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CENIZAS DEL ORDEN: LUMAYA

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Sinopsis

Tras sobrevivir a la guerra y escapar de Velkara, Sora intenta comenzar una nueva vida en Lumaya, una nación donde la corrupción gobierna y la ley solo protege a los poderosos. Su hermano Keitaro ha partido hacia otro país para estudiar, dejando a Sora completamente solo. Decidido a adaptarse a este nuevo mundo, Sora ingresa a una escuela para aprender el idioma con mayor fluidez y entender la sociedad humana exterior. Mientras trabaja para sobrevivir, también intentará encontrar su lugar entre personas que apenas comienzan a conocerlo. En una ciudad marcada por la pobreza, la violencia y las cicatrices del Nuevo Orden Mundial, Sora descubrirá que empezar de nuevo no es tan sencillo… pero quizá no tenga que hacerlo completamente solo.

Genero:
Scifi
Autor/a:
ZafiroLunar
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: Días grises

Días grises

Sora despertó sobresaltado.

—¡No…! ¡No quiero comerlos…!

Su respiración era agitada. Durante unos segundos miró alrededor sin entender dónde estaba.

Luego reconoció el techo agrietado de su pequeño cuarto.

Exhaló lentamente.

—Ah… solo fue un sueño.

Se llevó una mano al rostro.

Aquella pesadilla volvía cada cierto tiempo.

El recuerdo de los tres días en el búnker, cuando el hambre casi lo llevó al borde del canibalismo.

Sora se sentó en la cama.

—Es verdad… —murmuró.

Miró la habitación vacía.

—Desde que Auren se fue… llevo casi un año viviendo solo.

El cuarto era pequeño y silencioso.

Demasiado silencioso.

Sacudió la cabeza y se levantó.

Como cada mañana, comenzó con algunos ejercicios para despertar por completo.

Flexiones.

Abdominales.

Un poco de estiramiento.

El movimiento ayudaba a despejar su mente.

Después de unos minutos, se dirigió hacia su trabajo.

En el trabajo

El sol caía con fuerza sobre el puerto.

El calor hacía vibrar el aire sobre el cemento.

Sora levantó una caja pesada y la colocó sobre el camión junto a los demás trabajadores.

—Realmente es un día muy soleado… —murmuró.

A su alrededor, varios hombres se limpiaban el sudor de la frente.

Uno de ellos se dejó caer sobre unas cajas.

—¡Basta por hoy! —dijo riendo.

Era Matías.

Un hombre robusto que siempre parecía encontrar algo de qué bromear.

—Después de esto iremos a tomar unas bebidas hasta hartarnos —anunció mirando al grupo—.

Luego miró a Sora.

—¿Quieres unirte?

Sora negó suavemente.

—Yo estoy bien.

Matías frunció el ceño.

—¿Qué pasa contigo? Siempre eres distante con todos nosotros.

Se cruzó de brazos.

—Sabemos que eres joven, pero al menos tienes la edad suficiente para beber un poco.

Sora bajó la mirada.

¿Cómo les digo que tengo catorce años… y que ni siquiera debería estar aquí?

Alzó la vista y sonrió con educación.

—Será la próxima vez.

Matías chasqueó los dedos.

—¡Ah, ya lo sé!

Miró a los demás trabajadores.

—Seguro tiene novia.

Los hombres soltaron carcajadas.

—¡Claro! ahora lo entiendo —dijo uno—.

—Las mujeres siempre controlan a sus novios.

—Por eso se va temprano —añadió otro.

Sora suspiró en silencio.

No tienen idea de lo que están diciendo…

Pero al menos no siguieron insistiendo.

Esa misma noche

Aquella noche comenzó su segundo trabajo.

Sora era limpiador en una fábrica industrial.

El turno empezaba cuando la mayoría de las personas ya estaban en casa.

Pasaba horas limpiando máquinas, pisos metálicos y herramientas llenas de aceite.

Cuando finalmente terminó, el reloj marcaba las doce de la noche.

Caminó lentamente hasta su pequeño cuarto en la Senda 12.

Estaba agotado.

