Capítulo 1
Luna Vega escupió un grumo de sangre en el charco y se limpió la boca con el dorso de la mano. El hombro derecho le latía con el ritmo de un taladro. La mordedura del hombre lobo supuraba un veneno que olía a cañería podrida.
—¿Ya terminaste de quejarte? —gruñó la bestia.
El lobo era enorme. Más de tres metros. El pelaje gris se le erizaba en la nuca como una cresta de muerto. Los dos compañeros de Luna estaban en el suelo. Bobby con el cuello roto. Tania con el estómago abierto. La lluvia se llevaba la sangre hacia la alcantarilla.
Luna apretó los dientes.
—Me estoy tomando mi tiempo, perro. La última vez que apresuré una muerte, el condenado me demandó por mala praxis.
El lobo rió. Un sonido húmedo, como de alguien tosiendo vísceras.
—Me gustas, humana. Tienes agallas.
—Gracias. Mi madre me enseñó a tenerlas antes de morir. Sigue así y te presto una para que me beses el trasero.
El lobo dejó de reír.
—Hablas mucho para alguien que está a dos zarpazos de convertirse en cena.
el lobo no necesitaba saber que Luna iba con las manos vacías. La pistola de plata no tenía balas. La estaca se partió en la costilla del tercer lobo. El crucifijo colgaba roto de su cuello.
El lobo se lanzó. Los ojos amarillos brillaron en la penumbra.
—Ahora te voy a arrancar la lengua. Y me la como delante de tus ojos.
Luna sonrió. Le sangraba la encía.
El lobo saltó.
Luna no cerró los ojos. Los abrió bien grandes. Porque ella no era de las que miraban la muerte de perfil. Ella la miraba de frente, con una sonrisa torcida y un dedo corazón levantado.
El impacto nunca llegó.
Oyó un crac húmedo. Luego un gemido. Luego el ruido de un cuerpo de doscientos kilos desplomándose como un saco de abono.
El lobo estaba en el suelo. La cabeza girada ciento ochenta grados. Los ojos amarillos fijos en la nada.
Y detrás, de pie bajo la tormenta, un hombre.
Alto. Muy alto. Un metro noventa, quizá más. Chaqueta de cuero negra, botas de militar, el pelo mojado pegado a una cara que parecía tallada en mármol. Pálido. Pálido como la leche cuajada.
Los ojos le brillaron. Rojos.
Vampiro.
Y no un vampiro cualquiera.
Luna miró el anillo. Plata oxidada. Una serpiente mordiéndose la cola. El símbolo de la familia Blackwood.
—El verdugo —dijo ella, y su voz no tembló. Porque ella no temblaba. Pero el corazón le dio un vuelco tan bestia que casi le rompe una costilla.
El vampiro inclinó la cabeza. Una gota de lluvia le resbaló por la mandíbula como una lágrima negra.
—Me conoces. Qué halago.
—Todo el mundo te conoce, maldito. Eres el que quema vivas a las novias de los vampiros.
—Solo las que se enamoran de hombres lobos. La traición se paga con fuego. Son las reglas.
—Reglas de mierda.
Él sonrió. Una curva fría, sin humor.
—Las reglas son reglas, cazadora. Tú también las tienes. No dejar testigos es la tuya, ¿verdad?
Desapareció.
Luna no tuvo tiempo de parpadear. De repente él estaba ahí, pegado a su cara, a centímetros. El frío que desprendía no era el de la tormenta. Era el frío de una tumba. El frío de algo que llevaba siglos muerto y seguía moviéndose.
La agarró por la barbilla. Los dedos helados. Como hierro congelado. La levantó del suelo como si pesara un bolso viejo. Los pies de Luna colgaron a medio metro del asfalto.
Ella le plantó una bofetada. La mano le rebotó en la mejilla como si hubiera golpeado una pared.
—Suéltame, chupasangres
Él no la soltó. La acercó más. La nariz de él rozó el cuello de ella. Inhaló.
Lenta. Profunda. Como un perro que huele un filete.
—Jazmín —dijo, y la voz se le quebró en la última sílaba.
Sus ojos rojos se expandieron. El rojo devoró el blanco, dejándole dos cuevas de brasa.
