pantalla.

Victoria.

Tragó saliva.

Contestó.

—Victoria… hola. ¿A qué viene tu llamada?

Del otro lado, su voz sonaba apagada. Insegura.

—E-este… ¿podemos vernos en el café frente a mi trabajo?

Arturo dudó apenas un segundo.

—Sí, claro. Déjame dejar unas cosas en casa y voy enseguida.

Colgó.

Recogió sus pertenencias a toda prisa y corrió de regreso a su departamento.

Al llegar, dejó la caja en cualquier lugar.

Entró directo al baño.

El agua cayó con fuerza, llevándose el olor a aguas negras… pero no el peso del día.

Se cambió de ropa sin pensar demasiado.

Y volvió a salir.

Corrió.

Como si aún estuviera intentando llegar a tiempo a algo que ya había perdido.

Minutos después, entró a la cafetería Lovis.

La vio de inmediato.

Sentada en una mesa junto a la ventana.

Victoria.

Cabello pelirrojo.

Ojos azules.

Postura tensa.

Arturo se acercó, forzando una normalidad que ya no existía.

—Amor… ¿qué pasa? ¿Por qué me citaste?

Victoria no respondió de inmediato.

Sus manos estaban entrelazadas sobre la mesa.

Apretadas.

El silencio creció entre ellos.

Pesado.

Incómodo.

Arturo no supo qué hacer.

No supo qué decir.

Entonces—

—Arturo… —comenzó ella, finalmente—. He pasado buenos momentos contigo…

Su voz tembló apenas.

—Pero desde hace meses me ignoras. Todo el tiempo. Y cuando intento acercarme… te alteras. Incluso cuando solo me preocupo por ti.

Arturo parpadeó, desconcertado.

—P-pero… eso ya pasó. Puedo cambiar. Si lo hubiera sabido antes…

Victoria negó con la cabeza.

—¿Y qué cambiaría eso?

Lo miró.

Directo.

Sin suavidad.

—Estoy cansada, Arturo.

El aire pareció desaparecer.

—Hace meses conocí a alguien… —continuó—. Lo estuve evitando, porque seguía contigo. Pero… hace poco entendí lo que siento.

Una pausa.

Corta.

Brutal.

—Y ya no te amo.

El mundo se redujo a esas palabras.

Arturo sintió algo quebrarse dentro de él.

—V-Victoria… por favor… piénsalo bien…

Sin darse cuenta, tomó su brazo.

Lo apretó.

Más fuerte de lo que pretendía.

—¡Ay! Me estás lastimando.

Antes de que pudiera reaccionar—

Una mano lo sujetó.

Firme.

—Ya basta.

Arturo alzó la mirada.

Un hombre alto lo observaba con evidente molestia.

—Ya te dijo que no quiere nada contigo.

Arturo entrecerró los ojos.

—¿…Marco?

Su antiguo compañero de universidad.

Marco lo reconoció al instante.

Su expresión no cambió.

—Tsk… veo que no has cambiado nada.

Arturo soltó a Victoria.

Sus manos quedaron suspendidas en el aire por un instante.

Vacías.

Victoria se levantó.

No dijo nada más.

Se marchó.

Marco la siguió.

Sin mirar atrás.

Arturo se quedó ahí.

Inmóvil.

Rodeado de gente…

Y completamente solo.

«¿Por qué…?»

«¿Por qué me pasa esto a mí?»

El murmullo de la cafetería volvió poco a poco.

Como si nada hubiera ocurrido.

Como si él no se estuviera derrumbando en ese mismo instante.

Salió.

Sin rumbo.

Con el pecho apretado.

Y la mente en silencio.

Ya era tarde.

El cielo comenzaba a oscurecer cuando Arturo regresaba a su departamento, con la intención de al menos ordenar lo poco que le quedaba.

Pero al llegar—

Se detuvo en seco.

Sus cosas…

Estaban siendo sacadas.

Cajas abiertas.

Muebles desplazados.

Objetos acumulados en el pasillo.

El mundo volvió a torcerse.

—S-señora María… —su voz salió más débil de lo que esperaba—. ¿No dijo que me daba hasta mañana?

María lo miró.

Su expresión era seria. Profesional.

Distante.

—Ese era el acuerdo… —respondió con calma—. Pero llegó una orden judicial. La policía está ejecutando un embargo sobre tus bienes.

Le extendió unos documentos.

—Si quieres más información, habla con el señor de allá.

Arturo tomó los papeles con manos temblorosas.

Pero no los leyó.

Corrió.

Se dirigió directo hacia el hombre calvo que supervisaba todo.

—¡Disculpe! ¿Por qué me están embargando?

El hombre lo observó con calma, evaluándolo.

—¿Usted es el señor Arturo Vega Marín?

—Sí, soy yo.

—Bien… —revisó un documento—. Como indica aquí, usted no ha realizado ningún pago del préstamo otorgado a su nombre.

El aire se volvió pesado.

—¿P-préstamo…? ¿Cuál préstamo? Yo nunca he pedido nada.

El hombre señaló el documento.

—Aquí consta que usted solicitó un monto superior a doscientos mil pesos hace aproximadamente un año.