Al llegar, lo primero que hizo fue dejarse caer sobre la cama.

Miró el techo.

—¿Cuánto tiempo durará esto…?

El silencio de la habitación respondió por él.

—¿Cuándo dejaré de estar solo?

Guardó silencio unos segundos.

Luego negó con la cabeza.

—¿Qué estoy diciendo…?

Cerró los ojos.

—No necesito a nadie.

Intentó convencerse.

—Puedo estar bien.

Respiró lentamente.

—Después de todo… ahora soy un adulto.

Hizo una pausa.

Una pequeña sonrisa cansada apareció en su rostro.

—O al menos… finjo ser uno.

El sueño lo venció casi al instante.

---

A las seis de la mañana, todo comenzó otra vez.

---

Un domingo diferente

Ese domingo Sora fue al mercado.

Caminaba entre los puestos buscando algunos ingredientes para cocinar.

Se detuvo frente a una vendedora.

—Quiero… —dijo intentando recordar la palabra correcta en Althara.

Pero la pronunció mal.

La mujer lo miró confundida.

—¿Qué dices?

Sora lo intentó otra vez.

Pero volvió a equivocarse.

Durante unos segundos ambos se quedaron en silencio.

Luego la vendedora soltó una pequeña risa.

—Ah… ya entiendo.

Tomó el ingrediente del estante.

—Quieres esto.

Sora asintió, algo avergonzado.

—Gracias.

La mujer sonrió.

—Tu Althara aún necesita práctica.

—Lo sé… —respondió Sora.

Pagó sus compras y regresó hacia la Senda 12.

Pero al llegar notó algo extraño.

Había vehículos estacionados.

Mucha gente.

Y una larga fila de personas esperando.

Sora frunció el ceño.

—¿Serán los policías otra vez…?

Una anciana que estaba cerca lo escuchó.

—No, niño.

Sora se volvió hacia ella.

—No son policías.

La mujer señaló los camiones.

—Son los subordinados de Yaritza.

—Cada cierto tiempo traen comida y productos para los más necesitados.

Miró a su alrededor.

—Gente pobre como nosotros.

Sora inclinó la cabeza.

—¿Quién es Yaritza?

La anciana se encogió de hombros.

—No lo sé con certeza.

—Pero dicen que es una buena persona.

Bajó la voz.

—Algunos dicen que tiene un cargo importante en el congreso de Lumaya.

—Otros dicen que ha salvado muchas vidas.

Sora pensó un momento.

—¿Es algo así como la protectora de este lugar?

La anciana sonrió.

—Cuando los policías escuchan su nombre se van aterrorizados.

—Supongo que es lo más parecido.

Luego lo miró con atención.

—Deberías hacer fila, niño.

—Están regalando buena comida.

Sora negó con suavidad.

—No lo necesito.

Miró las cajas en los camiones.

—Yaritza lo trajo para los ciudadanos de Lumaya.

—Yo soy extranjero.

—No tengo derecho.

Además… pensó.

He estado ahorrando dinero durante un año.

No tengo problemas para comer.

La anciana lo observó con curiosidad.

—Se nota que no dominas bien el idioma.

—Eso es raro hoy en día.

—Incluso los extranjeros suelen hablar Althara.

Sora bajó la mirada.

—He estado practicando… pero aún me cuesta tener conversaciones largas.

La anciana se quedó pensando un momento.

Luego dijo:

—¿Por qué no vas a Aegirion?

Sora levantó la mirada.

—¿Aegirion?

—Es una escuela pública.

—No piden dinero.

—La fundó Yaritza para los estudiantes de Lumaya.

Sonrió.

—Aceptan a cualquiera… sin importar de dónde venga.

Sora guardó silencio.

¿Una escuela…?

Recordó a su hermano.

Auren.

Estudiando.

Aprendiendo.

Creciendo.

—Ir a una escuela… —murmuró.

Luego levantó la vista.

—Como mi hermano.

Pensó unos segundos más.

Finalmente asintió para sí mismo.

—Creo que debería intentarlo.

La ciudad

Al día siguiente, Sora comenzó a investigar cómo podía entrar a la escuela Aegirion.

