Capítulo 1: Renecer
La búsqueda de los fragmentos de la Perla de Shikon —una joya mística capaz de conceder cualquier deseo— había arrastrado a Aome Higurashi de su tranquila vida en el Tokio moderno hasta el caos de la Era Sengoku.
Durante meses, Aome había sido más que una simple viajera del tiempo; era el pilar que mantenía unido al grupo y la que, por amor, aceptaba las migajas del corazón de un confundido Inuyasha, el híbrido que vivía atrapado entre el amor por una sacerdotisa muerta y el cariño creciente que le tenía a Aome. Con su falda verde plisada y su marinera blanca, Aome destacaba con un destello de inocencia en una era de armaduras y guerras sangrientas; sin embargo, bajo su flequillo azabache, sus ojos oscuros no perdían la determinación que la caracterizaba, ocultando el cansancio de un alma que ya había dado demasiado.
Pero ella y los amigos que había conocido durante sus largos viajes por el Japón antiguo, no eran los únicos que buscaban los fragmentos de la Perla. Naraku, el ser que había tejido una red de tragedias alrededor de todos ellos, finalmente los había acorralado en un desfiladero donde la lealtad y el sacrificio serían puestos a prueba de la forma más cruel posible.
Aome lo supo en el momento en que el viento cambió. Ya no era la brisa fresca del bosque, sino un aliento fétido que parecía anunciar el final de su resistencia.
Habían pasado apenas unas horas desde que el grupo de Inuyasha se había encontrado con Kikyo y Kohaku. La sacerdotisa de barro estaba débil debido a las constantes purificaciones hechas al fragmento del niño e, Inuyasha al ver esto, no le importó el reproche silencioso de Sango o la mirada triste que le regaló Aome; él simplemente optó por llevar a la sacerdotisa de barro a un lugar seguro.
Aome observó la espalda de Inuyasha, quien caminaba peligrosamente cerca de Kikyo. La sacerdotisa lucía impecable y gélida, pero su piel era demasiado pálida, como porcelana antigua, recordándoles a todos que no era más que una presencia traída del más allá. Pero aunque todos sabían que Kikyo estaba muerta, Aome sintió esa punzada familiar de exclusión; no obstante se obligó a sonreír, pensando que, si lograban llegar a la aldea de Kaede antes de que el sol terminara de ocultarse por completo, al menos Kohaku estaría a salvo. Después de todo, no estaban lejos de la aldea.
Sin embargo, la paz era un espejismo que Naraku no iba a permitir.
De un momento a otro el aire comenzó a despedir un aroma a sangre y veneno. En el horizonte, el sol que comenzaba a ocultarse se tiñó de una oscuridad que terminó de acentuarse por el miasma de Naraku que lo devoraba todo.
Inuyasha desfundó su pesada espada, Colmillo de Acero. Las orejas de perro sobre su cabello plateado se agacharon con agresividad, y sus ojos dorados, usualmente desafiantes, solo tenían fijeza para la mujer de barro que intentaba proteger. Sango, vestida con su ajustado traje negro de exterminadora, cargó su enorme bumerán de hueso al hombro, mientras que Miroku, con sus túnicas de monje ondeando por el viento violento, preparaba un par de sellos sagrados; ambos armando una pequeña fortaleza alrededor de Kikyo y Kohaku. Aome, por su parte, agarró con fuerza su arco y flecha, a la espera de Naraku.
La batalla no tardó en estallar. Los tentáculos de Naraku se abalanzaron contra ellos, obligando a Sango y Miroku a separarse de la sacerdotisa. Insectos de gran tamaño en forma de avispas comenzaron con un ataque coordinado que provocó que Miroku usara su kazan. En un dos por tres, el grupo estaba disperso, con la exterminadora lanzando su pesado bumerán desde los aires, en el lomo de Kirara y Miroku absorbiendo los insectos venenosos. El plan de Naraku para recuperar el fragmento de Kohaku y, de paso, aniquilar el último vestigio de su propia humanidad, Kikyo, estaba dando resultados. Sabía que Inuyasha haría lo imposible por protegerla, y esa era la debilidad que pensaba explotar.
Inuyasha arremetió contra el demonio con su técnica más reciente: la lanza de diamantes; sin embargo, las ráfagas de cristales resultaban inútiles. Mientras Inuyasha lanzaba tajos con su espada, Aome disparaba flecha tras flecha, purificando las nubes de veneno que amenazaban con asfixiarlos. Sus dedos ardían por la fricción de la cuerda y su respiración se volvía pesada, pero no se detuvo; cada vez que un tentáculo se acercaba a Sango o a Miroku, una luz sagrada lo interceptaba. Estaba forzando su poder al máximo, manteniendo a raya la oscuridad que amenazaba con tragárselos.
