Aullido Bestial

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Sinopsis

Saga Infernal Parte 0: En los bosques helados de Finlandia, los Kiranen ocultan un secreto milenario: Chrisaor, uno de los trillizos nacidos bajo la luna del norte, no es un niño común, sino el heredero de una estirpe antigua, marcada por la sangre de Anubis. Chrisaor, comienza a descubrir su naturaleza al cumplir quince años, cuando despierta en él el instinto y el llamado de un des-tino mayor. Guiado por sus padres, Chrisaor aprende a domi-nar su poder junto a sus hermanos. A través del aprendizaje, las tensiones entre especies sobrenaturales y los vínculos con morta-les ajenos a su mundo, Chrisaor emprende un camino de auto-descubrimiento que lo llevará a abandonar su hogar en busca de respuestas más allá del Círculo Ártico. Un viaje por Europa, más allá del bosque y la luna llena, donde enfrentará enemigos ocultos, aliados inesperados y revelaciones que pondrán en juego todo lo que creía saber sobre sí mismo. En un mundo donde los lobos ya no solo corren en la nieve, Chrisaor deberá decidir si es solo un heredero… o el líder de una nueva era.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
saga_infernal
Estado:
En proceso
Capítulos:
34
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

CAPÍTULO 1:

Finlandia, Savonia del Norte, 27 de noviembre de 1985.

Rautavaara, era un pequeño pueblo que estaba rodeado por densos bosques de abetos y pinos. Durante el invierno, el paisaje se transformaba en un vasto desierto blanco, donde el silencio era tan profundo que podías escuchar el crujido de la nieve bajo los pasos de los animales en la distancia.

Las casas, construidas con troncos de madera oscura, clavos y alquitrán con techos empinados cubiertos de nieve, se agrupaban alrededor de una pequeña plaza central, donde una antigua iglesia de madera con una torre puntiaguda se elevaba hacia un cielo siempre gris, siempre cubierto, luciendo una cruz ornamentada de metales ennegrecidos por el tiempo entre las interminables nubes plomadas.

El viento helado aullaba entre los árboles como un lobo hambriento, y las noches, interminables, eran bañadas en una penumbra azulada que parecía eterna. La aurora boreal a menudo iluminaba el cielo nocturno, pintando ondas de verde y púrpura sobre el paisaje nevado.

La gente del pueblo, envuelta en pesados abrigos de lana y pieles, caminaba con dificultad por las calles cubiertas de blanco, ansiosa por regresar a la calidez de sus hogares. En las ventanas, algunas luces titilaban como estrellas, y el humo de las chimeneas se disolvía como espirales en el cielo nocturno.

Los pueblerinos aún seguían acostumbrados a las leyendas vikingas a pesar de tener la religión cristiana como la fe principal de su nación. En lugares apartados como este, los fineses aún rendían respeto a las ancestrales figuras de la mitología nórdica. Mitos de héroes y bestias basados en relatos orales que pasan de generación en generación.

Uno de los nombres más mencionados de aquella era es Fenrir, el colosal lobo hijo de Loki. Posible estandarte y avatar de los antiguos berserkers vikingos que usaban pieles de lobo sobre las armaduras en sus conquistas e invasiones. ¿Acaso esos guerreros usaban las pieles como muestra de respeto al mitológico Fenrir? ¿O había algo más escondido en los nevados bosques del Círculo Ártico? ¿Acaso había un Fenrir real nombrado en honor a la bestia que tomó parte en el Ragnarok?

Cerca del borde del bosque, en una casa más bien apartada del pueblo, nacieron Ingvar y sus dos hermanos, Chrisaor y Mireya. Para los Kiranen, la familia que vivía en esa casa, tener trillizos era considerado esperable dado que era lo común en esa familia. Pero tampoco sería extraño que hubiesen sido más niños los nacidos ese día.

Los nombres de los hermanos, al ser trillizos, eran llamados cada uno por cada cultura mitológica influyente en la historia de su familia: Chrisaor en griego, nombre dado a un hijo de Poseidón; Mireya en egipcio, que significa “portadora del milagro”; y por último, Ingvar, el primogénito, en nórdico, en honor a un antiguo rey.

Sus cunas, talladas en madera de abedul por su padre, estaban decoradas con runas antiguas, combinación de las culturas vikingas y egipcias, algo raro para el sitio donde vivían, que servían como símbolos de protección contra el mal.