No tardó mucho en descubrirlo.

El proceso era simple.

Debía presentarse personalmente en la ciudad, entregar sus datos y pasar una pequeña entrevista.

Nada más.

Pero para Sora, aquello no era tan sencillo.

Su identidad… era falsa.

Aun así, decidió intentarlo.

---

La ciudad de Lumaya

Sora tomó un transporte hacia la ciudad.

El viaje duró varias horas.

Cuando finalmente llegó, quedó impresionado.

Grandes edificios se alzaban hacia el cielo.

Pantallas gigantes iluminaban las calles.

Y pequeños drones volaban constantemente entre los rascacielos.

Sora levantó la mirada.

—Wow…

Nunca se acostumbraba a ver algo así.

Velkara era muy diferente.

Allí la naturaleza dominaba el paisaje.

Aquí, en cambio… todo estaba hecho por humanos.

Caminó por las calles observándolo todo.

En un momento decidió entrar a un pequeño restaurante.

Apenas se sentó, un robot se acercó a su mesa.

—Bienvenido. ¿Desea ordenar?

Sora abrió los ojos con sorpresa.

—Increíble…

El robot colocó el menú frente a él.

Sora comenzó a leer.

Pero su expresión cambió rápidamente.

—Todo… está muy caro…

Suspiró.

—Solo pediré agua.

---

La entrevista

Después de comer, Sora fue a la dirección de la escuela.

Un edificio moderno con amplias ventanas y paredes blancas.

Allí lo recibieron para la entrevista.

Un hombre de traje estaba sentado frente a una pantalla.

—Necesito su chip de identidad —dijo.

Sora tragó saliva.

Sacó lentamente el chip rojo.

Si todo salía mal… descubrirían que era falso.

El entrevistador lo colocó en el lector.

La pantalla mostró los datos.

El hombre comenzó a leer en voz alta.

—Sora Kazehara.

Sora mantuvo la calma.

—Edad: catorce años.

—Fecha de nacimiento: cuatro de noviembre del año 2126.

—Tipo de sangre…

—Lugar de nacimiento: Zarynthia.

Todo era falso.

Pero estaba bien hecho.

El entrevistador continuó leyendo.

—Aquí dice que terminaste tus estudios básicos en una ciudad pobre de Zarynthia.

Sora asintió con una sonrisa nerviosa.

—Sí… eso es porque mi familia es muy pobre.

Hizo una pequeña pausa.

—Viajamos buscando nuevas oportunidades.

El hombre asintió lentamente.

Luego miró otro dato.

—Actualmente vives en la Senda 12.

Sora asintió.

El entrevistador frunció el ceño.

—Eso está muy lejos.

—Son casi tres horas de viaje.

—Creo que deberías buscar otra escuela más cercana.

Sora negó con firmeza.

—La distancia no es un problema.

—Si es necesario… me mudaré a un lugar más cercano.

El hombre lo observó unos segundos.

Luego sonrió levemente.

—En ese caso… no veo inconvenientes.

Tomó una caja del escritorio.

—Bienvenido.

Sacó un uniforme y una pequeña tarjeta metálica.

—Este es el uniforme de la escuela.

—Y este es tu pase de control.

Se lo entregó.

—Las clases comienzan en dos semanas.

Miró a Sora con seriedad.

—No llegues tarde.

Sora inclinó la cabeza.

—Muchas gracias.

---

Un plan necesario

Al salir del edificio, Sora soltó un largo suspiro.

—Menos mal…

Miró el chip en su mano.

—Ese comerciante realmente hizo un buen trabajo.

Los datos falsos parecían completamente reales.

—Debo darle una propina la próxima vez que lo vea.

Se quedó pensando un momento.

Luego cambió de idea.

—No… mejor iré ahora mismo.

---

Cuatro horas después

Sora regresó a la Senda 12.

Llevaba un bolso en la espalda.

Caminó por los callejones hasta llegar a una pequeña tienda.

Empujó la puerta.

Una campanilla sonó.

El comerciante levantó la mirada.

Sora habló primero.

—¿Te acuerdas de mí?

El hombre sonrió.

