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Ese año nuestro

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Sinopsis

Martín y Aixa se cruzan por primera vez en una plaza, llorando en silencio frente a la misma fuente. Ninguno pregunta nada. Solo comparten un pañuelo y un momento que ninguno de los dos esperaba. Lo que empieza como cruces casuales se convierte en mensajes, miradas y silencios cómodos. Martín carga con la culpa de ser el que siempre sostiene a su familia. Aixa se siente sola en una casa grande, rodeada de gente que se acerca por lo que tiene, no por quién es. Es una historia lenta sobre dos personas que se gustan sin saber cómo decirlo, que aprenden a abrirse un poco mientras el mundo sigue exigiendo que sean fuertes. Una historia real, sin fuegos artificiales, donde el amor existe… pero no siempre alcanza.

Genero:
Romance/Drama
Autor/a:
Alvaro
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

La fuente

Martín salió del colegio sin esperar a nadie. No dijo “nos vemos” ni inventó excusas. Simplemente se colgó la mochila de un hombro y caminó hacia la plaza como si sus pies ya hubieran decidido por él.

El velorio había sido el día anterior. Todavía sentía el olor a flores marchitas y el peso de las manos que le palmeaban la espalda diciendo “fuerza”. Había sonreído. Había abrazado a su mamá. Había cargado a su hermanita cuando se largó a llorar. Pero adentro, algo se había quebrado y no sabía cómo volver a armarlo.

Llegó a la plaza casi sin darse cuenta. La fuente del centro escupía agua hacia arriba con ese ruido constante, como si intentara llenar el silencio del mundo. Se sentó en el borde de piedra fría. El agua le salpicaba las zapatillas. Apoyó los codos en las rodillas y miró cómo los chorros se rompían contra la luz de la tarde.

Por primera vez desde que vio el cajón cerrado, dejó de fingir.

Las lágrimas llegaron calientes, silenciosas. No sollozaba. Solo caían, una tras otra, mientras apretaba la mandíbula tan fuerte que le dolía. El pecho le pesaba como si alguien hubiera puesto una piedra encima. Pensó en su abuelo: en cómo le ponía la mano en la nuca cuando era chico y le decía “dale, que vos podés”. Ya no estaba esa mano.

No escuchó los pasos.

Aixa llegó caminando lento, con la mochila colgando de un solo hombro. Había discutido por mensaje con Ramiro otra vez. O mejor dicho: él había dicho “hoy no puedo” y ella había respondido “ok” mientras sentía que algo se le cerraba en la garganta. Se sentó en el mismo borde de la fuente, a unos metros de distancia, sin mirar a nadie.

El agua seguía cayendo. Pensó en su casa grande y siempre ordenada. En sus padres que llegaban tarde y preguntaban “¿cómo te fue?” sin esperar respuesta de verdad. En cómo había aprendido a sacar buenas notas, a sonreír en las fotos y a no molestar. Y aun así, seguía sintiéndose invisible.

El nudo en la garganta se hizo más fuerte. Las lágrimas aparecieron sin permiso. Se las secó rápido con el dorso de la mano, enojada consigo misma por llorar en público.

Entonces lo vio.

El chico sentado a pocos metros. Llorando también. No de forma dramática, pero sí de verdad: hombros caídos, mirada fija en el agua, lágrimas cayendo sin que intentara esconderlas del todo.

Algo en esa imagen le dolió. Como si estuviera viendo un espejo que no pedía permiso.

Metió la mano en el bolsillo de la campera y sacó un pañuelo arrugado. Dudó un segundo. Miró alrededor. No había casi nadie.

Se inclinó apenas hacia él y se lo extendió sin decir nada.

Martín levantó la cabeza, sorprendido. Sus ojos rojos se encontraron con los de ella por un instante. Tomó el pañuelo con cuidado, como si fuera algo frágil.

—Gracias… —murmuró, la voz ronca.

Aixa solo asintió. No sonrió. No preguntó. Se quedó sentada unos segundos más, sintiendo que si hablaba se le iba a quebrar la voz también. El silencio entre ellos era extraño: cargado, pero no incómodo.

Después se levantó, se acomodó la mochila y empezó a caminar hacia el colegio. Llegaba tarde, como siempre.

Martín se quedó con el pañuelo en la mano, todavía húmedo de sus propias lágrimas. La vio alejarse entre los árboles de la plaza sin entender del todo qué acababa de pasar.

No sabía su nombre.

No sabía nada de ella.

Pero por primera vez en muchos días, el peso que cargaba en el pecho no se sentía tan solo.

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