Cap 01
Nuevamente he despertado en la habitación de un motel barato, con dolor de cabeza y un poco de resaca emocional. Lástima que la resaca emocional la vengo cargando desde hace dieciocho años, desde que era una pequeña niña de tan solo seis años.
En cuanto desperté y abrí los ojos, me recibió la imagen de un techo que muestra un sinfín de manchas de dudosa procedencia, como si en el techo las personas que acuden a este lugar también hubieran tenido intimidad.
Giro mi rostro hacia la derecha y no veo a nadie; luego, hacia mi izquierda, y de nuevo no hay nadie. Creo que es genial: estoy sola y la chica que la noche anterior tenía entre mis piernas, al parecer, ha huido antes de que yo despertara.
Nada mal. Estoy segura de que ella también esperaba solo un poco de sexo de una sola noche. Lo que no sé es si lo que la decepcionó fue que no me oyó gemir, no me oyó decir su nombre. Y no es porque no supiera hacer muy bien su trabajo, sino más bien porque yo no puedo hablar.
Claro que no es nada nuevo en mi vida, porque desde que tengo memoria no he podido pronunciar ni una sola palabra, ni un solo sonido. Los doctores y especialistas que me llegaron a atender me dieron el mismo diagnóstico: no hay nada malo conmigo.
En pocas palabras, mis cuerdas vocales están en perfecto estado, tan bien que bien podría ser una cantante de ópera, solo que, por alguna razón que yo no conozco, jamás he podido emitir sonido alguno.
Me quito la sábana que cubre mi cuerpo y es cuando veo algunas marcas de mordiscos sobre mis pechos, que bajan por mi abdomen hasta mi intimidad. Tal y como me gustan, un poco rudas, solo que, al ser solo sexo, sí es un poco molesto tener que recordarlas un par de días por las marcas que dejaron en mí.
Busco en el suelo mi ropa y descubro que está toda regada por la habitación. Creo que anoche teníamos algo de prisa por tocarnos la piel. Solo espero que esa mujer, cuyo nombre no recuerdo, no se haya llevado algo mío.
Camino descalza por la habitación, sabiendo que estoy corriendo el riesgo de contraer una infección solo por tocar el suelo y, aun así, le resto importancia mientras comienzo a recoger una prenda aquí y otra por allá.
Solo cuando ya he recorrido todo el lugar noto que la muy maldita se ha llevado mis bragas de recuerdo. La verdad es que nunca entenderé los fetiches de ciertas mujeres, o posiblemente las quiera vender en línea, ahora que, al parecer, me he hecho famosa.
«¡Maldita fama!», que no he pedido o, más bien, que no quería conseguir de la manera en que la conseguí.
Soy fotógrafa y mi pasión son las mariposas —el porqué es una larga historia—, pero justo por esa pasión fue que comencé a viajar después de que cumplí los dieciséis años de edad. Simplemente tomé una mochila, guardé mi cámara y algunos objetos que no quería dejar atrás, y salí de aquel miserable pueblo en el que vivía, pueblo al que no he vuelto jamás.
A pesar de mi corta edad y de solo llevar conmigo una mochila al hombro —con lo necesario— y un poco de efectivo, viajé sin un rumbo fijo, dejando atrás a un hombre llamado Douglas, que se dice mi padre, y a Aiden, el chico que siempre me odió —sin que yo supiera por qué— y que se suponía que debería ser mi hermano mayor.
Cargaba mi cámara fotográfica conmigo, cargaba culpa, pero, lo más importante, cargaba una promesa: que, en algún momento, saldría de aquel lugar y haría mi sueño realidad: convertirme en una fotógrafa profesional y ganar un Premio Hasselblad, que es el equivalente a ganar un «Nobel».
Mientras dejaba que el primer autobús que salía de aquel miserable pueblo me llevara lo más lejos que pudiera llegar, me preguntaba: «¿Qué debería fotografiar?». No tuve una respuesta inmediata, pero, cuando llegué, me dediqué de lleno a ello.
Había tomado tres autobuses, dos trenes y creo que también dos taxis cuando llegué a una de las ciudades más grandes que jamás creí conocer. Son ese tipo de ciudades en las que las personas siempre van a prisa y no se detienen ni por nada ni por nadie.
Me había sentado en la banca de una plaza solo para observar a las personas pasar. En ese momento creí que fotografiar personas sería una muy buena idea, pero también se me hizo algo bastante común.
Yo, desde niña, sabía que era diferente, principalmente por mi falta de capacidad para poder hablar o emitir algún sonido, pero también porque algo dentro de mí me decía que había algo mal con las personas que se suponía que eran mi familia.
Saber qué estaba mal con mi familia no es algo que me pregunte a menudo, pero en algunas ocasiones, como ahora, esa pregunta vuelve a mi cabeza como un mal recuerdo.