Desde el primer momento, sus padres supieron que Chrisaor era diferente. Sus ojos, de un azul intenso similar a un par de zafiros, reflejaban la pálida luz de la luna de una manera que ningún otro niño lo hacía. Esta insistencia de parte del recién nacido en buscar la luna con su mirada con más intensidad de la que lo hacía con el calor de su madre era un presagio de que en sus hombros cargaría un gran futuro. Incluso los animales de la granja parecían comportarse de forma extraña cerca del niño, acercándose con cautela, observándolo con un respeto instintivo que sus padres no tardaron en notar.

La familia Kiranen se destacaba en el pueblo no solo por su peculiar conexión con la naturaleza, siendo considerados por sus vecinos como los mejores cazadores del pueblo, sino también por su apariencia. El padre de Chrisaor, con su largo cabello rubio y sus penetrantes ojos azules, su figura imponente y porte seguro que lo hacían respetado y admirado por todos en el pueblo, pese a lo poco sociable que era con el resto de los aldeanos. Eran muy contadas las veces en las que esta familia tomaba parte en asuntos de la comunidad. La madre, con sus largos cabellos dorados atados en una intrincada trenza y su mirada suave, irradiaba una belleza serena que contrastaba con la dureza del entorno.

La casa de los Kiranen era acogedora y cálida pese a su rústica apariencia, la cual, más que una cabaña, parecía, por fuera, una represa de castores. Con una gran chimenea de piedra en el centro de la sala de estar, las paredes estaban decoradas con tapices de colores, pieles de distintas bestias y fotografías antiguas de la familia. El aroma a sopa de pescado y pan recién horneado llenaba el aire, creando un refugio seguro contra el frío exterior.

El invierno se alargaba, con días cortos y noches interminables. El pueblo parecía sumido en un sueño profundo, con la nieve amortiguando todos los sonidos. Solo el crujido de los árboles y el aullido ocasional de los lobos rompían el silencio. Las noches de luna llena eran, para muchos aldeanos, algo inquietante; la pálida luz de la luna convertía el paisaje en un reino de sombras.

Desde pequeño, Chris sentía una extraña atracción hacia los bosques que rodeaban su hogar. Las noches de luna llena provocaban en él una inquietud que no podía explicar. A menudo, se despertaba en medio de la noche, sintiendo una llamada que venía desde lo más profundo del bosque.

Una noche, incapaz de resistir la atracción, siguió su instinto y se adentró en él. El bosque era un laberinto de troncos oscuros y ramas cubiertas de nieve. La luz de la luna se filtraba entre los árboles, creando un juego de luces y sombras que danzaba a su alrededor. Chris avanzaba con pasos ligeros y sus sentidos estaban agudizados como nunca. Podía escuchar el crujido de la nieve bajo sus pies, el susurro del viento entre los árboles y el distante aullido de un lobo que resonaba como un eco de su propia alma. Por un momento, creyó ver una sombra entre los árboles. Una figura grande, cuadrúpeda, que lo observaba en silencio. Parpadeó, y ya no estaba.

El sol apenas se levantaba sobre el horizonte durante los cortos días de invierno, bañando el paisaje en una luz dorada y tenue que hacía brillar los cristales de hielo en los árboles. Los caminos eran estrechos y a menudo cubiertos de nieve, obligando a los habitantes a usar trineos tirados por perros para moverse. Los lagos, ahora congelados, eran pistas de patinaje naturales donde Chris y sus hermanos, junto a los niños del pueblo, se deslizaban con risas y gritos de alegría.

Al pasar los años, Chrisaor, a pesar de su juventud, tenía un aspecto salvaje que no pasaba desapercibido. Su cabello rubio siempre estaba algo desordenado, y sus ojos azules parecían ver más allá de lo que los demás podían percibir. Había una intensidad en su mirada, una chispa de algo primitivo y feroz. Sin embargo, era innegablemente apuesto para ser un jovencito, con rasgos definidos y una sonrisa que podía derretir el hielo más frío.

El trío de hermanos ya daba los primeros pasos en el arte de la caza, siguiendo los pasos de su padre. Conejos y aves ya caían bajo sus trampas y arcos caseros. Siendo su hermana Mireya la que mayor éxito tenía dentro del grupo de niños que no se limitaba a los Kiranen. Todo el grupo de su escuela primaria salía los fines de semana con los trillizos al bosque para traer alimentos recién cazados para sus familias. No era una necesidad urgente para la aldea; había cazadores que cumplían con ese deber, pero cada presa era bienvenida, en especial en los meses de invierno.