—Por supuesto.

Se apoyó en el mostrador.

—El chico que vino con su hermano.

—El que me compró unas dagas… pagando el doble de su precio.

Sora asintió.

—Quiero venderte algo.

El comerciante arqueó una ceja.

—¿Otra arma?

Sora abrió su bolso.

Sacó varias plantas extrañas.

Las hojas tenían formas poco comunes.

El comerciante las observó con curiosidad.

—Nunca había visto hojas como estas.

—¿De dónde las sacaste?

Sora respondió con calma.

—Estas plantas pueden curar cicatrices.

Señaló otras.

—Y estas pueden eliminar el envenenamiento.

El comerciante lo miró sorprendido.

—¿De verdad?

Sora se encogió de hombros.

—Sobre el lugar donde crecen…

Hizo una pausa.

—Esa información no está incluida en el trato.

El comerciante soltó una carcajada.

—Vaya.

—Ya no eres tan ingenuo como antes.

Sora cruzó los brazos.

—¿Hacemos un trato?

El hombre pensó unos segundos.

—Primero las llevaré a un científico amigo mío.

—Él evaluará su valor.

—Luego pondremos un precio.

Sacó su teléfono.

—Por ahora intercambiemos números.

Sora asintió.

---

Dos días después

El comerciante visitó a su amigo científico.

El laboratorio estaba lleno de equipos.

El científico observaba las plantas con enorme interés.

—Tiago… esto es asombroso.

Levantó una hoja con cuidado.

—Estas plantas rebosan una vitalidad increíble.

—No parecen de este mundo.

Miró a su amigo.

—¿De dónde las conseguiste?

Tiago sonrió.

—Un cliente me las ofreció.

Se cruzó de brazos.

—¿Recuerdas las dagas que te envié a analizar?

El científico asintió.

—Ese material era extraordinario.

—Prácticamente irrompible.

Tiago sonrió.

—El mismo cliente me las trajo.

El científico abrió los ojos.

—Entonces pregúntale si tiene más de ese material.

—Le pagaré muy bien.

Tiago asintió.

—Tal vez en otro momento.

Luego señaló las plantas.

—Por ahora dime cuánto valen.

El científico pensó unos segundos.

—Si consigo muchas… podría crear grandes fármacos y seria la envidia de las grandes empresas farmacéuticas.

Sacó una pequeña cápsula.

—He logrado hacer una pastilla con una de ellas.

—Puede curar heridas internas.

—Daños en el hígado.

—Y otras enfermedades.

Miró a Tiago con seriedad.

—Yo pagaría 1300 Orbis por cada caja.

Tiago sonrió.

—Entiendo.

La llamada

Tiago llamó a Sora.

—Ya tengo la información.

Sora respondió desde su pequeño cuarto.

—¿Cuánto valen?

Tiago habló con tranquilidad.

—Unos mil trescientos Orbis por caja.

Hizo una breve pausa.

—Pero puedo comprártelas por novecientos.

Sora guardó silencio unos segundos.

Tiago continuó antes de que pudiera responder.

—No es que quiera aprovecharme.

—Yo cubriré el análisis científico, el transporte, la distribución y todos los riesgos si alguien pregunta de dónde salieron estas plantas.

Sonrió levemente.

—Además, también necesito obtener una ganancia. Es la única forma de que este negocio siga funcionando.

Sora respondió sin dudar.

—Trato hecho.

Hubo un breve silencio.

Luego Tiago habló, sorprendido.

—Espera.

—¿No vas a regatear?

Sora negó.

—No es necesario.

Miró el Nexus de su teléfono.

—Hiciste un buen trabajo con nuestras identidades falsas.

—No discutiré el precio esta vez.

Tiago soltó una pequeña risa.

—Es bueno saber que alguien aprecia mi trabajo.

Hizo una pequeña pausa.

—Puedes llamarme Tiago.

—Estaremos en contacto.

Sora miró por la ventana.

Por primera vez en mucho tiempo…

Sentía que las cosas comenzaban a moverse.

Una escuela.

Un nuevo contacto.

Y quizás…

un nueva oportunidad en Lumaya.

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