—No puede ser.
Luna vio algo en su cara. Algo que no esperaba.
Miedo. El muy desgraciado tenía miedo.
—¿Qué? —escupió ella—. ¿Nunca habías visto una cazadora con cicatriz?
Él no respondió. Bajó la mirada a la muñeca izquierda de Luna.
Allí, desde que ella tenía uso de razón, había una marca que nunca se tatuó. Una luna creciente de tinta plateada. Siempre había estado ahí, como un lunar raro.
Ahora brillaba. La luna creciente ardía con una luz blanca y caliente.
El vampiro la soltó como si le hubiera dado una descarga.
Luna cayó al suelo, de nalgas, en un charco.
Él retrocedió dos pasos. Tres. Como si ella fuera una placa de gas mostaza.
—¿Qué mierda eres? —, la voz de Damián Blackwood tembló.
Luna se puso de pie. Escupió más sangre.
—Soy la que te va a clavar una estaca en el pecho si no me dices de una vez que pasa.
Él se arremangó la chaqueta. En su muñeca izquierda, justo donde Luna tenía la luna plateada, él tenía una marca idéntica. Pero la de él era negra. Carbón. Y estaba ardiendo. Se le levantaba la piel como si tuviera fuego debajo.
—La marca del ancla —dijo—. La condena de los Blackwood.
—No me hables con acertijos, vampiro. Habla claro
Él rió. Una risa corta, amarga.
—Eres insoportable ¿lo sabes?
—Me lo dicen a menudo.
Él la miró de arriba abajo. Los ojos rojos se demoraron en su boca partida, en sus pechos apretados contra el chaleco mojado, en las piernas separadas, en la postura de pelea.
—Vale —dijo, como si hubiera tomado una decisión—. Te lo explico fácil. Soy el vampiro más antiguo de este territorio. Hace tres siglos, una bruja me maldijo porque me acosté con su hija y no la busque al día siguiente.
—Qué romántico.
—La bruja no opinaba lo mismo. Me puso una maldición: cada cien años, si no encuentro a mi ancla—eso eres tú, por si no lo has adivinado—, una parte de mi cuerpo se convierte en hielo. Primero los dedos. Luego las manos. Luego los brazos. Al final, el corazón.
—Y se te congela el pecho. Muy triste. ¿Y por qué rayos soy yo tu ancla?
—Porque la bruja también dijo que la única capaz de romper la maldición sería una cazadora con una luna plateada en la muñeca y olor a jazmín.
Luna se quedó callada. El veneno del lobo le nublaba la vista, pero las ideas le bailaban en la cabeza como moscas en un basurero.
—Eso es ridículo.
—Eso es mi vida. O lo que queda de ella.
Él levantó la mano izquierda. Luna vio cómo los dedos se le volvían grises, cristalinos, como hielo viejo.
—Me quedan treinta días, cazadora. Treinta días antes de que el hielo me llegue al corazón.
—Pues compra un abrigo.
Él dio un paso al frente. Esta vez no la agarró. Se inclinó hasta quedar a la altura de sus ojos. El aliento le heló los labios.
—No me hagas reír. Porque cuando me río, me dan ganas de morder.
—A mí me dan ganas de vomitar cada vez que te veo. Así que estamos empatados.
Él sonrió. Pero era una sonrisa distinta. No fría. Casi... humana.
—Dentro de tres noches, cuando la luna esté llena, volveré. Y te haré una oferta.
—metete tu oferta por el siempre sucio
— Pero primero escúchala.
Sonaron sirenas a lo lejos. Él enderezó la espalda. Miró hacia el final del callejón.
—La policía. Debo irme.
—Vete, maldito. Y no vuelvas.
Él ya se difuminaba. Las sombras se lo tragaban como si fuera una mancha de tinta en agua.
—Volveré —dijo, y la voz le llegó desde ningún sitio—. No tengo elección. Eres mi única esperanza.
—Pues espera sentado, porque yo no soy la esperanza de nadie.
Y desapareció.
Luna se quedó sola. Los cuerpos. La lluvia. El veneno ardiéndole en las venas.
Miró su muñeca. La luna plateada seguía brillando.
—Mierda—murmuró, y se desmayó.