—¡¿Qué mierda?! —su voz se quebró—. Yo nunca hice ninguna solicitud.

—El documento cuenta con su firma, señor. Y el procedimiento fue validado conforme a protocolo.

Arturo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Entonces—

Su teléfono sonó.

Miró la pantalla.

“Julio”.

Contestó de inmediato.

—¿Hermano?

—¿Julio?

—Oye… este… solo te aviso que mamá y papá están hospitalizados. Ve al hospital Waranga.

—¿Qué? ¿Y tú dónde estás?

—Eh… me fui de vacaciones.

Silencio.

—¿Vacaciones…? —su voz se volvió lenta—. ¿Con qué dinero…?

Entonces todo encajó.

De golpe.

Como un martillazo.

—¿Falsificaste mi firma?

—¿Qué?

—¡¿Falsificaste mi firma?! —estalló—. ¡Puta madre!

Del otro lado…

Silencio.

—Lo siento, tengo que colgar.

—¡Tú maldito—!

La llamada se cortó.

El vacío fue inmediato.

El hombre calvo volvió a hablar, con el mismo tono neutro.

—¿Pudo corroborar la situación?

Arturo lo miró.

Sus ojos estaban llenos.

Las lágrimas ya no se contenían.

—¿Sabe… dónde queda el hospital Waranga?

El hombre, al notar su estado, le dio las indicaciones sin más preguntas.

María observaba desde la distancia.

Sabía que algo iba mal.

Pero no podía intervenir.

No en esto.

Al siguiente instante—

Arturo salió corriendo.

Otra vez.

Como si correr fuera lo único que aún podía hacer.

El hospital lo recibió con luces blancas y un silencio pesado.

Se acercó al área de información.

—¿Es familiar de los señores Vega?

—Sí… soy su hijo.

El doctor asintió.

—Sus padres sufrieron un percance tras recibir una noticia fuerte. En este momento están siendo intervenidos quirúrgicamente.

El corazón de Arturo se apretó.

—¿Van a estar bien?

El doctor dudó.

—No puedo asegurarlo… pero las probabilidades son favorables.

Eso no era suficiente.

Pero era todo lo que tenía.

Arturo asintió.

Y se dejó caer en una silla de la sala de espera.

El tiempo comenzó a pasar.

Lento.

Pesado.

Insoportable.

Y por primera vez en el día…

Ya no tenía a dónde correr.

Se había quedado dormido.

No mucho.

Solo lo suficiente.

Lo despertaron unos pasos.

Levantó la cabeza.

El doctor estaba frente a él.

Y su expresión…

No necesitaba explicación.

Aun así, Arturo se puso de pie.

—¿Doctor…? ¿Cómo están mis padres?

Hubo un breve silencio.

—Lamento informarle que hubo complicaciones durante la cirugía… —dijo finalmente—. Ambos fallecieron.

El mundo se rompió.

No de golpe.

No con ruido.

Sino como algo que simplemente… deja de sostenerse.

Arturo no dijo nada.

No pudo.

Durante todo el día, las cosas habían ido de mal en peor.

Pero esto…

Esto ya no tenía sentido.

Salió del hospital.

Caminó.

Sin rumbo.

Sin dirección.

Sin pensar.

Como un cuerpo que seguía avanzando por inercia.

El cielo se cerró.

La lluvia comenzó a caer.

Sin aviso.

Sin pronóstico.

Como si el mundo también se hubiera torcido.

Arturo se detuvo.

Sus piernas cedieron.

Cayó de rodillas.

En una calle casi vacía.

El agua empapaba su ropa.

Su cabello.

Su rostro.

Pero ya no importaba.

Alzó la cabeza.

Y gritó.

Un grito crudo.

Roto.

—¡¡¡AAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHH!!!

—¡¿Por qué a mí?!

—¡¿Qué hice para merecer todo esto?!

Nadie respondió.

Nadie escuchó.

El mundo siguió.

Como siempre.

Entonces…

Entre el sonido de la lluvia—

Pasos.

Firmes.

Lentos.

Avanzando sobre el agua.

Arturo levantó la mirada.

Las luces cercanas comenzaron a parpadear.

Una figura emergió de la lluvia.

Alta.

Inmutable.

Una gabardina oscura.

Un sombrero.

Su rostro…

No estaba.

O al menos, no podía verse.

Cubierto por una oscuridad antinatural.

Y dentro de esa sombra—

Dos ojos.

Blancos.

Brillantes.

Vacíos.

El hombre se detuvo frente a él.

Manos en los bolsillos.

Postura perfecta.

Inalterable.

La lluvia no parecía tocarlo.

Su voz, cuando habló, fue profunda.

Pesada.

Como si no viniera de un lugar… sino de todos.

—¿No quisieras cambiar de mundo?

Una pausa.

—¿Cambiar la vida que te tocó?

Arturo no pensó.

No analizó.

No dudó.

Todo lo que había pasado ese día…

Todo lo que había perdido…

Todo lo que ya no tenía…

Se condensó en una sola respuesta.

—Sí.

Por un instante—

La oscuridad en el rostro del hombre pareció moverse.

Como si algo dentro de ella…

Sonriera.