Estando en esa enorme ciudad, rodeada de edificios altos, casas modernas, luces brillantes, un enorme caos vial y enormes aglomeraciones de personas, algo llamó mi atención. Algo diferente, igual que yo.
Era algo que, de alguna manera, no debería estar ahí. Su sola presencia desentonaba con el entorno y, aun así, su presencia imponía, porque, a pesar de las condiciones tan adversas de su alrededor, ahí estaba: una mariposa revoloteando como si esa enorme ciudad fuera su hábitat natural.
De inmediato saqué esa vieja y hermosa cámara fotográfica profesional que me habían regalado, al mismo tiempo que, con la mirada, no perdía de vista a aquella hermosa mariposa. No tenía colores llamativos; era una mariposa de color marrón y, aun así, su sola existencia en esa enorme ciudad ya llamaba bastante la atención.
Esa fue mi primera fotografía tomada con esa cámara, aunque hubiera deseado con todas mis fuerzas que la primera fotografía que tomara con ella fuera el rostro de la persona que me la regaló, pero...
El sonido de mi teléfono me saca de mis pensamientos. Me había metido en la ducha mientras dejaba que viejos recuerdos alimentaran mi resaca emocional. Al salir, solo vi rápidamente el mensaje y comencé a ponerme la ropa.
Las personas, cuando saben que no puedo hablar, siempre me preguntan: «¿Por qué tienes un teléfono?», como si un teléfono solo tuviera la opción de hablar.
La mayoría de las veces no contesto esa pregunta, porque una vez que lo hice y, a pesar de que no puedo hablar, me dijeron que no tenía que contestar con sarcasmo. Yo solo me encogí de hombros porque había señalado lo obvio. Los teléfonos tienen redes sociales y aplicaciones de mensajes que podía usar sin ningún problema.
Una vez que me calcé las botas, me levanté y caminé hacia la salida, donde había una sola silla y, en el respaldo de esta, estaba mi chaqueta favorita. La tomé y me la acomodé rápidamente, me puse mis gafas de sol y salí de aquel motel.
Justo cuando llegué a la calle, hice un pequeño intento de ubicar el lugar en donde estaba, pero me fue imposible. Así que solo saqué mi teléfono y pedí un taxi de aplicación. No tenía tiempo ni ganas de buscar la parada de autobús.
El trayecto a mi departamento no fue largo. Esta ciudad no es muy grande y, aun así, es mejor moverse por ella en auto, aunque yo he dejado ese tema a un lado.
Solo al bajarme del taxi de aplicación saqué las llaves de mi chaqueta y abrí el portón de la entrada principal. Por el ruido, sé que, aunque aún es temprano, uno de mis vecinos ya está haciendo negocios —de droga— en los elevadores, por eso me dirijo directamente hacia las escaleras.
Al subir por las escaleras escucho los ruidos normales de las personas en sus departamentos, que me hacen saber que un nuevo día ha dado inicio. El ruido de los electrodomésticos, los televisores, los gritos y la música son lo que me acompaña mientras subo hasta el último piso.
Solo al terminar de subir escucho cómo se abre la puerta que queda justo enfrente de mi departamento y de ella sale Gail. Gail es una chica de mi edad, solo que tiene dos hijos: uno de cinco años y el otro de tres. Lástima que sea una mujer adicta a oler solventes.
—¿Tienes $50 que me prestes?
Niego con la cabeza.
—¡Maldita perra! —me grita antes de entrar de nuevo a su departamento y cerrar la puerta con mucha fuerza.
Suspiro, porque sé que el dinero que me acaba de pedir no es para darles algo de comer a sus hijos, sino para que ella pueda pagar en algún lugar un solvente que pueda estar inhalando por un par de días.
Entro en mi departamento, que, literalmente, no tiene casi nada. No tengo sala, no tengo comedor y tampoco tengo más muebles de los necesarios.
Este departamento, cuando lo renté, ya venía con la cocina integral incluida, junto con una pequeña barra que me servía para comer. No tenía bancos ni sillas porque prefiero comer parada, y lo único que sí compré fue mi refrigerador, al que justo me dirijo ahora para sacar una botella de agua.
Abro la botella de agua y me la tomo en unos cuantos tragos rápidos. Al terminar de beber, tiro la botella vacía a la basura y camino hacia mi habitación. En mi habitación solo está el colchón, y mi ropa no está en maletas solo porque en la habitación también existe un vestidor.
Demasiada elegancia para este lugar, y más teniendo en cuenta el tipo de personas que viven en este complejo de departamentos. Pero el dueño, cuando lo compró, aún no se había dado cuenta de que el lugar al final se convertiría en una zona de mala muerte.
Me meto en la ducha de nuevo. No sé por qué, desde que salí de aquel motel, siento que aún huelo a lavanda, que es el olor del incienso que estaba prendido en el lugar.