Sin embargo, el esfuerzo físico no fue lo que terminó por quebrarla. Fue el momento en que Kikyo, herida por un ataque lateral, comenzó a perder su cohesión. El cuerpo de barro de la sacerdotisa se agrietaba, amenazando con liberar las almas que la sostenían. Inuyasha, preso del pánico, se olvidó de la batalla, de los insectos y de la propia seguridad de Aome. Se volvió hacia ella con una mirada que Aome nunca olvidaría.
—¡Por favor, Aome… solo tú puedes estabilizarla! —le gritó con una desesperación que no era para ella.
Sin pensarlo, e impulsada por ese amor que la hacía ponerse siempre en segundo plano, Aome colocó sus manos sobre la espalda fría de su rival. Sintió cómo su propia esencia fluía fuera de ella, como si le estuvieran arrancando el alma, para remendar el cuerpo de la mujer que Inuyasha amaba.
Aome, de rodillas, se aferró a su arco con fuerza. Su carcaj estaba vacío y su energía espiritual, diezmada tras el esfuerzo por estabilizar el alma de Kikyo, apenas era un murmullo en su pecho.
Irónicamente, la fuerza que ahora le faltaba para ponerse en pie era lo que mantenía la integridad de la mujer que tenía enfrente, quien protegía con su cuerpo a Kohaku, evitando que los tentáculos de Naraku llegaran al niño. Aome había vaciado su propia vida para reconstruir a su rival, y ahora, desde el suelo, solo podía observar los frutos de su sacrificio.
Buscó con la mirada a sus compañeros, encontrando los restos de una derrota absoluta. Sango, que momentos antes dominaba el cielo sobre el lomo de Kirara, ahora se encontraba sobre Miroku. El monje luchaba por una bocanada de aire que no llegaba; el veneno de los insectos de Naraku corría por sus venas, marcando su brazo con estigmas de muerte. La exterminadora estaba rota, atrapada entre el deber de rescatar a su hermano y el terror de ver cómo la vida se le escapaba al hombre que amaba.
A unos pasos, Kirara yacía en su pequeña forma, retorciéndose bajo los efectos del miasma ácido que había consumido parte de su pelaje. A su lado, Shippo sollozaba sin consuelo mientras intentaba arrastrar a la gatita lejos del epicentro de la batalla. Sus ojos verdes, empañados por el miedo, buscaron a Aome por un segundo, suplicando un milagro que ella ya no tenía fuerzas para otorgar.
El estruendo de los diamantes chocando contra la armadura de Naraku resonó como truenos secos, obligando a Aome a regresar su atención a la batalla. Inuyasha rugía, lanzando ataque tras ataque, pero era inútil: Naraku se regeneraba más rápido de lo que los cristales podían perforar.
Aome intentó ponerse en pie, pero sus piernas, drenadas de toda energía, cedieron como si fueran de papel.
—¡Inuyasha! —gritó ella, con la voz quebrada por el miasma.
Fue entonces cuando el tiempo pareció ralentizarse. Naraku, con una sonrisa de victoria grabada en su rostro, desplegó sus tentáculos en un ataque doble y letal. Un látigo de energía oscura se lanzó hacia la posición de Kikyo y Kohaku; el otro, cargado de un veneno corrosivo, se dirigió directamente al pecho de Aome.
Los ojos dorados de Inuyasha se movieron frenéticamente de izquierda a derecha. Aome estiró su mano hacia él, rogando internamente por ese vínculo que tantas veces los había unido. “Mírame”, suplicó en silencio.
Pero Inuyasha no la miró.
Aome vio el momento exacto en que la duda se transformó en un instinto protector que la excluyó por completo. Él se impulsó hacia delante, y dándole la espalda a Aome se interpuso entre el ataque y la sacerdotisa de barro.
—¡KIKYO! —El grito de Inuyasha fue un rugido de entrega absoluta.
Aome no tuvo tiempo de gritar; el tentáculo de Naraku la alcanzó con fuerza, hundiéndose en su pecho en un estallido de dolor que no solo fracturó sus costillas, sino que terminó de pulverizar la frágil ilusión que ella había intentado sostener durante meses. En cuestión de segundos fue arrancada del suelo y lanzada por el aire como si fuera una muñeca de trapo, terminando su trayectoria contra una formación rocosa con un crujido seco que pareció vibrar dentro de su propio cráneo.
El dolor le apagó los sentidos.
Quedó tendida en la periferia de la batalla, un despojo de carne y huesos rotos que el mundo ya había desechado. A lo lejos, el eco de los gritos de Inuyasha llegaba a ella de forma distorsionada, como si vinieran desde la orilla de un sueño. Sus oídos buscaron con desesperación su propio nombre en el aire, una última palabra de consuelo que la anclara a la vida, pero el nombre que Inuyasha invocaba con una angustia desgarradora no era el suyo.
“Me pediste que le diera de mi energía para salvarla”, pensó Aome, mientras el sabor metálico de la sangre llenaba su boca. “Lo hice… y ahora me dejas aquí…”
En ese último segundo, antes de que el miasma de Naraku disolviera su conciencia, un deseo puro y egoísta se formó en su mente, quemando más que el veneno.