Ingvar y Mireya se mostraban complacidos con sus trofeos habituales, pero Chris anhelaba algo más grande: un venado. Su padre traía carne de venado todos los meses en la semana de luna llena. Era un manjar irresistible que se volvía una tradición conforme pasaban los años.

El mejor amigo de Ingvar era también su más acérrimo rival. Se podría decir que era el cuarto hermano, aunque a diferencia de los trillizos, no tenía ningún secreto, bueno, quizás uno. Ya que, conforme pasaban los años, la cercanía a la familia Kiranen de parte de Markus, o como le llamaban Ingvar y Chris “Tankus” por su gran resistencia en las ventiscas cuando salían de cacería, no solo era por amistad. Eran pequeños, unos niños, pero Markus sabía lo que quería desde hace mucho tiempo: la mano de la niña más bella de la aldea, Mireya Kiranen, cuyo cabello dorado como los rayos del sol y sus ojos azules como piedras preciosas habían cautivado su mirada hacía mucho tiempo.

Durante una de sus excursiones de cacería Markus, en una actitud por demás imprudente, se había separado del grupo para conseguir una presa antes que los demás. Fue entonces cuando en lugar de una pequeña liebre ártica o conejo lo que apareció ante él fue un enorme lobo blanco dispuesto a expulsarlo a la fuerza de su territorio. El grito del niño cazador había sido respondido por sus héroes y ahora mejores amigos.

Los tres pequeños, casi dominados por su instinto, se pusieron entre el canino y el infante, protegiéndolo, pese a su pequeño tamaño, con una gran ferocidad demostrada a base de gritos y piedras. El lobo huyó asustado ante el ataque de una forma poco natural, como si algo en ellos hiciera que les temiera en sus más profundos instintos. Los trillizos se dieron vuelta y la niña le ofreció la mano con una sonrisa más radiante que la más luminosa de las lunas llenas.

Desde ese momento, y sin saberlo, Markus fue suyo para siempre, y ahora su objetivo era volverse el mejor cazador de la aldea, derrotar a los hermanos Kiranen y demostrarse a sí mismo que sería un hombre digno de pedir su mano.

La reacción del gran lobo blanco había quedado marcada en la memoria del pequeño Chris. ¿Cómo la bestia más fuerte del bosque reaccionó con miedo ante un grupo de niños? No era ser superado en número, no eran los arcos caseros o lanzas hechas con cuchillos de cocina y palos de escoba. No era el astuto temor de un animal inteligente ante las posibles represalias de los adultos. Tampoco fue Markus; el lobo estaba dispuesto a atacarlo momentos antes de su llegada.

Notando la actitud pensativa de su hijo, Jeanne Kiranen —Gévaudan antes de casarse— se acercó al pequeño con pasos suaves, silenciosos como la nevada misma. Con un movimiento fluido, se agachó detrás de él y lo abrazó por los hombros, cubriéndolo con su pesado tapado de piel de oso ártico. Chris se sobresaltó apenas, sorprendido por la repentina calidez de su madre, pero no dijo nada. Él estaba aprendiendo las artes de la cacería, pero cuando se trataba de ser furtiva, no existía criatura más letal y silenciosa que su mamá.

Jeanne apoyó su mentón en la cabeza de su hijo y exhaló despacio, para resaltar su presencia en el aire congelado.

—Te veo muy pensativo, mi pequeño lobo... ¿Qué ronda en esa cabecita inquieta?

Chris se tomó un momento antes de hablar. Su voz salió baja, casi como un susurro que no quería perturbar el silencio del bosque blanco que los rodeaba.

—Pasó algo cuando salimos a cazar con los chicos… Encontramos un lobo enorme, pero nos tuvo miedo. Pudo atacarnos, pero no lo hizo. Salió corriendo.

Jeanne sonrió, aunque en esa sonrisa había en ella una melancolía suave, como si el tiempo le pesara. Acarició con los dedos el cabello rubio de su hijo, con ternura.

—Desde que naciste, supe que eras especial. Tu mirada… esa forma en que escuchas al bosque. Tienes una fuerza que no se encuentra en los demás niños.

—¿Qué tipo de fuerza, madre?

—Una muy antigua —dijo ella, en tono bajo, como si sus palabras fueran un secreto que el viento no debía oír—. Una que no puede medirse con la fuerza de los músculos ni con la puntería de una flecha. Es algo que corre por tu sangre y la de tus hermanos, hijo. Algo que está dormido…

—¿Y qué es? ¿Por qué me miran así los lobos?