Cuando me doy esta segunda ducha, comienzo a revisar con más detalle mi cuerpo, esperando no ver heridas abiertas o alguna marca de aguja. En antros como al que fui es muy común que droguen a cualquiera que se deje.
Me tomo mi tiempo e incluso toco mi intimidad. Introduzco mis dedos en ella —no para darme placer, sino para sentir si no hay nada extraño—. Sé que no debí ir a ese bar de mala muerte y también sé que no debí enredarme con aquella mujer de la cual ya ni siquiera recuerdo su nombre, pero, como dije, tenía resaca emocional.
Sé que mi resaca emocional persistente no es excusa para lo que hice, pero el día de ayer solo quería olvidar o, más bien, quería dejar de lado cualquier pensamiento, cualquier recuerdo que me hiciera revivir aquel maldito día.
Salgo de la ducha un poco más confiada de que solo fue una noche —de tantas— de sexo casual o sexo de una noche, aunque me hago una anotación mental para ir a revisarme con una ginecóloga. Seré una mujer fácil, pero no por ello soy descuidada.
Mi teléfono vuelve a sonar con una notificación y, aunque en muchas ocasiones he querido apagarlo o desactivarle el sonido —al menos por el momento no puedo—, porque estoy atrapada en un tipo de contrato.
Si bien las mariposas son y creo que siempre serán mi pasión, no son la razón por la cual ahora me tengo que comenzar a apurar si es que quiero llegar a tiempo al lugar al que me tengo que presentar.
La razón de mi contrato y de que me tengo que apurar es que, hace algunos meses, mientras viajaba, llegué a una zona boscosa poco conocida, en donde tenía información de que podría ver una mariposa conocida como «Alas de Pájaro».
Esa mariposa en particular es una de las más extrañas del mundo, porque puede llegar a medir hasta treinta centímetros de amplitud en sus alas, pero, en vez de encontrarme con esa mariposa, me encontré con una pequeña zona de trata de personas.
Se suponía que yo no debería estar ahí y creo que mi primer instinto fue huir del lugar y hacer como que no había visto nada, pero, cuando vi a aquella chica, tuve que actuar.
En el momento en que tomé la fotografía, no tenía ni idea de quién era la chica en cuestión. Solo sabía que estaba siendo asfixiada, junto con otras chicas de entre dieciséis y dieciocho años, con cadenas y argollas atadas al cuello.
No puedo decir qué me provocó esa imagen; solo sé que actué, y fue el sonido de los clics de mi cámara lo que terminó por advertirles a aquellas personas que yo estaba en ese lugar.
Corrí y me escondí en cualquier lugar posible, pero, aun así, sabía que aquellos hombres me seguían la pista muy de cerca. Aún recuerdo que saqué una de mis camisetas y envolví mi cámara fotográfica, no sin antes sacar la memoria SD.
Estaba cerca de un territorio que ellos no podían pisar, pero, justo antes de llegar, una granada explotó cerca de mí. Después de ese impacto, mis recuerdos están algo confusos.
Recuerdo que sentía frío y, aun así, sentía mis mejillas arder. Intenté moverme, pero el dolor en mis costillas no me dejó.
Abrí un poco los ojos y fue cuando me encontré con esa mirada que aún me atormenta hasta el día de hoy.
Creo que mis recuerdos se mezclaron con mi pasado, porque la mirada que vi en aquel lugar era la misma mirada que vi en Amaya hacía cerca de diez años. Amaya fue una chica que conocí en aquel miserable pueblo del que escapé.
Amaya fue la única persona que me trató como una persona normal y que, sin que yo se lo pidiera, aprendió lenguaje de señas para poder entender lo que yo intentaba decirle. Amaya fue mi primer amor, fue mi primer beso y hubiera dado lo que fuera porque también hubiera sido mi primera vez en la intimidad, pero no fue así.
Cuando Amaya y yo nos dimos nuestro primer beso, su padre, que era un alcohólico y apostador igual que el mío, nos vio. Se suponía que él no debería haber estado en la casa aquella vez, pero ahí estaba.
Pascal, el padre de Amaya, no solo nos vio dándonos nuestro primer beso, sino que también intentó matarme, pero Amaya se interpuso y yo corrí como una cobarde. Al día siguiente, todo el pueblo se enteró de que Amaya había muerto.
Douglas, el hombre que se suponía que era mi padre y que también era oficial de policía, determinó que la muerte de Amaya había sido un accidente: que se había caído del balcón de su habitación y se había partido la cabeza.
Jamás me he perdonado haber huido ese día. Jamás me perdonaré que Amaya haya perdido la vida por mi culpa y, por esa razón, tomé esas fotografías que me han hecho famosa y que ahora me obligan a presentarme en un programa de televisión.









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