“No más…”, suplicó en su interior al darse cuenta de que si el precio de amar a Inuyasha era morir en su nombre, ella no quería pagarlo. “Si realmente concedes deseos, entonces llévame lejos de este dolor. No quiero morir siendo la sombra de nadie. Dame una oportunidad para vivir por mí misma, para cambiar este amargo destino y encontrar a alguien que me elija a mí… a alguien que me ame de verdad”.
A pocos metros, oculta en el centro de aquella masa de carne y huesos retorcidos que ahora era el cuerpo de Naraku, la Perla casi completa brilló imperceptiblemente, respondiendo al grito silencioso de la única alma capaz de purificarla. El estruendo de la batalla y los gritos de Inuyasha se transformaron en un eco distorsionado y lejano, hasta que el campo de batalla de rocas y muerte se desvaneció en un vacío de silencio absoluto.
Del olor asfixiante a azufre, sangre y muerte, el mundo mutó en un segundo al aroma reconfortante del suavizante de telas y la madera vieja de su hogar.
Despertó con un grito que desgarró el silencio de su habitación. El sudor recorría su frente y su cuerpo temblaba como nunca lo había hecho. Ni siquiera frente a monstruos o demonios de apariencia aterradora había temblado de esa manera, pero ahora…
Instintivamente se llevó una mano al pecho, buscando la herida, el veneno o el frío de la muerte; no obstante, sus dedos se hundieron en el algodón suave de su pijama. No había herida o dolor, pero sí una opresión residual en donde el tentáculo de Naraku terminó atravesándola. Aquello no había sido una pesadilla, sino una cruda realidad que ahora se grababa en fuego sobre su piel.
—¿Qué…?
La puerta se abrió de golpe y su madre entró alarmada. Aome la miró por unos segundos antes de permitirse liberar las lágrimas que le quemaban los ojos, el alma. Naomi, sin entender, se encaminó a ella. Se sentó en la orilla de la cama y la abrazó con fuerza, aferrándose al calor de su hija.
—Aome, ¿qué pasó? —preguntó Naomi, separándose tan solo un poco de su hija.
Aome no respondió. En ese instante, ni siquiera ella podía procesar cómo es que estaba en su cama, en su casa, en los brazos de su madre; en vez de eso, buscó una vez más el calor de Naomi y se abrazó de nuevo a ella. Y lloró. Lloró hasta que sus pulmones ardieron y las lágrimas se secaron por completo, mientras que Naomi acariciaba su cabello en silencio, presintiendo que esto no era solo un mal sueño.
Cuando finalmente el llanto se convirtió en hipos distantes, Aome se separó. Sus ojos, antes brillantes y llenos de vida, ahora se veían empañados por una madurez amarga.
—Mamá… ¿Qué día es hoy? —preguntó con la voz rota.
—Es martes, cariño. Faltan pocos días para que regreses al otro lado —respondió Naomi, acariciando su hombro.
“¿Martes?”
Se levantó de la cama con movimientos mecánicos, como si estuviera en un trance. Se dirigió al escritorio, donde la luz de la luna entraba por la ventana permitiendo vislumbrar un calendario de papel.
Sus dedos lo rozaron con una incredulidad punzante. El número 15 de junio la miraba con una fijeza hiriente.
No podía ser.
“¿Junio?”, pensó con el corazón acelerado.
La fecha debía estar mal. Ella recordaba que estaban a finales de julio; el calor de aquel verano había sido tan insoportable que la búsqueda por el fragmento que se encontraba en la frontera de este mundo con el otro —ese que encontraron en la tumba del padre de Inuyasha— se había vuelto una tortura agotadora.
Sin embargo, allí estaban sus cuadernos abiertos mostrando los ejercicios de trigonometría que había estudiado para el examen que presentó días antes de aquella expedición.
No cabía duda: había retrocedido en el tiempo. El recuerdo de su propio grito interno —aquella súplica desesperada dirigida a la Perla en el cuerpo de Naraku— resonó en su mente con una claridad aterradora. Había pedido una oportunidad, había deseado con todas sus fuerzas cambiar su amargo destino, y la Perla de Shikon, en su naturaleza mística y caprichosa, la había escuchado.
—Aome, ¿estás bien?
Ella asintió con la cabeza, aunque por dentro sentía que su alma pesaba siglos.
—Las cosas, esta vez serán diferentes —murmuró, volteando a la ventana y contemplando la luna brillante que reinaba en el cielo oscuro.
En el silencio que siguió, se hizo a sí misma una promesa: se alejaría de Inuyasha. No solo para que él fuera libre de buscar su felicidad con Kikyo, sino para que ella pudiera olvidarlo y así salvarse de sufrir una muerte tan triste y solitaria como la que ya había experimentado.