Jeanne bajó la vista y lo giró con suavidad para tenerlo frente a frente. Le sostuvo la barbilla con delicadeza y lo obligó a mirarla a los ojos.

—Porque tú… no eres un niño cualquiera. Ninguno de tus hermanos lo es. Nuestra sangre lleva un legado que se remonta a antes de que estas tierras tuvieran nombre. Los lobos no te temen, Chris. Te reconocen.

—¿Me reconocen?

—Sí —dijo con un leve asentimiento—. Ellos sienten que en ti hay algo que los sobrepasa. No algo humano, no del todo. En ti arde la chispa de los primeros cazadores. De aquel que vino de tierras donde el sol quema la arena y la luna se alza con cabeza de chacal.

Chris parpadeó, confundido.

—¿De qué hablas, madre?

Ella acarició su mejilla, y sus ojos brillaron con una emoción difícil de descifrar.

—De nuestro ancestro más antiguo. Llamado el Dios de la muerte, Anubis. Su sangre corre por nuestras venas.

—¿Entonces… soy un dios?

Ella rió y negó con la cabeza. —No, mi amor. Los dioses no lloran al rasparse las rodillas. Pero eres su descendiente. Y eso significa más de lo que ahora puedes comprender.

El niño se quedó en silencio, con su mente girando como las hojas atrapadas en un torbellino. Jeanne lo abrazó con más fuerza, como si por un instante deseara protegerlo del futuro que sabía inevitable.

—Escúchame, Chris. Hay cosas que aún no debes saber. No porque no puedas entenderlas, sino porque aún no estás listo para sentirlas. Pero llegará el momento en que todo tendrá sentido… Y ese día, todo cambiará.

La mujer se quedó mirando la plateada luna llena, conteniendo un impulso salvaje que clamaba por liberarse y entregarse a los simples placeres de su misteriosa naturaleza. En sus ojos danzaba un brillo extraño, como si en cualquier momento pudiera aullar con la voz de mil generaciones pasadas.

Esa noche, como cada mes, Chris y sus hermanos quedaron a solas a puertas cerradas mientras sus padres desaparecieron sin explicación alguna. Los tres sabían que preguntar era inútil. Aquello formaba parte del ciclo, como la marea o el paso de las estaciones. Sus padres se marchaban y regresaban al amanecer. Su humor siempre era bueno, pero, por alguna razón, el matrimonio tenía un humor mejor que el de costumbre después de esas noches en las que quedaban a solas.

La teoría de Ingvar, luego de leer un libro de medicina, parecía ser la más acertada a pesar de la negación infantil de sus hermanos. La sola idea de sus padres cumpliendo con sus deberes maritales les daba escalofríos.

Más allá de eso, los niños siempre terminaban disfrutando de deliciosos banquetes de carne de animales silvestres, la cual, por costumbre, comían cruda a menos que hiciera demasiado frío y optaran por algo más beneficioso para combatir las inclementes temperaturas árticas.

Una fría tarde de diciembre, Chris y su madre caminaban por el bosque cercano. La nieve caía, cubriendo el suelo con una manta blanca. Chris podía sentir la presencia de los lobos, aunque no los veía, más bien como si los oliera. Era como si los árboles susurraran sus nombres.

Chris y toda su familia tenían un secreto. Siempre que aparecían en público, estaban vestidos de pies a cabeza y no solo por el cruento frío de los vientos polares que soplan durante todo el año. Había algo que debían esconder a toda costa de los ojos ajenos a la familia: una parte de su cuerpo que les recordaba que eran diferentes.

Un camino de cabello que bajaba por la nuca y seguía su camino hasta llegar a una cola debajo de la línea de su columna. Larga como su antebrazo y peluda como si fuera parte de su cabeza. La cola de un lobo, marca inequívoca de su linaje cuasi divino de guerreros. Los descendientes de un dios pagano de tierras lejanas. Los Kiranen eran especiales entre todos ellos. Eran los más fuertes y los que llevaban la sangre más pura y más cercana al ser que los engendró.

Esa noche, mientras Chris observaba la luna con los ojos muy abiertos, una figura lo vigilaba desde la colina. En lo alto de una roca, silente como una estatua de hueso y hielo, un lobo dorado tan grande como un alce, o al menos eso le parecía por la distancia y la nieve volando por el viento ártico, lo miraba sin parpadear. Sus ojos no eran rojos ni dorados. Eran azules. Azules como los de Chris.

Y entonces, sin emitir un sonido, el lobo se giró y se adentró en el bosque.